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“Uno está criado en el
desgaste de una
retórica. Uno lo
reconoce como algo
terrible y eso es muy
doloroso.”
José Alegría
“Lo que ha perdido el
director o el teatro o
los actores es capacidad
poética, pero no con
respecto a la profesión,
sino con respecto a la
vida, quiero decir, como
seres humanos.”
Angélica Liddell
Pelo suelto y carretera.
Un rol que se
impone asumir en nuestra
sandunga. Pasa un
camioncito con un
letrero: “arbolado
público”. Nara presenció
la poda de los árboles
en su casa de la Víbora.
Ha escrito sobre esa
angustia, sobre ese
dolor. El rol que se
impone para mí en este
artículo de presentación
y de reflexión. ¿Quién
escribe? ¿El fanático?
¿El alumno? ¿El que se
licenció en Dramaturgia?
Yo quiero ser un chico
Nara. Una chico
material. Y, cómo hacer
esto, ¿desnaratizándome
o renaratizándome? Me
monto en el camioncito y
soy parte de la campaña
por el arbolado público.
¿Deberíamos confiar en
su eficacia? ¿En su
futuro? ¿Qué obras
deberíamos escribir?
¿Para qué teatro? ¿Para
qué país? ¿Para qué
casa? Cosas sabidas.
Cosas dichas. Cosas
discutidas en las aulas
del ISA, con Alegría,
contra la
interpretación, como una
ola. Hablo de la
escritura. La vida desde
la escritura, la
inmortalidad desde la
escritura. Hablo de la
autora del siglo
xxi en el Teatro
Cubano. Hablo de
Desdramatizándome.
“He cometido la
estupidez de querer
decir algo, he cometido
la estupidez de
escribirlo, ESCRIBIRLO.”1
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Nara Mansur acaba de
ganar el Premio Nicolás
Guillén 2011 con el
libro Manualidades,
escrito en Buenos Aires.
Esto la incluye,
definitivamente, en el
reducido círculo de
poetas reconocidos, en
la lista negra y en la
blanca; la de la lipidia
y el honor. Hasta
entonces Nara había
sido, a pesar de obtener
varios lauros
importantes, “una
artista aficionada”.2 Pero
su condición de autora
underground, de
autora super
off, de autora
confesional, de autora
posdramática, de autora
de culto para
dramaturgos y
teatrólogos del ISA,
paradójicamente se
refuerza, se incrementa,
se reafirma con la
recopilación de sus
obras en
Desdramatizándome.
Cuatro poemas para el
teatro, editado,
presentado y agotado en
nuestro queridísimo
panorama teatral.
Una recopilación como
esta es otro de los
truenos que hace sonar
de vez en cuando
Ediciones Alarcos, si
atendemos que no son
obras, como gusta
afirmar a muchos,
“probadas en escena”,
y que han habitado en
malas lenguas del
mundillo como
“irrepresentables”. Pero
dos de ellas han sido
estrenadas y otra se
encuentra en proceso de
montaje.
El libro cuenta con un
prólogo de Nara:
“Bienvenidos a la
exposición”; le siguen
sus cuatro poemas para
el teatro: Charlotte
Corday. Poema dramático,
Ignacio & María,
Educación sentimental
y Venus y el
albañil; y cierra
con un ensayo de Habey
Hechevarría Prado: “La
fiesta del Logos. Lo
íntimo y lo público en
la obra dramática de
Nara Mansur Cao”.
En su lúcida condición
ella ha comentado sobre
sus textos de
Desdramatizándome:
“La escritura —como ya
casi nada en la vida— no
se sostiene sin su
propia crisis, sin la
exposición de sus
propios problemas, sin
su desmontaje”.3
El teatro de Nara hace
estallar los cánones
dramáticos, las
aberraciones dramáticas.
Toma como centro el
juego con la estructura
y el lenguaje, lo
autotemático, la
desfachatez de lo
cotidiano, la palabra
poética de lo cotidiano.
