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Recién impreso en los
talleres Ediciones
Caribe, con la tinta
aún fresca en sus
páginas, Massaguer.
República y vanguardia
es la más reciente obra
del profesor de arte y
comunicación,
Jorge R.
Bermúdez (Villa Clara,
1944).
Conocido como uno de
nuestros más relevantes
y prestigiosos
especialistas en el
campo de las artes
visuales y la
comunicación, el doctor
Bermúdez nos entrega el
aporte más abarcador y a
la vez exhaustivo hasta
el momento sobre este
caricaturista que fuera
una de las
personalidades más
significativas de la
cultura insular durante
la República.
Publicado en la
colección Majadahonda
del Centro Cultural
Pablo de la Torriente
Brau, cuyo perfil
temático incluye
contribuciones
imprescindibles a
nuestro saber sobre el
patrimonio visual y
artístico cubano, entre
las que se hallan
Juan David. La
caricatura: tiempos y
hombres, José
Luis Posada. Cabeza para
pensar y corazón para
sentir. Grabado y dibujo
humorístico,
Testimonios del Diseño
Gráfico Cubano 1959-1974
(Héctor Villaverde),
esta última edición
sobre Massaguer continúa
en esa valiosa labor de
recuperación de la
memoria que, al mismo
tiempo, es objetivo
sostenido en los
programas de la
institución, tarea
encomiable si se tiene
en cuenta que gracias a
estas ediciones poco
pretenciosas, podemos
hoy los historiadores
del arte, críticos,
especialistas,
curadores, artistas,
diseñadores, hallar un
registro e información
sobre el saber de
nuestra gráfica.
Presidente de la Cátedra
de Gráfica Conrado W.
Massaguer de la Facultad
de Comunicación de la
Universidad de La
Habana, el profesor
Bermúdez, como le
conocemos en el medio,
condensa a lo largo de
250 páginas de texto, un
vasto saber sobre la
historia de la
caricatura en Cuba como
un ineludible capítulo
de esa otra, nuestra
historia del arte, sin
mayúsculas, en la que la
gráfica fue el
antecedente de toda
renovación posterior.
Bermúdez ofrece a través
de la línea biográfica
que es el tema sobre las
etapas cronológicas de
la vida del
caricaturista y hombre
de cultura que fue
Massaguer, un panorama
vivo en que la historia
de la caricatura y la
gráfica se articulan a
un contexto histórico y
epocal en el que no
faltan las
ambientaciones
urbanísticas y
arquitectónicas de La
Habana neocolonial.
En la Introducción de
Massaguer. República y
Vanguardia, Bermúdez
nos conduce con ánimo
didáctico, pero sin
chatura alguna, por un
recorrido sobre la
historia de la
caricatura universal
que desemboca en el
devenir de la
manifestación artística
en Cuba, cual magnífica
síntesis de un proceso
artístico complejo
escrito desde la
historia y la cultura
cubanas.
Los dos estudios
anteriores del autor:
De Gutemberg a Landaluze
que es sobre la gráfica
colonial (1990) y el
segundo, La imagen
constante, donde
examina la expresión
gráfica en el período
revolucionario (2000)
han sido plataformas
precedentes a esta en la
que enhebra desde
heterogéneos puntos de
vista (contextual,
biográfico, artístico,
histórico, político y
social) una acuciosa
exploración sobre la
vida y obra de Conrado Massaguer (2011) con la
que ultima, al integrar
un estudio sobre el arte
republicano, lo que ha
dado en llamar una
trilogía, conjunto al
que habrá que acudir una
y otra vez, porque no
cabe duda de que los tres
libros constituyen desde
diversos ángulos una tan
rigurosa como eficiente
investigación sobre la
historia de la gráfica
en Cuba.
Su postrera indagación,
motivo de estas líneas,
se centra en este libro
en “una de las figuras
más significativas de la
gráfica de comunicación
cubana y latinoamericana
del siglo XX: Conrado
Massaguer” (como
concluye Bermúdez al
finalizar su
Introducción).
