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El romanticismo, surgido
en Europa a finales del
xviii, más que un
movimiento cultural
—literario, musical,
plástico, danzario, etc.
— fue un modo cuasi
burgués de vida y, por
si fuera poco, algunos
afirman que abrió la
llamada Edad Moderna,
pues también se puede
vincular con el
liberalismo político del
que disfrutó el viejo
continente. Vivir al
estilo romántico en sus
múltiples variantes,
incluyendo la muerte a
lo Margarita Gautier,
pañuelo ensangrentado
por la hemoptisis
incluido, se convirtió
en una cualidad sine
qua non para partir
hacia rumbos
desconocidos. Byron,
Chateaubriand, Musset,
Walter Scott, Shelley,
Espronceda, Lamartine,
Puchkin, Leopardi
fueron, entre otros
muchos escritores, los
abanderados de la
corriente literaria
surgida en Alemania.
Navegó el romanticismo
hacia aguas más cálidas,
pero como ha afirmado el
estudioso de la
literatura cubana
Raimundo Lazo, “en
Hispanoamérica, todo,
aunque parezca
simplemente importado,
tiene que nacer de
nuevo; y este punto de
vista en la comparación
con lo europeo tiene
consecuentemente que
eliminar como un
espejismo, la idea de
coetanidad”. La todavía
incipiente literatura
insular, hasta entonces
literariamente en manos
de neoclásicos cultistas
a lo Manuel de Zequeira,
le abrió sus brazos al
barco que, con
diferentes banderas,
traía a nuestras costas
un nuevo sabor, un nuevo
gusto artístico y la ola
romántica, según ha
expresado un competente
crítico, asimiló la
herencia europea en
pocas décadas, “para
ganarle terreno hasta a
su propia metrópoli”.
Ningún chovinismo media
en la afirmación de que
fue nuestro José María
Heredia el primer poeta
romántico en lengua
española, aunque en el
resto de los países del
continente prendió
también la chispa de lo
nuevo, con figuras tan
relevantes como los
argentinos Esteban
Echeverría y Domingo
Faustino Sarmiento, el
colombiano José Eugenio
Caro y los chilenos
Guillermo y Alberto
Blest Gana y Benjamín
Vicuña Mackenna, entre
muchos nombres ilustres.
Por su parte, el casi
siempre desterrado
Heredia, cuyos ideales
románticos estuvieron
preñados de un fuerte
sentimiento libertario
en relación con la
metrópoli —prueba de
ello es su inmortal
“Himno del desterrado”—
se hizo acompañar por
figuras nativas como
José Jacinto Milanés,
Gertrudis Gómez de
Avellaneda, Plácido,
Anselmo Suárez y Romero
y un largo etcétera que
llega hasta figuras como
Juan Clemente Zenea y
Luisa Pérez de Zambrana,
adscritos a lo que se ha
dado en llamar, quizá
sin mucho fundamento,
“reacción del buen
gusto” dentro de la ola
romántica, que tuvo
tanto en Cuba, como en el
resto de la América
continental, una lista
enorme de epígonos.
Nuestra Isla tuvo el
privilegio de contar con
una figura esencial para
la cultura decimonónica,
y en particular para el
conocimiento de los
postulados románticos:
Domingo del Monte,
calificado por Martí,
quizá con palabras más
precisas, como el cubano
más útil de su tiempo.
En 1829 regresó a Cuba
luego de un viaje por
Europa y los EE.UU. Rico
por matrimonio con Rosa
de Aldama, hija del
dueño de uno de los
capitales más sólidos de
la época, del cual
destilaba la sangre de
los negros esclavos
sometidos a la mayor
explotación, no fue, sin
embargo, un hombre
egoísta. Venía con
proyectos, había
contactado con
importantes
personalidades,
publicaciones y, sobre
todo, ambientes
culturales que ampliaron
sus horizontes. Hasta su
precipitada salida de
Cuba en el año 1842,
pues su amistad con el
cónsul inglés David
Turnbull, abanderado del
abolicionismo, causó
recelo en las
autoridades españolas,
su figura, entre éxitos
y fracasos, dominó la
vida cultural, tanto en
Matanzas como en la
capital. Leer las
cientos de cartas que
recibió de sus amigos
literatos cubanos y de
algunos extranjeros,
reunidas por él
cuidadosamente en varios
tomos, primorosamente
mandados a encuadernar
en París, y publicadas
con el título de
Centón epistolario de
Domingo del Monte,
aparecido en varios
tomos entre 1923 y 1957,
representa para el
lector de hoy la
posibilidad, sin
cortapisas, de
acercarnos a momentos
capitales de la
literatura cubana y más
allá de ella también,
pues las cartas, bien se
sabe, constituyen un
patrimonio invaluable de
la verdad, del
testimonio directo.
