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Para
R. Llanes
I
La noticia pasaba de
boca en boca, de ciudad
en ciudad: Murió
anoche.
Algunos pronunciaron la
frase en inglés: he
passed away last night,
en un intento por
burlar la vigilancia. Lo
cierto es que aún el
cuerpo de Ávila estaba
caliente, y ya en los
contornos del Copperbelt,
en Zolwezi, en Kasama,
en Mufulira y hasta en
Livingstone la noticia
corría con la fuerza de
las cataratas Victoria.
Ella la escuchó como
quien oye caer un
escupitajo en la selva.
Una vez cumplida su
plegaria dejó de existir
el motivo que la
mantenía en desasosiego.
Sin embargo, no sintió
la emoción que cabría
esperarse. De hecho, no
se alegraba. Los
misioneros que la habían
llamado esa noche se
reunían de vez en vez.
Aun con la sospecha de
que algún día les iban a
prohibir moverse desde
los sitios distantes en
que habían sido
ubicados, no dejaban de
intentarlo porque verse
las caras frente a
frente era el único
estímulo tangible que
les quedaba.
Meses antes de que
muriera Ávila, todo era
distinto. Al llegar con
maletas semivacías, las
mentes repletas de
buenas intenciones y las
manos dispuestas a hacer
lo que fuera necesario,
apenas bajaron del avión
los recibieron en la
capital con un banquete,
un discurso insípido
acerca del país al cual
habían llegado, y
finalmente dispusieron
de ellos según lo
previsto.
“Tú, tú y aquellos tres,
para Kasama. Los del
fondo, se incorporarán
al Copperbelt. Esos que
no han terminado de
comer, irán a
Livingstone. Ustedes
cuatro para Mbala. El
resto, que se prepare
para Zolwezi y Kasama.”
El traslado hacia las
provincias en vehículos
de todo tipo fue llevado
a cabo sin dificultad;
así se informó a la
jefatura central. Sin
dormir, luego de tres
días de viaje en avión
que los agotó como si
hubieran atravesado el
desierto durante diez
noches consecutivas,
llegaron a sus destinos,
sonrientes a pesar del
enorme cansancio. Más
tarde supieron que uno
de los camiones que
llevaba a los muchachos
más jóvenes a través de
la oscuridad de la noche
se había volcado, pero
no hubo muertos que
lamentar. Los accidentes
eran tan frecuentes en
esas carreteras, que no
había motivo para
alarmarse. “Cuando se
adapten, les dijeron al
despedirlos, todo
parecerá una maravilla.
Este es un país muy
hermoso. Nosotros los
visitaremos en la medida
de nuestras
posibilidades”.
La medida de las
posibilidades resultó
diminuta. Quienes fueron
ubicados en la zona
oeste y norte quedaron
aislados del centro y
del Copperbelt o
Cinturón de cobre. En
cuanto les instalaron
teléfonos, se
comunicaban
frecuentemente entre
ellos hasta que algunos
meses más tarde llegó la
orden de suspender los
contactos por esa vía.
Fue entonces cuando
comenzaron a llamarse
solo los domingos,
aprovechando el descanso
de los Jefes.
“Nos reuniremos en
Mufulira el sábado.
Inventamos otro meeting.
Dijimos que necesitamos
discutir los informes
más recientes. ¿Puedes
escaparte?” era
una pregunta insistente
que le hacían a ella
cada dos meses, desde
sitios diferentes cada
vez. La brigada,
compuesta al final por
más de cincuenta, había
comenzado con un puñado
mínimo, el mismo que se
empeñaba en estar al
corriente de noticias.
No se conocían antes de
iniciar el viaje, pero
setenta y dos horas de
andar tirados por
corredores de gélidos
aeropuertos con dos
dólares en los
bolsillos, les confirió
un lazo que acabó por
convertirse en pacto de
lealtad entre casi
todos. En la noche de
reparticiones se
despidieron azorados,
pero antes de dejar de
verse, tuvieron la
precaución de anotar los
nombres de cada uno y
del lugar adonde habían
sido designados. A ella
le había tocado uno que
pertenecía al Copperbelt,
cuyo nombre no supo
pronunciar bien hasta
ocho meses después,
cuando pidió ser
trasladada a cualquier
otro sitio.
