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Primero, las trompetas.
Soplan Benitín,
Florecita y, por
supuesto, Chapotín,
dejándose los pulmones
en cada nota. Al fondo,
el bajo de Nilo, el
bongó de Papa Kila y la
tumbadora de Israel
(Kike) marcan el tumbao.
Lilí Martínez hace
florituras con el piano,
aunque también pudiera
tratarse de Rubén
González. Luego, casi a
la mitad del tema, se
escucha un solo, que más
que solo, es tres. Y no
un tres cualquiera, sino
el de alguien que no
necesitaba mirar las
cuerdas para desplegar
todo su virtuosismo, el
del mismísimo Arsenio
Rodríguez.
No se sabe con seguridad
quién bautizó a Ignacio
Loyola Rodríguez Scull
como “El Ciego
Maravilloso”. En
realidad, poco importa.
Quien haya sido, estuvo
muy lejos de acercarse a
toda la magnitud de la
genialidad de este
hombre, que revolucionó
el formato de los
conjuntos, fue precursor
del mambo, la salsa y
compuso cerca de 200
temas. Su vida resultó
tan intensa que muchos
creen que no tuvo tiempo
para la paternidad, pero
se equivocan.
Regla María Travieso, la
única hija de Arsenio,
mantuvo una relación muy
cercana con su padre. Al
extremo que algunos
músicos del conjunto
solían llamarla
“Arsenia” cariñosamente.
Todavía hoy, a sus 76
recién cumplidos, cuando
habla del tresero, la
voz le vibra con
orgullo.
“Aunque no convivía con
Arsenio, porque yo vivía
con mi mamá, siempre fui
muy apegada a él, y
dondequiera que
estuviese viviendo, allí
iba yo”, recuerda. “Fue
un padre muy cariñoso,
me daba muchos consejos
y yo siempre lo
escuchaba. Su partida me
afectó mucho”, confiesa
con aire nostálgico.
Hace unos años fue a
Güira de Macurijes,
Matanzas, a conocer el
lugar donde un siglo
atrás naciera su padre.
Allí, en lo que ahora es
una esquina olvidada,
estaba la herrería en la
que todos asumen que
Arsenio perdió la vista.
No era más que un
muchacho descalzo que no
levantaba una cuarta del
suelo y entró al local
cabalgando a lomos de un
palo de escoba. Uno de
los caballos, esta vez
uno de verdad, coceó y
marcó para siempre el
rostro del niño. Al
menos esto es lo que
cree todo el mundo. No
obstante, ahora ha
llegado a hablarse, sin
mucha seguridad, de una
retinitis pigmentaria no
diagnosticada.
“Bueno, eso dicen
—contesta Regla
encogiéndose de
hombros—, pero a
nosotros nunca nos
dijeron que tuviese
retinitis pigmentaria”.
De hecho, en la familia
la única que padeció
afecciones en la vista
fue Estela, la hermana
menor de Arsenio, quien
también cantaba en el
conjunto. “Pero el
problema de mi tía fue
por un arañazo en la
córnea que le hizo otro
tío mío jugando cuando
eran chiquitos, después
perdió el ojo”, explica.
Y añade que siempre
conservó la visión del
otro.
Arsenio, por su parte,
nunca permitió que lo
tratasen con lástima. Se
servía de su magnífico
oído para reconocer con
precisión a las personas
y era capaz de
identificar un billete
solo por el tacto. Regla
María cuenta que sus
músicos solían gastarle
bromas dándole billetes
pequeños como si fuesen
de mayor valor. Él los
tocaba despacio,
palpando con la yema de
los dedos las
irregularidades del
papel. Al momento
exclamaba: “Este billete
no es de 20 pesos, dame
el dinero que me debes”.
Las cosas se hacían a su
manera, sobre todo en
relación con la música.
En los ensayos y las
grabaciones era un
perfeccionista, no
terminaba una sesión
hasta que todo sonara
exactamente como él
quería. Su hija, que
solía hacer la tercera
voz, cuenta que en una
ocasión, cuando grababan
un tema donde Estela era
la voz principal,
estuvieron en el estudio
hasta las seis de la
mañana, pues fue en ese
momento que Arsenio se
mostró conforme con el
resultado.
Era extremadamente
presumido, algo curioso
en un hombre que no
podía mirarse al espejo.