Estructurado en cinco
capítulos que concluyen
con un Epílogo al que se
añade una selección de
Anexos con los nombres
de artistas e
intelectuales que
colaboraron con la obra
principal de Massaguer
en la Revista Social,
ejemplar de la vida
cultural citadina y de
la burguesía cubana en
tiempos republicanos, y
con unas páginas de
ilustraciones a línea en
blanco y negro de
Massaguer, el libro se
inicia en 1889 con el
nacimiento del
caricaturista, y
prosigue con capítulos
en sucesivo orden
cronológico. Cada uno, a
su vez, parte de la
significación histórica
y cultural de un suceso
relevante para esa etapa
del biografiado.
Aunque existe una
autobiografía de
Massaguer publicada en
1958, el paisaje
revalorizador que logra
el autor sobre el
reportero gráfico
permite acceder a una
imagen objetiva que
implica la puesta en
escena para el lector de
una vida cuyo talento,
así como afán de
trascendencia, no es en
modo alguno opacado por
limitaciones de índole
alguna. A ese primer
capítulo (1889-1908)
corresponde, pues, el
ambiente en el que nació
Massaguer, las
características de
Cárdenas, “ciudad donde
por primera vez se izó
la bandera de la
estrella solitaria,
futura enseña nacional
de los cubanos”, el
traslado con la familia
a la capital. Pasaje
surcado de una anécdota
peculiar, cuando refiere
cómo la poeta y pintora
Juana Borrero, de visita
en la casa de los
Massaguer, anima al
padre del niño Conrado a
darle mucho lápiz y
papel pues profetiza que
será un gran artista.
Asimismo Bermúdez no
obvia la visualidad de
una época finisecular
dada su importancia para
quien sería renombrado
artista cuando detalla
la experiencia del circo
y las salas de ilusiones
ópticas en la histórica
Habana, antes de la
llegada del
cinematógrafo. Aborda
asimismo la emigración a
México de la familia,
motivada por la guerra
de independencia, y el
viaje de Massaguer a
Nueva York, destacando
su formación allí,
aspecto que el autor
irradia con una
descripción de la ciudad
estadounidense a inicios
del siglo XX, urbe que
fuera cuna del cómic
y de grandes
ilustradores.
Aparece en el texto el
regreso a Cuba, al igual
que la influencia de su
padre en la búsqueda de
un consejero, Enrique
José Varona, quien a su
vez le conducirá a un
humorista excepcional:
Ricardo de la Torriente,
el creador de ese
personajillo que
permanece por siempre en
el imaginario cubano de
todos los tiempos:
Liborio.
Los inicios de Massaguer
en los medios de
comunicación y en la
prensa está asimismo en
la obra: su contacto con
lo mejor de la
intelectualidad cubana
del momento. Su
magnífica relación con
grandes del humor y la
caricatura como Jaime
Valls y Rafael Blanco:
iniciadores de la
renovación plástica en
Cuba que no comenzó en
la pintura, sino en la
gráfica misma conforman
el Capítulo II,
verdadero acopio de
información donde a la
interrelación de Conrado
con los que serían
aquellos importantes
artistas del humor, la
caricatura y la
publicidad en la
naciente República
entreguista, se suma una
no menos
minuciosa narración de
las principales
publicaciones de
principios del siglo XX
en la Isla, a la que
continúan, entre otros
aspectos develados por
el investigador, una
valoración visual de las
publicaciones.
Sección del libro que
termina cuando Massaguer
con un “formato de
Social bajo el brazo
se lanza a la calle. La
más bella locura del
mundo editorial de la
República, pronto dejará
de ser un sueño en la
calenturienta mente del
joven gráfico”, termina
diciéndonos Bermúdez.
Mas ¿qué hecho puede dar
inicio a esta etapa que
el autor nos ubica entre
1916 a 1922 en su tercer
capítulo? Teniendo en
cuenta la revista
citadina y urbana de la
que fue adalid, resulta,
claro está, el del
surgimiento de La Habana
como capital del país. A
partir de esta
concurrencia el profesor
Bermúdez enhebra en 48
páginas el despliegue de
Massaguer en Social,
“en 1919, período
inicial de sus
incursiones efectivas en
la vida política, era
todo un señor
caricaturista,
propietario de una de
las empresas editoriales
más prestigiosas del
país”, que el autor
considera un “hecho
editorial de vanguardia
para el periodismo, el
arte, la literatura y la
gráfica de comunicación
cubanos” (p.74). Luego
en el último capítulo,
el autor apuntará que
“devino la revista de
arte y literatura cubana
del primer período de la
vanguardia cubana”.
