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Comentaba Pablo Neruda,
en una entrevista que le
hiciera el equipo de
escritores de Lunes
de Revolución: “No
es fácil matar el claro
de luna. […] Parece muy
sencillo pero la luna y
el claro de luna son
enteramente invencibles”1.
Leyendo El libro de
los sentidos, he
tenido la impresión de
que Caridad Atencio
sigue ese presupuesto,
aun cuando la tendencia
prevaleciente de su obra
la sitúa al lado de la
experimentación, de la
novedad y aun cuando, en
este libro en especial,
ensaya una vez más otras
rupturas. Pero la
tradición (“el claro de
luna”) late en estas
prosas poéticas
intentando conquistar un
repertorio de
palabras-sensaciones, de
hechos prácticamente
inapreciables para el
ser común en la
cotidianidad y casi
imposibles de
reconstruir a través de
algo tan abstracto como
el vocabulario de los
sentidos.
Me he preguntado al
concluir: ¿En qué
momento, en qué
circunstancias Caridad
ha pensando y ha escrito
este libro? ¿Es su libro
una pausa? ¿Tuvo este
libro un proyecto
inicial de escritura
como indican el
ordenamiento de los
temas y los recursos que
usa? ¿Fue pensado
mientras transcurría?
¿Las experiencias que
narran esos textos
fueron vividas o
reinventadas como
materia poética? En
todos los casos, las
precisiones me inducen a
pensar en un corte en el
quehacer de Caridad.
Algún suceso se ha
desatado en la autora
que ha decidido evitar
la contención que
habitualmente despliega
un poeta en el ejercicio
de su pensamiento; algo
muy humano está vibrando
en sus páginas; algo
personal, íntimo. Hay
aquí una intención de
clarificar el tiempo
(hacia atrás/hacia
delante); una necesidad
de expresar de sí misma
y de su escenario
inmediato lo que no
puede darse el lujo de
que otros (lectores,
investigadores,
críticos…), supongan,
intuyan, reconstruyan.
Más o menos eso nos
confiesa en la página
18: “Me da miedo sentir
el compás de mi vida”.
Pienso en Swann ante una
taza de té,
reconstruyendo el pasado
afectivo mediante los
olores. Es ese tipo de
vivencias, creo, las que
se explican en este
conjunto, una propuesta
de cierto modo de
existir, de cierta
manera de sentir.
“Después que la gente ha
muerto”, ha dicho
Proust, “el perfume y el
sabor de las cosas
permanecen en equilibrio
mucho tiempo [...]
resistiendo tenazmente,
en pequeñas y casi
impalpables gotas de su
esencia, el inmenso
edificio de la memoria”.
El libro de los sentidos
ensaya una historia, una
biografía poética. De
tanto tratar con
documentos, la poeta
(investigadora y
ensayista) ha
comprendido que toda
documentación debe ser
elegida, en primer
lugar, por el propio
objeto de estudio, debe
ser discriminada por él,
procesada y puesta en
las manos del lector
para que la escritura
emanante de esa vida
(anterior/posterior al
punto geográfico que
supone un libro como
este) encuentre el
“sentido” más exacto.
Así, Caridad, a estas
alturas de su paso por
la poesía cubana donde
se le reconoce y
respeta, ha decidido
publicar textos que se
subordinan, se auxilian,
se comparten en
imágenes; muchas de las
imágenes que quizá (por
qué no) mientras fueron
escenas, pedazos de la
realidad en su decurso,
generaban, hacían brotar
el deseo de ser captadas
con palabras, y se
empastaron luego a las
sucesivas emociones que
ha testimoniado
continuamente en su
necesidad de existir a
plenitud en varios
órdenes, dando prioridad
siempre a un compromiso
de vida con la poesía.
Leamos, en consecuencia,
la página 17: “Uno
experimenta un
desajuste, una
inconformidad y un
éxtasis con el mundo”. Y
a seguidas pregunta:
“¿De ese forcejeo nace
la poesía?”
