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El libro de Ramón
Sánchez Parodi (Cuba-USA.
Diez tiempos de una
relación) debe ser
recibido como lo que es:
un importante suceso
intelectual, llamado a
dejar huella
trascendente entre sus
lectores que ojalá sean
muchos en Cuba y más
allá. Es una nueva
contribución que
agradecemos a Ocean Sur,
empeñada siempre en
divulgar textos valiosos
para la lucha de los
pueblos por su
emancipación.
Esta obra trata con
rigurosa exactitud,
lenguaje preciso y
envidiable síntesis
medio siglo de
relaciones entre Cuba y
EE.UU. desde Eisenhower
hasta Obama. No falta
ningún episodio
relevante y todos son
explicados con
documentos oficiales y
pruebas disponibles para
cualquier estudioso.
Pero no se limita a ese
período. El primer
tiempo describe, con el
mismo rigor, lo que
sucedió desde que las
Trece Colonias
norteamericanas se
separaron de Inglaterra.
El nuevo estado, como ha
recordado Chomsky, nació
impulsado por dos
fuerzas que nunca han
dejado de guiarlo: el
expansionismo y el
racismo. Adueñarse de
Cuba fue uno de sus
primeros objetivos,
claramente definido por
Thomas Jefferson y
convertido en una suerte
de norma imperativa para
la llamada “clase
política” y una buena
parte de la
intelectualidad y la
prensa. Parodi lo resume
así: “Los diferentes
gobiernos y presidentes
norteamericanos actuaron
de manera sistemática
contra cualquier
posibilidad de que Cuba
saliera del dominio
español y cayera en
manos de otra potencia
que no fuese los
EE.UU.”.
Pero, como él apunta,
“no fue una espera
estática e inmóvil”.
Washington desplegó una
diplomacia muy activa
para frustrar cualquier
pretensión de las
potencias europeas y
también para impedir los
proyectos liberadores de
Bolívar; reprimió y
persiguió con saña a la
emigración patriótica
cubana mientras dio
apoyo material y
logístico al ejército
colonial en una conducta
que condujo al Padre de
la Patria a descubrir
que “el secreto de su
política es apoderarse
de Cuba”. Promovió y
ayudó a articular la
tendencia anexionista de
la sacarocracia
esclavista cuyos
representantes
participaron en las
reuniones de la Casa
Blanca mencionadas en el
libro que tuvieron lugar
antes que nacieran la
mayoría de los
combatientes de la
Guerra Grande.
La corriente anexionista
fue un instrumento
servil de la estrategia
imperial, pero al final
terminó en honda
frustración como la
reflejó su más destacado
exponente, José Ignacio
Rodríguez: Cuba no fue
incorporada a la nación
norteamericana como un
estado más sino que,
tratada como una
posesión, quedó sometida
a la condición de estado
vasallo malamente
disfrazada como
república.
El libro ayuda a
disolver el mito
cuidadosamente fabricado
por una poderosa
maquinaria de propaganda
cuya tarea es engañar y
embrutecer. No son pocos
quienes aún se refieren
al conflicto entre la
nación cubana y el
imperialismo
estadounidense con el
engañoso término de
“diferendo”. Algunos
siguen empleándolo en
textos en los que no
falta el lenguaje
sinuoso y encubridor.
Como demuestra Parodi,
ese conflicto no es otra
cosa que el inevitable
enfrentamiento de la
nación liberada el
primero de enero de 1959
con la potencia que la
sojuzgaba y desde ese
día se ha empecinado en
restaurar su dominación.
Eso y solo eso explica
la conducta de once
administraciones por más
de medio siglo. Capítulo
tras capítulo, sin
olvidar ningún aspecto
relevante, el libro
desmenuza cada momento
de esa pelea exponiendo
las razones de Cuba y
pulverizando las
falacias
norteamericanas.
Quiero subrayar apenas
algunos momentos clave
de esa larga historia.
Los cultores del
inventado “diferendo”
suelen enredarse con un
dato elemental ¿cuándo y
por qué comenzó? A
partir de esa incógnita
no resuelta en la
abultada producción de
muchos “cubanólogos” se
tejen elucubraciones, a
veces divertidas, como,
por ejemplo, al
pretender fijar una
fecha exacta al inicio
de la guerra económica
impuesta a Cuba, que
reducen al llamado
“embargo”, o al intentar
descifrar la dinámica de
la confrontación y su
desarrollo a lo largo de
medio siglo. El
enfrentamiento de
Washington al movimiento
revolucionario cubano
comenzó antes que Fidel
Castro descendiera
victorioso de la Sierra
Maestra. La
administración Eisenhower dio pleno
apoyo político,
económico y militar al
régimen batistiano hasta
el último día; maniobró
tratando de fabricar una
“tercera fuerza” que lo
reemplazara cuando su
derrumbe era evidente y
al final propició la
instalación de una junta
militar que facilitó la
fuga del dictador y sus
principales
colaboradores.