Ndola se llamaba. Ella y
tres misioneros más
fueron ubicados allí, en
una casa de donde pendía
un letrero de madera
carcomida que anunciaba
el nombre Lupili 16. De
los otros tres, uno fue
designado Jefe, otro,
nombrado Subjefe por el
primero, se dejaba
querer por una muchacha
que enseguida comenzó a
disfrutar de
privilegios que a ella,
sin embargo, le eran
negados. En aquellas
circunstancias la
palabra privilegio
adquiría connotación
particular: Hacer las
compras de comida en el
mercado del pueblo una
vez por mes, por
ejemplo, o tener acceso
a la llave de la
habitación donde el Jefe
guardaba el teléfono a
través del cual él y a
veces su Segundo,
recibían órdenes de la
jefatura central, que
radicaba en la capital,
más al sur del país.
Desde los primeros
momentos, surgieron
discrepancias entre ella
y el Jefe de Lupili 16.
El sentido de libertad
en que fue criada ella,
la sumisión de él ante
cualquier directiva del
mando superior, la
necesidad de ella de
sentirse dueña de sí y
la conducta lacayuna de
él constituían elementos
destinados a
contradecirse, aunque
ninguno de los dos pudo
calcular cuán lejos
llegarían en sus
embestidas finales.
Luego de muchas semanas
de complicidad, ella
había logrado cierta
ayuda de la otra
muchacha:
subrepticiamente podía
disponer del teléfono
mientras los hombres
estaban entretenidos en
los bajos de la casa.
Así pudo saber de la
suerte de los otros
misioneros, repartidos
en lugares más
recónditos que el de
ella. En susurros, les
contaba la desgracia de
tener un Jefe que
imponía una autoridad
sin límites. Los otros
no estaban tan mal, a
pesar de sentirse
amenazados por
serpientes, mosquitos,
alacranes y por la falta
de noticias. “Al menos,
no tienen un tirano
durmiendo bajo el mismo
techo”, les decía.
“Aguanta”, le
aconsejaban ellos. “Recuerda
siempre que el castigo
por insubordinación
consiste en regresar, y
habrás perdido todo este
tiempo”.
A la señal de la
muchacha mujer del
Subjefe, ella se
apresuraba a despedirse
de sus otros colegas,
hasta una próxima vez.
Así transcurrió buena
parte de la primera
etapa de su estancia en
aquellos lugares
desconocidos a los que
llegó por voluntad y
deseo, imaginando
peligros que se le
antojaban aventuras, sin
haber previsto nunca la
perfidia de una parte de
su propia gente.
Justo al día doscientos
cuarenta (los marcaba
con el método de palotes
en la pared de su
cuarto), a las nueve y
cuarenta de la noche
sonó el teléfono. Los
hombres de la casa no
estaban, de modo que
ella misma, con el apoyo
de la otra mujer, entró
en el cuarto de los
secretos y contestó.
“Necesito ayuda”, le
escuchó decir a Mario
Rozabales, radicado en
Mbala. “Hace días me
mordió una serpiente en
un pie y estoy más
ictérico que un limón
criollo. Tengo la pierna
que parece un jamón.
¿Qué me sugieres que
haga?”
“Ven para Ndola, en
Copperbelt”, dijo ella.
“Ven ahora mismo en lo
que puedas. Te voy a
esperar despierta.
Pregunta por Lupili 16”.
Y colgó.
Minutos más tarde el
Jefe y el Subjefe
entraron en la casa, y
ella se llenó de aire
(por no decir de valor)
antes de anunciarles que
en algún momento de la
noche llegaría un
misionero enfermo
utilizando el medio que
fuera, y que ella se
responsabilizaba con
todo.
