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No he podido saber por
qué a comienzos del
siglo
xix hubo una
explosión de periódicos
de cuyo título formaba
parte principal el
adjetivo regañón. En
Europa Regañón de
Madrid, en la
después llamada Ciudad
Luz Le Grognard de
París, en
Inglaterra, The
London Growler. Cuba
tuvo, como mínimo, tres,
porque hubo, por breve
tiempo, hasta
“sustitutos” de la
publicación. ¿Quién
introdujo esta moda en
la Isla? Un habanero,
Ventura (Buenaventura)
Pascual Ferrer, nacido
en 1772 y fallecido en
la propia ciudad en
1851. Presumo que ha
sido la única figura
causante de criterios
encontrados entre dos
amigos entrañables,
Maestro uno, discípulo
el otro (aunque también
Maestro): José Lezama
Lima y Cintio Vitier.
Para el autor de
Paradiso el criollo
Ferrer, quien firmó como
El anciano habanero,
El asesor del
Tribunal y El tío
Tabares, entre
otros seudónimos, era un
consumado y agudo
crítico y no tuvo
reparos, a petición de
la Comisión Nacional
Cubana de la UNESCO, de
reunir y prologar en un
volumen una antología de
sus colaboraciones para
El Regañón y
El Nuevo Regañón. No
teme, en el título de su
preámbulo otorgarle el
tratamiento de don. Para
Vitier esta figura es
representante de la
crítica más irritante
hecha en Cuba antes de
que, a finales del siglo
xix, apareciera
Emilio Bobadilla. Dice
el autor de Lo cubano
en la poesía que fue
Ferrer “fundador de la
crítica biliosa en
nuestro país”, que
proclama “infatuados y
ridículos principios de
una censura colérica,
judicial y aun penal”,
con un tono donde
predomina “el malhumor,
la grosería y la
pequeñez”. Buenas
controversias debió
haber suscitado Ferrer
en la sala oscura y
húmeda, pero luminosa,
de Trocadero.
La historia del
personaje es curiosa:
estudió filosofía y
latín con un sabio
cubano: Tomás Romay,
introductor en Cuba de
la vacuna antivariólica.
Se graduó de Bachiller
en Leyes y en 1794 se
trasladó a España. Allí
publicó, tres años
después, su Carta de
un Havanero a D.
P. E. P., autor o sea
recopilador de la obra
El viajero universal...,
donde intentó aclarar
los errores cometidos
por Pedro Escala en su
obra de 43 tomos El
viajero universal
(1795-1801), lo cual
motivó que escribiera
para el tomo vigésimo de
dicha obra su Viaje a
la isla de Cuba
(1798), considerado el
primer libro de viajes
publicado por un nativo
de nuestro país. Publicó
también una Historia
de los dictadores
de la República Romana
(Cartagena de Indias,
1814), incursionó en el
teatro —“Sainete
nuevo”, representado
en La Habana en 1790— y
dio a conocer en 1841,
en La Habana, una obra
deliciosa: Arte de
vivir en el mundo,
que tuvo una segunda
edición en 1964 a cargo
de la Comisión Nacional
Cubana de la Unesco.
Presumo que la mano de
Lezama estuvo detrás de
esta buena decisión.
En 1800 el gobierno de
Madrid le encomendó
determinados trabajos en
México, pero debido a
las dificultades de
comunicación en virtud
de la guerra que
entonces sostenían
España y Gran Bretaña,
se vio obligado a
permanecer en la Isla
por varios meses. De
inmediato se vinculó a
la Sociedad Patriótica
de la Havana y pujó para
ser redactor del
Papel Periódico de la
Havana, con el apoyo
del entonces Capitán
General Marqués de
Someruelos, pero como la
junta de esa institución
era la que decidía, por
votación secreta, el
cargo lo obtuvo quien
desde entonces se
convertiría en el
enemigo irreconciliable
de Ferrer: el poeta
neoclásico Manuel de
Zequeira, a quien
fustigó con su mordaz
pluma.
