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Si el “descubrimiento”
de América en 1492
propició la oxigenación
de una cultura y una
civilización, la
europea, que ya mostraba
signos de agotamiento,
el definir un “nosotros”
—colonizador que escribe
la historia— y un “otro”
—nativo o raza importada
como mano de obra—
trascendió por siglos,
al punto de ejercer una
especie de paranoia
traumática en el ser
americano respecto a su
identidad.
Paralelamente, se dio un
proceso de intercambio
cultural, no exento de
imposiciones y desmanes,
que fraguó en culturas
nuevas donde las
mixturas, simulacros y
reajustes signaron sus
desempeños. Así, los
mitos autóctonos
sobrevivieron junto a
otros traídos en el
habla y la mente de los
negros africanos a su
llegada como esclavos a
América, conformando un
entramado cultural
caracterizado por la
pluralidad de
cosmogonías en las
condiciones establecidas
por el cristianismo como
religión dominante. La
América fue indígena,
hispana, pero también
negra. El proceso de
deculturación asociado a
siglos de esclavitud
supuso, tras la
abolición, un sordo y
continuado interés por
invisibilizar el aporte
de estas culturas
subalternas, que a
partir de las
vanguardias artísticas
latinoamericanas del
siglo XX, comenzó a
erradicarse.1
La resistencia cultural
devino pues una práctica
que logró imponer la
valía de estas culturas
a base de constancia y
herejía.
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South of
theBronx,
Mel Rosenthal.
EE. UU. |
Si en sus inicios, el
arte estuvo relacionado
con lo mítico, pues
nuestros antepasados
concebían un todo
integral en el que las
máscaras, la música, la
danza, el ritual,
constituían acciones
que, a la distancia de
milenios percibimos con
un alto valor estético,
independientemente de la
intención con que fueron
realizadas; de algún
modo hay una
preocupación en el arte
por retrotraer el
componente ritual —no
necesariamente
religioso— al centro del
debate estético, en un
afán por revivir
esencias conductuales
del hombre, pasadas a un
segundo plano en esta
Era regida por la
información y la
tecnología.
La fotografía, pionera
en el reconocimiento de
estratos sociales que
históricamente habían
sido desdeñados por el
arte, constituyó un
espacio de
reconocimiento, al
permitir el acceso a la
representación a grandes
grupos poblaciones. De
esta forma, los
descendientes de
africanos, ya para
mediados del siglo XX,
comenzaron a verse
tímidamente
representados, primero a
través del retrato y ya
luego insertos en
escenas cotidianas,
fundamentalmente en
espacios urbanos, aunque
también asociados al
espacio costero y, en
menor medida, rural.
Sin embargo, será a
partir de los años 60
que se logra colocar a
la figura del negro en
tanto sujeto de la
representación, como
parte de un entramado
social y epocal signado
por la diversidad y el
conflicto. La fotografía
ayudó a conformar una
imagen bien singular
que registró al negro en
su desempeño laboral, en
la intimidad doméstica,
su comportamiento en
sociedad, y su fuerza
como componente activo
en la identidad nacional
de países tan diferentes
económica y
políticamente, pero que
compartían una misma
raíz cultural. Es así
que El rito del
hereje: herencia,
resistencia y música
afrodescendientes en
América busca hacer
presentes la gestualidad,
los rasgos y conductas
de los otrora
calificados de herejes,
aquellos que hicieron
del baile, la música y
el ritmo que trajeron
consigo sus ancestros,
elementos indisolubles
de la cultura
contemporánea americana.
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Ama de casa,
Constantino
Arias. Cuba |
A través de una
selección de los fondos
fotográficos de la
Colección Arte de
Nuestra América, la Casa
de las Américas rinde
homenaje al Año de los
Afrodescendientes. Será
a través de las
visiones de once
creadores del lente que
se hará palpable la
pujanza de una cultura
no solo desde su
componente
religioso-ritual —muchas
exposiciones y
publicaciones han dado
cuenta de ello—, si no
en su presencia,
actitud, y aporte
cultural. Es desde los
cuerpos (en movimiento o
no, visibles o
sugeridos), sus rostros
(reconocibles o
anónimos), los espacios…
que se logra reivindicar
el lugar ineludible que
ocupan los
afrodescendientes en
América. De Brasil a
EE.UU., pasando por las
Islas Vírgenes,
República Dominicana y
Cuba, nos llegan estas
imágenes, para
recordarnos que es
tiempo de festejos,
reconocimiento,
vindicación, pero
también de continuidad y
resistencia.
Comprender la dimensión
que cobran las
mitologías personales,
nacionales y religiosas
desde la representación,
permite reflexionar
sobre nuestro desempeño
como seres sociales
inmersos en una realidad
que constantemente
desdibuja y recompone
las fronteras
identitarias. Sirvan
pues estas fotografías
como prueba de comunidad
y diversidad cultural.
La herejía como camino,
ya se sabe tiene el
precio de la
intolerancia, pero el
premio de la verdad, la
permanencia, la
inspiración.
Nota:
1- Por otro lado, en el
discurso oficial se
trató de separar, a una
América indígena
continental (Mesoamérica,
Sudamérica y
Centroamérica) de una
América negra (El Caribe
insular, Brasil y
EE.UU.), sin embargo los
cruces y desplazamientos
acaecidos por siglos en
toda la región
desmienten este mito.
Igualmente, se dio un
proceso de
“blanqueamiento”
cultural de algunos
países —Argentina,
Uruguay, Costa Rica…—
que se ha visto
relativizado, también
por la presencia en
ellos, ciertamente menor
aunque no menos
importante por su
aporte, de población
negra.
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