Primero las miradas de
desconcierto, luego el
regaño a quien permitió
el acceso al lugar del
teléfono de las
instrucciones, y por
último el escandaloso
reproche a la
autorización para la
visita de alguien ajeno
a la casa, provocaron el
estallido que venía
incubándose durante
meses entre ella y el
Jefe.
Con terribles gritos
ambos defendieron sus
puntos de vista. Cuando
Carlos Rozabales debía
ir ascendiendo el primer
tercio de camino entre
Mbala y Ndola, el
Subjefe intervino con el
argumento de que debía
consultarse a la
jefatura de la capital
antes de tomar cualquier
decisión. “Es un colega
enfermo, no hay nada que
preguntar”, dijo ella.
“Es una indisciplina
grave, una violación del
reglamento, vociferaba
el Jefe. Ahora mismo
llamaré a la capital y
verás cómo tengo la
razón.
“Llama a la luna si
quieres, pero él entrará
por esa puerta y lo
vamos a recibir”,
repetía ella.
“Nadie hará nada sin la
debida autorización del
mando central. Voy a
denunciar lo que está
pasando aquí, y serás
juzgada por
insubordinación, tu
actitud es demasiado
irresponsable, aseguraba
él mientras un hindú
trasladaba a Carlos
Rozabales alcanzando ya
la mitad del camino. Por
tu atrevimiento en
decirle a esa persona
que viniera para acá sin
esperar mi permiso te
voy a acusar. Y digo
más: yo tuve hepatitis
hace cuatro años, así
que nadie con íctero
puede entrar aquí”.
“Jódete”, dijo ella. “Lo
voy a meter en esta
casa, y si no te gusta
duermes en el patio. Yo
me cago en ti, entérate
de una vez. Y no digas
‘esa persona’ como si
fuera un extraño. Es uno
de nosotros. Y viene en
camino, gústete o no”.
La puerta del cuarto del
teléfono retumbó cuando
el Jefe y el Segundo la
tiraron a sus espaldas
para encerrarse ambos y
marcar los números que
solo ellos conocían.
Cincuenta minutos más
tarde, cerca de las once
de la noche, llegaba a
la casa Carlos Rozabales
amarillo como un limón
criollo, arrastrando una
pierna que parecía un
jamón, acompañado por un
hindú que
afortunadamente no
hablaba español.
II
Él no daba crédito a lo
que ella intentaba
explicarle. Su amigo
hindú ofreció una
estancia que tenía en
Ndola para pasar allí la
noche y partir en la
mañana, creyendo que se
trataba de un asunto de
celos entre hombres y
mujeres, según el
alboroto que había
contemplado al llegar a
Lupili 16.
“Me iría contigo ahora
mismo, dijo ella bajo el
llanto de un sauce que
cobijaba la entrada de
la casa. Pero no puedo
correr el riesgo de que
mi desacato implique ser
llevada de regreso.
Llevamos ya ocho meses,
y sería un desperdicio
imperdonable. No te
imaginas cuánto lo
siento, pero debes
entenderme. No te
permiten entrar en la
casa, parece que tienes
hepatitis además de la
mordedura de serpiente.
Mañana vendrán a
buscarte de la capital,
y serás internado en un
lugar seguro.
Las instrucciones
recibidas fueron
precisas, dichas alto y
claro: “No se permite el
movimiento de ningún
misionero de forma
inconsulta, sea cual sea
el motivo. Para el
enfermo, se dispondrá de
una solución en cuanto
amanezca”.
Ella, conocedora del
castigo que le sería
impuesto si violaba la
orden, optó por una
salida intermedia: Ser
trasladada de inmediato.
