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Después de la entrega,
en diciembre pasado, del
Premio Nacional de Artes
Plásticas a René
Francisco Rodríguez, los
jurados de cada uno de
los premios nacionales
parecen inclinados a una
valoración más
equitativa entre
aquellos nominados de
mayor edad, amplia y
lógicamente mayoritarios
en esas listas, y estos
de trayectoria más corta
pero no menos brillante.
Si la obra de René
Francisco hace carne de
su carne y con un
altísimo nivel
conceptual el
cuestionamiento y la
utopía del proyecto
social cubano, la estela
del bailarín Carlos
Acosta por los
escenarios del mundo es
un ejemplo máximo de la
concreción de esas ideas
utópicas. Él ha
integrado importantes
compañías del mundo como
el Ballet Nacional de
Cuba, el Houston Ballet,
el English Nacional
Ballet y el Royal Ballet
de Londres. Pero, diría
yo, no solo ha estado en
primer plano, sino que
la experiencia lo ha
hecho pensar de un modo
inteligente y actual el
ballet y la danza toda.
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El corsario |
Esa noche, inspirados
por el sentido del acto
y la propia presencia de
Carlos, así como por un
auditorio cómplice y
rugiente, todos los
bailarines salieron a
las tablas con una
entrega total. El joven
Alejandro Virelles, del
Ballet Nacional de Cuba,
demostró una temprana
maestría artística al
asumir La muerte de
un cisne. La
Compañía de Santiago
Alfonso hizo vibrar la
platea con su vivacidad
en La Conga. El
magnífico tándem entre X
Alfonso y Danzabierta en
MalSon sugirió
poderosas imágenes
sonoras y plásticas. La
Compañía JJ con
Recuerdo de la Rumba
trajo la vitalidad de
las raíces, mientras
Indira Mora, de la
Compañía de Santiago
Alfonso, en Escape
mostró su
superdotada capacidad
técnica e
interpretativa. Yanela
Piñera y Osiel Gounod,
del Ballet Nacional de
Cuba, dejaron una estela
de admiración al bailar
maravillosamente el
pas de deux de
Don Quijote. El
colofón fue para Danza
Contemporánea de Cuba
con su contagiante y
coral Mambo 3XXI.
Así, el espectáculo
dirigido por el maestro
Alberto Méndez puso de
manifiesto, como pocas
veces, el poderoso arco
de nuestra cultura a
través de la danza.
Estupendo ejemplo de
diversidad y diálogo
entre la tradición y la
contemporaneidad.
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Mambo 3XXI |
Fue la mejor honra para
Carlos, pues según
señala el acta del
jurado que le confirió
el Premio Nacional de
Danza 2011:
“Carlos Acosta es un
joven bailarín de 38
años, formado en la
Escuela Cubana de
Ballet, que se ha
convertido en uno de los
grandes intérpretes de
la contemporaneidad.
Premiado en innumerables
ocasiones, transita con
maestría interpretativa
y creativa por todas las
especialidades de la
danza: ballet clásico,
danza contemporánea y
danza folclórica,
logrando de su hacer un
arte de confluencias y
entrecruzamientos muy
estimables. Alabado
mundialmente, Acosta ha
inscrito el nombre de
Cuba en los más
prestigiosos y exigentes
escenarios del mundo,
mantenido sus vínculos
con la tierra donde
nació y con los
espectadores de esta
isla, quienes los
reconocen con orgullo y
le agradecen que regrese
siempre a mostrar su
excelencia. Carlos
Acosta es uno de los
frutos del sistema de
enseñanza artística
cubano y también un
ejemplo de lealtad,
constancia,
actualización y dominio
de su arte.”
Al agradecer su premio,
Acosta improvisó un
conmovedor discurso.
Después de agradecer a
todos los participantes
por su entrega, confesó
que, para él, el hombre
es el resultado de una
historia. Con grandísima
humildad recordó a
Alicia y Fernando Alonso
por una fundación que
llega hasta hoy, luego a
todos sus maestros y
profesores con nombres y
apellidos —esos que lo
ayudaban a mantener la
energía con pan con
azúcar en medio de los
90—, a su familia y en
particular a su padre,
quien le inculcó los
valores que lo centran,
y finalmente a Cuba para
la que pidió unidad con
el objetivo de hacer
mejor la casa en que
vivimos, la casa que es
la nación.
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