Un procedimiento de
escritura casi al
servicio de aquella
frase de Heiner Müller:
“Solo en la medida en
que un texto no puede
ser llevado tal cual a
la escena, este resulta
productivo para el
teatro”. De ahí la
conciencia de material
para la escena, con la
tarea revolucionaria de
trabajar con la palabra
poética como un lenguaje
más, con la conciencia
revolucionaria de dar
lenguaje para enriquecer
el mundo poético de los
trabajadores del teatro.
Teatro infectado por la
realidad circundante.
Sobre la base de
consignas, matutinos,
galas culturales,
tribunas abiertas. Mundo
donde nace la autora,
donde es la pionera
vanguardia nacional y
tiene que preparar el
comunicado, la
representación de la
efeméride en el acto
matutino, leer el poema
en el aula, cantar el
Himno del 26 de julio,
el Himno Nacional,
hasta siempre, son los
sueños todavía. Donde es
súper importante tener
la pañoleta con un nudo
bien hecho y pararse
firme y ser la elegida
para protagonizar la
toma simbólica del
Palacio Presidencial.
Esta es su educación
política y también su
educación poética. Esta
es la estructura base de
sus textos-poemas para
la escena, su
pertenencia al pasado,
al país, su incapacidad
para ser otra cosa que
revolucionaria: “¿es que
nos preparamos para
poder hacer otra cosa?”;4 su
cruz y su autenticidad.
Este también es el mundo
donde crece, madura,
estudia y trabaja la
autora. Un mundo
mutante. Un ISA mutante.
Un trabajo donde su
primer salario tiene que
entregarlo para un jabón
de lavar. Un cinismo
ante la realidad, ante
el pasado, ante lo que
es ella misma, ante la
representación que hace
de ella misma, y que
ahora es angustiosa y
dolorosa, crítica.
Por tanto lo que hace de
su teatro una
experiencia única es su
mundo propio. El que
construye la pionera y
el que deconstruye la
poeta-teatrista. Una
mirada única para jugar
con esa realidad, para
interpretarla,
criticarla y hacerla
lenguaje, palabra
poética, poesía, teatro.
Una mirada cínica desde
una protagonista de los
hechos.
Y lo más trascendente de
estos textos es que su
mirada no se refleja en
la narración, sino en la
estructura y el
lenguaje. No importa la
ficción, no importa la
confesión. En el teatro
de Nara se vuelve
completamente imposible,
incluso para ella misma,
separar la ficción de la
biografía. ¿Cuánto de
ficción hay en toda
nuestra educación
política? ¿Cuánto de
representación había
—hay— en ella? ¿Cuánto
de verdad? ¿Quién forma
parte de la primera
generación racional de
este país?
Quizá este fue el
impulso para la
teatróloga Karina Pino
al hacer su estudio de
lo performativo en la
obra de Nara Mansur.5 En
la idea del performer
que se expone, se
investiga a sí mismo, se
burla de sí mismo. Nara
es como ese performer,
como ese sujeto lírico
que advierte, por
timidez y atrevimiento:
“poemas para el teatro”.
Con la timidez de
cumplir su votación no
unánime por la canónica
dramática, por no
incluirse en ella, con
el atrevimiento de negar
esa canónica, de
desdramatizarse de ella.
Estas obras también
desarrollan una trama, y
juegan con la categoría
más arcaica de
personaje, y tienen
progresión. Sin embargo,
no es allí donde se debe
focalizar ni investigar.
Esas categorías están
tan dinamitadas que es
imposible construir una
lectura o una
presentación de estos
textos apoyándose en
ellas. La trama está
disuelta, incompleta,
nada clara en su
totalidad. Los
personajes, apoyados en
el juego autotemático y
para nada dibujados
desde la psicología o la
creación de un ser otro,
sino desde lo que son:
lenguaje. La progresión
es más bien de tonos, de
la violencia del
discurso, de la angustia
y cinismo de la
estructura. Incluso la
otra categoría aberrante
de “poner en escena”
aquí se queda chiquitica,
chiquitica. No hay nada
que poner en escena. Hay
que crear en escena,
polemizar en escena,
poetizar en escena.