Se sentía fatal y
motivos tenía de sobra:
Se veía a sí misma
miserable al no disponer
de valentía para
afrontar cualquier
consecuencia, se
consideraba responsable
de haber instado a su
amigo a aproximarse a
aquel lugar que resultó
inhóspito, y al final de
cuentas, había elegido
protegerse ella misma,
adoptando una actitud
similar al hombre que
hasta entonces
determinaba qué era
correcto o no. Carlos
Rozabales, sin embargo,
comprendió al cabo sus
motivos, y le prometió
antes de irse,
mantenerla al corriente
de su situación del modo
que encontrara
disponible.
Muy poco tiempo después,
fue complacida la
petición de traslado.
Los calumniosos informes
que hiciera el Jefe de
la brigada de Ndola
acerca de su
comportamiento, no
resultaron suficientes
para que fuera dada de
baja del listado de
misioneros. La otra
muchacha abogó a su
favor recordando la
eficiencia de su
trabajo, aunque no llegó
al atrevimiento de pedir
clemencia de forma
rotunda. El Segundo al
mando se abstuvo de
hacer comentarios, y la
jefatura central decidió
que era menos complicado
satisfacer su pedido que
reportar una
insubordinación cuyas
causas no entendían
bien.
Los mismos que la habían
recibido en la capital
el primer día y que
nunca tenían
posibilidades de visitar
cada provincia, se
encargaron de ir a
recogerla. Cuando fueron
a Ndola varios días
después de la trifulca,
le comunicaron en breves
palabras que Carlos
Rozabales había sido
enviado de regreso al
país, que se encontraba
en fase de convalecencia
y que ella sería
reubicada en un nuevo
lugar. Ella suspiró
aliviada por las buenas
nuevas, recogió sus
escasas pertenencias y
lanzó un tibio gesto de
adiós a la mujer del
Subjefe antes de
montarse en el vehículo
que le permitiría
alejarse de aquel sitio
que ya detestaba.
III
Se la llevaron a Kitwe,
ciento cincuenta
kilómetros más al norte
de Ndola en la misma
provincia Copperbelt,
sin atravesar Mufulira.
Cuando estuvo sola y
supo que había un río
cerca se las ingenió
para llegar a él. Kafue
se llamaba. Se le acercó
por la orilla que no
daba a la otra frontera,
y se metió en él para
mojarse a gusto los
brazos, la cara y la
parte de atrás del
cuello, como quien se
despoja.
La casa que le asignaron
medía menos de tres
metros de ancho, pero
ella la aceptó porque
supo que era conveniente
la soledad, y que la
estrechez en que debía
vivir los dieciséis
meses que le quedaban
allí, la resguardaba de
futuras compañías. El
inmenso placer que le
proporcionaba el trabajo
por el cual había
abandonado la comodidad
de su verdadera casa en
su verdadero país la
aferraba a la decisión
de continuar. El peor
castigo no era una
reprimenda injusta, ni
ser reubicada en un
lugar casi inabordable.
Por paradójico que
resultara, lo peor era
que la enviaran de
regreso a la ciudad con
la que llevaba soñando
cada una de las más de
doscientas veinte noches
transcurridas desde el
primer día.
Cumplir la tarea por la
cual se encontraban en
aquellos parajes
recónditos era un deseo
obsesivo en la mente de
todos los misioneros.
Sabían que el único modo
de lograr dicho
cumplimiento era
resistir durante dos
años. Si eran devueltos,
todo habría sido en
vano.
“La semana que viene
llega a la capital un
nuevo avión. Dicen que
enviarán una brigada
adonde estás. Prepárate,
y no dejes de seguir
llamándonos. El mes
entrante nos veremos en
Chingola. Cuídate”,
le dijeron sus
compañeros de Zolwezi
aproximadamente al
tercer fin de semana de
estar en su nueva
ubicación. Ella no supo
si alegrarse o
maldecir. Por un lado,
le animaba la
perspectiva de hablar en
su idioma con
compatriotas sin tener
que esperar al domingo,
pero por otro, perdía la
potestad de hacer con el
escaso tiempo que le
quedaba libre cuanta
cosa se le antojara sin
estar pensando en
ordenanzas ni en
prohibiciones. Ir al río
a mojarse los brazos, la
nuca y la frente sin
pedir permiso, por
ejemplo.
