Dedico estas líneas a
Roberto Chile, amigo
entrañable al que
aprecio, más allá de su
arte, por su sentido de
la lealtad y el deber.
Le conocí hace años en
jornadas épicas, cuando
con su cámara conservaba
para la posteridad el
perfil de Fidel,
documentando el
constante ejercer de su
obra, consagrada a la
redención de los pobres
y oprimidos, a los que
sufren y padecen por
falta de justicia. De
ahí que las fotos y
documentales de Roberto
muestren siempre al
líder de la Revolución
Cubana arropado por la
multitud, privilegiado
por el amor de muchos,
más allá de las
fronteras de Cuba,
suscitando el odio
inextinguible de
nuestros adversarios.
Pero el cronista ha ido
más allá: ha exaltado
los valores de los
artistas y creadores
cubanos. En la soledad
de su laboratorio,
Roberto ha sabido forjar
una imagen singular,
siempre digna y luminosa
de Cuba. Por ello
es que, en el año
internacional que ha de
consagrarse a los afrodescendientes, se
percata —como ha
afirmado con justeza
Miguel Barnet— que se
requieren siglos de
reparación para esa
parte de la Humanidad
que sufrió la afrenta de
la esclavitud. Se
precisa delinear la
frontera capaz de
separar a los hombres
buenos y generosos de
aquellos egoístas y
perversos que hicieron
causa común con la más
vil y execrable de todas
las inequidades: la de
someter a otros seres
humanos, considerándolos
inferiores, en nombre de
la religión, del género
o de la raza.
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Para los cubanos, que
hemos tenido el singular
privilegio de contar con
el pensamiento de José
Martí como brújula en
estos años de
Revolución, cobran
absoluta vigencia las
ideas que le hicieron
concebir una Patria con
todos y para el bien de
todos, en la que primen
los conceptos de
igualdad y fraternidad,
rechazando cualquier
forma de
discriminación.
Al identificar a Cuba
como una realidad
forjada por caudales de
sangre y esperanza,
estas imágenes
transmiten esa esencia
que asombró a Bolívar en
su tránsito por el
Caribe: la certeza de
que constituimos una
especie de pequeño
género humano, que somos
mezcla —“todo mezclado”,
diría Nicolás Guillén—,
de ahí nuestra
singularidad.
En este libro flotan la
reflexión y la sonrisa,
la sencillez de lo
cotidiano, la búsqueda
en el diario quehacer
del sentido de la vida.
De expresión autentica y
convincente, sus
imágenes conforman un
universo de fe y
espiritualidad,
perceptibles para
aquellos que, como
Roberto Chile, son
capaces de amar.
Palabras para el
catálogo de la
exposición
Afrodescendientes. |