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Los resultados de un
premio como este,
siempre despiertan
sabores encontrados: un
número impone sus
fueros. Por un lado, la
satisfacción de haber
reconocido siete
magníficos textos
publicados en 2010 y,
por otro, el deseo
arruinado de querer
premiar otros más. El
tiempo dirá de certezas
y errores. ¿Por qué
siete? Tal vez la Cábala
nos dé la explicación:
siete son los días de la
semana, siete los
colores del arco iris,
siete las notas
musicales, siete son las
maravillas del mundo; en
fin, los principios
herméticos son siete,
las Partidas de Alfonso
el Sabio, la danza de
los velos, en el Tarot
significa “El carro de Osiris”:
victoria, éxito, verdad
y justicia. Y siete son
los caminos de Yemayá,
el orisha que más quiere
y cuida a sus hijos, uno
de los siete poderes
africanos, siete son sus
faldas ondulantes, sus
cuentas azules o de
agua…; Yemayá puede ser
terrible, pero es
justiciera.
Creo que se hizo
justicia, aunque
seguramente no toda. Más
de 50 títulos se
sometieron a escrutinio
solo atendiendo a la
calidad de los textos,
independientemente del
género. Uno u otro fue
seleccionado por
unanimidad en un primer
momento, pero todos
obtuvieron finalmente el
consenso del jurado
luego de penetrantes
debates.
Llamó la atención la
calidad de los ensayos
presentados por jóvenes,
y no tanto,
investigadores dueños
del arsenal metodológico
pertinente y del
adecuado discurso
expositivo; todos los
libros propuestos son
valiosos. Fue ardua la
decisión. En narrativa y
poesía ocurrió otro
tanto. Y en teatro y
literatura para niños y
jóvenes, a pesar de ser
menor la cantidad de
volúmenes concursando,
se reconocieron textos
que seguramente
conservarán su
permanencia a través del
tiempo.
Probablemente hayamos
terminado con los ojos
fatigados por la
lectura, con cierto
sabor agridulce por no
haber podido reconocer
otros títulos que, sin
duda, sabrán imponerse
por otros caminos, pero
lo cierto es que estos
siete —cabalístico o no—
tienen la bendición de
Yemayá. |