La Habana. Año X.
24 al 30 de SEPTIEMBRE de 2011

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Domingo del Monte a la ofensiva: La Moda o Recreo Semanal del Bello Sexo y El Puntero Literario (II)

Cira Romero • La Habana

Cirilo Villaverde, en la primera parte de su novela Cecilia Valdés (1882), describe que en el sofá de la sala principal de los Gamboa, había “únicamente dos periódicos en forma de folletos; el más voluminoso con un malísimo grabado que representaba los figurines de un hombre, una mujer y un niño, y llevaba por título La Moda o Recreo Semanal del Bello Sexo. No reflejaba buen gusto el afamado escritor, ya veremos por qué. Pero es preciso continuar.

Domingo del Monte no era precisamente un pobrete cuando se casó con Rosa de Aldama, pero la dote aportada por la novia para el enlace debió ser superior a la de su futuro cónyuge, pues era la nieta del acaudalado vasco Don Domingo de Aldama y Arréchaga e hija de uno de sus herederos, Miguel de Aldama y Alfonso. ¿Qué aportaba a esta unión el venezolano, luego cubano, llegado a la Isla con apenas seis años de edad? Ante todo su intelecto, su cultura, adquiridos buena parte de ellos en el Seminario de San Carlos, su título de Licenciado en Derecho Civil otorgado por la Universidad de La Habana, su savoir faire en los salones más prestigiosos de La Habana. Había colaborado en El Americano Libre, El Revisor Político y Literario y El Observador Habanero y gracias a la ayuda económica recibida de Nicolás María de Escobedo, en cuyo bufete trabajaba, pudo emprender un viaje por los EE.UU. y Europa, donde conoció a importantes figuras de la vida cultural y política, con los que, posteriormente, sostuvo amplia correspondencia. A su regreso en 1829 se dio a la tarea de fundar una revista, acompañado de José Jesús Villariño como editor: La Moda o Recreo Semanal del Bello Sexo. No quería que su proyecto, como ha apuntado el estudioso Salvador Arias, fuera causa de escándalo ni que propugnara cambios radicales, sino que “fuese ejerciendo un beneficioso efecto en la superación cultural de esas capas que hoy podríamos llamar protoformadoras de la alta y pequeña burguesía, entre las cuales Del Monte solía moverse”. Por entonces ya se habían publicado en la Isla dos revistas dirigidas al sexo femenino: Correo de las Damas (1811) y la aún perdida Biblioteca de Damas (1821), fundada por José María Heredia, tratadas ambas en anteriores comentarios. Antes de la salida del primer número, ocurrida el 7 de noviembre de 1829, en el acostumbrado “Prospecto”, se lee, entre otras observaciones: “En todas las ciudades del mundo civilizado el arte de la imprenta ha llegado a ser uno de los más necesarios, la manía de escribir y de leer se ha difundido en casi todas las clases de la sociedad, y no solo se forman diariamente ediciones de obras antiguas, sino que mil historias, memorias, poesías, novelas de todas clases salen a la luz pública [...] En La Habana, sin embargo, donde para noticias políticas, asuntos científicos y avisos mercantiles nos basta con el Diario y Noticioso, carecemos de un papel dedicado precisamente a la diversión del bello sexo; donde al mismo tiempo que se trate de las modas, tan variadas como el gusto y los caprichos de los hombres se inserte cuanto pueda contribuir a la amenidad y distracción de las amables habaneras. No es otro el objeto de La Moda o Recreo Semanal del Bello Sexo, periódico que nos proponemos redactar a imitación de los que con igual destino se publican en los países extranjeros [...] Las modas de París, Londres y otros países, haciendo la descripción de los vestidos de baile, teatro, paseo, boda &c. &c. acompañando a cada uno de ellos un "figurín" que los represente, dibujado, grabado e iluminado por los mejores artistas del país. —Historia y novelas nuevas e interesantes [...] Cuentos, enigmas, anécdotas [...] Poesías, ya selectas u original—. En cada número, o dos veces al mes, se pondrá la música de canciones nuevas e interesantes valses y contradanzas modernas[...] Narración de los acontecimientos diarios en estilo jocoso—Teatros [...] Avisos de tiendas en donde se despachen objetos de moda y lujo”. El lema, aparecido en los tres tomos que conforman la revista, fue siempre: “Escribe en blando y dulce y fácil verso/ Cosas que cualquier niña entender pueda. Propert. Traducción de Quevedo”.

