|
En verdad, Crónicas
de lo ajeno y lo lejano,
de Rinaldo Acosta —libro
inusitado en el
magro panorama de la
reflexión cubana sobre
las corrientes de la
literatura más allá de
la Isla—, me haya
resultado por completo
impactante desde que lo
leí hace muchas semanas.
No es condición
suficiente el hecho de
haber yo visto una
treintena de veces el
filme Solaris, de
Tarkovski, y estar
dispuesto a verlo otras
tantas: al fin y al
cabo, entre
Fahrenheit 451 y
El vino del estío,
siempre me fue más grato
releer el segundo, antes
que el primero. No, no
soy un fanático de la
ciencia ficción, y la
afinidad con el
tema no explica
para nada mi total
entusiasmo frente al
libro de Acosta.
En busca de razones para
lo que, subrayo, es ante
todo admiración cabal,
la primera cuestión está
ya esbozada antes: es
uno de los poquísimos
ensayos que, en las
décadas últimas, se
ocupa con absoluta
seriedad intelectual de
calibrar tendencias de
la creación literaria
fuera de Cuba —y de su
entorno más inmediato,
Latinoamérica—. Es un
riesgo, en un planeta
cada vez más pequeño,
permanecer encuadrado en
un perímetro demasiado
local: esto impide no
tanto comprender la
amplitud de lo que nos
rodea, cuánto
penetrar en la
propia identidad. Es,
mal que les pese a
algunos, una regla
dorada del saber
cultural. En tal
sentido, Crónicas de
lo ajeno y lo lejano
nos abre un punto de
mira hacia un sector de
la creación literaria
mundial, con muchos años
de existencia además,
que ha recibido muy poca
atención crítica e
investigativa en nuestro
país, aun cuando, como
Rinaldo Acosta recuerda
a lo largo de su
estudio, puede hablarse
de una ciencia ficción
cubana desde hace
bastante tiempo. El
libro, pues, en primera
instancia, y
particularmente en la
sección “Todos los
caminos conducen a
Trántor”,
realiza una
valoración histórica de
extraordinario valor
acerca del surgimiento
—y las polémicas al
respecto—, fases del
desarrollo y avatares
generales de la
literatura de ciencia
ficción. Por ello, y
porque el autor nos
habla desde una
capacidad integradora,
una voluntad de
investigación y una
curiosidad impenitente y
minuciosa, la ciencia
ficción es presentada
tanto en sus
etapas cruciales,
como en sus modalidades
más peraltadas, desde
los pulps, la
ópera espacial, la
ciencia ficción “blanda”
y la “dura”, el
astro-futurismo, y otras
modalidades históricas,
caracterizadas y
evaluadas con un
conocimiento
realmente erudito, pero
desde una actitud
valorativa marcada por
el sentido humano y la
sensibilidad.
Esta voluntad
historiadora entrañaba
ya una serie de riesgos,
en particular porque
Acosta debía enfrentar
más bien la evolución
específica ni siquiera
de un género, sino de
una zona de alta
complejidad en la
producción
literaria de la
Modernidad, considerada
por él, además, no en
los límites de una
literatura nacional,
sino en su más difícil
dimensión de quehacer
creativo de la etapa
moderna de la cultura
hasta el presente en
curso. En una
aspiración de tal
magnitud, es inevitable
que aparezca una
interrogante crucial,
que, a mi parecer, tiene
su formulación más
nítida en Henryk
Markiewicz: “¿ha de
concentrar el
historiador literario
toda su atención
exclusivamente en los
rasgos de literariedad
de las obras
investigadas, o ha de
abarcar con ella también
otros rasgos, por
ejemplo, las
características
cognoscitivas o de
ideas?”1.
Estriba aquí uno de las
cuestiones de mayor
relevancia y
seriedad
intelectual en estas
crónicas de Acosta: el
panorama de desarrollo
de la ciencia ficción,
conformado con
minuciosidad erudita y
con máxima
sustentación en
autores, obras, revistas
y polémicas, aparece
jalonado una y otra vez
con una meditación —por
momentos de alto
calibre— acerca de las
relaciones
múltiples entre la
ciencia ficción y la
cultura de la modernidad
y la postmodernidad.
