La Habana. Año X.
10 al 16 de SEPTIEMBRE de 2011

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Regañones en la prensa habanera

Cira Romero • La Habana

No he podido saber por qué a comienzos del siglo xix hubo una explosión de periódicos de cuyo título formaba parte principal el adjetivo regañón. En Europa Regañón de Madrid, en la después llamada Ciudad Luz Le Grognard de París, en Inglaterra, The London Growler. Cuba tuvo, como mínimo, tres, porque hubo, por breve tiempo, hasta “sustitutos” de la publicación. ¿Quién introdujo esta moda en la Isla? Un habanero, Ventura (Buenaventura) Pascual Ferrer, nacido en 1772 y fallecido en la propia ciudad en 1851. Presumo que ha sido la única figura causante de criterios encontrados entre dos amigos entrañables, Maestro uno, discípulo el otro (aunque también Maestro): José Lezama Lima y Cintio Vitier. Para el autor de Paradiso el criollo Ferrer, quien firmó como El anciano habanero, El asesor del Tribunal y El tío Tabares, entre otros seudónimos, era un consumado y agudo crítico y no tuvo reparos, a petición de la Comisión Nacional Cubana de la UNESCO, de reunir y prologar en un volumen una antología de sus colaboraciones para El Regañón y El Nuevo Regañón. No teme, en el título de su preámbulo otorgarle el tratamiento de don. Para Vitier esta figura es representante  de la crítica más irritante hecha en Cuba antes de que, a finales del siglo xix, apareciera Emilio Bobadilla. Dice el autor de Lo cubano en la poesía que fue Ferrer “fundador de la crítica biliosa en nuestro país”, que proclama “infatuados y ridículos principios de una censura colérica, judicial y aun penal”, con un tono donde predomina “el malhumor, la grosería y la pequeñez”. Buenas controversias debió haber suscitado Ferrer en la sala oscura y húmeda, pero luminosa, de Trocadero.

La historia del personaje es curiosa: estudió filosofía y latín con un sabio cubano: Tomás Romay, introductor en Cuba de la vacuna antivariólica. Se graduó de Bachiller en Leyes y en 1794 se trasladó a España. Allí publicó, tres años después, su Carta de un Havanero a D. P. E. P., autor o sea recopilador de la obra El viajero universal..., donde intentó aclarar los errores cometidos por Pedro Escala en su obra de 43 tomos El viajero universal (1795-1801), lo cual motivó que escribiera para el tomo vigésimo de dicha obra su Viaje a la isla de Cuba (1798), considerado el primer libro de viajes publicado por un nativo de nuestro país. Publicó también una Historia de los dictadores de la República Romana (Cartagena de Indias, 1814), incursionó en el teatro —“Sainete nuevo”, representado en La Habana en 1790— y dio a conocer en 1841, en La Habana, una obra deliciosa: Arte de vivir en el mundo, que tuvo una segunda edición en 1964 a cargo de la Comisión Nacional Cubana de la Unesco. Presumo que la mano de Lezama estuvo detrás de esta buena decisión.

En 1800 el gobierno de Madrid le encomendó determinados trabajos en México, pero debido a las dificultades de comunicación en virtud de la guerra que entonces sostenían España y Gran Bretaña, se vio obligado a permanecer en la Isla por varios meses. De inmediato se vinculó a la Sociedad Patriótica de la Havana y pujó para ser redactor del Papel Periódico de la Havana, con el apoyo del entonces Capitán General Marqués de Someruelos, pero como la junta de esa institución era la que decidía, por votación secreta, el cargo lo obtuvo quien desde entonces se convertiría en el enemigo irreconciliable de Ferrer: el poeta neoclásico Manuel de Zequeira, a quien fustigó con su mordaz pluma.

Quizá la negativa a formar parte del cuerpo de redactores del citado Papel... lo condujo a fundar uno propio, El Regañón de la Havana, que comenzó a publicarse, cada martes, el 30 de septiembre de 1800. Fue su propietario y único redactor. Se publicó bajo el lema “La Crítica es un oficio literario encargado de ejercer la policía sobre las Ciencias, y las Artes”.  Se propuso publicar, según se lee en su prospecto “muchos rasgos de literatura, así Nacionales como Extranjeras” y advertía que “Hará una crítica juiciosa, y arreglada de los usos, costumbres y diversiones públicas de esta ciudad, y de los monumentos de las bellas artes que en ella existen. Censurará mensualmente todos los Discursos, que se dan a la luz en los diversos periódicos que se han publicado. Finalmente demostrará a los que no lo sepan, el verdadero camino del buen gusto en las Ciencias y Artes”. Ferrer, no cabe dudas, sometió a escrutinio todo lo humano y lo divino: hábitos, vicios, costumbres, educación, pero, una de cal y otra de arena, reflejó los progresos de la ciudad y dedicó espacio para hacer crítica teatral y de otros espectáculos públicos. Por tales críticas, no pocas veces muy ácidas, se suscitaron en sus páginas algunas polémicas. Años después, en sus Memorias íntimas, consideró la publicación “un mísero papel periódico”, y aunque reconoce que fue “el blanco de la crítica y aún de la sátira de los demás escritores, continuó dándose a luz con general aplauso y formó una especie de época en los fastos literarios del país”.