Semanalmente la sociedad habanera interesada, previamente suscrita en las librerías de Coba, en la calle Muralla, y en la de Palmer, en la de San Ignacio, recibía la revista, que cumplió con lo prometido en el prospecto, pero fue mucho más allá, pues, acompañada de frívolos entretenimientos, dio a conocer importantes materiales sobre medicina, moral, educación, música y algunas cartas de José María Heredia dirigidas a su tío, Don Ignacio de Heredia y Campuzano, así como varios fragmentos descriptivos de su visita a las cataratas del Niágara. Las numerosas colaboraciones de Del Monte  fueron anónimas o bajo seudónimo —El peregrino, Toribio Sánchez de Almodóvar, Flérido— y versaron desde comentarios sobre modas, de sabor costumbrista, pasando por sus “Romances cubanos”, hasta breves narraciones y trabajos de crítica literaria.

La Moda... significa para el transcurrir sincrónico de la prensa periódica en Cuba, en su vertiente de revistas, la apertura de un nuevo tipo de publicación seriada suave, dúctil, de temas muy variados y, sobre todo, de impresionante belleza gráfica, no tan solo por la aparición de los figurines a color con la moda al uso, grabados buena parte de ellos por Manuel López López, sino por la propia disposición de los materiales, la belleza del frontis, así como los tipos de letras utilizados en los encabezamientos. Unido a lo anterior, la presencia de textos de figuras extranjeras de primer rango: Andrés Bello, Washington Irving, Thomas Moore, Lord Byron, Lamartine. En sus páginas se habló de las románticas novelas Werther, de Goethe; e Ivanhoe, de Walter Scott, quien fuera visitado en su momento por don José de la Luz y Caballero, encuentro reflejado en las páginas de la revista, de los franceses Madame de Stäel y Chateaubriand, el autor de una novela romántica por excelencia, Atala y René. Entre los cubanos figuraron Anacleto Bermúdez (Bermúdez), Ramón de Palma (R. de P.), Ignacio Valdés Machuca (Desval) y Félix Varela, con trabajos anónimos. La autorizada opinión de Antonio Bachiller y Morales juzgaba la revista como obra de “dicción pura y galana de muchos de sus artículos sobre la ligera moda, amenizados con recuerdos tradicionales del país [que] descubre a su apreciable e inteligente redactor D. Domingo del Monte”.

Apenas concluido el primer tomo, el 19 de junio de 1830, el editor Villariño anuncia la separación de los antiguos redactores, entre ellos el principal, Domingo del Monte, debido, se ha dicho, a discrepancias surgidas alrededor de los materiales a incluir. Una escueta nota aparecida el 12 de junio informaba que “Los redactores actuales de este periódico suspenden en este número 32 sus trabajos de redacción, teniendo que atender precisamente a otras ocupaciones”. Dos nuevos redactores se incorporaron: Ignacio Valdés Machuca y Manuel González del Valle, que traían la experiencia de La Lira de Apolo (1820). Se abría así, ya fuera de las manos de Del Monte, una segunda etapa de La Moda o Recreo Semanal del Bello Sexo, cuya calidad literaria disminuyó, pues se publicaron pocos trabajos originales y sí muchos tomados de la prensa extranjera, aunque tuvo el buen tino de dar a conocer en sus páginas poemas de Juan Francisco Manzano, el poeta esclavo. La revista continuó publicándose hasta el 11 de junio de 1831. Prometieron en la “Advertencia” de despedida volver de nuevo a la carga, pero el ofrecimiento no fue cumplido.

Si bien Del Monte se había separado de La Moda... en junio de 1830, antes, el 2 de enero de ese año, había fundado El Puntero Literario, subtitulado “Periódico semanal de la Habana”, acompañado por Antonio Bachiller y Morales— quien años después diría que esta revista “introdujo en gusto romántico” en la Isla—, José Antonio Cintra y Anacleto Bermúdez. Como era de rigor, apareció previamente el prospecto, impreso en la Oficina de D. José Boloña, “impresor de la Real Marina por S. M.”, donde se expresaba que se insertarían en él “composiciones y doctrinas que merezcan la atención de los afectos a la bellas letras; juicios sobre el mérito de ellas, observándose la mayor imparcialidad; epigramas, y otros versos sin que se nos olvide la amenidad ni el cuidado en la elección”. La vida de este papel fue corta—desapareció el 1ro. de mayo de 1830, con un total de 18 números “que tienen casi la agresiva conciencia de un manifiesto”— pero su importancia fue relevante, pues fue portador de un romanticismo calificado de sui generis en las publicaciones periódicas cubanas. En el primer número figura un artículo titulado “Aguinaldo para los clásicos” que se inicia con estos versos:

Pisando Aguinaldos

De bello matiz

Romántico llega

El año feliz:

Despeja las sombras

Su entrada gentil:

Los clásicos lloran

Y me hacen reír.

