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Cuando el responsable de
la primera renovación
orquestal en Cuba
cumpliría cien años de
vida, otros cuatro
maestros de la música
cubana también
celebrarían igual
longevidad: Bola de
Nieve, Eduardo Saborit,
Faustino Oramas (El
guayabero) y Armando Oréfiche. Ningún otro
homenaje podría ser más
justo que el regreso de
sus composiciones en
voces de nuestros días.
Y así será, al menos
para “el Ciego
Maravilloso” que tanta
leyenda propició en
vida.
Recuerda el compositor y
productor Tony Pinelli
—cronista musical, como
prefiere presentarse—
que él mismo se
inscribió como Ignacio
Arsenio Travieso Scull,
el 31 de agosto de 1911.
Descendiente de un negro
congo traído a Cuba como
esclavo, el niño enfermo
de retinosis pigmentaria
no solo lidió con su
ceguera total desde los
siete años, sino además
con una República de
blancos edificada sobre
cánones: sociales y
culturales. Se le daría
la música como sabia
retribución:
prodigiosamente, un
ritmo diablo. Su
tratamiento de la
trompeta fue reconocido
como influencia hasta
por Dámaso Pérez Prado.
Lo admitió en su
respuesta al cronista:
por fin, el mambo, ¿de
quién es?
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Un siglo más tarde, el
sello discográfico que
en 1999 asumiera la
antología Los grandes
temas de Arsenio
Rodríguez, produce
ahora Arsenio
Rodríguez. Centenario.
En la primera
compilación, estrellas
de la música cubana les
devolvieron la frescura
a algunos de sus temas
memorables:
Chucho
Valdés con Irakere,
Adalberto Álvarez,
Adriano Rodríguez a dúo
con Edesio Alejandro, NG
la Banda, Son 14 y
Sierra Maestra. De
aquella confluencia se
recuerda, con especial
admiración, una versión
de su “El reloj de
Pastora”.
Esta vez, la EGREM
reunió a músicos de
distintas generaciones.
Manolito Simonet, en
calidad de arreglista,
trabajó con las
composiciones “Me estoy
comiendo un cable” y “El
reloj de Pastora”. La
primera de ellas ha sido
interpretada en el isco
por Mayito Rivera, de
los Van Van; mientras la
otra quedó a cargo de
Sixto (El Indio)
Llorente.
Efraín Ríos, quien
también funge como
director musical del CD,
arregló para Coco
Freeman y Adalberto
Álvarez el bolero
“Cárdenas”, aquella
composición que Arsenio
dedicó a la ciudad donde
se izara por primera vez
la bandera cubana.
También se encargó de
“Me boté de guaño”, tema
que interpreta el
Robertón, de Van Van. El
mítico “Dile a Catalina”
reúne a todos los
músicos convocados en el
disco.
Por su parte, Alfred
Thompson arregló “Qué
negra pacelerá” para “el
Nene”, también de la
orquesta que dirige el
maestro Juan Formell; y
“Baila conmigo”, para
Bárbara Zamora, cantante
de Anacaona. Las
integrantes de Sexto
Sentido interpretaron
“No toque el guao” y
Leoni Torres puso su voz
a “Hacer que el oído”,
ambos temas arreglados
por Emilio Vega.
Finalmente, Juan Manuel
Ceruto se encargó de
preparar para Moisés
Yumurí Valle, “Fuego en
el 23” y “Calla”, para
Leo Vera.
Como pieza clave de la
producción, el maestro
Frank Fernández toca el
piano de “La vida es
sueño” para Beatriz
Márquez. El bolero más
famoso de Arsenio
Rodríguez renace en dos
figuras del más alto
calibre. Cuentan que lo
escribió “de un tirón”,
cuando la colecta “un
rayo de luz” —el fondo
reunido por Chano Pozo y
otros músicos cubanos de
la época para
financiarle una posible
operación médica en
España— no pudo revertir
un proceso que la
naturaleza había
sentenciado.
Pinelli —quien ha
fungido como productor
del disco— hace un
recuento de cada uno de
los temas y las voces
que lo defienden; pero
se advierte una
ausencia. Ninguno de los
títulos que componen
Arsenio Rodríguez.
Centenario ha sido
interpretado por la
agrupación fundada por
la propia familia del
autor, el Conjunto que
durante 13 años ha
perpetuado su nombre y
su sello con un estilo
tan exacto, que no pocos
especialistas aseguran
que escucharles tocar es
casi como escuchar al
propio Arsenio. La
calidad de los
intérpretes reunidos en
el disco es irrefutable.
La confluencia de tres
cantantes de Van Van,
especialmente, viene a
recordarnos que la
agrupación de Formell
protagonizó, como
Arsenio en su época, la
llamada “segunda
renovación orquestal”.
No obstante, la
presencia también de
quienes cada año
devuelven la música del
“Ciego Maravilloso” a su
natal Güira de Macurije,
habría potenciado el
simbolismo de este
homenaje; sobre todo,
habría acercado también
el trabajo del Conjunto
—esto es, la obra de
Arsenio— a las
generaciones que no le
vimos nunca estremecer a
un auditorio.
De todas formas, un
disco solo no alcanza a
la estatura de Arsenio
Rodríguez. En el año de
su centenario,
seguiremos todavía en
deuda con quien tuvo la
vista más larga que su
tiempo. Como les ocurre
a muchos como él, el
oído se le aguzó tanto
que pudo escuchar la
música del futuro y
adelantarla. Los golpes
de la vida le habían
afinado también la
sensibilidad. |