Saber jugar con una
intertextualidad
choteadora, como
homenaje y burla de
todos los referentes,
como ella misma en su
actitud cotidiana se
proyecta. El choteo, la
incapacidad de no jugar
con una cita, la
educación experimentada
del cinismo: “hemos
jugado con el lenguaje
para no llorar ni
levantar la mano cada
vez y decir no estoy de
acuerdo”.6
Las obras de Nara son
para sentarse y pensar
en uno mismo, para ir al
teatro y conmoverse,
recrear los asuntos del
día, que mañana debemos
pagar el sindicato y
llenar una encuesta, que
hay que asistir a las
predefensas de doctorado
y ser tribunal de las
pruebas de ingreso, que
tengo que llamar más a
mi mamá, que hoy cuando
hablé con ella me dijo
que mañana tiene que ir
al hospital para que le
coloquen el huesito de
la alegría en su sitio,
y hay que seguir
buscando a ver, a ver
qué pasa.
Charlotte Corday...
parece la síntesis de la
poética de Nara Mansur.
Finalista del premio de
Casa de las Américas, de
dramaturgia innovadora,
el poema dramático se
encuentra justo después
de un texto de Angélica Liddell.
Es así: una sucesión de
compañeros y compañeras
frente a un micrófono se
para en una tribuna en
medio de un parque de la
Víbora, aprovechando las
vacaciones de los
pioneros de la cuadra, y
celebran un cumpleaños
colectivo. Tienen su
turno Peter Weiss,
Charlotte Corday, Jean
Paul Marat, extranjeros
invitados; y por la
parte cubana, Nara
Mansur y Él. Hay de todo
en el programa, una
lección de Historia, un
confesión de dolor
personal, un poema, una
receta de cocina, un
discurso al pueblo, un
rap —o el reguetón de
moda— y al final lo que
todos esperaban: la
cumbancha y picar el
cake. El cake realizado
por Lilián7 para
la ocasión. Solo hay una
tarea que cumplir:
representar el
cuchillazo a Marat por
una heroína, la dura
Charlotte. Y esta
efeméride, hoy 13 de
julio, la protagoniza
una pionera vanguardia,
que está grandecita y se
burla de sus propias
heridas, las de ella,
las que quiere que tenga
Él, Marat. Pero, ¿quién
es Marat?
Charlotte Corday
es el único texto en la
dramaturgia cubana,
junto a Los siete
contra Tebas, de
Antón Arrufat, que pone
en primera fila al
representante de las
masas, a la figura del
poder. Si en Los
siete… era visto
desde su condición
humana, imperfecta,
Charlotte… se
concentra en el delirio,
en una figura de la
Historia a la que la
propia Historia y la
humanidad pasan cuenta.
Nara quiere culpar a
alguien de los males que
la aquejan en su
interacción con el
ambiente marginal,
decadente, utópico que
la rodea. Es una
descarga porque tiene
que pasar la noche en
una funeraria, hay
apagón y alguien tiene
que pagar. Pero ella es
una impostora, es una
lástima que no pueda
cometer el crimen sino
en su condición de
pionera en el acto
cultural, y tiene que
dar paso a la alegría,
al guateque, mover las
caderas con la canción
política que no ha
pasado de moda.
Charlotte Corday
es el primer texto en la
dramaturgia cubana que
desplaza una situación
escénica o dramática
concreta por la figura
de un enunciador y su
enunciado. Que denuncia
la retórica como algo
gastado. Es “los
muchachos sacando los
cuchillos”.8 Es
la herida y es la
sangre. Es la verdadera
revolución. Marat es el
teatro. La convención.
El teatro cubano bien
escrito. La pieza bien
hecha de nuevo tipo. Es
Abelardo Estorino. Es
John Howard Lawson. Es
La poética de
Aristóteles. La
dramaturgia. Lo
dramático. Charlotte
Corday abre
Desdramatizándome y
parece darle nombre.
Matar a Marat es el acto
climático, la escena
obligatoria, la
ejecución, la acotación.
Porque lo importante es
la desdramatización, la
renovación, el mundo
puro del lenguaje. La
muerte del teatro de la
representación. De
cualquier
representación.