Fue entonces, cuando aun
no se había establecido
en La Habana el nuevo
gobierno, que Washington
inició su guerra
económica contra Cuba.
Los fugitivos del
batistato se llevaron la
casi totalidad de las
reservas monetarias
cubanas, las trasladaron
a EE.UU. en vuelos
organizados por la
Embajada norteamericana,
en una operación de
saqueo sin precedentes
que colocó a Cuba al
borde de la bancarrota
al comenzar el mes de
enero de 1959.
Obviamente nada había
hecho el Gobierno
revolucionario para
provocar la animosidad
de Washington, no
hubiera podido siquiera
intentarlo porque el
nuevo gobierno no había
nacido todavía. Sobra
decir que a Cuba no le
fue devuelto un solo
centavo, y ninguno de
los ladrones recibió
castigo. Ese despojo,
calculado en más de 400
millones de dólares de
la época, fue el origen
del poder económico de
la mafia anexionista-batistiana
y no sus supuestos
éxitos empresariales a
los que gustan elogiar
los propagandistas del
Imperio y no pocos
inventados
“especialistas” en
asuntos cubanos.
Del origen verdadero de
esas fortunas nada
dicen, como tampoco
mencionan los
privilegios
absolutamente únicos que
habrían de recibir por
la vía de exenciones
tributarias aquellos y
otros antiguos
explotadores que se
marcharon de Cuba.
Pocos temas han sido tan
falsificados y
manipulados como el de
la emigración cubana a
EE.UU. El punto de
partida es ignorar
completamente sus
profundas raíces en la
historia nacional, su
carácter verdaderamente
masivo al comienzo de la
Guerra Grande en 1868 y
la brutal represión de
los “voluntarios” que,
según datos oficiales
españoles provocó entre
febrero y septiembre de
1869 y solo por el
puerto de La Habana, la
salida hacia el Norte de
más de 100 mil cubanos,
el doceavo de la
población, el mayor
éxodo de la Isla,
incomparablemente
superior a cualquier
otro posterior; su
carácter continuado
durante la
pseudorrepública hasta
alcanzar niveles
alarmantes en 1958
cuando Cuba era superada
solo por México y
conforme a las
estadísticas oficiales
norteamericanas, la
emigración cubana era
más numerosa que la del
conjunto de los demás
países del Continente.
Tal era la situación
migratoria en enero de
1959 entre Cuba y
EE.UU.: los cubanos
eran, con mucho, el
principal grupo
migratorio allí después
de los mexicanos. De
pronto, al amanecer de
aquel año, comenzaron a
arribar, en sus yates y
en sucesivos vuelos
organizados por la
Embajada yanqui,
centenares de maleantes,
prófugos de la justicia
y beneficiarios del
antiguo régimen. Todos
ellos fueron acogidos
con los brazos abiertos,
recibieron beneficios
especiales y
sorprendentes
expresiones de apoyo
público a los más altos
niveles de gobierno.
Ese trato privilegiado
encontró reflejo
legislativo con la ley
de Ajuste Cubano
promulgada en 1966.
Mucho se ha escrito
sobre el carácter
subversivo de esta ley y
su irresponsable
promoción de la
emigración ilegal y
desordenada con el
empleo de la violencia y
que ha causado muertes y
sufrimientos entre los
cubanos. Quiero destacar
un aspecto que hace de
ella un texto
completamente diferente
a otras legislaciones
aprobadas en Washington
para ajustar la
situación legal de
diversos grupos
migratorios.
Todas esas leyes
buscaban beneficiar a
los integrantes del
grupo nacional en
cuestión que se
encontrasen en
territorio
norteamericano a la
fecha de la promulgación
de la norma. La Ley de
Ajuste Cubano
explícitamente excluyó
de sus beneficios a la
totalidad de la
emigración cubana, pues
solo se refiere a
quienes hubiesen llegado
allá “el primero de
enero de 1959 o
después”. La mención de
esa fecha, repetida
varias veces, es la
consagración de la
íntima solidaridad de
Washington con los
batistianos y la
apertura hacia el futuro
de su aplicación le
confieren su sentido de
vulgar provocación
política. Nadie se
preguntó por las
consecuencias que ese
infame texto tuvo para
las decenas de miles de
emigrantes cubanos que
habían ingresado en ese
país antes del primero
de enero de 1959 y que
fueron discriminados tan
groseramente.