De todas maneras, en
algún momento iba a
dejar de estar sola,
bien lo sabía. Sin
sentir remordimiento, se
alegró de que su
dormitorio fuera mínimo.
De pronto, su condición
de ser la más
experimentada en
aquellos parajes cobraba
importancia.
Sabía por sus amigos que
llevaba sobre la cabeza
el estigma de la
indisciplina. Que
colgaba de un frágil
hilo la posibilidad de
obtener la medalla que
daría fe del
cumplimiento de su
misión. Sospechando que
iba a ser observada todo
el tiempo, cuando vio
descender del ómnibus
procedente de la capital
a sus nuevos colegas, se
dirigió a ellos con la
certeza de que los días
de absoluta
independencia de la que
disfrutara por más o
menos treinta jornadas
habían llegado a su fin.
Eran seis, y le cayeron
encima interrogándola
con infinidad de dudas;
las mismas que ella tuvo
al llegar nueve meses
antes sin haber
encontrado a quién
preguntar. Les dijo
aquellas cosas que eran
útiles para preservar la
vida, y las
características del
trabajo. No quiso
explicarles el rígido
control que se ejercería
sobre ellos, ni les
habló de la espantosa
añoranza que les iba a
golpear el rostro y el
alma en las noches.
Estableció la elemental
distancia que sabía
indispensable para no
volver a caer en las
redes de asfixia de las
que se había librado,
pero se mostró amable.
Uno de ellos se presentó
como el Nuevo Jefe, y
designó a un Segundo
antes de que se los
llevaran a las casas
que ocuparían. La de
ella, separada del
resto, no fue discutida
como opción. Le
respetaron su
antigüedad, y aunque
ella tardó varias
semanas en sentirse
cómodamente acompañada,
invitó desde el cuarto
día a sus paisanos a
tomar café en sus
dominios, sin mencionar
el episodio por el cual
se había alejado de su
primer destino.
Manteniendo el recelo
que ya no la
abandonaría, cultivó una
cordial relación con el
nuevo grupo,
entendiéndose como tal
la camaradería básica
para trabajar juntos. A
pesar de compartir con
ellos sesiones de café,
y de respetar la
autoridad del Nuevo
Jefe, no permitió que
fuera invadida del todo
la autonomía alcanzada
por ella. Así,
conservaba en silencio
el acceso al teléfono,
que escondía bajo el
camastro de su casa
pequeñísima. Los
domingos, y a veces en
inglés, dedicaba varios
minutos a comunicarse
con sus antiguos
colegas; quienes le
daban ánimos y noticias
en secreto.
Ocasionalmente lograban
verse, so pretexto de
actualizaciones en la
evolución del trabajo
que llevaban mucho más
adelantado que el resto,
dado el tiempo que
separaba una brigada de
la otra. Excepto el
grupo de Ndola y el de
Livingstone, uno por
razones obvias y el otro
por la descomunal
distancia que los
separaba, el resto hacía
esfuerzos por asistir a
lo que llamaban
eufemísticamente
meetings. Para ello,
disponían de pocas
horas, que empleaban en
preguntarse noticias
unos a otros acerca de
la fecha en que debían
recibir la constancia
del cumplimiento, en
proponer sugerencias
para mejorar el trabajo,
y en darse fuerzas para
continuar resistiendo.
Fue en Chingola donde
sus amigos le dijeron
que habían escuchado
noticias acerca de una
comisión que evaluaría
la conducta de los más
antiguos, con vistas a
preparar la carta que
constituía el primer
paso para la medalla.
El procedimiento era
otorgar (o no) un aval
como constancia de que
habían cumplido (o no)
lo establecido según los
acuerdos, y más tarde,
recibir (o no) la
condecoración
definitiva.