A continuación aparece un apócrifo “Edicto” del año 1746 —donde se descubre de inmediato la mano de Del Monte— “dirigido a los literatos de aquella época”, que facultaba a los impresores “Para que dejen en blanco los nombres de los Dioses y Semidioses o nomenclaturas falsas que encuentren en los manuscritos que les lleven, con lo que hará un gran servicio a la literatura Romántica, que repugna todo lo que no sea "lozano, bello, vario, especial" y por lo menos "verosímil"; porque lo demás es traducir fríamente y parodiar con fatiga la imaginación, que cuenta entre sus placeres más preciados el de la claridad”. El edicto estaba firmado “a orillas del Almendares” el 1ro. de enero de 1830 por nombres muy tropicales: Iñigo del Jagüey y Rodrigo de la Seiba, y el trovador Garci Sánchez del Palmar como secretario de actas. En el segundo número figura una “Glorieta de la crítica”, donde se reprodujo la votación del mencionado edicto, en la cual participaron Florencio Tibur, César del Castalio y Carlos Manzanares, apellidos todos muy españolizantes. La pugna, todavía en tono humorístico, ya comenzaba a dejar discretas huellas.

Se publicaron, entre otros materiales, un juicio crítico acerca de un volumen que contenía los poemas de Manuel de Zequeira, críticas teatrales de notable importancia, cuyo conocimiento es imprescindible para escribir la historia del teatro cubano, crítica literaria trabajos de carácter teórico sobre la literatura, noticias literarias de Cuba y de Europa, trabajos sobre jurisprudencia, sobre el papel de la imaginación en la creación literaria y sobre el concepto de las tres unidades aristotélicas. También abordó algunas peculiaridades del idioma español y, en sucesivos trabajos, temas relacionados con la estética. Valga destacar que, con excepción de los trabajos críticos —“juicios” como eran llamados, bien sobre piezas teatrales o sobre poesías— y las “Noticias literarias”, el resto de las colaboraciones están en verso y la mayoría son anónimas, o figuran firmadas con seudónimos o solo con las iniciales del autor.

Domingo del Monte y Antonio Bachiller y Morales, tras cesar la revista, decidieron tomar nuevos rumbos como animadores de la cultura. El primero se vincularía a la Revista y Repertorio Bimestre de la Isla de Cuba, Aguinaldo Habanero, El Álbum y El Plantel, y a varios periódicos de la península. Pondría además todo su empeño en dar las mejores ideas —pagaba su suegro— al arquitecto Manuel José Carrerá, dominicano de nacimiento, y pariente suyo, para construir el Palacio de Aldama, erigido en la manzana formada por las calles Amistad, Reina, Estrella y Águila, actualmente en pleno proceso de restauración, pero donde puede admirarse un soberbio edificio donde culmina el espíritu neoclásico en nuestra arquitectura. Inaugurado en 1840, en sus salones reunió Del Monte a los más destacados literatos del momento y de allí partió rápidamente hacia Madrid, en 1842, para evitar la persecución española. No volvería jamás a Cuba. El 24 de enero de 1869, ya fallecido en la capital española el destacado intelectual, dicho palacio fue allanado por la soldadesca española, tras los sucesos del teatro Villanueva. Hubo saqueo y destrucción de valiosas piezas de arte, cubertería y mobiliario. Por su parte, Bachiller emprendería la fundación de otras revistas, como La Siempreviva y sería redactor de Faro Industrial de la Habana, La Serenata y Revista crítica de ciencias, artes y literatura, además de colaborar en otras muchas publicaciones.

Se cerraba así el amplio ciclo revisteril de Del Monte en la Isla, aunque esporádicamente publicó en revistas españolas y francesas. Los salones literarios inaugurados por él en sus residencias de París y de Madrid fueron frecuentados por las figuras más relevantes del momento, entre ellas la cubana María de las Mercedes Santa-Cruz y Montalvo, Condesa de Merlín. 

Pero en Cuba varias revistas adscritas al romanticismo aún faltaban por fundarse.
 
 
 
 
   
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