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Aquí estamos de nuevo, como tantas veces desde aquel año en que por primera vez el generoso pueblo de casi todo el Estado español dio bienvenida a nuestras canciones. Siempre hemos vuelto con legítimo orgullo, como cuando se visita la casa de un abuelo con honra. Nunca vinimos a quejarnos de lo que, del hogar, nos pudiera inquietar; porque aunque el mundo es la gran casa, tenemos un rescoldo caribeño que hemos sabido mantener tibio con el compromiso del amor.
Pero sabemos que hay quienes no piensan ni sienten como nosotros. Incluso existen quienes se proclaman artistas y mienten, se engañen o no a sí mismos, porque han sembrado tanto odio que supone imposible una cosecha de gracia.
Por ser parte de un proceso revolucionario como el cubano, como el nuestro, no basta con escribir frases lapidarias desde una inmaculada urna de cristal; hay que desgarrarse con toda la realidad que entraña el quehacer cotidiano de mujeres y hombres que aman y sufren, que lo hacen mal, regular o bien, que se equivocan y que son víctimas de equivocaciones, pero que no eluden el reto que implica hacer cada día mejor y siempre más humana una obra revolucionaria que indiscutiblemente es un ejemplo para América Latina.
Nadie confunda la humildad con el temor. Hemos tomado las armas, incluso las terribles, para defender, sin reparar en riesgos, lo que consideramos justo; el pueblo que edifica nuestra Revolución, la Revolución que edifica nuestro pueblo. Y nadie nos paga para defender lo que creemos. Sólo nuestra propia conciencia nos somete cada día a un riguroso pero necesario examen y cuando no estamos de acuerdo con algo, así como cuando estamos de acuerdo, lo cantamos y lo asumimos en Cuba y donde sea necesario. La única prisión que padecemos es la de no poder librarnos de la espantosa verdad de las guerras, la miseria, la ignorancia y toda la injusticia que mantienen el egoísmo y la explotación en el mundo.
Aquí
estamos
de nuevo
y como
siempre
regresaremos
a Cuba. Estamos
orgullosos
de
vivir,
de
trabajar,
de crear
allí, de
discutir
y pelear
a los
cuatro
vientos
para que
todo se
haga
mejor,
para
nosotros
mismos
hacerlo
mejor;
nunca
creyendo
que
tenemos
la
verdad
absoluta
en
nuestras
manos,
porque
la
sencilla
verdad,
la
nuestra,
hace
tiempo
que la
comparte
la gran
mayoría
de
nuestro
pueblo;
y
juntos,
la
recrearemos,
como
ahora,
en
trabajo,
en amor,
en
canciones,
en
dignidad.
Pablo Milanés Silvio Rodríguez
Madrid, 28 de mayo de 1986.




