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De modo general los
genios están rodeados de
leyendas. Arsenio
Rodríguez tiene las
suyas. Recuerdo que a
inicios de la última
década del siglo pasado,
convocado por el músico
español Santiago Auserón,
me vi involucrado en una
serie de antologías de
soneros cubanos, para la
colección Semilla del
Son.
Uno de los volúmenes
estaba consagrado a él y
me ocupé de hacer la
nota de presentación.
Buscando información
advertí en diversas
partes que no coincidían
en su nombre y tampoco
en la fecha de
nacimiento y muerte, ni
en el lugar donde
sucedió esta última. Lo
que sí pude precisar,
gracias a unos jóvenes
que estaban estudiando
su trayectoria, es que
está inscripto en Güines
y no en Güira de
Macurijes, pueblo
matancero donde se sabe
que se produjo su
nacimiento. Otro tanto
sucede con su falta de
visión. Están quienes
afirman que fue una
limitación de nacimiento
y la mayoría afirma que
fue motivada por la
fuerte patada en la
cabeza de una bestia,
cuando era muy niño.
Estos detalles, sin
embargo, no son lo más
importante de su
existencia. Por ello me
parece conveniente
aceptar que nació el 31
de agosto de 1911 y
murió en Los Ángeles —en
EE.UU.—, el 31 de
diciembre de 1971. Así
se consigna en el
Diccionario
Enciclopédico de la
Música Cubana de Radamés
Giro. Allí también
aparecen sus señas como
Ignacio Arsenio Travieso
Scull.
Lo trascendente es que
la primera música que
llegó a sus oídos
provenía de los tambores
yuca de ascendencia
conga y que muy
temprano, escuchando a
sus mayores, aprendió a
tocar el tres y muy
pronto se convirtió en
un diestro del
instrumento, a partir de
lo cual fue bautizado
como “El Cieguito
Maravilloso”.
Después de sus años en
Güines, en la década del
30 se establece en La
Habana. Ya en 1936
ingresa en el Septeto
Boston y dos años
después funda el Septeto
Bellamar, donde Arsenio
comienza a materializar
inquietudes suyas
alrededor de la creación
del son, que pueden
considerarse como
génesis del conjunto que
fundara en 1938, en el
cual aumenta la cantidad
de trompetas e introduce
la tumbadora. Si bien no
fue él quien primero
introdujo en una
agrupación estos
instrumentos, no hay
dudas de que le sacó un
provecho singular al
contrapuntearlos con su
tres. Al igual que
habían logrado otros
grandes músicos
nuestros, como Matamoros
e Ignacio Piñeiro, él
compone un repertorio
propio, rico en variedad
de géneros.
En 1940 funda el
conjunto que lleva su
nombre, como coronación
de su manera de hacer el
son. Su trabajo es una
de las pautas más
significativas para la
formación de otros
muchos conjuntos. Esto
es sin duda una de sus
fecundas contribuciones,
como los había sido su
aporte a la perfil
acción del mambo, con
aquellas piezas que
Arsenio catalogo como
“diablos”.
Se estableció en EE.UU.
y después de una primera
etapa donde todavía
alcanzó a grabar álbumes
de semejante energía que
los registrados en Cuba,
se debe admitir la poca
brillantez de sus
últimas composiciones y
actuaciones. Nada de
ello empaña su
contribución de gran
altura a la música de
raigambre latina.
Téngase en cuenta que
los pioneros de “la
salsa” neoyorquina le
rindieron visible
tributo y en Cuba
creadores como Adalberto
Álvarez le han tomado
como muy buen alimento
para su trabajo. Verse
reflejado en ellos pudo
ser el mayor sueño del
autor del bolero “Vive
el recuerdo” y el son
“El reloj de Pastora”. |