A finales de 1800, determinado a cumplir con sus propósitos del interrumpido viaje a México, se vio obligado a abandonar el periódico, pero siguió publicándose bajo el título de El Substituto del Regañón de la Havana, ahora en manos del también publicista José Antonio de la Osa, que lo inició el 3 de marzo de 1801. Al regresar Ferrer de México, en octubre de ese año, reapareció El Regañón de la Havana un mes después. Logró sostenerlo hasta el 13 de abril de 1802, cuando se despide del público con estas palabras: “... Ha llegado ya el tiempo de que se concluya ese tribunal censorio que tanto ha dado que hacer a los escritorcillos y poetas que han danzado en la literatura de esta ciudad. El Regañón y censor general que lo dirigía está próximo a marcharse para la capital del reino de España”. No le había perdonado a la Sociedad Patriótica de la Havana no haber sido electo redactor de su Papel Periódico..., y aprovecha en este adiós para juzgarlo de “insulso”, de publicar “delirios poéticos” —el puñal era para Zequeira—, “o cuando más y mejor, un retazo del primer libro que le venía a las manos a su redactor”, en una segunda y más directa estacada a quien años después moriría demente. Para el erudito Francisco de Paula Coronado, fundador de nuestra Biblioteca Nacional, entonces radicada en el hoy restaurado Castillo de la Fuerza, “De todos los periódicos hispanoamericanos de la colonia, éste es, en nuestro concepto, el mejor redactado. Dirigido por un hombre inteligente, dotado de buen gusto y de ilustración no común, las páginas de su periódico las consagró en su mayor parte, a hacer la crítica literaria y teatral de cuanto papel o artículo, inclusos los periódicos, aparecían en La Habana y de las piezas que allí se representaban en el teatro, de ordinario, con cierta dureza, pero siempre con verdad”.

De España Ferrer pasó, en 1805, a Cartagena de Indias, Colombia, como Ministro Contador. Allí fundó la Sociedad Económica de Cartagena, introdujo la imprenta y creó y dirigió la Gaceta Real de Cartagena de Indias (1816). En 1821 estaba de nuevo en La Habana y en 1830 su hijo, Antonio Carlos Ferrer, fundó El Nuevo Regañón de la Habana. Pero el inquieto padre, al poco tiempo, asumió la dirección de la publicación, sumido ahora bajo el seudónimo El anciano habanero. Salía un nuevo Regañón “al cabo de los años mil, a continuar las tareas de aquel periódico que con el mismo título principió a publicarse en esta ciudad cuando estaba dando cabalmente las últimas boqueadas el finado siglo diez y ocho de terrible recordación”. Se presenta el nuevo papel, dice, “sin más armas que la razón, bien es verdad que no es esta muy pequeña, ni de corto alcance. Con su filo irán recortadas todas las producciones que se incluyan en su periódico, sin llevar más mira y objeto esta empresa que la de promover la afición a la literatura en todos los ramos, corregir los abusos que tan fácilmente se introducen en las grandes poblaciones, lo mismo que en las pequeñas, concurrir a la ilustración y fomento general que cada día va adquiriendo esta preciosa Isla, y no omitir nada que pueda servir a la consecución de los expresados fines”. Seguía editándose en la calle de la Obrapía y continuó “despachando engaños en cambio de pesetas; y recibiendo con sangre fría las desvergüenzas y dicterios que le regalan los escritores sucios y adocenados”. En mayo de 1831su título pasó a ser, simplemente,  El Regañón, y en noviembre de ese año El Regañón de la Habana. Este nuevo periódico fue, como lo había prometido su director, más científico que literario, aunque dio cabida a anécdotas, epigramas, máximas y crítica de teatro. Al parecer, Ferrer fue atinado en el desempeño de este último ejercicio. Ahora sumó a este nuevo empeño a figuras como Antonio Bachiller y Morales, lo cual fue justipreciado por el estudioso de la prensa cubana, Capitán del Ejército Libertador Joaquín Llaverías —a quien la cultura cubana le debe mucho por su labor inapreciable al frente del Archivo Nacional de Cuba— al expresar: “Una singularidad tiene para nosotros El Nuevo Regañón de la Habana: en sus columnas aparecieron las primeras producciones literarias de un cubano eminente, Antonio Bachiller y Morales”. De noviembre de 1831 es, presumiblemente, el último número de esta publicación, que finalizaba con su título original: El Regañón de la Habana, con b, no con v, como el de 1800.

El 22 de junio de 1851 falleció en La Habana Buena Ventura Pascual Ferrer. La prensa de la época lo despidió con notas necrológicas muy elogiosas. A su entierro acudió lo más granado de la intelectualidad cubana. El cortejo fue acompañado por el fantasma de Manuel de Zequeira, de luto riguroso, pero gozoso porque él había sido el redactor, por antonomasia, del Papel Periódico de la Havana, y no un usurpador de tal cargo, como Ferrer había declarado en varias  oportunidades.

En 1857 surgió otro periódico El Regañón. Era dominical, dedicado a las ciencias, la literatura, el arte y “satírico burlesco”. Salía solamente durante la temporada de ópera italiana, en el caliente invierno de nuestro trópico, y se vendía en los teatros. Allí escribió, por lo general sin firmar sus trabajos, o con el seudónimo Gargantúa, el crítico Enrique Piñeyro.

No quedarán dudas de que hubo regañones en la prensa cubana, más para bien que para mal.

 
 
 
 
   
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