La Habana. Año X.
10 al 16 de SEPTIEMBRE de 2011

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¿Quién está ahí?
Esther Díaz Llanillo (La Habana, 1934)

Era un día como todos los demás. Se levantó a las siete, desayunó, salió rumbo al trabajo y regresó a las cinco anhelando tomar un sorbo de café. Mientras hacía la colada, le pareció percibir una sombra que  se desplazaba furtivamente tras él. —¿Quién está ahí? —preguntó volviéndose sobresaltado—. Nadie le contestó. Solo el sonido de una música rock en la grabadora del vecino y el griterío de los niños jugando frente a la casa llenaron el vacío del apartamento. “Ilusión... ilusión” —se dijo—, y paladeó la humeante taza de café.

Esa noche, a las 12, cuando todos dormían, finalmente pudo disfrutar del silencio y de su propia soledad. Al acostarse y reclinar la cabeza sobre la almohada, tuvo la sensación de que, en el  estrecho espacio ubicado tras la cabecera de su cama y la pared, había una “presencia”. Encendió la luz para comprobarlo. “Ilusión... ilusión” —volvió a decirse con cansancio mientras el sueño lo rendía.

A la mañana siguiente el despertador no sonó, se le hizo tarde y tuvo que correr para alcanzar el ómnibus. Cuando tomó asiento, sintió  que alguien observaba fijamente su nuca, se volvió con inquietud y vislumbró a una madre con un niño de brazos, la cual miraba por la ventana, y a un adolescente que leía un texto escolar. Como esta impresión continuó durante varios días, en lo sucesivo decidió sentarse en el último puesto o permanecer de pie en medio del pasillo, pero aún así, hiciera lo que hiciera, “alguien” permanecía pegado a sus espaldas. “Ilusión... ilusión” —se repetía con desasosiego.

Lo que más le preocupaba era que esa “presencia” invadía cada vez más su ámbito privado: cuando colaba el café, miraba la televisión, leía un libro o realizaba cualquier otro acto habitual, allí estaba “él” (porque presentía que el “intruso”, aunque nunca se le había mostrado, era de su mismo sexo). En realidad le resultaba incómodo tener un observador de su vida íntima, máxime cuando era amante de la soledad.

Por otra parte, el tal “personaje”, que unas veces simulaba ser tan solo una sombra furtiva y fantasiosa, apenas vislumbrada, y  otras no daba señales de apariencia real, ¿existía de hecho o era el producto de su mente acalorada?

Pudo comprobar con alivio que podía librarse de “él” durante su trabajo, cuando se enfrascaba en un rejuego de números que debían cuadrar, mas en cuanto salía a la calle, lo sentía invisible e inquietante persiguiendo sus pasos.

  —¡Vete de aquí! ¡Déjame tranquilo! —gritó en una ocasión. Las paredes le devolvieron el eco de su voz.

Debido a que el hecho continuaba produciéndose, decidió ponerle fin no dándole importancia, reduciéndolo a algo habitual. El “intruso” no estaba más que en su imaginación y su mente debía aceptarlo como una fantasía, evitando reforzar la absurda idea de su presencia, nunca mostrada, tan sólo presentida y, en consecuencia, inexistente. Sin embargo, pasaron las semanas y “él” continuaba a sus espaldas, sin que pudiera superarlo.

—¡¿Quién está ahí?! ¡Muéstrate de una vez o déjame ya en paz! —gritó desesperado.

Me estoy volviendo loco” —reflexionó—. “Alguien debe ayudarme.

Decidió acudir a un especialista.

Había una apreciable fila de pacientes que intentaban obtener una consulta. Él era el último. La secretaria se tomaba su tiempo en atender a cada persona. Anotaba, con lentitud y minuciosidad, el nombre, la fecha y la hora en una libreta, y después le entregaba un papelito recordatorio. Finalmente, tras una tediosa espera, le llegó el turno.

—¿Su nombre, por favor? —lo escribió—. Dentro de tres meses —le dijo.

—¡Tan lejos! ¡Para esa fecha ya me habré vuelto loco!

  —Lo siento, pero hay muchos casos, no puedo adelantarlo. El próximo —continuó con tono imperturbable.

Se apartó para darle paso al que venía detrás y que seguramente llegó en los últimos minutos, mientras él hacía su gestión, pero allí no había nadie, no obstante, ella seguía preguntando segura de su existencia:

—¿Su nombre, por favor...?

Entonces escuchó sorprendido el eco de su voz y su propio nombre pronunciado en medio de la sala vacía.

—Dentro de tres meses —sentenció, y cerró la libreta.


Esther Díaz Llanillo: Dra. en Filosofía y Letras, bibliotecaria, narradora y ensayista. Entre otros libros, ha publicado sus relatos en El castigo (Ediciones R, 1966), Cuentos antes y después del sueño (Letras Cubanas, 1999; 2.ed. Letras Cubanas, 2007), Cambio de vida (Letras Cubanas, 2002, donde se incluyen dos cuadernos de cuentos que obtuvieron mención en el Premio Alejo Carpentier en 1999 y 2000); Entre latidos (Ediciones Unión, 2005), Los rostros (Ediciones Unión, 2008) y El vendedor de cabezas (Letras Cubanas, 2009). Cuentos suyos han aparecido en diversas antologías y revistas en Cuba y otros países, y han sido traducidos al inglés, al danés y al farsi. En 2004 le fue conferida la Distinción Por la Cultura Nacional.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218—0869. La Habana, Cuba. 2011.