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Cirilo Villaverde, en la
primera parte de su
novela Cecilia Valdés
(1882), describe que en
el sofá de la sala
principal de los Gamboa,
había “únicamente dos
periódicos en forma de
folletos; el más
voluminoso con un
malísimo grabado que
representaba los
figurines de un hombre,
una mujer y un niño, y
llevaba por título La
Moda o Recreo Semanal
del Bello Sexo”.
No reflejaba buen
gusto el
afamado escritor,
ya
veremos por qué.
Pero es preciso
continuar.
Domingo del Monte no era
precisamente un pobrete
cuando se casó con Rosa
de Aldama, pero la dote
aportada por la novia
para el enlace debió ser
superior a la de su
futuro cónyuge, pues era
la nieta del acaudalado
vasco Don Domingo de
Aldama y Arréchaga e
hija de uno de sus
herederos, Miguel de
Aldama y Alfonso. ¿Qué
aportaba a esta unión el
venezolano, luego
cubano, llegado a la
Isla con apenas seis
años de edad? Ante todo
su intelecto, su
cultura, adquiridos
buena parte de ellos en
el Seminario de San
Carlos, su título de
Licenciado en Derecho
Civil otorgado por la
Universidad de La
Habana, su savoir
faire en los salones
más prestigiosos de La
Habana. Había colaborado
en El Americano Libre,
El Revisor Político y
Literario y El
Observador Habanero
y gracias a la ayuda
económica recibida de
Nicolás María de
Escobedo, en cuyo bufete
trabajaba, pudo
emprender un viaje por
los EE.UU. y Europa,
donde conoció a
importantes figuras de
la vida cultural y
política, con los que,
posteriormente, sostuvo
amplia correspondencia.
A su regreso en 1829 se
dio a la tarea de fundar
una revista, acompañado
de José Jesús Villariño
como editor: La Moda
o Recreo Semanal del
Bello Sexo. No
quería que su proyecto,
como ha apuntado el
estudioso Salvador
Arias, fuera causa de
escándalo ni que
propugnara cambios
radicales, sino que
“fuese ejerciendo un
beneficioso efecto en la
superación cultural de
esas capas que hoy
podríamos llamar
protoformadoras de la
alta y pequeña
burguesía, entre las
cuales Del Monte solía
moverse”. Por entonces
ya se habían publicado
en la Isla dos revistas
dirigidas al sexo
femenino: Correo de
las Damas (1811) y
la aún perdida
Biblioteca de Damas
(1821), fundada por José
María Heredia, tratadas
ambas en anteriores
comentarios. Antes de la
salida del primer
número, ocurrida el 7 de
noviembre de 1829, en el
acostumbrado
“Prospecto”, se lee,
entre otras
observaciones: “En todas
las ciudades del mundo
civilizado el arte de la
imprenta ha llegado a
ser uno de los más
necesarios, la manía de
escribir y de leer se ha
difundido en casi todas
las clases de la
sociedad, y no solo se
forman diariamente
ediciones de obras
antiguas, sino que mil
historias, memorias,
poesías, novelas de
todas clases salen a la
luz pública [...] En La
Habana, sin embargo,
donde para noticias
políticas, asuntos
científicos y avisos
mercantiles nos basta
con el Diario y
Noticioso, carecemos de
un papel dedicado
precisamente a la
diversión del bello
sexo; donde al mismo
tiempo que se trate de
las modas, tan variadas
como el gusto y los
caprichos de los hombres
se inserte cuanto pueda
contribuir a la amenidad
y distracción de las
amables habaneras. No es
otro el objeto de La
Moda o Recreo Semanal
del Bello Sexo,
periódico que nos
proponemos redactar a
imitación de los que con
igual destino se
publican en los países
extranjeros [...] Las
modas de París, Londres
y otros países, haciendo
la descripción de los
vestidos de baile,
teatro, paseo, boda &c.
&c. acompañando a cada
uno de ellos un "figurín" que los
represente, dibujado,
grabado e iluminado por
los mejores artistas del
país. —Historia y
novelas nuevas e
interesantes [...]
Cuentos, enigmas,
anécdotas [...] Poesías,
ya selectas u original—.
En cada número, o dos
veces al mes, se pondrá
la música de canciones
nuevas e interesantes
valses y contradanzas
modernas[...] Narración
de los acontecimientos
diarios en estilo
jocoso—Teatros [...]
Avisos de tiendas en
donde se despachen
objetos de moda y lujo”.
El lema, aparecido en
los tres tomos que
conforman la revista,
fue siempre: “Escribe en
blando y dulce y fácil
verso/ Cosas que
cualquier niña entender
pueda. Propert.
Traducción de Quevedo”.