Aunque podrían señalarse
muy numerosos momentos
de este proceder del
ensayista, elijo uno
que, en particular, me
resulta brillante de
enlace entre la
perspectiva necesaria
para un estudio
intragenérico, y la
meditación sobre el
engarce de un tipo de
producción artística en
el marco mayor de la
cultura. En la segunda
parte del libro,
titulada “Posibilidades
extrañas”: ciencia
ficción o fantasía en la
fantasía”, Acosta se
extiende más en una
perspectiva
teórico-literaria —la
cual, si bien recorre
toda la primera sección
del libro, en esta está
mucho más inclinada
hacia el punto de vista
histórico-literario en
sí—; de acuerdo con
ello, dedica todo un
epígrafe a la cuestión
del “extrañamiento”,
categoría que —derivada
de la ostranienie
de los formalistas
rusos— se considera como
una de las
caracterizadoras de la
ciencia ficción. Al
detenerse en este punto,
Acosta trasciende los
límites de lo
estrictamente literario
para comprender su
objeto de estudio desde
una amplitud cultural
tanto más reveladora,
cuanto ha venido siendo
preparada, gradualmente,
desde la sección inicial
del libro, en apariencia
concentrada solo en los
avatares de la evolución
de la ciencia ficción.
Señala el
ensayista:
“En la cf [Nota:
’es la abreviatura que
emplea Acosta para
referirse a ciencia
ficción’] son
extremadamente
frecuentes —tanto como
para ver en esto un
rasgo regular del
género— los casos en que
el autor recurre al
procedimiento de
describir lo habitual
desde una
perspectiva
ajena, desde otro
sistema, internamente
coherente y dotado de
sentido, de coordenadas
culturales, de tal modo
que lo familiar, lo que
damos por sentado,
resalte de pronto como
un ‘caso particular’,
como una elección
cultural. Nuestra propia
posición cultural queda
así relativizada y lo
habitual deviene
‘extraño’.”2
Este ensayo, por tanto,
no queda encerrado en la
temática de la ciencia ficción
—por sí misma
apasionante en tanto
serie cultural
evolutiva—, sino que
acarrea una reflexión
paralela de altos
quilates: nos enfrenta
al hecho de que la
ciencia ficción también
ha venido siendo, en las
mejores de sus obras
sobre todo, pero no solo
en ellas, una
manifestación de
inquietudes,
fantasmas y
opresiones del hombre
contemporáneo frente a
la sombría realidad
contemporánea, donde el
desarrollo tecnológico a
ultranza hace mucho
tiempo que ha perdido
aquel relumbre de
panacea universal de que
el
positivismo y
otros discursos
totalizadores
triunfalistas lo dotaran
desde la
segunda mitad del
s. XIX. De aquí que
Acosta subraye con
énfasis lo que él
denomina —en consonancia
con otros autores como
Rosemary Jackson— “la
naturaleza oximorónica”3
de la ciencia ficción,
que ella “nos está
diciendo algo importante
acerca de este género:
su propensión a
desafiar, cuestionar o
subvertir las formas
habituales, lógicas, de
pensamiento”4.
En efecto, una y otra
vez, Acosta pone al
lector sobre un hecho
que trasciende lo estrictamente
literario: la ciencia
ficción, en las zonas de
intensa calidad y
cuestionamiento de la
realidad que forman su
médula reflexiva y
artística más
valiosa, tiene
una consecuencia de
vital importancia: por
una parte, pone en
crisis el cada vez más
maltrecho pensamiento
logicista de la
modernidad, con su
pretensión de verdades
inefables y sistemas
impertérritos, y por
otra parte nos llama,
con la intensidad de que
solo son capaces el arte
y la
ciencia, a
reactivar el pensamiento
paradójico.5
De aquí, por ejemplo, el
valor conceptual
penetrante del epígrafe
“El futuro como
construcción simbólica”,
en el cual Acosta
analiza con percepción
de largo alcance el
significado último de
ese futuro que, en
general, constituye el
ámbito temporal de buena
parte de la ciencia
ficción: es, en
realidad, una dimensión
simbólica en la cual se
está representando una
fractura profunda en la
evolución misma de lo
humano, una
recatalogación de las
culturas de acuerdo con
el significado posible
que el futuro adquiere
dentro de ellas. Pero,
al mismo tiempo, el
examen cuidadoso de
Acosta nos revela, de
manera tácita, pero demoledora,
que el futuro diseñado
en las culturas
adoradoras del tiempo
férreamente
lineal como sendero
prodigioso hacia la
perfección total de la
sociedad, es no un
absoluto, sino una
modelación simbólica
que, en cuanto tal,
resulta tan frágil y
aterradoramente efímera
como cualquier otra.
