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A Susana A. Borges,
a su familia.
Yo sabía desde el
principio que iba a
salir bien y mal al
mismo tiempo, porque
algo en ella me
recordaba a mi madre, lo
raro es que no se
parecen en casi nada,
pero eso es algo que no
intento explicarme. Ya
no. Todo eso fue cosa de
unos segundos, mientras
yo hacía mi entrada y me
acomodaba en el butacón.
Al principio había gente
que entraba y salía,
también estaban los
niños, sus hijos, o
mejor dicho, el niño y
la mujercita, que esa
chiquita está grande y
con unos ojos caramelos
de miel que cualquiera
con gusto se comería de
un bocado. El niño venía
del baño en ese momento
y, como un pequeño
autómata, fue directico
al televisor y volvió a
agarrar su mando a
distancia, inalámbrico,
esas porquerías de la
tecnología moderna que
le recuerdan a uno de
manera tan grosera que
el tiempo ya pasó. La
amiga de la hija, una
regordeta con cara de
buena gente, se sentó al
lado del niño y agarró
el otro mando.
—Robertico —le dijo
ella—. Pon la pausa y
saluda a la muchacha.
El niño me dio un beso
casi sin mirarme, de lo
concentrado que estaba,
y se fue de regreso a su
juego. Sobre la mesita
había un paquete de
caramelos abierto y yo
agarré uno. Había pasado
todo el día sin comer,
de modo que lo metí en
mi boca con cierto
desespero, comencé a
doblar el papelito, a
estrujarlo, hice un
acordeón, luego un
barquito, una bolita. Me
enfrasqué tanto en el
ruido del papelito que
casi me atraganto.
Quizás sea que guardo
cierta reserva hacia los
hijos de los
psiquiatras. No sé. Sonó
el teléfono y yo, por
instinto, aproveché para
mirarla, su manera de
reaccionar, lo que decía
con el cuerpo y la
inflexión de su voz.
Traté de imaginar lo que
estarían hablando del
otro lado. Ella hizo una
pausa breve para decirle
a la niña que se ocupara
de mí. Que me atendiera.
—¿Quieres agua o algo?
—dijo la muchachita con
un desenfado del carajo.
—No, así estoy bien —le
contesté tratando de
lucir lo más natural
posible. Pero no me
recosté al espaldar, no,
me quedé sentada en el
borde del butacón, lista
para salir corriendo si
fuera necesario.
Era una de esas casas
donde la gente entra y
sale a su antojo. Había
ropas sobre el sofá, una
chancleta en una esquina
de la sala. Lo de menos
era que cada quien
estuviera en lo suyo.
Era lo de menos. No
había que ser demasiado
inteligente para darse
cuenta de que allí la
gente era feliz, coño, y
eso me ponía nerviosa.
Eran demasiado blancos.
Demasiado sanos. Se
movían con esa libertad
privilegiada de quien
sabe y no lo dice.
—No, té no, gracias, a
mí lo que me gusta es el
café —le respondí en una
de esas a la regordeta
amiga de la hija.
El juego era una
estupidez. Unos
muñequitos que se ponían
felices o tristes, o
locos de la risa y
tenían que atrapar los
globitos colgantes con
la puntuación necesaria
para salvar ese nivel y
llegar al siguiente.
Boberías de la
modernidad. Eso.
—Ayer se robaron la
jaula con los cacatillos
—me dijo ella al colgar
el teléfono—. Hoy
estamos en duelo
familiar.
La amiga de la hija
siguió hasta la cocina y
me alegró saber que
había puesto la cafetera
a colar porque yo no
había tomado café en
todo el santo día. Pero
no me recosté al
espaldar de la silla del
comedor, adonde nos
habíamos movido para
trabajar con más
comodidad, no, yo quería
mirarla de frente
mientras leía. La voz se
le puso ronca y yo le
alcancé mi pomito de
agua para que se
refrescara la garganta,
pero ella no lo
necesitaba, no, es que
su voz es así, como la
de un adolescente
acabado de despertar.
