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El 11 de septiembre de
1973, en medio de la
masacre que significó
para Chile el día que
derrocaron al presidente
Salvador Allende, el
golpista Augusto
Pinochet ordenaba por
radio a sus efectivos:
“Puesto Uno: De parte del
comandante en jefe,
además de las medidas
que existen sobre radio
y televisión, ehhh, no
se aceptan, repito, nin...
publicación de prensa de
ninguna especie. Y
aquella que llegara a
salir, además de ser
requisada, motivará la
destrucción de las
instalaciones en las que
fue editada. Cambio...
Ehhh, justamente el
personal que trabaja
allá en Punto Final,
todo el mundo ahí debe
ser detenido. Cambio”.
Las oficinas de la
revista que en 1968
había hecho llegar a
Cuba y luego publicado
en sus páginas, en
exclusiva para la
América del Sur, el
Diario del Che en
Bolivia, fueron
asaltadas y destruidas.
Fue quemada la colección
y el archivo que
guardaba centenares de
fotografías y documentos
de la izquierda chilena.
Quienes habían sacado
adelante la publicación
desde 1965 fueron
torturados, asesinados o
apresados; pero el
propio 11 de septiembre
de 1973, la edición 192
de Punto Final
había logrado salir a la
calle: en sus páginas,
los chilenos pudieron
leer una denuncia
abierta al avance de una
represión despiadada de
las Fuerzas Armadas,
amparadas en la Ley de
Control de Armas.
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Su director fundador, el
periodista Manuel
Cabieses, fue detenido
el día 13. Durante dos
años, le mantuvieron
prisionero en el Estadio
Chile, Estadio Nacional,
Chacabuco, Puchuncaví y
Tres Álamos, hasta que
fue expulsado del país
gracias a una activa
campaña internacional.
Con su familia, fue
acogido en Cuba. Como
dirigente del Movimiento
de Izquierda
Revolucionaria (MIR),
regresó clandestino a
Chile cuatro años
después, y permaneció en
esa condición hasta
agosto de 1989, cuando
emprendió la tarea de
revivir Punto Final
tras 16 años de
clausura.
Aún hoy, la revista sale
a la calle con
periodicidad quincenal.
El espíritu crítico y
exhaustivo que le
nombrara —como voluntad
de llevar siempre la
indagación hasta el
punto final de cada
asunto— permanece
vigente. En los últimos
meses, cuando la
representante del
movimiento estudiantil
que ha puesto en jaque
al gobierno de Sebastián
Piñera y, con ello, a
todo el aparato
neoliberal intacto desde
los tiempos de la
dictadura, ha hecho
pública su desconfianza
a los medios de
comunicación de su país,
Punto Final no se
ha limitado a acompañar
las demandas de este
nuevo movimiento social
chileno. Con artículos y
editoriales
contundentes, ha
encauzado las miradas
hacia el respeto que tal
movimiento merece, en
claro enfrentamiento a
quienes pretenden
deslegitimar su alcance
adjudicando la masividad
y transversalidad de las
protestas al atractivo
físico, al look
de jeans gastados y
pañuelo al cuello de
Camila Vallejo.
A 46 años de su
fundación, Manuel
Cabieses permanece al
frente del colectivo
editorial de Punto
Final.
Sobrevivientes de la
hoguera dictatorial, han
arribado a la era
Internet con una versión
digital de su edición
impresa, junto con un
archivo que nos permite
acceder a toda su
historia, a fotografías
de sus integrantes
asesinados o torturados,
y a cada número que
desde 1965 ha salido a
estremecer las calles de
Chile. Para ser
entrevistado por La
Jiribilla, Cabieses
no puso reparos. La web
que le resulta un tanto
ajena al periodista “de
la vieja escuela”, nos
ha servido para
comunicarnos y advertir
las múltiples
coincidencias que nos
unen: además de haber
permitido que los
avatares del Che antes
de su muerte llegaran a
salvo a nosotros; además
de haber acogido en sus
páginas, desde los
primeros números, a
voces de la
intelectualidad cubana
como Fernando Martínez
Heredia (la primera
entrevista que le
hicieran fue justamente
una iniciativa de los
redactores de esa
revista), Punto Final
resurge como un ave
fénix cada quincena, en
formato tabloide, con 32
páginas y un alto
contenido gráfico. Como
nuestra edición en
papel, cada bimestre.