Del Monte traía sus
baúles cargados de
libros de autores
franceses, ingleses,
españoles, todos
románticos, y los puso a
disposición de sus
amigos asistentes a la
tertulia literaria
organizada en su casa, a
la cual asistían Cirilo
Villaverde, Ramón de
Palma, José Antonio
Echeverría, el
colombiano radicado en
Cuba Félix Tanco, Suárez
y Romero, a veces el
esclavo Juan Francisco
Manzano, cuya libertad
propició este grupo de
intelectuales mediante
colecta. Del Monte
perseguía crear una
poesía autóctona,
elemento caro a los
románticos, pero sus
“Romances cubanos”,
firmados con el
seudónimo Bachiller
Toribio Sánchez de
Almodóvar, apenas
han trascendido. Aunque
no pocas veces, para
mal, cortó las alas
artísticas de sus
discípulos, pues
persistía en él cierto
neoclasicismo embozado
con la novedad
romántica, se entregó
con entusiasmo y
apasionamiento a la
fundación de revistas,
que contribuyeron a
difundir ideas
renovadoras y a
propugnar el cultivo de
un romanticismo
calificado por algunos
como “cada vez más
ecléctico”. Pero lo
cierto es que ahí están,
joyas indiscutibles de
la cultura cubana,
fundadas por él, La
Moda o Recreo Semanal
del Bello Sexo
(1829) y El Puntero
Literario (1830),
antecedidas por otras
que pudiéramos llamar
prerrománticas, como
La Lira de Apolo
(1820), escrita
totalmente en verso, y a
la cual ya nos referimos
en anterior artículo.
Pero el gran momento de
auge de las
publicaciones periódicas
ocurre a partir de 1831,
cuando se funda la
Revista y Repertorio
Bimestre de la Isla de
Cuba, no
precisamente romántica,
sino atendía a otros
intereses, que a
partir de su segundo
número pasó a llamarse
Revista Bimestre
Cubana. Poco
después, en 1834, la
llegada a Cuba del
omnipotente Capitán
General Miguel Tacón
significó la censura
férrea a las
publicaciones, que se
vieron obligadas a dejar
de tratar temas
políticos, filosóficos,
religiosos y sociales.
Sin embargo, dejó
abierta una brecha para
obtener licencia de
publicación a libros y
revistas de “amena
literatura”, resquicio
aprovechado por los
jóvenes para publicar,
por entregas, muchas
revistas literarias
donde el romanticismo
encontró el espacio
necesario. Así,
surgieron en 1837
Miscelánea de Útil y
Agradable Recreo
y Recreo Literario
y en 1838 El Álbum,
La Cartera Cubana,
La Mariposa,
El Plantel y La
Siempreviva. Todas
fueron de corta vida y
hacia 1841 no existía
ninguna. Cirilo
Villaverde evaluó esta
etapa como “era de oro
para la juventud que
comenzaba a saludar la
literatura, y que acabó
a fines del año 1839”.
Los periódicos también
habían alcanzado cierta
estabilidad y en sus
páginas, además de
publicar ordenanzas,
edictos, noticias
mercantiles y otros
temas alejados de lo
literario, cedían
espacio a los poetas,
como se puede apreciar
en el Diario de la
Habana, el
Noticioso y Lucero de la
Habana y La
Aurora de Matanzas,
entre otros. Pero el
propio autor de
Cecilia Valdés dio
una visión poco
reconfortante del
resultado alcanzado en
esos años al manifestar
en 1846, en el último
periódico citado:
“Todo el mundo se creía
llamado a la carrera
escritoril; todos
querían escribir, y
sobre todo publicar;
nadie quería estudiar,
ni era posible, en medio
del afán del ansia
vivísima de estampar su
nombre en las columnas
de algún periódico, y
tal vez subir a la
gloria. Declamose en
alguno que otro
periódico, contra esta
irrupción no menos
bárbara y terrible que
la de los pueblos del
Norte, que atropellando
el idioma, el buen
gusto, la sana crítica y
la filosofía, se había
lanzado sobre los
periódicos, y amenazaba
inundarlos en insulsos
versos y en germanada
prosa; pero el mal era
grande, fatal; el
remedio que se oponía
escaso, insuficiente,
equivocado y los médicos
indoctos, sin autoridad
ni influencia [...] Todo
pasó, todo se hundió en
el eterno olvido, junto
con los periódicos y
obras periódicas que le
dieron nacimiento. El
mismo que esto escribe,
creyó haber hecho algo
en el género novelesco;
pero ¡ay!, se ha
convencido últimamente,
que tampoco ha hecho
nada.”
