La Habana. Año X.
10 al 16 de SEPTIEMBRE de 2011

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Manuel Cabieses, director y fundador de la publicación chilena Punto Final:

“No somos una revista para nostálgicos”  

Marianela González • La Habana

El 11 de septiembre de 1973, en medio de la masacre que significó para Chile el día que derrocaron al presidente Salvador Allende, el golpista Augusto Pinochet ordenaba por radio a sus efectivos: “Puesto Uno: De parte del comandante en jefe, además de las medidas que existen sobre radio y televisión, ehhh, no se aceptan, repito, nin... publicación de prensa de ninguna especie. Y aquella que llegara a salir, además de ser requisada, motivará la destrucción de las instalaciones en las que fue editada. Cambio... Ehhh, justamente el personal que trabaja allá en Punto Final, todo el mundo ahí debe ser detenido. Cambio”. Las oficinas de la revista que en 1968 había hecho llegar a Cuba y luego publicado en sus páginas, en exclusiva para la América del Sur, el Diario del Che en Bolivia, fueron asaltadas y destruidas. Fue quemada la colección y el archivo que guardaba centenares de fotografías y documentos de la izquierda chilena. Quienes habían sacado adelante la publicación desde 1965 fueron torturados, asesinados o apresados; pero el propio 11 de septiembre de 1973, la edición 192 de Punto Final había logrado salir a la calle: en sus páginas, los chilenos pudieron leer una denuncia abierta al avance de una represión despiadada de las Fuerzas Armadas, amparadas en la Ley de Control de Armas.

Su director fundador, el periodista Manuel Cabieses, fue detenido el día 13. Durante dos años, le mantuvieron prisionero en el Estadio Chile, Estadio Nacional, Chacabuco, Puchuncaví y Tres Álamos, hasta que fue expulsado del país gracias a una activa campaña internacional. Con su familia, fue acogido en Cuba. Como dirigente del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), regresó clandestino a Chile cuatro años después, y permaneció en esa condición hasta agosto de 1989, cuando emprendió la tarea de revivir Punto Final tras 16 años de clausura.

Aún hoy, la revista sale a la calle con periodicidad quincenal. El espíritu crítico y exhaustivo que le nombrara —como voluntad de llevar siempre la indagación hasta el punto final de cada asunto— permanece vigente. En los últimos meses, cuando la representante del movimiento estudiantil que ha puesto en jaque al gobierno de Sebastián Piñera y, con ello, a todo el aparato neoliberal intacto desde los tiempos de la dictadura, ha hecho pública su desconfianza a los medios de comunicación de su país, Punto Final no se ha limitado a acompañar las demandas de este nuevo movimiento social chileno. Con artículos y editoriales contundentes, ha encauzado las miradas hacia el respeto que tal movimiento merece, en claro enfrentamiento a quienes pretenden deslegitimar su alcance adjudicando la masividad y transversalidad de las protestas al atractivo físico, al look de jeans gastados y pañuelo al cuello de Camila Vallejo.

A 46 años de su fundación, Manuel Cabieses permanece al frente del colectivo editorial de Punto Final. Sobrevivientes de la hoguera dictatorial, han arribado a la era Internet con una versión digital de su edición impresa, junto con un archivo que nos permite acceder a toda su historia, a fotografías de sus integrantes asesinados o torturados, y a cada número que desde 1965 ha salido a estremecer las calles de Chile. Para ser entrevistado por La Jiribilla, Cabieses no puso reparos. La web que le resulta un tanto ajena al periodista “de la vieja escuela”, nos ha servido para comunicarnos y advertir las múltiples coincidencias que nos unen: además de haber permitido que los avatares del Che antes de su muerte llegaran a salvo a nosotros; además de haber acogido en sus páginas, desde los primeros números, a voces de la intelectualidad cubana como Fernando Martínez Heredia (la primera entrevista que le hicieran fue justamente una iniciativa de los redactores de esa revista), Punto Final resurge como un ave fénix cada quincena, en formato tabloide, con 32 páginas y un alto contenido gráfico. Como nuestra edición en papel, cada bimestre. Feliz coincidencia que justifica aún más nuestra conversación, desafiando las cordilleras entre un extremo y otro de la América Latina.  

Memoria del fuego

En septiembre de 1965, cuando usted y Mario Díaz Barrientos salieron a vender personalmente el primer Punto Final a la calle Ahumada, un testigo les comparó con Quijote y Sancho. ¿Contra qué molinos de viento habría de enfrentarse una publicación que, desde aquella primera edición, “cree que las grandes masas son las protagonistas de la historia y se coloca a su servicio”?

Nos enfrentábamos a los espesos muros del monopolio ideológico del capitalismo que mantiene prisioneros al pensamiento crítico y a la propuesta liberadora alternativa en nuestros países. Esto significa control de los medios materiales que permiten la transmisión escrita o audiovisual de la información y la opinión. Control de la publicidad, que es el torrente sanguíneo que permite subsistir a periódicos, radios y estaciones de televisión. Control, en fin, de los canales de distribución que permiten —en el caso de la prensa escrita— llegar a todo el país: como se sabe, Chile es una “larga y angosta faja de tierra”, y aún más allá.