Feliz coincidencia que
justifica aún más
nuestra conversación,
desafiando las
cordilleras entre un
extremo y otro de la
América Latina.
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Memoria del fuego
En septiembre de 1965,
cuando usted y Mario
Díaz Barrientos salieron
a vender personalmente
el primer Punto Final
a la calle Ahumada, un
testigo les comparó con
Quijote y Sancho.
¿Contra qué molinos de
viento habría de
enfrentarse una
publicación que, desde
aquella primera edición,
“cree que las grandes
masas son las
protagonistas de la
historia y se coloca a
su servicio”?
Nos enfrentábamos a los
espesos muros del
monopolio ideológico del
capitalismo que mantiene
prisioneros al
pensamiento crítico y a
la propuesta liberadora
alternativa en nuestros
países. Esto significa
control de los medios
materiales que permiten
la transmisión escrita o
audiovisual de la
información y la
opinión. Control de la
publicidad, que es el
torrente sanguíneo que
permite subsistir a
periódicos, radios y
estaciones de
televisión. Control, en
fin, de los canales de
distribución que
permiten —en el caso de
la prensa escrita—
llegar a todo el país:
como se sabe, Chile es
una “larga y angosta
faja de tierra”, y aún
más allá.
Sinceramente, estas
dificultades representan
algo más que los molinos
de viento de Don
Quijote. Esos factores
han operado en contra
nuestra y pretendieron
liquidarnos. Hemos
soportado el sabotaje en
la distribución,
clausuras, censuras,
negación absoluta de la
publicidad estatal y
privada, etc. Pero aquí
estamos, de pie todavía.
La posibilidad de
publicar el Diario
del Che en Bolivia,
en 1968, en exclusiva
para la América del Sur,
dejaba clara una
posición más que
editorial para Punto
Final. ¿Así fue
percibido? ¿Cuánto marcó
ese hecho a quienes
hacían la revista
gratuitamente, apenas
manteniéndose con el
salario de sus otros
empleos?
Punto Final
es una más de las muchas
experiencias surgidas en
América Latina al calor
de la Revolución Cubana.
De modo que haber tenido
la suerte de recibir el
Diario del Che en
Bolivia, hacerlo
llegar a Cuba y luego
tener el privilegio de
publicarlo en una
edición exclusiva para
América del Sur,
constituye un honor. El
honor más grande en la
larga vida de Punto
Final. La Revolución
Cubana, repito, era el
factor de inspiración
común de quienes
hacíamos la revista. Por
decirlo de otro modo, el
pensamiento que emanaba
de la Revolución Cubana
era el factor que
cohesionaba nuestra
unidad ideológica.
¿Cómo articularon sus
roles como periodistas
—animadores de la
polémica, del “dedo en
la llaga”, como decimos
en Cuba— con un
pensamiento social
latinoamericano que no
siempre fue homogéneo?
Incluso, con el
pensamiento
revolucionario chileno
en tiempos de la Unidad
Popular, no exento de
ingenuidades y
romanticismos.
Considerábamos que
nuestra militancia se
daba en el periodismo,
ese era nuestro campo de
combate. Pero además
participábamos en otras
actividades. Por
ejemplo, Augusto
Olivares, Hernán Uribe y
yo éramos dirigentes del
Colegio de Periodistas;
en mi caso, además,
presidía el sindicato de
trabajadores del diario
en que me ganaba el pan.
Algunos como Mario Díaz,
Augusto Carmona y yo nos
hicimos también
militantes del MIR.
Tuvimos roces y
polémicas con otras
corrientes políticas de
la izquierda chilena,
sobre todo con el
Partido Comunista (PC).