De su desaliento
Villaverde trató de
salvar, aunque muy
comedidamente y quizá
por compromiso, a
algunas de estas
publicaciones, pues
muchos de los revisteros
eran sus amigos más
cercanos, contertulios
todos de Del Monte. Así,
de El Álbum
expresa que “era
redactada por mi amigo
el armonioso y
apasionado poeta Ramón
de Palma”, “que había
llenado noble, aunque
pobremente su carrera”;
de El Plantel que
“en su primera
aparición, prometía
sazonados y óptimos
frutos, en todo género
literario; pero pronto
pasó a manos torpes e
indoctas, y fue efímera
y mala su existencia”;
de La Siempreviva
que “no tuvo tampoco
tiempo de obrar el bien,
que se esperaba” y
La Cartera Cubana,
“de insondable bolsa,
muerta en la miseria y
olvido más lastimoso”.
Cirilo Villaverde
exageraba. No hay dudas.
Su coexistir vital con
estas revistas era
lógico que obnubilara en
aquel momento la
importancia de todas
ellas. Muchos logros se
advierten hoy al volver
sobre sus páginas, por
suerte conservadas
gracias a la calidad del
papel de la época. Así
en El Álbum
palpamos los amagos
narrativos de nuestra
literatura; La
Siempreviva acogió
la primera “Cecilia
Valdés”, entonces no más
allá de una esquemática
narración; y en La
Cartera Cubana
podemos leer la novela
Antonelli, de
José Antonio Echeverría,
fundador también de
nuestra narrativa.
Además, poesías, prosa
variada y hasta
figurines con el último
grito de la moda
parisina. Lo más notable
de la intelectualidad
del momento tuvo espacio
en estas páginas, desde
el esclavo Manzano y el
mestizo Plácido
hasta el aristocrático
Del Monte, escoltados
por José Jacinto
Milanés, Antonio
Bachiller y Morales,
Anselmo Suárez y Romero,
Leopoldo Turla y los
aplatanados José María
de Andueza (español),
Francisco Gabito
(mexicano) y el
puertorriqueño Narciso
Foxá. Todos eran jóvenes
y la fiebre escritoril,
como dijo Villaverde, se
apoderó de ellos. El
romanticismo había
adquirido carta de
ciudadanía en Cuba y en
los intelectuales, que
ya podían ser llamados
cubanos, cuando cada vez
se hacía más profunda la
división entre los del
patio —ya reformistas,
ya independentistas, ya
anexionistas— y los
peninsulares. La
opresión impuesta en
virtud de las facultades
omnímodas otorgadas a
Tacón tenía que tener,
necesariamente, una vía
de escape. Para
alcanzarla estuvieron
las revistas y los
periódicos, dispuestos a
acoger mucho de los
bueno y no poco de lo
malo entonces
cultivándose, pero todo,
bueno o malo, envuelto
en la novedad del
romanticismo, mas un
romanticismo suscrito,
en su variedad de
matices, a dos aspectos
esenciales: la
oposición, a veces
sutil, a veces
desembozada, a la férrea
dependencia colonial
dictada por España, y el
doloroso fenómeno de la
esclavitud, siempre
contemplado por nuestros
románticos desde el
dolor y la condena.
Nuestro romanticismo se
distanció de la
exaltación del héroe
individual, de los
misterios de la noche,
del medioevo y de los
corsarios y piratas. Fue
en la Isla un eslabón
más del ansia
independentista, que con
el devenir del tiempo
iría cuajando hasta
estallar en La Demajagua
el 10 de octubre de
1868.
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