Sinceramente, estas dificultades representan algo más que los molinos de viento de Don Quijote. Esos factores han operado en contra nuestra y pretendieron liquidarnos. Hemos soportado el sabotaje en la distribución, clausuras, censuras, negación absoluta de la publicidad estatal y privada, etc. Pero aquí estamos, de pie todavía.

La posibilidad de publicar el Diario del Che en Bolivia, en 1968, en exclusiva para la América del Sur, dejaba clara una posición más que editorial para Punto Final. ¿Así fue percibido? ¿Cuánto marcó ese hecho a quienes hacían la revista gratuitamente, apenas manteniéndose con el salario de sus otros empleos?

Punto Final es una más de las muchas experiencias surgidas en América Latina al calor de la Revolución Cubana. De modo que haber tenido la suerte de recibir el Diario del Che en Bolivia, hacerlo llegar a Cuba y luego tener el privilegio de publicarlo en una edición exclusiva para América del Sur, constituye un honor. El honor más grande en la larga vida de Punto Final. La Revolución Cubana, repito, era el factor de inspiración común de quienes hacíamos la revista. Por decirlo de otro modo, el pensamiento que emanaba de la Revolución Cubana era el factor que cohesionaba nuestra unidad ideológica.

¿Cómo articularon sus roles como periodistas —animadores de la polémica, del “dedo en la llaga”, como decimos en Cuba— con un pensamiento social latinoamericano que no siempre fue homogéneo? Incluso, con el pensamiento revolucionario chileno en tiempos de la Unidad Popular, no exento de ingenuidades y romanticismos.

Considerábamos que nuestra militancia se daba en el periodismo, ese era nuestro campo de combate. Pero además participábamos en otras actividades. Por ejemplo, Augusto Olivares, Hernán Uribe y yo éramos dirigentes del Colegio de Periodistas; en mi caso, además, presidía el sindicato de trabajadores del diario en que me ganaba el pan. Algunos como Mario Díaz, Augusto Carmona y yo nos hicimos también militantes del MIR.

Tuvimos roces y polémicas con otras corrientes políticas de la izquierda chilena, sobre todo con el Partido Comunista (PC). Más o menos los mismos problemas que se dieron en casi toda la izquierda latinoamericana, entre el reformismo heredado de gastadas prácticas políticas y electorales, y el pensamiento revolucionario nuevo que surgía impetuoso y desafiante. Sin embargo, esto no nos impidió trabajar en conjunto con diversas corrientes de Izquierda, incluyendo el PC. Juntos, por ejemplo, organizamos la primera Asamblea Nacional de Periodistas de Izquierda en abril de 1971, cuya comisión organizadora me correspondió presidir. El presidente Allende habló en la inauguración de esa Asamblea.

¿Cómo recuerda el 11 de septiembre de 1973? ¿Les tomó por sorpresa aquel ensañamiento contra los miembros de Punto Final?

El golpe de Estado fue un tajo brutal en la historia de Chile. Estábamos convencidos que el golpe venía, pero de todos modos nos tomó de sorpresa. Sobre todo la ferocidad brutal de los militares sublevados y de sus socios civiles. En lo que a Punto Final se refiere, se conoce la transcripción de un mensaje radial de Pinochet, desde el puesto de mando del golpe, ordenando asaltar y destruir la sede de la revista y asesinar a sus redactores. Ese mensaje siniestro es también un certificado de honor en nuestra historia.

¿Qué le incorporaron los dos años de prisión y el exilio en Cuba a la nueva resurrección de Punto Final, tras 16 años fuera de las calles de Chile?

La prisión en Chile, el exilio en Cuba y la clandestinidad en mi país durante casi diez años, forman parte de la experiencia más valiosa de mi vida. Por supuesto me ayudaron mucho a readaptarme a la vida legal y al ejercicio del periodismo crítico —apegado a los principios de siempre— que caracterizan la línea editorial e informativa de Punto Final.

Usted ha dicho que “América Latina es un continente mágico”. ¿Cree que pudo existir una revista como esa en otro sitio?

La mejor prueba de que América Latina es un continente mágico, lo constituye la existencia de Punto Final. Por lo mismo, no creo que pudiera darse algo similar en otro lugar del mundo. Un continente que lleva dos siglos defendiendo su independencia contra toda clase de imperios e intentando sacudirse de las gavillas de facinerosos que se han apoderado de sus gobiernos, es capaz de crear la magia que hace posible lo que parece imposible.

Una revista de esta hora

La venta directa en los quioscos callejeros y las suscripciones constituyen hoy la principal fuente de ingresos de Punto Final. Pareciera imposible, en tiempos en que la concentración de medios y su financiamiento por empresas privadas constituye un signo distintivo de los medios de comunicación en América Latina. ¿Qué garantiza su sobrevivencia?

