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Un par de días atrás, a
la hora de calentarme el
almuerzo, no tuve
necesidad de cerrar a
cal y canto la ventana
de la cocina y la puerta
del comedor para escapar
al reguetón que anima el
mediodía en alguna casa
al fondo de la mía.
La voz clarísima de Lino
Borges dejaba escuchar
un bolero y otro, con
aquella serenidad de
siempre. Yo, en mis
trajines, escapando del
calor, por más que el
sol entrara haciéndose
acompañar de uno que
otro recuerdo. De
pronto, con la misma
pasmosa calma que había
reinado durante los
cortes anteriores en
aquella compilación
deliciosa quemada por
quién sabe quién, hizo
su entrada el
escalofriante bolero de
Arsenio donde el
cantante, investido de
poderes que le permitían
hilvanar sentencias
difíciles de admitir sin
que tengamos que tragar
en seco, suscribía, uno
a uno, los pareceres del
autor.
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El siglo XX, en su
devenir, nos fue dejando
ejemplos de canciones
atrevidas donde queda
sellado el compromiso
entre el autor que
talla, afila y pule las
flechas y una voz que
las dispara
—a troche y
moche— a sabiendas de
que el ser humano, en
cuestión de
sentimientos, no tiene
remedio. Cuando José
Antonio Méndez, en el
reparto habanero de Los
Pinos, colocaba su
“desmiento a Dios,
porque al tenerte yo en
vida no necesito ir al
cielo” (“La gloria eres
tú”), posiblemente no le
había llegado a Arsenio
Rodríguez la hora de
enfrentar una adversidad
como la que le hizo
dejar toda esperanza
conclusa para sentencia
en la tercera frase de
“La vida es un sueño”,
anudada en un momento
modulante que va a dar
pie al clímax del
singular y atronador
bolero: “…que todo es
mentira, que nada es
verdad”. Años más tarde,
Adolfo Guzmán
—en pleno
Vedado— descubriría,
entre otras cosas, que
“no se puede tener
conciencia y corazón”;
los hermanos Expósito,
en la Argentina, darían
la media vuelta con
órdenes muy precisas:
“mira el paisaje del
amor que es la razón
para soñar y amar” (“Vete
de mí”) y Vicente
Garrido, en el D. F.,
desde su acostumbrada
lucidez y haciendo gala
de esa blandura de
corazón que tanta falta
nos hace palpar de vez
en cuando, hilvanaría
aquellas invencibles
cabriolas que
Bola de
Nieve fijó en la memoria
musical de quienes
recibimos el regalo de
su arte: “te quiero
tanto que me encelo
hasta de lo que pudo
ser, y me figuro que
—por
eso—
es que yo vivo tan
intranquilo” (“No me
platiques”).
Pero bueno, a lo que
iba: a cien años de su
nacimiento en la
localidad matancera de
Güira de Macurijes, “el
ciego maravilloso” no ha
cesado de vivir en las
notas de este bolero
fuerte y sentido, hecho
a la medida para un tipo
de conjunto donde es
mejor que cada músico se
esmere en lucir un sello
propio sin opacar al
otro, donde el ritmo se
afinca duro y
—no
importa la crudeza de
las frases que esté
lanzando la letra a rajatablas— aviva el
impulso de bailar suave;
donde
—en
fin— el simple
martilleo de una frase
recurrente nos ayudará
a mantener el gusto por
el tarareo. Un bolero
para bailar y también
para cantar, que pone a
prueba a cualquier voz
deseosa de iniciarse o
de permanecer.
La vida, Arsenio, es un
sueño
—ya usted lo dijo
en aquel bolero—.
Gracias por devolverme
el derecho al sol y el
aire con solo 32
compases. Un par de días
atrás, en medio de los
trajines del almuerzo,
mientras iba dejando
entrar a Lino Borges
como Pedro por su casa,
pensaba yo en aquella
frase que usted dijo
también y que no me
canso de agradecerle:
“hay que vivir el
momento feliz”. Toda la
gloria del mundo para
usted en esta
conmemoración.
Almendares, 4 de
septiembre de 2011 |