Semanalmente la sociedad
habanera interesada,
previamente suscrita en
las librerías de Coba,
en la calle Muralla, y
en la de Palmer, en la
de San Ignacio, recibía
la revista, que cumplió
con lo prometido en el
prospecto, pero fue
mucho más allá, pues,
acompañada de frívolos
entretenimientos, dio a
conocer importantes
materiales sobre
medicina, moral,
educación, música y
algunas cartas de José
María Heredia dirigidas
a su tío, Don Ignacio de
Heredia y Campuzano, así
como varios fragmentos
descriptivos de su
visita a las cataratas
del Niágara. Las
numerosas colaboraciones
de Del Monte fueron
anónimas o bajo
seudónimo —El
peregrino,
Toribio Sánchez de
Almodóvar,
Flérido— y versaron
desde comentarios sobre
modas, de sabor
costumbrista, pasando
por sus “Romances
cubanos”, hasta breves
narraciones y trabajos
de crítica literaria.
La Moda...
significa para el
transcurrir sincrónico
de la prensa periódica
en Cuba, en su vertiente
de revistas, la apertura
de un nuevo tipo de
publicación seriada
suave, dúctil, de temas
muy variados y, sobre
todo, de impresionante
belleza gráfica, no tan
solo por la aparición de
los figurines a color
con la moda al uso,
grabados buena parte de
ellos por Manuel López
López, sino por la
propia disposición de
los materiales, la
belleza del frontis, así
como los tipos de letras
utilizados en los
encabezamientos. Unido a
lo anterior, la
presencia de textos de
figuras extranjeras de
primer rango: Andrés
Bello, Washington
Irving, Thomas Moore,
Lord Byron, Lamartine.
En sus páginas se habló
de las románticas
novelas Werther,
de Goethe; e Ivanhoe,
de Walter Scott, quien
fuera visitado en su
momento por don José de
la Luz y Caballero,
encuentro reflejado en
las páginas de la
revista, de los
franceses Madame de
Stäel y Chateaubriand,
el autor de una novela
romántica por
excelencia, Atala y
René. Entre los
cubanos figuraron
Anacleto Bermúdez (Bermúdez),
Ramón de Palma (R. de
P.), Ignacio
Valdés Machuca (Desval)
y Félix Varela, con
trabajos anónimos. La
autorizada opinión de
Antonio Bachiller y
Morales juzgaba la
revista como obra de
“dicción pura y galana
de muchos de sus
artículos sobre la
ligera moda, amenizados
con recuerdos
tradicionales del país
[que] descubre a su
apreciable e inteligente
redactor D. Domingo del
Monte”.
Apenas concluido el
primer tomo, el 19 de
junio de 1830, el editor
Villariño anuncia la
separación de los
antiguos redactores,
entre ellos el
principal, Domingo del
Monte, debido, se ha
dicho, a discrepancias
surgidas alrededor de
los materiales a
incluir. Una escueta
nota aparecida el 12 de
junio informaba que “Los
redactores actuales de
este periódico suspenden
en este número 32 sus
trabajos de redacción,
teniendo que atender
precisamente a otras
ocupaciones”. Dos nuevos
redactores se
incorporaron: Ignacio
Valdés Machuca y Manuel
González del Valle, que
traían la experiencia de
La Lira de Apolo
(1820). Se abría así, ya
fuera de las manos de
Del Monte, una segunda
etapa de La Moda o
Recreo Semanal del Bello
Sexo, cuya calidad
literaria disminuyó,
pues se publicaron pocos
trabajos originales y sí
muchos tomados de la
prensa extranjera,
aunque tuvo el buen tino
de dar a conocer en sus
páginas poemas de Juan
Francisco Manzano, el
poeta esclavo. La
revista continuó
publicándose hasta el 11
de junio de 1831.
Prometieron en la
“Advertencia” de
despedida volver de
nuevo a la carga, pero
el ofrecimiento no fue
cumplido.
Si bien Del Monte se
había separado de La
Moda... en junio de
1830, antes, el 2 de
enero de ese año, había
fundado El Puntero
Literario,
subtitulado “Periódico
semanal de la Habana”,
acompañado por Antonio
Bachiller y Morales—
quien años después diría
que esta revista
“introdujo en gusto
romántico” en la Isla—,
José Antonio Cintra y
Anacleto Bermúdez. Como
era de rigor, apareció
previamente el
prospecto, impreso en la
Oficina de D. José
Boloña, “impresor de la
Real Marina por S. M.”,
donde se expresaba que
se insertarían en él
“composiciones y
doctrinas que merezcan
la atención de los
afectos a la bellas
letras; juicios sobre el
mérito de ellas,
observándose la mayor
imparcialidad;
epigramas, y otros
versos sin que se nos
olvide la amenidad ni el
cuidado en la elección”.