Eso nunca le importó, le
gustaba usar trajes,
llevaba un gran anillo
de brillantes en su mano
izquierda, se hacía
recortar el pelo
regularmente por Joseíto
—“el Mago del Cabello”—
y solía arreglarse las
manos con bastante
frecuencia.
Aunque no era un
religioso practicante,
creía en los dioses de
sus antepasados.
Aquellos mismos que su
mamá, descendiente de
congoleses, le había
enseñado a respetar
desde pequeño. “En mi
familia todo el mundo
era muy religioso. Él
creía, pero no
practicaba la religión.
El único que faltaba por
hacerse santo era él.
Sin embargo, no había
cosa que no se
propusiera que no
lograra, siempre
conseguía todo lo que
quería”, asegura Regla
María.
Como buen hijo de
Changó, después de la
música, su mayor pasión
fueron las mujeres. Su
hija le conoció varias y
asegura que el truco
estaba en su elocuencia.
“Un día fue a arreglarse
las manos con una
manicura y yo me di
cuenta de que la estaba
enamorando porque le
hablaba bajito y ella se
reía. Era muy
enamoradizo”, cuenta con
sonrisa pícara.
Jamás usó bastón, para
eso tenía a sus
hermanos. Solía apoyarse
en el hombro de Estela,
Raúl o Kike, y ellos lo
guiaban al caminar. Este
último, quizá haya sido
el más querido. Era su
mano derecha y rara vez
aparecía uno sin el
otro. Una de esas pocas
veces fue cuando Kike
acabó preso. “Mi tío
mata a un hombre por
defender a mi abuelo,
que ya era un viejo”,
aclara Regla.
Estuvo cinco años en la
cárcel. En ese tiempo,
Arsenio canaliza la
depresión en la música y
escribe uno de sus
boleros más
melancólicos: “Me siento
muy solo”. Luego, cuando
Kike regresa a la
tumbadora, aparece
“Vuelvo a la vida”, una
canción en la que
Arsenio deja ver su lado
más optimista.
Pero el que quizá sea el
más famoso de todos sus
números, fue escrito
cuando supo que aquello
que más anhelaba, sería
el único deseo que sus
dioses yorubas iban a
negarle. La historia es
bastante conocida: el
baile Un rayo de luz
para recaudar los fondos
de la operación, el
viaje a Nueva York, la
visita al famoso doctor
Castroviejo y la noticia
de que no le serviría un
trasplante de retina, el
nervio óptico estaba
muerto, nada que hacer.
De regreso en el
apartamento tuvo lugar
una escena que Regla
María no presenció, pero
que había visto
repetirse en
innumerables ocasiones:
“Cuando se inspiraba
mandaba a alguien a que
cogiera lápiz y papel
para dictarle la letra,
podía ser cualquiera,
alguno de mis tíos, mi
prima o cualquiera de
nosotros”. En este caso,
fue su hermano Raúl
quien copió,
directamente de los
labios de Arsenio, “La
vida es un sueño”.
Regla María asume la
ceguera de su padre como
un signo fatal del
destino, una condición a
la que no podía escapar
y que, en cierto
sentido, marcaba la
esencia de su
individualidad: “Tal vez
su gracia era no tenerla
(la visión). A lo mejor
si hubiese tenido vista,
no hubiera sido tan
popular como fue, ni
hubiese hecho todo lo
que hizo”. Pues,
asegura, ha escuchado a
pocas personas tocar el
tres como lo hacía él.
En la década de los 50,
Arsenio se marcha
definitivamente para
EE.UU. Casi 20 años más
tarde, el 30 de
diciembre de 1970,
fallece en la ciudad de
Los Ángeles. Aunque se
escribían con
regularidad, y siempre
estuvo rondando la idea
del reencuentro, su
única hija jamás volvió
a verlo. “Dicen que fue
una neumonía lo que le
provocó el paro cardiaco
que lo mató y, al
parecer, también era
diabético”, explica.
Allá, en el frío suelo
de Nueva York, bajo una
escueta inscripción que
en nada asemeja a su
grandeza, en una tumba
que no parece suya por
insípida, descansan los
restos de Arsenio
Rodríguez. Esos, que su
hija Regla María añora
visitar, aunque sea solo
una vez. |