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Era un día como todos
los demás. Se levantó a
las siete, desayunó,
salió rumbo al trabajo y
regresó a las cinco
anhelando tomar un sorbo
de café. Mientras hacía
la colada, le pareció
percibir una sombra que
se desplazaba
furtivamente tras él.
—¿Quién está ahí?
—preguntó volviéndose
sobresaltado—. Nadie le
contestó. Solo el sonido
de una música rock en la
grabadora del vecino y
el griterío de los niños
jugando frente a la casa
llenaron el vacío del
apartamento. “Ilusión...
ilusión” —se dijo—, y
paladeó la humeante taza
de café.
Esa noche, a las 12,
cuando todos dormían,
finalmente pudo
disfrutar del silencio y
de su propia soledad. Al
acostarse y reclinar la
cabeza sobre la
almohada, tuvo la
sensación de que, en el
estrecho espacio ubicado
tras la cabecera de su
cama y la pared, había
una “presencia”.
Encendió la luz para
comprobarlo. “Ilusión...
ilusión” —volvió a
decirse con cansancio
mientras el sueño lo
rendía.
A la mañana siguiente el
despertador no sonó, se
le hizo tarde y tuvo que
correr para alcanzar el
ómnibus. Cuando tomó
asiento, sintió que
alguien observaba
fijamente su nuca, se
volvió con inquietud y
vislumbró a una madre
con un niño de brazos,
la cual miraba por la
ventana, y a un
adolescente que leía un
texto escolar. Como esta
impresión continuó
durante varios días, en
lo sucesivo decidió
sentarse en el último
puesto o permanecer de
pie en medio del
pasillo, pero aún así,
hiciera lo que hiciera,
“alguien” permanecía
pegado a sus espaldas.
“Ilusión... ilusión” —se
repetía con desasosiego.
Lo que más le preocupaba
era que esa “presencia”
invadía cada vez más su
ámbito privado: cuando
colaba el café, miraba
la televisión, leía un
libro o realizaba
cualquier otro acto
habitual, allí estaba
“él” (porque presentía
que el “intruso”, aunque
nunca se le había
mostrado, era de su
mismo sexo). En realidad
le resultaba incómodo
tener un observador de
su vida íntima, máxime
cuando era amante de la
soledad.
Por otra parte, el tal
“personaje”, que unas
veces simulaba ser tan
solo una sombra furtiva
y fantasiosa, apenas
vislumbrada, y otras no
daba señales de
apariencia real,
¿existía de hecho o era
el producto de su mente
acalorada?
Pudo comprobar con
alivio que podía
librarse de “él” durante
su trabajo, cuando se
enfrascaba en un rejuego
de números que debían
cuadrar, mas en cuanto
salía a la calle, lo
sentía invisible e
inquietante persiguiendo
sus pasos.
—¡Vete de aquí!
¡Déjame tranquilo!
—gritó en una ocasión.
Las paredes le
devolvieron el eco de su
voz.
Debido a que el hecho
continuaba
produciéndose, decidió
ponerle fin no dándole
importancia,
reduciéndolo a algo
habitual. El “intruso”
no estaba más que en su
imaginación y su mente
debía aceptarlo como una
fantasía, evitando
reforzar la absurda idea
de su presencia, nunca
mostrada, tan sólo
presentida y, en
consecuencia,
inexistente. Sin
embargo, pasaron las
semanas y “él”
continuaba a sus
espaldas, sin que
pudiera superarlo.
—¡¿Quién está ahí?!
¡Muéstrate de una vez o
déjame ya en paz! —gritó
desesperado.
“Me
estoy volviendo loco”
—reflexionó—. “Alguien
debe ayudarme”.
Decidió acudir a un
especialista.
Había una apreciable
fila de pacientes que
intentaban obtener una
consulta. Él era el
último. La secretaria se
tomaba su tiempo en
atender a cada persona.
Anotaba, con lentitud y
minuciosidad, el nombre,
la fecha y la hora en
una libreta, y después
le entregaba un papelito
recordatorio.
Finalmente, tras una
tediosa espera, le llegó
el turno.
—¿Su nombre, por favor?
—lo escribió—. Dentro de
tres meses —le dijo.
—¡Tan lejos! ¡Para esa
fecha ya me habré vuelto
loco!
—Lo siento, pero hay
muchos casos, no puedo
adelantarlo. El próximo
—continuó con tono
imperturbable.
Se apartó para darle
paso al que venía detrás
y que seguramente llegó
en los últimos minutos,
mientras él hacía su
gestión, pero allí no
había nadie, no
obstante, ella seguía
preguntando segura de su
existencia:
—¿Su nombre, por
favor...?
Entonces escuchó
sorprendido el eco de su
voz y su propio nombre
pronunciado en medio de
la sala vacía.
—Dentro de tres meses
—sentenció, y cerró la
libreta.
Esther Díaz Llanillo:
Dra. en Filosofía y
Letras, bibliotecaria,
narradora y ensayista.
Entre otros libros, ha
publicado sus relatos en
El castigo
(Ediciones R, 1966),
Cuentos antes y después
del sueño (Letras
Cubanas, 1999; 2.ed.
Letras Cubanas, 2007),
Cambio de vida
(Letras Cubanas, 2002,
donde se incluyen dos
cuadernos de cuentos que
obtuvieron mención en el
Premio Alejo Carpentier
en 1999 y 2000);
Entre latidos
(Ediciones Unión, 2005),
Los rostros
(Ediciones Unión, 2008)
y El vendedor de
cabezas (Letras
Cubanas, 2009). Cuentos
suyos han aparecido en
diversas antologías y
revistas en Cuba y otros
países, y han sido
traducidos al inglés, al
danés y al farsi. En
2004 le fue conferida la
Distinción Por la
Cultura Nacional. |