Nunca más regresé a
aquella casa pero días
más tarde, repasando ese
momento, llegué a la
conclusión de que lo que
ha escrito no puede
entenderse con otra voz
que no sea la suya,
ronca, desafinada, una
voz de resaca. Y eso que
no presté mucha atención
a aquella lectura, es
que, lo juro, algo me
recordaba tanto a mi
madre. Oí a la hija que
hablaba por teléfono y
le contaba a alguien lo
de los pájaros. Qué
fastidio. No me gustan
los pájaros en jaula,
estuve a punto de
decirle, pero me pareció
de poca educación
interrumpir la lectura.
Al fin y al cabo, sabrá
Dios la suerte que
habrán corrido los
bichos. A lo mejor se
los comieron, o los
botaron para vender la
jaula, o los vendieron
con todo y jaula.
—Me gusta el café con
mucha azúcar —dijo al
terminar de leer el
primer cuento y alzar la
taza humeante que la
hija, con sus ojos de
caramelo, había colocado
frente a ella—. En
realidad me gustan mucho
las cosas dulces.
Aparté la vista. Ya no
tenía el papelito para
estrujar porque la hija
se lo había llevado a la
basura cuando nos trajo
el café. Ahora volvió la
amiga de la hija a jugar
con el niño el juego de
los animalitos felices.
—No entiendo este juego
—oí que dijo la amiga de
la hija y el niño se
burló.
—Te voy a ganar —le dijo
el chiquillo, sonrió y
le vi un lunarcito en
medio del cachete, tan
bello como el de su
madre.
Volvió a sonar el timbre
del teléfono. De esta
manera no llegaremos a
ninguna parte, pensé.
Ella hablaba con alguna
amiga o compañera del
trabajo y en su ternura
creí confirmada mi
sospecha. Le dijo que
estaba ocupada, que más
tarde la llamaba y que
se habían robado los
cacatillos. Hizo una
pausa para dejar que la
otra expresara su
conmoción por la
noticia. Evidentemente
los bichos eran muy
queridos en aquella
casa. Ella sabía que yo
la estaba mirando, cómo
no iba a saberlo. Un
rato antes, cuando nos
inclinamos sobre la hoja
impresa se habían rozado
un poco nuestras manos y
me di cuenta de que
llevaba las uñas cortas,
eran anchas y encajadas
en la carne, con dedos
nudosos y eso no falla,
eso indica gran
apetencia sexual, según
Nathaniel Altman en su
manual de quiromancia.
—Eres una romántica
empedernida —le dije—.
Se nota en tus cuentos.
Ella se sonrió, tan
bonito. Proseguí
hablándole de los
peligros de una
adjetivación excesiva,
de los lugares comunes y
las frases hechas, del
falso sentimentalismo
que no era su caso pero
ella me miraba y algo en
sus ojos cambió. No era
precisamente un reproche
sino que agachó la
cabeza un poquito, en un
gesto donde el cuello se
inclinó hacia adelante
como si quisiera meter
su cabeza en el hueco de
mis pensamientos. Sus
ojos se volvieron más
negros aún, redondos,
con una profundidad
rayana en la locura.
Traté de concentrarme en
el lunar de su cachete,
tan bello, pero sus ojos
no dimitían, parecían un
felino esperando el
momento oportuno para
lanzarse sobre el
pajarito, ese segundo en
que ya no habrá
escapatoria para el
animalejo indefenso.
—¿Quieres jugo de
guayaba? —dijo esa voz
que la providencia había
ordenado hablar para
bien del animalito. Era
la madre de ella, una
señora con el pelo muy
corto y completamente
blanco, con labios
prominentes y cara de
felicidad. Coño, ¡acaso
aquí todo el mundo es
feliz o qué cojones les
pasa!, grité para mis
adentros.
Asentí aliviada. Me tomé
el jugo cual si me
pusiera un traje anti
radiaciones, me montara
en el batimóvil o diera
mi mano con uno de los
salvavidas del Titanic.
El vaso estaba embarrado
por fuera y me chupé los
dedos despacio y le
hablé de la diferencia
entre escribir un diario
que se supone que nadie
más va a leer y escribir
un cuento que es, en ese
sentido, todo lo
contrario. También le
dije que debía
aprovecharse, escribir
una cosa como si
escribiera la otra. Ella
me escuchaba ahora con
suma atención e iba
anotando en el reverso
de la hoja con esa letra
de médico que es
imposible de entender.
—Me voy a casa —dijo la
amiga de la hija con su
pelo hirsuto recogido en
un gracioso moñito—.