Más o menos los mismos
problemas que se dieron
en casi toda la
izquierda
latinoamericana, entre
el reformismo heredado
de gastadas prácticas
políticas y electorales,
y el pensamiento
revolucionario nuevo que
surgía impetuoso y
desafiante. Sin embargo,
esto no nos impidió
trabajar en conjunto con
diversas corrientes de
Izquierda, incluyendo el
PC. Juntos, por ejemplo,
organizamos la primera
Asamblea Nacional de
Periodistas de Izquierda
en abril de 1971, cuya
comisión organizadora me
correspondió presidir.
El presidente Allende
habló en la inauguración
de esa Asamblea.
¿Cómo recuerda el 11 de
septiembre de 1973? ¿Les
tomó por sorpresa aquel
ensañamiento contra los
miembros de Punto
Final?
El golpe de Estado fue
un tajo brutal en la
historia de Chile.
Estábamos convencidos
que el golpe venía, pero
de todos modos nos tomó
de sorpresa. Sobre todo
la ferocidad brutal de
los militares sublevados
y de sus socios civiles.
En lo que a Punto
Final se refiere, se
conoce la transcripción
de un mensaje radial de
Pinochet, desde el
puesto de mando del
golpe, ordenando asaltar
y destruir la sede de la
revista y asesinar a sus
redactores. Ese mensaje
siniestro es también un
certificado de honor en
nuestra historia.
¿Qué le incorporaron los
dos años de prisión y el
exilio en Cuba a la
nueva resurrección de
Punto Final, tras 16
años fuera de las calles
de Chile?
La prisión en Chile, el
exilio en Cuba y la
clandestinidad en mi
país durante casi diez
años, forman parte de la
experiencia más valiosa
de mi vida. Por supuesto
me ayudaron mucho a
readaptarme a la vida
legal y al ejercicio del
periodismo crítico
—apegado a los
principios de siempre—
que caracterizan la
línea editorial e
informativa de Punto
Final.
Usted ha dicho que
“América Latina es un
continente mágico”.
¿Cree que pudo existir
una revista como esa en
otro sitio?
La mejor prueba de que
América Latina es un
continente mágico, lo
constituye la existencia
de Punto Final.
Por lo mismo, no creo
que pudiera darse algo
similar en otro lugar
del mundo. Un continente
que lleva dos siglos
defendiendo su
independencia contra
toda clase de imperios e
intentando sacudirse de
las gavillas de
facinerosos que se han
apoderado de sus
gobiernos, es capaz de
crear la magia que hace
posible lo que parece
imposible.
Una revista de esta hora
La venta directa en los
quioscos callejeros y
las suscripciones
constituyen hoy la
principal fuente de
ingresos de Punto
Final. Pareciera
imposible, en tiempos en
que la concentración de
medios y su
financiamiento por
empresas privadas
constituye un signo
distintivo de los medios
de comunicación en
América Latina. ¿Qué
garantiza su
sobrevivencia?
Nada garantiza nuestra
sobrevivencia. Vivimos
al borde del abismo.
Carecemos de capital, de
ahorros, de bienes.
Nuestro futuro
previsible no va más
allá de tres o cuatro
meses. Y así ha sido
siempre. Pero no
perdemos el optimismo
aunque a veces tenemos
que enfrentarnos a
nuestras propias dudas y
temores.
Punto Final
tiene una página en
Internet, aunque tengo
entendido que su
principal soporte sigue
siendo el papel. No
obstante, el espacio
Memoria Histórica que
han logrado incorporar a
la edición digital es un
hecho inédito entre las
publicaciones
latinoamericanas de
izquierda que sobreviven
desde los 60. Incluye
fotografías, incluso, de
periodistas de Punto
Final asesinados por
la dictadura. ¿Cuánto
cree que ese espacio
puede aportar en una web
donde florecen a cada
hora espacios (des)informativos
de todo tipo y donde
abunda la información
sin antecedente, que
pretende borrar la
memoria de los pueblos?
Esa página en Internet
presta un valioso
servicio documental a
historiadores,
politólogos,
investigadores,
estudiantes de diversas
disciplinas sociales,
etc. Es un punto de
referencia de muchas
inquietudes que buscan
las raíces de los
grandes temas de nuestra
época.