“Destruir la ilusión
para que no me destruya
a mí.”9
Ignacio & María
y Educación
sentimental son
primas hermanas de
Charlotte Corday...
en cuanto a
procedimiento. Sin
embargo, en ellas Nara
divide la estructura en
cuadros donde especifica
la situación de
enunciación, y la
fábula, por lo menos en
Ignacio & María,
resulta más armadita.
Hay un reordenamiento
parecido a la
construcción en los
medios. Ignacio…
con el grafiti en el
pórtico y la inscripción
en el malecón, parece
una rearmado sui
géneris de la muerte
de María y de su
separación con Ignacio,
como para un Discovery o
un documental de HBO.
Nara reconstruye los
hechos y roba de una
oficina de Casa de las
Américas la foto de la
visa de Ignacio, el
verdadero, el
informático, el que
aparece en la misma
revista Tablas
donde se publica
Charlotte Corday...
Y son las tribunas, las
asambleas, las marchas
del pueblo combatiente
las que sirven de
sustrato, y hacen
posible que Broselianda
Henández intervenga en
el programa y represente
la escena de amor.
En Educación… la
construcción es más
cercana a la de una
telenovela o
radionovela. Solamente
basta analizar la
presentación de los
personajes: “Linda
Correa es Hija y es
Ella”. El personaje de
Linda es ambas cosas en
una, imposible de
separar. Por eso la
madre sufre: su hija es
una correa muy linda que
se atrapa a sí misma y
que atrapa a los demás.
Una hija que tiene la
sangre, la última gota,
la única cosa auténtica
para dar, podrida. Su
enfermedad se debe al
fracaso de su educación
sentimental, su
educación política, su
educación patriótica, su
educación dramática.
Si en Ignacio…
los ejes temáticos están
enlazados por la
relación de la pareja,
de la pérdida del ser
amado, en Educación…
también se incluye la
pérdida, la agonía de la
madre, que en Venus y
el albañil se
radicaliza.
Este último es su texto
más extraño.
Temáticamente se
enfatiza en una de las
preocupaciones más
feroces de la autora: la
angustia por la pérdida
de los valores con los
que se educó, y la
inundación de un mundo
marginal en su entorno.
Por lo tanto es su texto
más serio, más
reflexivo. Se siente
obligada a pedir apoyo:
“quiero que ustedes me
ayuden a superar este
momento”. Se siente
obligada a hacer teatro,
a exponerse para superar
su angustia, “para
resistir este momento de
una manera ajena a la
persona que soy yo en
realidad”. Y esto se
convierte en otra máxima
de Nara para hacer
teatro. Hacer teatro
para intentar ser fiel
al sufrimiento, para
hacer hablar en un lugar
público, para recoger
las flores de su balcón,
las que sembró meses
atrás. Porque “el teatro
es el sitio más frágil
[…] el más afectivo y
político”.10
La autora quiere seguir
indagando en por qué el
bodeguero todavía le
roba: “Con esa
indignación yo funciono.
Ese bodeguero, ¿es mi
compatriota?, ¿es mi
compañero? Me interesa
mucho el sustrato
social. Lo brutal de la
experiencia de la vida”.11
Venus…,
a diferencia de las
obras anteriores,
especifica y reduce la
acción dramática a una
situación de enunciación
muy concreta e
inamovible: la espera en
una sala de hospital por
la noticia del estado de
la madre violada por el
negro albañil. Por lo
tanto el valor de la
palabra poética se
vuelve más tenso, más
caótico, más inapresable.
De una cotidianidad
feroz, la palabra logra
un grado de intimidad
que se convierte en algo
desconcertante y
escandaloso. Como en un
reality show, la
cámara sigue a Yo y a Tú
en lo que miran, lo que
oyen, lo que piensan, y
tiene bruscos cortes
para momentos de soledad
en el baño, ante el
compañero que sale o
duerme. Provoca una
sensación parecida a las
películas de Lucrecia
Martel donde los sonidos
y los ambientes producen
el misterio y el horror.
Aquí el lenguaje más
cotidiano, más común,
más gastado, nos duele,
nos inquieta y nos hace
partícipes de ese mundo
propio que solo Nara
sabe producir.