Aunque no es el primer
examen que leemos de
Social, publicación
republicana que por su
impacto artístico y
cultural otros
investigadores han
abordado (entre ellos
Luz Merino Acosta o Ana
Cairo), Bermúdez se
adentra en la relación
Massaguer-Social
y viceversa, y
profundiza en un
análisis tipográfico, de
diseño, conceptual y del
fenómeno editorial de la
publicación.
Es este un capítulo
esencial, pues aborda
las críticas que se le
hicieran a Massaguer, a
continuación de las que
Bermúdez insiste en
perfilar su imagen como
la de “un profesional de
talento que se ha hecho
con su propio esfuerzo,
capaz de apoyar y
promover cuanto proyecto
redunde en beneficio de
la cultura del país,
dándole en los mismos
participación a los más
importantes
intelectuales y artistas
del momento, algunos,
incluso, aún sin el
reconocimiento de sus
contemporáneos, a los
que no pocas veces
ayudará…” (p. 89).
En el capítulo tercero
también aborda el patrón
de diseño, las
cubiertas, así como los
contenidos de estos años
de casi final del primer
cuarto del siglo en
Social. En esta
parte del libro se
evidencia la
experiencia docente de
Bermúdez, al resumir la
historia de nuestro
diseño gráfico con
brevedad.
En cuanto a la gráfica,
la colonia se expresará
por los álbumes de
grabados sobre la
geografía insular y los
tipos y costumbres de la
sociedad, así como por
la gráfica de envase del
habano; la República,
por la ilustración
publicitaria y la
caricatura…
Unas líneas más
adelante, el autor con
autoridad declara sobre
su biografiado que “Es
también el primer
triunfador internacional
de la gráfica cubana”
(p.97).
La interrelación entre
manifestaciones, como
entre el diseño y la
fotografía y el papel de
la publicidad, así como
la relación entre
Massaguer y Emilio Roig
de Leuchsenring, son
otros de los múltiples
elementos en los que se
adentra el autor.
El capítulo cuarto casi
cierra la tercera década
del siglo (1923-1928).
El punto de partida
seleccionado es otra
fecha: 1923, cuando
“según algunos
estudiosos, empezó el
siglo XX cubano”
(p.121). Social
lleva ya ocho años de
fundada, por lo que el
autor avanza por una
obra publicada ese año
por Massaguer (“Guignol”),
para después detenerse
en profundizar en la
relación de la gráfica
republicana con la
vanguardia artística. En
especial, Bermúdez se
concentra en los afanes
del Grupo Minorista, del
que fue fundador el
caricaturista, y la
retroalimentación entre
Social y los
minoristas. Así como la
dinámica entre las
revistas Social y
Carteles y cómo
ambas “se complementan
desde espacios
mediáticos diferentes”
(p.141).
Viñetas, secciones y
colaboraciones de
Massaguer tanto en
Social como en
Carteles son
expuestas por el autor
que valida y recoloca la
personalidad de
Massaguer, quien luego
fuera olvidado hasta
1989, en su centenario,
cuando la doctora e
historiadora del arte,
Luz Merino, le dedique
una muestra antológica
en el Museo de Bellas
Artes.
En 1927 surge la revista
emblemática de la
primera vanguardia
cubana plástica que
también relaciona con
Social. El
acercamiento de Bermúdez
a la “modernidad de la
época” y lo que ello
significó para las
publicaciones y el
artista se ofrecen al
lector mediante una
reflexión transversal,
nada esencialista, sino
bien panorámica, en la
que menciona al
machadato y su demagogia
constructiva, además de
volver una y otra vez a
la obra de Massaguer, en
la que observa un
desarrollo político a
través de sus
caricaturas e
ilustraciones en
Carteles.