Regreso más tarde para
bañar a Robertico.
—¿Con agua caliente?
—preguntó el niño sin
dejar de jugar.
—Con agua caliente
—respondió la regordeta
con ese énfasis de quien
es tan buena gente que
llega un momento en que
hace los favores sin que
se los pidan.
La hija despidió a la
amiga, llegó hasta
nosotras y, con los
brazos en jarra, dijo
que aún no conseguía
Jacques le fataliste et
son maître, que su
profesora de
Hermenéutica aconsejaba
leer en francés pero esa
novela de Diderot solo
aparecía en español, que
entre el francés, la
universidad y para colmo
ahora sin los cacatillos
de esta sí que se volvía
loca. Algo que yo pasé
por alto en su discurso
hizo que sus ojitos de
caramelo se abrieran en
la sonrisa más feliz que
yo haya visto en mi
vida, digo, hubo algo
gracioso porque estalló
en una felicidad
descomunal que la llevó
a reírse
compulsivamente. Después
se rió la madre. Después
se rió la abuela, que
había acabado de
sentarse en el butacón
de la sala y había
encendido un cabo de
tabaco. Después, para mi
propia sorpresa, me reí
yo. Me reí sin saber de
qué coño me reía, me reí
a carcajadas y cuando me
invadió esa calma
neutral de sentirme en
casa supe que ya todo
estaba perdido. Me reí
hasta que la muchachita
cerró tras de sí la
puerta de su cuarto y
fue como si el director
de la orquesta hubiera
dicho vamos a coda y yo
la única estúpida que no
lo escuchó. Por suerte
ella pasó por alto el
incidente. Comenzó a
leer otro texto, mucho
más poético que el
anterior y dedicado a su
compañero inseparable de
toda la vida, el sofá de
su casa.
—¡Mamá! —gritó
Robertico—, ¡tráeme
agua!
—Roberto Manuel, mamá
está ocupada, vas a
tener que levantarte y
buscarla tú mismo —dijo
ella interrumpiendo la
lectura mas sin perder
la paciencia, ni
molestarse, ni gritar,
ni nada de eso que hacen
las madres normales.
En ese momento alguien
se asomó a la puerta.
Ella se levantó y fue a
hablar con la persona
que había llegado.
Imagino que lo despachó
cortésmente argumentando
que trabajábamos, porque
yo aproveché y traté de
entender su garabato
histérico pero este
resultaba indescifrable
para mí. No sabría decir
si eran apuntes sobre
sus textos, sobre mis
humildes consejos o
tantas ganas de que
fueran apuntes sobre mí.
Cuando desisto por fin
la escucho decir:
—Se los robaron anoche.
Eso es señal de que
tendremos que poner
candado en la reja del
jardín.
Venía caminando y
sonriendo acaso con todo
su cuerpo de cuarentona
feliz. La falda se
contoneaba para acá y
para allá. Al sentarse
dobló una pierna por
debajo de la otra, como
si fuera una chiquilla,
y ofreció una disculpa
por tantas
interrupciones.
—¡Mamá! —gritó
Robertico—, ¡tráeme
agua!
—Robertico, ya te dije
que mamá está ocupada.
¿Qué pasó con tus
piececitos? Ve a
buscarla tú solito mi
amor.
Qué cosa tan dulce. Qué
cosa. Le dije que el
lector es cosa seria,
que no hay que
subestimar su
inteligencia, no es
preciso explicarlo todo
pero tampoco dar estas
sorpresas al final,
vamos, ¿el sofá de la
casa? ¿seguro que era
eso lo que quería
contar? Vamos, que para
hacer reír a los amigos
estaba bien pero un
cuento es otra cosa,
doctora. Y sin embargo
creo que esta vez se me
había ido la mano,
porque volvió a
enfocarme con toda la
negritud de sus ojos
redondos, como si
estuviera descubriendo
una de esas voces que a
menudo tengo en la
cabeza y me dicen por
dónde debe agarrar el
cuento o por dónde no.
Si hubiera sido un perro
guardián que me
sorprendía en el jardín
de la doctora robándome
los cacatillos no me
habría asustado tanto
aquella mirada suya. Más
que atención eran como
un acecho depredador, ¿a
quién te crees que
engañas con ese cuento?