Le contaron que como
premio a su conducta, el
Jefe de la brigada que
radicaba en Ndola había
sido nombrado Auditor
Principal. Él sería, por
tanto, el encargado de
visitar a quienes
llevaban más tiempo en
el país. Ella mantuvo la
calma mientras escuchaba
a sus colegas. Ellos
tomaron un respiro luego
de darle esas primeras
noticias, para
anunciarle entonces que
algo mucho más grave iba
a suceder. “Algo que
tampoco podíamos decirte
por teléfono,
puntualizaron, para lo
que debes
prepararte”.
IV
“Cambiaron a los Jefes
de la capital. Les llegó
el relevo, y ahora hay
nueva directiva. No
conocen a nadie todavía,
y Ávila es el elegido
para nuestra evaluación.
Como el muy cabrón sabe
que tiene tremenda deuda
contigo, ha escrito un
informe donde te acusa
de haber negado ayuda a
uno de nosotros cuando
enfermó porque tuviste
miedo de contagiarte.
Dicen que dijo que si
firmas ese documento, a
cambio él borrará de tu
expediente las
barbaridades que dijo de
ti cuando estabas bajo
su mando en Ndola, y
solo así obtendrás el
aval para la medalla.
También dicen que dijo
que una vez que firmes
esa declaración, todo
será borrón y cuenta
nueva. Nadie de la
jefatura actual sabe lo
que sucedió. Ese informe
será para cuidarse de ti
en el futuro. Piensa
bien lo que vas a hacer,
porque no tienes mucho
tiempo, Ávila iniciará
el recorrido por
carretera dentro de tres
días. Cualquier decisión
que tomes, será apoyada
por nosotros. Estamos
dispuestos a testificar
a favor tuyo. La gente
de Mufulira, de Mbala,
de Livignstone y de
Kasama ya está avisada.
Solo recuerda que
estamos terminando el
primer año, y que Carlos
Rozabales no regresará
más. Por su enfermedad,
le otorgaron la medalla,
y a nosotros nos faltan
casi doce meses para
terminar. ¿Tienes idea
de qué vas a hacer?”
V
Ella regresó a su
minúscula casa de Kitwe
con el corazón hecho una
pasa. Con la mente en
blanco y el ánimo
abatido como nunca.
Durante las dos noches
siguientes no durmió,
intentando encontrar una
posible solución al
dilema que debía
enfrentar, pero no lo
logró. Al amanecer del
tercer día, violó el
código establecido para
llamar por teléfono a
sus amigos porque no era
domingo sino jueves, y
marcó los números de sus
casas. Entonces, con
absoluta convicción,
dispuesta a inmolarse
por su pensamiento si
algún día se lo
recriminaba Dios (en el
que nunca había creído
demasiado), les dijo en
sordina:
“Que lo parta un rayo.
Que se estrelle contra
un muro. Que reviente
antes de salir. Que se
pierda en la noche. Que
se vaya por un barranco.
Que lo muerda una
cascabel. Que lo alcance
una nube de Tsé-Tsé. Que
lo confundan y le
disparen. Que un suicida
lo embista. Que se
ahogue en el río Kafue.
Que se queme. Que se
atragante. Que un
derrame cerebral. Que
una avispa venenosa. Que
una manga de viento. Que
se lo trague el
Copperbelt. Que se muera
que se muera que se
muera que se muera.”
VI
La noche en que Ávila
falleció, había llovido
a cántaros. Los
accidentes en esas
carreteras, como se
sabe, eran muy
frecuentes. Ella escuchó
la noticia como quien
oye caer un escupitajo
en la selva: He
passed away last night,
dijeron algunos amigos.
Otros, simplemente
“Murió anoche”.
Laidi Fernández de
Juan: Médico y
narradora cubana. Entre
sus publicaciones se
encuentran: Dolly y
otros cuentos africanos
(1994); “Clemencia bajo
el sol” (Gran Premio
Cecilia Valdés, 1996), y
Oh vida (Premio
UNEAC, cuento, 1998). |