Quizá la negativa a
formar parte del cuerpo
de redactores del citado
Papel... lo
condujo a fundar uno
propio, El Regañón
de la Havana, que
comenzó a publicarse,
cada martes, el 30 de
septiembre de 1800. Fue
su propietario y único
redactor. Se publicó
bajo el lema “La Crítica
es un oficio literario
encargado de ejercer la
policía sobre las
Ciencias, y las Artes”.
Se propuso publicar,
según se lee en su
prospecto “muchos rasgos
de literatura, así
Nacionales como
Extranjeras” y advertía
que “Hará una crítica
juiciosa, y arreglada de
los usos, costumbres y
diversiones públicas de
esta ciudad, y de los
monumentos de las bellas
artes que en ella
existen. Censurará
mensualmente todos los
Discursos, que se dan a
la luz en los diversos
periódicos que se han
publicado. Finalmente
demostrará a los que no
lo sepan, el verdadero
camino del buen gusto en
las Ciencias y Artes”.
Ferrer, no cabe dudas,
sometió a escrutinio
todo lo humano y lo
divino: hábitos, vicios,
costumbres, educación,
pero, una de cal y otra
de arena, reflejó los
progresos de la ciudad y
dedicó espacio para
hacer crítica teatral y
de otros espectáculos
públicos. Por tales
críticas, no pocas veces
muy ácidas, se
suscitaron en sus
páginas algunas
polémicas. Años después,
en sus Memorias
íntimas, consideró
la publicación “un
mísero papel periódico”,
y aunque reconoce que
fue “el blanco de la
crítica y aún de la
sátira de los demás
escritores, continuó
dándose a luz con
general aplauso y formó
una especie de época en
los fastos literarios
del país”.
A finales de 1800,
determinado a cumplir
con sus propósitos del
interrumpido viaje a
México, se vio obligado
a abandonar el
periódico, pero siguió
publicándose bajo el
título de El
Substituto del Regañón
de la Havana, ahora
en manos del también
publicista José Antonio
de la Osa, que lo inició
el 3 de marzo de 1801.
Al regresar Ferrer de
México, en octubre de
ese año, reapareció
El Regañón de la Havana
un mes después. Logró
sostenerlo hasta el 13
de abril de 1802, cuando
se despide del público
con estas palabras: “...
Ha llegado ya el tiempo
de que se concluya ese
tribunal censorio que
tanto ha dado que hacer
a los escritorcillos y
poetas que han danzado
en la literatura de esta
ciudad. El Regañón y
censor general que lo
dirigía está próximo a
marcharse para la
capital del reino de
España”. No le había
perdonado a la Sociedad
Patriótica de la Havana
no haber sido electo
redactor de su Papel
Periódico..., y
aprovecha en este adiós
para juzgarlo de
“insulso”, de publicar
“delirios poéticos” —el
puñal era para Zequeira—,
“o cuando más y mejor,
un retazo del primer
libro que le venía a las
manos a su redactor”, en
una segunda y más
directa estacada a quien
años después moriría
demente. Para el erudito
Francisco de Paula
Coronado, fundador de
nuestra Biblioteca
Nacional, entonces
radicada en el hoy
restaurado Castillo de
la Fuerza, “De todos los
periódicos
hispanoamericanos de la
colonia, éste es, en
nuestro concepto, el
mejor redactado.
Dirigido por un hombre
inteligente, dotado de
buen gusto y de
ilustración no común,
las páginas de su
periódico las consagró
en su mayor parte, a
hacer la crítica
literaria y teatral de
cuanto papel o artículo,
inclusos los periódicos,
aparecían en La Habana y
de las piezas que allí
se representaban en el
teatro, de ordinario,
con cierta dureza, pero
siempre con verdad”.