La vida de este papel
fue corta—desapareció el
1ro. de mayo de 1830,
con un total de 18
números “que tienen casi
la agresiva conciencia
de un manifiesto”— pero
su importancia fue
relevante, pues fue
portador de un
romanticismo calificado
de sui generis en
las publicaciones
periódicas cubanas. En
el primer número figura
un artículo titulado
“Aguinaldo para los
clásicos” que se inicia
con estos versos:
Pisando Aguinaldos
De bello matiz
Romántico llega
El año feliz:
Despeja las sombras
Su entrada gentil:
Los clásicos lloran
Y me hacen reír.
A continuación aparece
un apócrifo “Edicto” del
año 1746 —donde se
descubre de inmediato la
mano de Del Monte—
“dirigido a los
literatos de aquella
época”, que facultaba a
los impresores “Para que
dejen en blanco los
nombres de los Dioses y
Semidioses o
nomenclaturas falsas que
encuentren en los
manuscritos que les
lleven, con lo que hará
un gran servicio a la
literatura Romántica,
que repugna todo lo que
no sea "lozano,
bello, vario,
especial" y por lo
menos "verosímil";
porque lo demás es
traducir fríamente y
parodiar con fatiga la
imaginación, que cuenta
entre sus placeres más
preciados el de la
claridad”. El edicto
estaba firmado “a
orillas del Almendares”
el 1ro. de enero de 1830
por nombres muy
tropicales: Iñigo del
Jagüey y Rodrigo
de la Seiba, y el
trovador Garci
Sánchez del Palmar
como secretario de
actas. En el segundo
número figura una
“Glorieta de la
crítica”, donde se
reprodujo la votación
del mencionado edicto,
en la cual participaron
Florencio Tibur,
César del
Castalio y Carlos
Manzanares,
apellidos todos muy
españolizantes. La
pugna, todavía en tono
humorístico, ya
comenzaba a dejar
discretas huellas.
Se publicaron, entre
otros materiales, un
juicio crítico acerca de
un volumen que contenía
los poemas de Manuel de
Zequeira, críticas
teatrales de notable
importancia, cuyo
conocimiento es
imprescindible para
escribir la historia del
teatro cubano, crítica
literaria trabajos de
carácter teórico sobre
la literatura, noticias
literarias de Cuba y de
Europa, trabajos sobre
jurisprudencia, sobre el
papel de la imaginación
en la creación literaria
y sobre el concepto de
las tres unidades
aristotélicas. También
abordó algunas
peculiaridades del
idioma español y, en
sucesivos trabajos,
temas relacionados con
la estética. Valga
destacar que, con
excepción de los
trabajos críticos
—“juicios” como eran
llamados, bien sobre
piezas teatrales o sobre
poesías— y las “Noticias
literarias”, el resto de
las colaboraciones están
en verso y la mayoría
son anónimas, o figuran
firmadas con seudónimos
o solo con las iniciales
del autor.
Domingo del Monte y
Antonio Bachiller y
Morales, tras cesar la
revista, decidieron
tomar nuevos rumbos como
animadores de la
cultura. El primero se
vincularía a la
Revista y Repertorio
Bimestre de la Isla de
Cuba, Aguinaldo
Habanero, El
Álbum y El
Plantel, y a varios
periódicos de la
península. Pondría
además todo su empeño en
dar las mejores ideas
—pagaba su suegro— al
arquitecto Manuel José
Carrerá, dominicano de
nacimiento, y pariente
suyo, para construir el
Palacio de Aldama,
erigido en la manzana
formada por las calles
Amistad, Reina, Estrella
y Águila, actualmente en
pleno proceso de
restauración, pero donde
puede admirarse un
soberbio edificio donde
culmina el espíritu
neoclásico en nuestra
arquitectura. Inaugurado
en 1840, en sus salones
reunió Del Monte a los
más destacados literatos
del momento y de allí
partió rápidamente hacia
Madrid, en 1842, para
evitar la persecución
española. No volvería
jamás a Cuba. El 24 de
enero de 1869, ya
fallecido en la capital
española el destacado
intelectual, dicho
palacio fue allanado por
la soldadesca española,
tras los sucesos del
teatro Villanueva. Hubo
saqueo y destrucción de
valiosas piezas de arte,
cubertería y mobiliario.
Por su parte, Bachiller
emprendería la fundación
de otras revistas, como
La Siempreviva y
sería redactor de
Faro Industrial de la
Habana, La
Serenata y
Revista crítica de
ciencias, artes y
literatura, además
de colaborar en otras
muchas publicaciones.
Se cerraba así el amplio
ciclo revisteril de Del
Monte en la Isla, aunque
esporádicamente publicó
en revistas españolas y
francesas. Los salones
literarios inaugurados
por él en sus
residencias de París y
de Madrid fueron
frecuentados por las
figuras más relevantes
del momento, entre ellas
la cubana María de las
Mercedes Santa-Cruz y
Montalvo, Condesa de
Merlín.
Pero en Cuba varias
revistas adscritas al
romanticismo aún
faltaban por fundarse.
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