Bermúdez finaliza con un
quinto capítulo cuando
parte de otro suceso: el
asesinato de Julio
Antonio Mella por
matones a sueldo de la
dictadura machadista en
México. Las relaciones
entre los intelectuales
más prominentes de la
época y los intercambios
con Massaguer, la vida
parisina de este artista
que viajara y fuera
internacionalmente
reconocido, la
renovación que se
introduce en las páginas
de Social en
1930, y las incursiones
en el mundo audiovisual
y de la arquitectura,
así como el trabajo de
sátira política de
Massaguer contra Machado
desde las publicaciones,
es rigurosamente
referido por el autor.
Posición política contra
la dictadura que le
lleva a su segundo
destierro a EE.UU.
Bermúdez asimismo nos
introduce en la breve
relación entre el
periodista Pablo de la
Torriente Brau y
Massaguer, y salpica su
texto con llamativas
anécdotas, como aquella
en la que el
caricaturista cubano
encuentra en la Quinta
Avenida y la calle 42
newyorquina a Charlie
Chaplin, a quien había
conocido en un party,
y ambos realizan juntos
un corto trayecto hasta
la calle 57, durante el
cual a Massaguer le
saludan como una decena
de personas, y sin
embargo, ninguna se
percata que Chaplin es
el Charlot de las
películas.
Este período es el del
fin de Social,
mas, especifica el
autor, que pese al fin
de esta fructífera
empresa editorial, la
voluntad creadora de
Massaguer y su amor por
el país no claudicarán
con la desaparición de
la revista que animó su
vida, así como su
producción artística e
intelectual.
Una “relación
profesional que tenía en
su haber tres revistas
emblemáticas:
Gráfico, Social y
Carteles, récord
hasta el momento no
igualado en nuestro
periodismo y quizá en
todo el periodismo
latinoamericano”
(p.228), nos dice
Bermúdez. Massaguer fue
reconocido por
instituciones nacionales
e internacionales en la
primera mitad del siglo
XX.
Solo unos siete años
después de esta, en 1957
escribe una
autobiografía en la que,
subraya y cita Bermúdez:
“Y si el Destino me ve
con buenos ojos,
escribiré un epílogo (o
lo escribirá otro) de lo
que me ocurra después de
estos días tormentosos
de 1958, que prefiero no
calificar”. “Ni lo uno
ni lo otro”, recalca el
investigador. “Ni el
destino lo vio con
buenos ojos, ni llegó a
escribir epílogo alguno.
Cuarenta y seis años más
tarde, lo escribiría
otro, tal y como él lo
presintió”, concluye el
autor.
Epílogo sucinto que
escribe, casi medio
siglo después, el
profesor Bermúdez, quien
finaliza su libro sobre
el caricaturista,
periodista, editor y
publicitario que fue
Massaguer con una álgida
valoración sobre su
papel en la cultura
cubana, pues desde su
muerte a los 76 años en
1965 hasta la fecha
centenaria de su
natalicio (1989), o sea
casi un cuarto de siglo,
no se “reparó en su
obra, en su contribución
a la cultura cubana”.
Entonces fue olvidado
por algunos, y
criticado de burgués y
decadente por otros.
Casi una década después,
en 1998 se inaugura la
Cátedra de Gráfica
Conrado W. Massaguer
(Facultad de
Comunicación de la
Universidad de La
Habana) y se produce una
nueva etapa de
valorización de quien
fuera “el más conocido
de los creadores cubanos
olvidados” quien,
subraya el investigador,
“nos legó un testimonio
visual y editorial de
primera magnitud para
comprender su época” (p.
247).
Es de agradecer esta
edición, si se tiene en
cuenta que versa sobre
un artista que produjo
una obra de diseño
gráfico colorista y
atractiva. Su salida a
la luz gracias al
trabajo del Centro
Cultural Pablo de la
Torriente Brau nos
permite adentrarnos en
la cultura visual de la
República a través de
una de sus emblemáticas
figuras, y confirma, una
vez más, que no debemos
esperar a publicaciones
de lujo, sino pretender,
ante todo, difundir el
conocimiento de nuestra
cultura con los medios
que hoy nos son
accesibles. |