Crónicas de lo ajeno y
lo lejano,
pues, aborda mucho más
allá que la ciencia
ficción en sí misma: nos
habla de nuestro tiempo,
de vibraciones de la cultura
actual que es imposible
desconocer. No quiere
ello decir que la
ciencia ficción sea un
mero pretexto en el
libro: al contrario,
este tema es abordado
con un verdadero saber.
Por ello mismo es
inevitable pensar,
pensar en
paradoja y
alternatividad. Acosta,
por ejemplo, nos habla
del slipstream,
que alude a obras de
arte que, sin ser
propiamente ciencia
ficción, están marcados
por ella, como por
estelas. Pues bien,
¿ocurre esto solo en el
arte actual? ¿No
empezamos a ver nuestra
cultura marcada también
por estelas que,
proviniendo de una forma
relativamente reciente
de arte, forman parte de
una sensibilidad y una
perspectiva que nos
obliga a enfrentar la
paradoja,
el horror de la
linealidad, la necesidad
de una actitud más
responsable ante un
mundo en el cual ya no
enfrentamos hechos
estrictos, sino,
también,
antihechos
—“contrafactuales”
me pediría
escribir Acosta— que penden
cada vez más en un
horizonte ambiguo? La
ciencia ficción nos
recuerda, a su modo
artístico —cuando es su
marca fundamental— o
divulgativo, o incluso
comercial y aventurero
—en sus zonas de menor
estatura, que existen
en todas las formas de
arte—, que el
apocalipsis debe ser
previsto y detenido, en
vez de acomodarnos a la
blanda y maligna miopía
que impidió a muchos
percibir las humaredas
de Auschwitz o Treblinka.
El apocalipsis, como en
el texto bíblico, no se
produce de golpe, sino
por fases. La ciencia
ficción, tal como nos es
mostrada por un
investigador y un hombre
de cultura
real como Acosta, nos
alerta contra la
ingenuidad de pensar que
no han ocurrido ya
algunas de sus fases, y
es preciso pensar
nuestra presente, en
ciertas esferas, como
post-apocalíptico. Pero
ello exige una
transformación cabal, a
que el lector de
Crónicas de lo ajeno y
lo lejano nos
convoca en tanto
lectores: una vez más,
hay que mirar estos
textos tan marcados,
claro que sí, de
fantasía, aventura,
prodigio, incertidumbre,
tecnología y angustia,
como mero
entretenimiento vacío,
narrativa de pésimo
papel gaceta para pasar
un breve rato. No, la
ciencia ficción, síntoma
de un tiempo en crisis
profunda, es un reto y
un alerta de cultura,
para enfrentar nuestro
presente como un sitio
que debe ser cambiado, y
que, distópico como es,
no nos puede cegar ni
convertirnos en
autómatas sin posible
destino. Es esta la
médula de las crónicas
de Acosta. Que haya
obtenido el Premio de la
Crítica Literaria en el
2011, es cosa accesora y
de simple justicia. Lo esencial
es su resonancia y su
fuerza, como brillante
ejercicio del saber,
pero, sobre todo, como
palabra responsable de
cultura.
Notas:
-
Henryk Markiewicz:
Los estudios literarios,
conceptos, problemas,
dilemas. Selección y
trad. del polaco de
Desiderio Navarro.
Centro Teórico-Cultural
Criterios. La Habana,
2010, p. 8216.
Cfr. ibídem. |