La Habana. Año X.
24 al 30 de SEPTIEMBRE de 2011

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Festival de Coreografía e Interpretación Solamente Solos

Solo la danza

Andrés D. Abreu • La Habana

Fotos: Ricardo Rodríguez

La formación histórica de los fundamentos axiológicos que distinguen a las obras de arte de otros productos de la actividad humana, ha sido un proceso que desde la antigüedad hasta la contemporaneidad ha ido engrosando reflexiones y teorías en la medida que manan nuevos paradigmas a la  mutante sistematización del pensamiento acerca de las prácticas, las forma y las expresiones artísticas. 

La danza como proceso mayor de estilización y expresión del baile y en su condición de manifestación del arte a través del movimiento corporal, ha vivido y sufrido en su producción y apreciación de esas mismas mutaciones y canonizaciones que sitúan la creación artística en un largo y coyuntural camino. La ruta va desde la conservación de los más arcaicos procedimientos e intenciones de su estructuración hasta la aventura vanguardista de los cambios cardinales en el rehacer y el decir renovador de lo que ya es sistémico.

Durante la más reciente edición en el Teatro Principal de Ciego de Ávila del Festival de Coreografía e Interpretación Solamente Solos, evento creado hace más de una década por el desaparecido Pablo Roca, los actuales organizadores de este certamen convocaron bajo el lema “Danza: desdibujando sus fronteras” a un diálogo abierto y franco en torno a los procesos de investigación y escritura coreográficas sumando al concurso de obras danzarias una participación más evidente del ejercicio del criterio sobre  la danza como arte de hoy. Con un espacio denominado Tribuna de Críticos se potenció el entrecruzamiento de opiniones entre artistas creadores y/o intérpretes, especialistas, críticos y públicos. Esta convocatoria facilitó un interdisciplinar y rizomático análisis de la condición artística de la actual producción y ejecución del acto creador en los campos de la danza cubana.

A partir del “solo” como ejercicio determinante de esa tensión entre lo particular y lo general, prueba contundente tanto para el bailarín, como para el coreógrafo, del dominio de las más elementales pero imprescindibles herramientas de la elaboración y la ejecución de una propuesta escénica coreográfica, así como posibilidad de concretar una demostración de alta capacidad de resolución en lo singular de las interrogantes que plantea la pluralidad de miradas y expectativas que interpelan a la danza y el arte del siglo XXI, se propició en Ciego de Ávila un concierto de acciones y reflexiones que apostó por la actualización de las praxis creadoras desde los dominios de la construcción de la fisicalidad, técnicas de baile, lenguajes expresivos, performatividad, temáticas de narración, consideraciones referenciales, diseño escénico, tratamientos musicales e incorporaciones de nuevos medios digitales y audiovisuales a los campos constructivos del espectáculo danzario.

En la armazón de una armónica y a su vez trepidante arquitectura para esta poliédrica intervención sobre los derroteros de la danza, se sumó un  preciado workshop de entrenamiento técnico impartido por el profesor chileno Bernardo Orellana. Este taller basado en el análisis del movimiento desde la técnica Leeder descubrió marcadas diferencias entre los participantes desde la propia formación del dominio y la organicidad del  sistema cuerpo-mente en movimiento. Muchas de las fundamentadas apreciaciones esgrimidas por el profesor chileno en las jornadas mañaneras se evidenciaban durante la muestra artística que transcurría en las noches sobre las tablas del Teatro Principal. 


workshop

Oportunas también resultaron las muestras y comentarios acerca de la producción internacional y nacional de video-danza (incluyó la presentación especial del filme Sola, de Adolfo Izquierdo) y video-creación relacionados con la danza, presentadas por Roxana de los Ríos, directora del Festival DVDanza Habana, acompañada por quien subscribe este artículo como curador de la Salle Zéro de la Alianza Francesa de La Habana, en un paralelo que incitó a mirar con mayor conciencia histórica y contextual los vínculos entre el legado danzario y su par desde el video en tiempos en que la fusión de ambos medios se acentúa pero no siempre desde soluciones de hibridación ontológica y sí en muchas ocasiones como un nuevo facilismo de atracción tecnicista (el salto tecnológico devenido entonces nueva acrobacia de impacto espectacular).