Este texto, uno de los
que más admiro, termina
con dos preguntas
inquietantes: “¿podré
tener un hijo? ¿Ese
hombre se ocupará de
darnos de comer a los
dos?” Es indudable que
la pionera que trataba
de “amarse
definitivamente”12 y
esperaba a llegar del
trabajo para ser
escritora y hacía
teatro, escribirá un
quinto poema para la
escena totalmente
distinto. Ahora tiene
una hija, Emilia, y vive
en Buenos Aires, donde
por amor al teatro
integra el grupo de
Pompeyo Audivert. Los
nuevos textos de Nara
seguirán seguramente
esta línea abierta y
misteriosa y puramente
social de Venus y el
albañil. Y estarán
plegados de su
experiencia con la
maternidad. O no. ¿Quién
sabe?
El tiempo y la escena
colocarán algún día a
estas obras, las de este
Desdramatizándome
de 2009, en su merecido
lugar. Como dice Ella:
“la naturaleza at the
end me recuperará”.13
Me gustan estas obras.
Me gustan más que todas
las demás. Siento por
ellas casi lo que diría
sobre Jarlys, por
ejemplo. Sobre Rocío,
por ejemplo. Sobre
Marisol, por ejemplo.
Estas obras son para mí
la ausencia de
referentes, de amigos,
de maestros en el teatro
cubano. Son el encuentro
de una palabra nueva,
novísima, perrísima. Son
el impacto escénico de
esa palabra en mi propio
escenario, en mis
chancletas Fila y en mi
bolso CK. Son la agonía
del P1, del peso para el
P1, del tipo rudo del P1
que tararea “Colgando en
tus manos”. Son mis
manos, las manos de
Nara, así que no nos
dejen caer. Son una
ausencia de claridad
política, de destreza
teórica. Son una
comparación entre
Madonna y Lady Gaga. Son
querer sentirme Lady
Gaga ante la profe, la
maestra, la diva del
pop. Son el estilo. Son
la gracia. Son Gena
Rowland en Opening
Night.
Son John Cassavetes
diciendo en Opening
Night: “not
enough, not
enough”.
Son Almodóvar con la
escena de Opening
Night, copiándola,
homenajeándola. Son un
reguetón que suena:
cógelo duro, Nara, que
esto aquí sí es un
campismo y mañana es
cuando estás despierta y
hay un teatrico, un
teatrón, una revolución
para ti.
Notas:
1- Angélica Liddell:
“Monólogo necesario para
la extinción de Nubila
Wahlheim y Extinción” en
Teatro América
actual.
I Premio Casa de América
Festival Escena
Contemporánea de
Dramaturgia Innovadora,
Casa de América, Madrid,
2002.
2- Marianela González:
“A mano: solo lo
imprescindible”
(entrevista a Nara
Mansur), en La
Jiribilla, no. 505,
La Habana.
3- Ídem.
4- Nara Mansur:
“Bienvenidos a la
exposición” (prólogo),
Desdramatizándome.
Cuatro poemas para el
teatro.
5- Karina Pino: “Hacia
un cuerpo. Estrategias
performativas en la
escritura para el teatro
de Nara Mansur”,
(trabajo de diploma de
Teatrología), 2010.
6- Nara Mansur:
“Bienvenidos a la
exposición”, ed. cit.
7- Lilián Cao es la
madre de Nara Mansur.
8- Conversación con
Antón Arrufat,
refiriéndose a La
noche de los asesinos
de José Triana, a su
impacto y permanencia.
9- Nara Mansur:
Charlotte Corday. Poema
dramático.
10- Nara Mansur:
“Bienvenidos a la
exposición”, ed. cit.
11- Jesús David Curbelo:
Entrevista realizada en
vivo a Nara Mansur en la
tertulia de poesía
Finas redes, 1 de
febrero de 2011.
12- Nara Mansur:
“Pionera Vanguardia
Nacional”, en Un
ejercicio al aire libre.
13- Nara Mansur:
“Arqueóloga de la
felicidad que vendrá 2”,
en Un ejercicio al
aire libre.
Publicado en la Revista
Tablas 3/10. |