La Habana. Año X.
17 al 23 de SEPTIEMBRE de 2011

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Conrado W. Massaguer:

“El más conocido de los creadores cubanos olvidados”

Carina Pino Santos • La Habana

Recién impreso en los talleres Ediciones Caribe, con la tinta aún fresca en sus páginas, Massaguer. República y vanguardia es la más reciente obra del profesor de arte y comunicación, Jorge R. Bermúdez (Villa Clara, 1944).

Conocido como uno de nuestros más relevantes y prestigiosos especialistas en el campo de las artes visuales y la comunicación, el doctor Bermúdez nos entrega el aporte más abarcador y a la vez exhaustivo hasta el momento sobre este caricaturista que fuera una de las personalidades más significativas de la cultura insular durante la República.

Publicado en la colección Majadahonda del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, cuyo perfil temático incluye contribuciones  imprescindibles a nuestro saber sobre el patrimonio visual y artístico cubano, entre las que se hallan Juan David. La caricatura: tiempos y hombres, José Luis Posada. Cabeza para pensar y corazón para sentir. Grabado y dibujo humorístico, Testimonios del Diseño Gráfico Cubano 1959-1974 (Héctor Villaverde), esta última edición sobre Massaguer continúa en esa valiosa labor de recuperación de la memoria que, al mismo tiempo,  es objetivo sostenido en los programas de la institución, tarea encomiable si se tiene en cuenta  que gracias a estas ediciones poco pretenciosas,  podemos hoy los historiadores del arte, críticos, especialistas, curadores, artistas, diseñadores, hallar  un registro e información sobre el saber de nuestra gráfica.

Presidente de la Cátedra de Gráfica Conrado W. Massaguer de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, el profesor Bermúdez, como le conocemos en el medio, condensa a lo largo de 250 páginas de texto, un vasto saber sobre la historia de la caricatura en Cuba como un ineludible capítulo de esa otra, nuestra historia del arte, sin mayúsculas, en la que la gráfica fue el antecedente de toda renovación posterior. Bermúdez ofrece a través de la línea biográfica que es el tema sobre las etapas cronológicas de la vida del caricaturista y hombre de cultura que fue Massaguer, un panorama vivo en que la historia de la caricatura y la gráfica se articulan a un contexto histórico y epocal en el que no faltan las ambientaciones urbanísticas y arquitectónicas de La Habana neocolonial.

En la Introducción de Massaguer. República y Vanguardia, Bermúdez nos conduce con ánimo didáctico, pero sin chatura alguna, por un recorrido sobre la historia de la caricatura universal  que desemboca en el devenir de la manifestación artística en Cuba, cual magnífica síntesis de un proceso artístico complejo escrito desde la historia y la cultura cubanas.

Los dos estudios anteriores del autor: De Gutemberg a Landaluze que es sobre la gráfica colonial (1990) y el segundo, La imagen constante, donde examina la expresión gráfica en el período revolucionario  (2000) han sido plataformas precedentes a esta en la que enhebra desde heterogéneos puntos de vista (contextual, biográfico, artístico, histórico, político y social) una acuciosa exploración sobre  la vida y obra de Conrado Massaguer (2011) con la que ultima, al integrar un estudio sobre el arte republicano, lo que ha dado en llamar una trilogía, conjunto al que habrá que acudir una y otra vez, porque no cabe duda de que los tres libros constituyen desde diversos ángulos una tan rigurosa como eficiente investigación sobre la historia de la gráfica en Cuba. 

Su postrera indagación, motivo de estas líneas, se centra en este libro en “una de las figuras más significativas de la gráfica de comunicación cubana y latinoamericana del siglo XX: Conrado Massaguer” (como concluye Bermúdez al finalizar su Introducción).

Estructurado en cinco capítulos que concluyen con un Epílogo al que se añade una selección de Anexos con los nombres de artistas e intelectuales que colaboraron con la obra principal de Massaguer en la Revista Social, ejemplar de la vida cultural citadina y de la burguesía cubana en tiempos republicanos,  y con unas páginas de ilustraciones a línea en blanco y negro de Massaguer, el libro se inicia en 1889 con el nacimiento del caricaturista, y prosigue con capítulos en sucesivo orden cronológico. Cada uno, a su vez, parte de la significación histórica y cultural de un suceso relevante para esa etapa del biografiado.

Aunque existe una autobiografía de Massaguer publicada en 1958, el paisaje revalorizador que logra el autor sobre el reportero gráfico permite acceder a una imagen objetiva que implica la puesta en escena para el lector de una vida cuyo talento, así como afán de trascendencia, no es en modo alguno opacado por limitaciones de índole alguna. A ese primer capítulo (1889-1908) corresponde, pues, el ambiente en el que nació Massaguer, las características de Cárdenas, “ciudad donde por primera vez se izó la bandera de la estrella solitaria, futura enseña nacional de los cubanos”, el traslado con la familia a la capital. Pasaje surcado de una anécdota peculiar, cuando refiere cómo la poeta y pintora Juana Borrero, de visita en la casa de los Massaguer, anima al padre del niño Conrado a darle mucho lápiz y papel pues profetiza que será un gran artista.