La Tribuna de Críticos moderada cautelosamente por Mercedes Borges, investigadora de la danza y corresponsal en Cuba de la revista Balletin Dance, manejó con prudencia estos presupuestos esbozados en las intenciones teórico-prácticas del evento al analizar las obras presentadas a concurso, correspondiendo al tratamiento formativo de un caudal muy joven  de coreógrafos e intérpretes. Criterios de la profesora Lilliam Chacón del Centro Nacional de la Danza, el crítico Frank Padrón, el investigador del  BNC Ameh Piñiero y el periodista Yuris Nóridos se sumaron a los discursos  notablemente diáfanos de la Tribuna tras las presentaciones de cada pieza llevada a escena por parte de sus hacedores.

Ente los 13 “solos” sometidos al desmontaje y la evaluación crítica emergieron los Premios de la Crítica. A  Tokonoma “Estoy en la eternidad fluyendo”, de Isvell Bello (Compañía Danza Espiral de Matanzas), le fueron otorgados respectivamente por coreografía e interpretación masculina. Esta obra denota un efectivo proceso de investigación y conceptualización de aspectos filosóficos, ideoestéticos y de ejecución gestual y potencialización del movimiento hasta arribar a una depuración efectiva y coherente de los presupuestos formales y de contenido para entregar al público una orgánica y sugerente presentación danzaria acerca de los límites y la existencialidad, la pertenencia o no del encierro o la filiación a un espacio propio, ejecutada con un afinado repertorio de actos, secuencias y rutinas que se movieron desde un minimalismo performático hasta un lirismo más académico modernista.


Tokonoma

El Premio a la interpretación femenina retribuyó el  sobrecogedor trabajo de la joven estudiante de la Escuela Nacional de Danza (ENA) Claudia Rodríguez al asumir la pieza Toxina, coreografía de su propia autoría junto con Greisier Machado (Compañía Danza del Alma de Santa Clara). Claudia logró sostener sobre la escena una evolución creciente de un sistema expresivo fuertemente basado en la construcción mutante de la figura como ente biológico que carga en sí elementos que exterioriza, ejercicio muy correcto además en la composición visual de lo escultórico.

Para el también estudiante de la ENA Luis Alberto Gutiérrez, una muy merecida mención de reconocimiento a su interpretación de uno de los fragmentos de la coreografía Trilogía, de Osnel Delgado. Luis Alberto supo incorporar con convincente ejecución técnica y teatralidad el sistema de movimientos creado por Osnel para convertir en acto danzario las limitaciones, frustraciones, sueños y aceptaciones de un discapacitado físico motor. Osnel, por su parte, fue uno de los coreógrafos e intérpretes invitados fuera de concurso y generó aplausos y también reflexiones críticas sobre su otra pieza Dust, un atractivo experimento de integración de  efectos visuales desde la propia performatividad del danzar contemporáneo. Invitados también fueron la maestra Liliam Padrón, directora de la Compañía Danza Espiral de Matanzas con la pieza Cromosomal, y Luvyen Mederos (Compañía Danza Contemporánea de Cuba) reponiendo, en versión o adaptación circunstancial, Coca-cola dreams, Premio de la Primera Bienal de Danza del Caribe.


 Trilogía

El concurrente público general estuvo convidado  a una  participación más allá de la clásica butaca teatral. Un pasacalle inaugural con las compañías D´Morón Teatro y el Ballet Ochokpua Irawo, una clase pública de ballet impartida en el parque Martí por José Antonio Chávez, coreógrafo y maître del Ballet de Camagüey, y la entrega de un Premio de la Popularidad a la interpretación de Tamara Vásquez  (Compañía ArtexCuba de Ciego Ávila) en la obra Tragedia de amor, de Rafael Michel Gutiérrez, implicaron de una manera mucho más amplia la apreciación y el criterio popular hacia la danza y el Festival Solamente Solos.

A la joven Tamara se le agradece, sobre todo, su entrega y gracia para sobrepasar como buena ejecutante desde la sinceridad expresiva y la claridad de sus movimientos, las altisonancias melodramáticas y los estridentes y riesgosos ejercicios que debió solventar en Tragedia de amor, un collage de conocidos elementos del espectáculo musical y la seducción mediatizada que continúan funcionando como fáciles detonadores de la aceptación. Una muestra de que lo danzario  de hoy convive en los predios socioculturales en un debate sempiterno entre el baile como distracción y hasta entretenimiento y la danza como arte que se arriesga a la satisfacción más difícil: arrancar un aplauso desde la sorpresa más inesperada y profunda, conseguida tras la visceral y cerebral interactividad poética de un cuerpo en movimiento.

 
 
 
 
   
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.