Así debían de ser sin
dudas los ojos de un
narrador omnisciente y
todopoderoso.
—¡Mamá! —gritó
dulcemente Robertico,
ese niño tan lindo y
oportuno—, ¡tráeme agua!
—Te dije que la buscaras
tú.
Prosiguió, ahora sin
mirarme, con aquellas
anotaciones
ininteligibles para mí.
Escribió mucho. Cada
segundo pasaba como el
golpe seco de un mortero
y yo no sabía qué era
peor, si su mirada o su
silencio. Llegué a
pensar que estaba
escribiendo un cuento.
Quizás uno donde yo era
la paciente, una
esquizofrénica de esas
que es preciso internar
cuanto antes para evitar
que cometan algún
perjuicio contra sí
mismas o contra la
humanidad. Su mano se
movía con la seguridad
de quien ha firmado
muchas órdenes de
ingreso.
—Robertico —dice con su
voz ronca pero llena de
una dulzura tan
empalagosa que me hacía
temblar—, ¿qué pasó con
el agua? ¿acaso no
tenías sed? No te he
visto ir a la cocina.
—Ya voy mamá —respondió
Robertico.
Ella bostezó, siguió
rebuscando entre sus
papeles y se dispuso a
leer otro cuento. Desvié
la mirada pero entonces
lo que no me entraba por
los ojos me entraba por
los oídos, porque
susurraba, no leía en
voz alta, sino que me
susurraba el cuento al
oído en una tarde
nublada, las dos en la
penumbra del cuarto y de
un plumazo que me
recordara a mi madre ya
no me molestaba tanto,
era como si mi
aberración hubiera
encontrado un acomodo
feliz en el argumento,
no una solución al
conflicto, mejor digamos
que otra posible
lectura, una lectura que
me erizaba el mismísimo
espinazo hasta vaya a
saber dónde.
—¿Y entonces? —me tomó
por sorpresa.
Le dije que tenía
talento para la poesía.
Me encantaba eso de que
fueran dos personajes
femeninos. Me encantaba.
Ella recostó el
bolígrafo a la comisura
de sus labios, lo cual
demostraba que estaba
sopesando mis frases y
eso me hizo sentir
orgullosa. Tuve la
sensación de que hasta
la vieja me estaba
escuchando entre chupada
y chupada de su cabo de
tabaco. Robertico había
puesto la pausa al juego
de los animalitos
felices y se había ido a
la cocina a tomar agua.
En toda la casa lo único
que se escuchaba era mi
voz. Solo hubieran
podido competir conmigo
los cacatillos, pero
esos ya no estaban, de
modo que me di gusto
diciéndole que no estaba
mal ser un poco atrevida
narrando ciertas cosas
del cuerpo, que a veces
es preciso narrar como
si nadie estuviera
mirando, como si uno se
hubiera dejado
hipnotizar y ya no
quedara más remedio que
contarlo todo.
—¿Lo has hecho alguna
vez? —le pregunté.
Se encogió de hombros y
aquello quería decir
claro que sí, pero eso
es algo que no se puede
hacer sin el
consentimiento del otro,
digo, es preciso que la
otra persona se deje. Ya
eso yo lo sabía pero
quería escucharla de
todas formas. En ese
momento el niño se
acercó a la mesa. Que si
las pruebas finales,
dijo. Y mi madre se
inclinó sobre mi
libreta, de modo que
nuestras caras quedaron
tan cerca que al volver
mi mirada hacia ella
rocé levemente sus
labios. Esta vez no se
apartó de mí con el
horror clavado en el
rostro, sino que sonrió
dulcemente, como lo
hacía antes.
—¡Qué lindas! —exclamó
el niño mirándonos y
hasta él mismo parecía
sorprendido por su
frase, porque ladeó la
cabecita sonrojado.
Yo no dije nada, pero
ella sí.
Ella dijo:
—Gracias... mi amor.
Y le abrió los brazos.
Al acercarse las caras
sin querer tropezaron y
aquel besito torpe se lo
dieron en la boca. Ambos
rieron sin dejar de
abrazarse. Después rió
la vieja. Después rió la
muchachita, que había
asomado la cabeza para
saber de qué iba aquel
barullo. Después reí yo,
o quizás no, nunca sabré
si aquello fue risa,
digo, me pareció que yo
lloraba a la misma
vez. |