Asimismo Bermúdez no obvia la visualidad de una época finisecular dada su importancia para quien sería renombrado artista cuando detalla la experiencia del circo y las salas de ilusiones ópticas en la histórica Habana, antes de la llegada del cinematógrafo. Aborda asimismo la emigración a México de la familia, motivada por la guerra de independencia, y el viaje de Massaguer a Nueva York, destacando su formación allí, aspecto que el autor irradia con una descripción de la ciudad estadounidense a inicios del siglo XX, urbe que fuera cuna del cómic y de grandes ilustradores.

Aparece en el texto el regreso a Cuba, al igual que la influencia de su padre en la búsqueda de un consejero, Enrique José Varona, quien a su vez le conducirá a un humorista excepcional: Ricardo de la Torriente, el creador de ese personajillo que permanece por siempre en el imaginario cubano de todos los tiempos: Liborio.

Los inicios de Massaguer en los medios de comunicación y en la prensa está asimismo en la obra: su contacto con lo mejor de la intelectualidad cubana del momento. Su magnífica relación con grandes del humor y la caricatura como Jaime Valls y Rafael Blanco: iniciadores de la renovación plástica en Cuba que no comenzó en la pintura, sino en la gráfica misma conforman  el Capítulo II, verdadero acopio de información donde a la interrelación de Conrado con  los que serían  aquellos importantes  artistas del humor, la caricatura y la publicidad en la naciente República entreguista, se suma una no menos minuciosa narración de las principales publicaciones de principios del siglo XX en la Isla, a la que continúan, entre otros aspectos develados por el investigador, una valoración visual de las publicaciones.

Sección del libro que termina cuando Massaguer con un “formato de Social bajo el brazo se lanza a la calle. La más bella locura del mundo editorial de la República, pronto dejará de ser un sueño en la calenturienta mente del joven gráfico”, termina diciéndonos Bermúdez.

Mas ¿qué hecho puede dar inicio a esta etapa que el autor nos ubica entre 1916 a 1922 en su tercer capítulo? Teniendo en cuenta la revista citadina y urbana de la que fue adalid, resulta, claro está, el del surgimiento de La Habana como capital del país. A partir de esta concurrencia el profesor Bermúdez enhebra en 48 páginas el despliegue de Massaguer en Social, “en 1919, período inicial  de sus incursiones efectivas en la vida política, era todo un señor caricaturista, propietario de una de las empresas editoriales más prestigiosas del país”, que el autor considera un “hecho editorial de vanguardia para el periodismo, el arte, la literatura y la gráfica de comunicación cubanos” (p.74). Luego en el último capítulo, el autor apuntará que “devino la revista de arte y literatura cubana del primer período de la vanguardia cubana”.

Aunque no es el primer examen que leemos de Social, publicación republicana que por su impacto artístico y cultural otros investigadores han abordado (entre ellos Luz Merino Acosta o Ana Cairo), Bermúdez se adentra en la relación Massaguer-Social y viceversa, y profundiza en un análisis tipográfico, de diseño, conceptual y del fenómeno editorial de la publicación.

Es este un capítulo esencial, pues aborda las críticas que se le hicieran a Massaguer, a continuación de las que Bermúdez insiste en perfilar su imagen como la de “un profesional de talento que se ha hecho con su propio esfuerzo, capaz de apoyar y promover cuanto proyecto redunde en beneficio de la cultura del país, dándole en los mismos participación a los más importantes intelectuales y artistas del momento, algunos, incluso, aún sin el reconocimiento de sus contemporáneos, a los que no pocas veces ayudará…” (p. 89).

En el capítulo tercero también aborda el patrón de diseño, las cubiertas, así como los contenidos de estos años de casi final del primer cuarto del siglo en Social. En esta parte del libro se evidencia  la experiencia docente de Bermúdez, al resumir la historia de nuestro diseño gráfico con brevedad.

En cuanto a la gráfica, la colonia se expresará por los álbumes de grabados sobre la geografía insular y los tipos y costumbres de la sociedad, así como por la gráfica de envase del habano; la República, por la ilustración publicitaria y la caricatura…

Unas líneas más adelante, el autor con autoridad declara sobre su biografiado que  “Es también el primer triunfador internacional de la gráfica cubana” (p.97).

La interrelación entre manifestaciones, como entre el diseño y la fotografía y el papel de la publicidad, así como la relación entre Massaguer y Emilio Roig de Leuchsenring, son otros de los múltiples elementos en los que se adentra el autor.