De España Ferrer pasó,
en 1805, a Cartagena de
Indias, Colombia, como
Ministro Contador. Allí
fundó la Sociedad
Económica de Cartagena,
introdujo la imprenta y
creó y dirigió la
Gaceta Real de Cartagena
de Indias (1816). En
1821 estaba de nuevo en
La Habana y en 1830 su
hijo, Antonio Carlos
Ferrer, fundó El
Nuevo Regañón de la
Habana.
Pero el inquieto padre, al poco tiempo, asumió la dirección de la
publicación, sumido
ahora bajo el seudónimo
El anciano
habanero. Salía un
nuevo Regañón “al cabo
de los años mil, a
continuar las tareas de
aquel periódico que con
el mismo título
principió a publicarse
en esta ciudad cuando
estaba dando cabalmente
las últimas boqueadas el
finado siglo diez y ocho
de terrible
recordación”. Se
presenta el nuevo papel,
dice, “sin más armas que
la razón, bien es verdad
que no es esta muy
pequeña, ni de corto
alcance. Con su filo
irán recortadas todas
las producciones que se
incluyan en su
periódico, sin llevar
más mira y objeto esta
empresa que la de
promover la afición a la
literatura en todos los
ramos, corregir los
abusos que tan
fácilmente se introducen
en las grandes
poblaciones, lo mismo
que en las pequeñas,
concurrir a la
ilustración y fomento
general que cada día va
adquiriendo esta
preciosa Isla, y no
omitir nada que pueda
servir a la consecución
de los expresados
fines”. Seguía
editándose en la calle
de la Obrapía y continuó
“despachando engaños en
cambio de pesetas; y
recibiendo con sangre
fría las desvergüenzas y
dicterios que le regalan
los escritores sucios y
adocenados”. En mayo de
1831su título pasó a
ser, simplemente, El
Regañón, y en
noviembre de ese año
El Regañón de la Habana.
Este nuevo periódico
fue, como lo había
prometido su director,
más científico que
literario, aunque dio
cabida a anécdotas,
epigramas, máximas y
crítica de teatro. Al
parecer, Ferrer fue
atinado en el desempeño
de este último
ejercicio. Ahora sumó a
este nuevo empeño a
figuras como Antonio
Bachiller y Morales, lo
cual fue justipreciado
por el estudioso de la
prensa cubana, Capitán
del Ejército Libertador
Joaquín Llaverías —a
quien la cultura cubana
le debe mucho por su
labor inapreciable al
frente del Archivo
Nacional de Cuba— al
expresar: “Una
singularidad tiene para
nosotros El Nuevo
Regañón de la Habana:
en sus columnas
aparecieron las primeras
producciones literarias
de un cubano eminente,
Antonio Bachiller y
Morales”. De noviembre
de 1831 es,
presumiblemente, el
último número de esta
publicación, que
finalizaba con su título
original: El Regañón
de la Habana,
con b, no con v,
como el de 1800.
El 22 de junio de 1851
falleció en La Habana
Buena Ventura Pascual
Ferrer. La prensa de la
época lo despidió con
notas necrológicas muy
elogiosas. A su entierro
acudió lo más granado de
la intelectualidad
cubana. El cortejo fue
acompañado por el
fantasma de Manuel de
Zequeira, de luto
riguroso, pero gozoso
porque él había sido el
redactor, por
antonomasia, del
Papel Periódico de la
Havana, y no un
usurpador de tal cargo,
como Ferrer había
declarado en varias
oportunidades.
En 1857 surgió otro
periódico El Regañón.
Era dominical, dedicado
a las ciencias, la
literatura, el arte y
“satírico burlesco”.
Salía solamente durante
la temporada de ópera
italiana, en el caliente
invierno de nuestro
trópico, y se vendía en
los teatros. Allí
escribió, por lo general
sin firmar sus trabajos,
o con el seudónimo
Gargantúa, el
crítico Enrique Piñeyro.
No quedarán dudas de que
hubo regañones en la
prensa cubana, más para
bien que para mal. |