¿Qué opinión le merece
Internet a un periodista
“de la vieja escuela”,
forjado en la
investigación, en la
historia bien contada,
en la exhaustividad, en
la tradición que les
otorga a los medios el
rol de agitar
conciencias?
Me inspira profundo
respeto, entre otras
cosas porque no la
entiendo bien. Me
maravillan sus
potencialidades; pero lo
mío es el papel, la
tinta, el aroma del
periódico recién
impreso, la velocidad de
la rotativa...
Cuando nació Punto
Final, su apuesta
era ante todo por un
periodismo rebelde,
analítico, exhaustivo.
¿Cree que aún puede
hallarse ese espíritu
entre los profesionales
de la prensa?
Por supuesto que puede
hallarse ese espíritu.
Es cierto que las
universidades fabrican
periodistas para servir
al capitalismo; pero son
muchos los periodistas
en ejercicio y los
estudiantes de
periodismo que
consideran a esta
profesión como un
servicio a la sociedad
que exige ciertos
principios éticos
insoslayables. Los
periodistas, al igual
que el público lector,
son víctimas de los
“industriales de la
información” que han
convertido la noticia y
la opinión en una
mercancía. La
mercantilización del
periodismo no es culpa
de los periodistas, sino
de los amos de la prensa
que en todos los tiempos
han prostituido este
oficio.
¿Cuáles son, en este
tiempo, los elementos
del contexto político,
social y cultural que
centran las páginas de
Punto Final?
Punto Final
intenta utilizar los
instrumentos del
periodismo para analizar
los acontecimientos
mundiales, y el
acontecer nacional,
desde una clara y
definida posición de
izquierda; pero
valorando todos los
elementos de la realidad
que es siempre compleja.
Permanecemos alejados de
las consignas y del
dogmatismo. Nuestra
atención principal es
América Latina. Nos
interesan las nuevas
experiencias de la lucha
social y política que
hacen nuestros pueblos y
en particular las
posibilidades que se han
abierto para retomar el
camino hacia un
socialismo liberador.
“Yo mismo creía que
escribíamos para viejos
nostálgicos del
socialismo”, dijo en una
entrevista, sorprendido
de ese público lector,
mayoritariamente joven;
pero Punto Final
celebró sus 40 años con
un seminario sobre
Socialismo del Siglo
XXI… ¿podría decirse que
es una revista para
nuevos nostálgicos del
socialismo?
Digamos más: la nueva
realidad del mundo y de
nuestro país nos está
demostrando que no somos
una revista para
nostálgicos… Somos una
revista para luchadores
de hoy por un mundo
mejor. Participamos con
quienes luchan en
diversas formas por un
socialismo a la medida
del ser humano y en la
dimensión de sus sueños,
entre ellos la libertad,
la igualdad y la
solidaridad.
Por estos días, en
tiempos que el modelo
económico, social,
cultural y político que
instauró la dictadura en
Chile, se percibe casi
intacto hasta nuestros
días, vemos a Punto
Final con “la pluma
en ristre”, acompañando
las demandas del
movimiento estudiantil
con editoriales
contundentes: “¡Es una
Revolución, estúpidos”.
¿Cuánto influye un
editorial como ese,
viniendo de una
publicación cuyos
lectores son,
mayoritariamente,
jóvenes de 15 a 19 años
de los grupos
socioeconómicos
medio-bajo y bajo?
Nos resulta imposible
medir la influencia de
una portada o un
editorial de Punto
Final. No obstante,
en el caso que usted
menciona, puedo decirle
que después de esa
publicación numerosos
analistas en la prensa,
radio y televisión
nacionales, comenzaron a
explorar la posibilidad
de que en Chile esté
desarrollándose una
verdadera revolución,
sobre todo en el campo
de las conciencias —ayer
partidarias del modelo
neoliberal, hoy críticas
de la injusticia social
y de la raquítica
democracia heredada de
la dictadura—. Punto
Final es el reflejo
consciente del gran
cambio que se está dando
en la sociedad chilena,
hasta ayer pasiva y
resignada al abuso y la
explotación. No podemos
presumir de promotores
de ese cambio; pero sí
que lo acompañaremos
hasta su victoria. |