La propaganda imperial
ofende a todos los
cubanos. Si se ofreciera
a otros los “beneficios”
que supuestamente dan a
los cubanos, el
territorio
norteamericano sería
virtualmente ocupado por
una incontenible ola de
extranjeros. Es por eso
que nunca antes, ni
después, se le ha
ocurrido a nadie en
Washington proponer algo
semejante para cualquier
otro grupo humano.
Los resultados están a
la vista. Según las
cifras oficiales
norteamericanas la
emigración cubana, que
ocupaba el segundo lugar
en 1958, ha descendido
al menos ocho escalones
desplazada por otros
tantos países
latinoamericanos que no
cuentan, sin embargo,
con una Ley de Ajuste.
Lo anterior se refiere a
emigración legal. El
contraste sería aún
mayor si se contase a
los llamados “ilegales”
ninguno de los cuales,
como se sabe, es cubano.
Pese a ello la
propaganda anticubana ha
fabricado la imagen de
un pueblo desesperado
por marcharse hacia
EE.UU. Peor aún, según
ella, los cubanos no
emigran, huyen, escapan
en busca de refugio.
Colosal patraña que
desmienten los hechos:
esos emigrantes son,
después de los
canadienses, quienes más
visitan a Cuba y el de
Miami es el aeropuerto
internacional con más
vuelos a la Isla, todos
ellos repletos de
cubanos.
Durante medio siglo se
han falsificado
burdamente los datos
sobre la emigración
cubana. Políticos,
periodistas y
académicos, han
repetido, sin
ruborizarse, que
“millones” de
compatriotas se fueron
de Cuba en el período
revolucionario. Esta
falsedad evidente aún se
reitera a pesar de que
la contradice
abiertamente las
informaciones que
publica, cada año, la
Oficina del Censo y el
Servicio de Inmigración
de EE.UU. En las más
recientes, de este año,
por primera vez, rebasan
los cubanos la cifra de
un millón que incluye a
quienes nacieron allá,
los cuales obviamente no
se fueron de Cuba.
Permítanme regresar al
famoso “diferendo”.
Mucha tinta y papel se
han gastado en
disquisiciones inútiles
sobre la dinámica de las
relaciones entre los dos
países en los últimos 50
años.
Todavía se llama
“embargo” a lo que ya en
1959 el secretario de
Estado Christian Herter
nombraba como lo que era
y siempre ha sido,
“guerra económica”. Y en
aquellos tempranos días,
en documentos oficiales
revelados mucho después,
Washington había
resuelto la incógnita a
los académicos.
Recordemos como definía
el origen del conflicto
en su fase actual:
“La mayoría de los
cubanos apoyan a Castro.
El único modo previsible
de restarle apoyo
interno es por medio del
desencanto y la
insatisfacción que
surjan del malestar
económico y las
dificultades
materiales…hay que
emplear rápidamente
todos los medios
posibles para debilitar
la vida económica de
Cuba… una línea de
acción que, aún siendo
lo más mañosa y discreta
posible, logre los
mayores avances en
privar a Cuba de dinero
y suministros, para
reducirle sus recursos
financieros y los
salarios reales,
provocar el hambre, la
desesperación y el
derrocamiento del
Gobierno.”
Así ha sido siempre
desde Eisenhower hasta
Obama. Y siempre
escondiendo la mano,
falsificando la
realidad, mintiendo,
siguiendo el camino
iniciado por los Padres
Fundadores.
El libro de Ramón
Sánchez Parodi es un
valioso aporte a la
pelea histórica de la
nación cubana que
equivale a la lucha por
salvar la verdad de
quienes la ocultan o
tergiversan. Esa ha sido
y es sustancia del
patriotismo cubano que
hoy encarnan
ejemplarmente Gerardo,
Ramón, Antonio, Fernando
y René. Si ellos cumplen
ahora 13 años de
injusta prisión es,
sobre todo, porque el
imperio ha sido capaz de
ocultarle al pueblo
norteamericano su
heroica proeza contra el
terrorismo anticubano
que Washington inventó y
aún alienta o tolera.
Para comprender la
naturaleza y los métodos
de un adversario al que
le sobran recursos
materiales pero le
faltan la ética y la
moral, los invito a esta
lectura imprescindible.
Palabras del presidente
de la Asamblea Nacional
del Poder Popular de
Cuba en la presentación
del libro Cuba-USA.
Diez tiempos de una
relación, de Ramón
Sánchez Parodi, ocurrida
el 7 de septiembre en la
Casa del Alba de La
Habana. |