El libro de los sentidos
retoma, valida
construcciones, huellas
de la corteza cerebral
(léase también corazón,
¿por qué no?), manchas,
sombras que el papel
fotográfico transmite en
gamas insustituibles,
colaborando oblicuamente
con los temas, ideas,
evocaciones... La poesía
de Caridad existe en
estos flashazos de las
viejas camaritas: los
rostros de la niña a
contraluz, o “fuera de
foco”, la madre, el
padre, la zafra, un
cumpleaños, la tía y su
amante, el personaje
llamado Orestes (“un
extraño en la casa”)…
Esta atmósfera es el
germen quizá de algo
mayor, una novela que
espera ser contada más
tarde. El álbum familiar
que es este Libro de
los sentidos está
precediendo, dando
señales, apuntando hacia
una consecución de
mayores complejidades a
través de la poesía que
reina en sus páginas en
una combinación
estremecedora de imagen
y texto, como esos
cuadros donde los
artífices no contentos
con el resultado de las
líneas y los colores,
acuden a la escritura, a
las palabras que
iluminan, a títulos que
esclarecen y entonces,
únicamente entonces,
cierran, perfilan su
pintura o su dibujo en
la certeza de haber
concluido la obra.
Creo que Caridad no
quería reunir aquí solo
textos a la manera
tradicional, ni siquiera
elegir ilustraciones
temáticas para cada
segmento; que no deseaba
completar lo que podía
únicamente con palabras
llenas de un peso
filosófico como es
habitual en su estilo;
ella necesitaba colocar
estos fragmentos de
imágenes en el lugar de
otras estrofas, quería
las entrelíneas
desafiantes de las
citas, el
entrecruzamiento de lo
aprehendido con lo
vivido, y que las
visualizaciones
propuestas provocaran no
solo lectura, sino
posibilidad de tocar un
rostro en el
objeto-libro, hacer
vivir cada historia con
algo más,
intelectualizar los
tránsitos, hacer que se
escucharan voces (por
ejemplo, en mi caso:
leo-veo/siento-huelo-saboreo/toco-escucho),
según la experiencia que
desatan en mí estos
textos: olores a melaza,
rocíos del enfriadero
del central donde
vivieron mis abuelos,
calidez de una mano
sobre la frente, fiebres
que multiplican el
tamaño de alguna
salamandra, timbres de
las voces que llaman
insistentes.
Estamos, digo, ante un
libro sin subterfugios y
sí transido de
estrategias escriturales,
de esas estrategias que
concede el oficio, a
veces incluso de manera
inconsciente (de ahí esa
presencia siempre
punzada por la autora
—punzante en sí misma—
del claro de luna
de Neruda: “el
forcejeo”, referido por
ella…) para lograr el
viaje que ansía todo
creador de este género
llamado de minorías:
entrar por fin al
espacio de las mayorías
donde el mando poético
lamentablemente continúa
menospreciado.
El libro de los sentidos
es audaz en su proyecto
y en su consecución en
tanto recorre y comparte
fragmentos de la vida de
la autora a partir de
una feliz combinación de
inteligencia y de
sinceridad. Su constante
autorreferencialidad
rebasa también aquellos
límites impuestos en la
concepción moderna de lo
femenino y el discurso
de género, lo cual está
presente por supuesto
pero de modo amplio,
desde lo
personal-social. Caridad
en este libro es un ser
humano que añora lo ido,
que se explica a sí
misma, dice quién es
según ella, de dónde
proviene, hacia dónde
irá, con una profunda y
natural carga de matices
fluyentes, en líneas que
dejan la certeza de
continuar
reescribiéndose, de
manera incesante.
Nota:
1-
“Lunes conversa con
Pablo Neruda”, No. 88,
dic. 26 de 1960, p. 41.
Palabras de presentación
en el Sábado del libro,
26 de junio de 2011.
Publicadas en La
letra del Escriba,
Nro. 99, septiembre 2011 |