El capítulo cuarto casi cierra la tercera década del siglo (1923-1928). El punto de partida seleccionado es otra fecha: 1923, cuando “según algunos estudiosos, empezó el siglo XX cubano” (p.121).  Social lleva ya ocho años de fundada, por lo que el autor avanza por una obra publicada ese año por Massaguer (“Guignol”), para después detenerse en profundizar en la relación de la gráfica republicana con la vanguardia artística. En especial, Bermúdez se concentra en los afanes del Grupo Minorista, del que fue fundador el caricaturista, y la retroalimentación entre Social y los minoristas. Así como la dinámica entre las revistas Social y Carteles y cómo ambas “se complementan desde espacios mediáticos diferentes” (p.141).

Viñetas, secciones y colaboraciones de Massaguer tanto en Social como en Carteles son expuestas por el autor que valida y recoloca la personalidad de Massaguer, quien luego fuera olvidado hasta 1989, en su centenario, cuando la doctora e historiadora del arte, Luz Merino, le dedique una muestra antológica en el Museo de Bellas Artes.

En 1927 surge la revista emblemática de la primera vanguardia cubana plástica que también relaciona con Social. El acercamiento de Bermúdez a la “modernidad de la época” y lo que ello significó para las publicaciones y el artista se ofrecen al lector mediante una reflexión transversal, nada esencialista, sino bien panorámica, en la que menciona al machadato y su demagogia constructiva, además de volver una y otra vez a la obra de Massaguer, en la que observa un desarrollo político a través de sus caricaturas e ilustraciones en Carteles.

Bermúdez finaliza con un quinto capítulo cuando parte de otro suceso: el asesinato de Julio Antonio Mella por matones a sueldo de la dictadura machadista en México. Las relaciones entre los intelectuales más prominentes de la época y los intercambios con Massaguer, la vida parisina de este artista que viajara y fuera internacionalmente reconocido, la renovación que se introduce en las páginas de Social en 1930, y las incursiones en el mundo audiovisual y de la arquitectura, así como el trabajo de sátira política de Massaguer contra Machado desde las publicaciones, es rigurosamente referido por el autor. Posición política contra la dictadura que le lleva a su segundo destierro a EE.UU.

Bermúdez asimismo nos introduce en la breve relación entre el periodista Pablo de la Torriente Brau y Massaguer, y salpica su texto con  llamativas anécdotas, como aquella en la que el caricaturista cubano encuentra en la Quinta Avenida y la calle 42 newyorquina a Charlie Chaplin, a quien había conocido en un party, y ambos realizan juntos un corto trayecto hasta la calle 57, durante el cual a Massaguer le saludan como una decena de personas, y sin embargo, ninguna se percata que Chaplin es el Charlot de las películas.

Este período es el del fin de Social, mas, especifica el autor, que pese al fin de esta fructífera empresa editorial, la voluntad creadora de Massaguer y su amor por el país no claudicarán con la desaparición de la revista que animó su vida, así como su producción artística e intelectual.

Una “relación profesional que tenía en su haber tres revistas emblemáticas: Gráfico, Social y Carteles, récord hasta el momento no igualado en nuestro periodismo y quizá en todo el periodismo latinoamericano” (p.228), nos dice Bermúdez. Massaguer fue reconocido por instituciones nacionales e internacionales en la primera mitad del siglo XX.

Solo unos siete años después de esta, en 1957 escribe una autobiografía en la que, subraya y cita Bermúdez: “Y si el Destino me ve con buenos ojos, escribiré un epílogo (o lo escribirá otro) de lo que me ocurra después de estos días tormentosos de 1958, que prefiero no calificar”.  “Ni lo uno ni lo otro”,  recalca el investigador. “Ni el destino lo vio con buenos ojos, ni llegó a escribir epílogo alguno. Cuarenta y seis años más tarde, lo escribiría otro, tal y como él lo presintió”, concluye el autor.

Epílogo sucinto que escribe, casi medio siglo después, el profesor Bermúdez, quien finaliza su libro sobre el caricaturista, periodista, editor y publicitario que fue Massaguer con una álgida valoración sobre su papel en la cultura cubana, pues desde su muerte a los 76 años en 1965  hasta la fecha centenaria de su natalicio (1989), o sea casi un cuarto de siglo, no se “reparó en su obra, en su contribución a la cultura cubana”. Entonces fue olvidado por algunos, y  criticado de burgués y decadente por otros.

Casi una década después, en 1998 se inaugura la Cátedra de Gráfica Conrado W. Massaguer (Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana) y se produce una nueva etapa de valorización de quien fuera “el más conocido de los creadores cubanos olvidados” quien, subraya el investigador, “nos legó un testimonio visual y editorial de primera magnitud para comprender su época” (p. 247).

Es de agradecer esta edición,  si se tiene en cuenta que versa sobre un artista que produjo una obra de diseño gráfico colorista y atractiva. Su salida a la luz gracias al trabajo del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau nos permite adentrarnos en la cultura visual de la República a través de una de sus emblemáticas figuras, y confirma, una vez más,  que no debemos esperar a publicaciones de lujo, sino pretender, ante todo, difundir el conocimiento de nuestra cultura con los medios que hoy nos son accesibles.

 
 
 
 
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