Nada garantiza nuestra sobrevivencia. Vivimos al borde del abismo. Carecemos de capital, de ahorros, de bienes. Nuestro futuro previsible no va más allá de tres o cuatro meses. Y así ha sido siempre. Pero no perdemos el optimismo aunque a veces tenemos que enfrentarnos a nuestras propias dudas y temores.

Punto Final tiene una página en Internet, aunque tengo entendido que su principal soporte sigue siendo el papel. No obstante, el espacio Memoria Histórica que han logrado incorporar a la edición digital es un hecho inédito entre las publicaciones latinoamericanas de izquierda que sobreviven desde los 60. Incluye fotografías, incluso, de periodistas de Punto Final asesinados por la dictadura. ¿Cuánto cree que ese espacio puede aportar en una web donde florecen a cada hora espacios (des)informativos de todo tipo y donde abunda la información sin antecedente, que pretende borrar la memoria de los pueblos?

Esa página en Internet presta un valioso servicio documental a historiadores, politólogos, investigadores, estudiantes de diversas disciplinas sociales, etc. Es un punto de referencia de muchas inquietudes que buscan las raíces de los grandes temas de nuestra época.

¿Qué opinión le merece Internet a un periodista “de la vieja escuela”, forjado en la investigación, en la historia bien contada, en la exhaustividad, en la tradición que les otorga a los medios el rol de agitar conciencias?

Me inspira profundo respeto, entre otras cosas porque no la entiendo bien. Me maravillan sus potencialidades; pero lo mío es el papel, la tinta, el aroma del periódico recién impreso, la velocidad de la rotativa...

Cuando nació Punto Final, su apuesta era ante todo por un periodismo rebelde, analítico, exhaustivo. ¿Cree que aún puede hallarse ese espíritu entre los profesionales de la prensa?

Por supuesto que puede hallarse ese espíritu. Es cierto que las universidades fabrican periodistas para servir al capitalismo; pero son muchos los periodistas en ejercicio y los estudiantes de periodismo que consideran a esta profesión como un servicio a la sociedad que exige ciertos principios éticos insoslayables. Los periodistas, al igual que el público lector, son víctimas de los “industriales de la información” que han convertido la noticia y la opinión en una mercancía. La mercantilización del periodismo no es culpa de los periodistas, sino de los amos de la prensa que en todos los tiempos han prostituido este oficio.

¿Cuáles son, en este tiempo, los elementos del contexto político, social y cultural que centran las páginas de Punto Final?

Punto Final intenta utilizar los instrumentos del periodismo para analizar los acontecimientos mundiales, y el acontecer nacional, desde una clara y definida posición de izquierda; pero valorando todos los elementos de la realidad que es siempre compleja. Permanecemos alejados de las consignas y del dogmatismo. Nuestra atención principal es América Latina. Nos interesan las nuevas experiencias de la lucha social y política que hacen nuestros pueblos y en particular las posibilidades que se han abierto para retomar el camino hacia un socialismo liberador.

“Yo mismo creía que escribíamos para viejos nostálgicos del socialismo”, dijo en una entrevista, sorprendido de ese público lector, mayoritariamente joven; pero Punto Final celebró sus 40 años con un seminario sobre Socialismo del Siglo XXI… ¿podría decirse que es una revista para nuevos nostálgicos del socialismo?

Digamos más: la nueva realidad del mundo y de nuestro país nos está demostrando que no somos una revista para nostálgicos… Somos una revista para luchadores de hoy por un mundo mejor. Participamos con quienes luchan en diversas formas por un socialismo a la medida del ser humano y en la dimensión de sus sueños, entre ellos la libertad, la igualdad y la solidaridad.

Por estos días, en tiempos que el modelo económico, social, cultural y político que instauró la dictadura en Chile, se percibe casi intacto hasta nuestros días, vemos a Punto Final con “la pluma en ristre”, acompañando las demandas del movimiento estudiantil con editoriales contundentes: “¡Es una Revolución, estúpidos”. ¿Cuánto influye un editorial como ese, viniendo de una publicación cuyos lectores son, mayoritariamente, jóvenes de 15 a 19 años de los grupos socioeconómicos medio-bajo y bajo?

Nos resulta imposible medir la influencia de una portada o un editorial de Punto Final. No obstante, en el caso que usted menciona, puedo decirle que después de esa publicación numerosos analistas en la prensa, radio y televisión nacionales, comenzaron a explorar la posibilidad de que en Chile esté desarrollándose una verdadera revolución, sobre todo en el campo de las conciencias —ayer partidarias del modelo neoliberal, hoy críticas de la injusticia social y de la raquítica democracia heredada de la dictadura—. Punto Final es el reflejo consciente del gran cambio que se está dando en la sociedad chilena, hasta ayer pasiva y resignada al abuso y la explotación. No podemos presumir de promotores de ese cambio; pero sí que lo acompañaremos hasta su victoria.

 
 
 
 
   
Lineamientos del VI Congreso del PCC
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Información sobre el resultado del Debate
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.