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La formación histórica
de los fundamentos
axiológicos que
distinguen a las obras
de arte de otros
productos de la
actividad humana, ha
sido un proceso que
desde la antigüedad
hasta la
contemporaneidad ha ido
engrosando reflexiones y
teorías en la medida que
manan nuevos paradigmas
a la mutante
sistematización del
pensamiento acerca de
las prácticas, las forma
y las expresiones
artísticas.
La danza como proceso
mayor de estilización y
expresión del baile y en
su condición de
manifestación del arte a
través del movimiento
corporal, ha vivido y
sufrido en su producción
y apreciación de esas
mismas mutaciones y
canonizaciones que
sitúan la creación
artística en un largo y
coyuntural camino. La
ruta va desde la
conservación de los más
arcaicos procedimientos
e intenciones de su
estructuración hasta la
aventura vanguardista de
los cambios cardinales
en el rehacer y el decir
renovador de lo que ya
es sistémico.
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Durante la más reciente
edición en el Teatro
Principal de Ciego de
Ávila del Festival de
Coreografía e
Interpretación Solamente
Solos, evento creado
hace más de una década
por el desaparecido
Pablo Roca, los actuales
organizadores de este
certamen convocaron bajo
el lema “Danza:
desdibujando sus
fronteras” a un diálogo
abierto y franco en
torno a los procesos de
investigación y
escritura coreográficas
sumando al concurso de
obras danzarias una
participación más
evidente del ejercicio
del criterio sobre la
danza como arte de hoy.
Con un espacio
denominado Tribuna de
Críticos se potenció el
entrecruzamiento de
opiniones entre artistas
creadores y/o
intérpretes,
especialistas, críticos
y públicos. Esta
convocatoria facilitó un
interdisciplinar y
rizomático análisis de
la condición artística
de la actual producción
y ejecución del acto
creador en los campos de
la danza cubana.
A partir del “solo” como
ejercicio determinante
de esa tensión entre lo
particular y lo general,
prueba contundente tanto
para el bailarín, como
para el coreógrafo, del
dominio de las más
elementales pero
imprescindibles herramientas de la
elaboración y la
ejecución de una
propuesta escénica coreográfica, así como
posibilidad de concretar
una demostración de alta
capacidad de resolución
en lo singular de las
interrogantes que
plantea la pluralidad de
miradas y expectativas
que interpelan a la
danza y el arte del
siglo XXI, se propició
en Ciego de Ávila un
concierto de acciones y
reflexiones que apostó
por la actualización de
las praxis creadoras
desde los dominios de la
construcción de la fisicalidad, técnicas de
baile, lenguajes
expresivos,
performatividad,
temáticas de narración,
consideraciones
referenciales, diseño
escénico, tratamientos
musicales e
incorporaciones de
nuevos medios digitales
y audiovisuales a los
campos constructivos del
espectáculo danzario.
En la armazón de una
armónica y a su vez
trepidante arquitectura
para esta poliédrica
intervención sobre los
derroteros de la danza,
se sumó un preciado
workshop de
entrenamiento técnico
impartido por el
profesor chileno
Bernardo Orellana. Este
taller basado en el
análisis del movimiento
desde la técnica Leeder
descubrió marcadas
diferencias entre los
participantes desde la
propia formación del
dominio y la organicidad
del sistema
cuerpo-mente en
movimiento. Muchas de
las fundamentadas
apreciaciones esgrimidas
por el profesor chileno
en las jornadas
mañaneras se
evidenciaban durante la
muestra artística que
transcurría en las
noches sobre las tablas
del Teatro Principal.
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workshop |
Oportunas también
resultaron las muestras
y comentarios acerca de
la producción
internacional y nacional
de video-danza (incluyó
la presentación especial
del filme Sola,
de Adolfo Izquierdo) y
video-creación
relacionados con la
danza, presentadas por
Roxana de los Ríos,
directora del Festival
DVDanza Habana,
acompañada por quien
subscribe este artículo
como curador de la Salle
Zéro de la Alianza
Francesa de La Habana,
en un paralelo que
incitó a mirar con mayor
conciencia histórica y
contextual los vínculos
entre el legado danzario
y su par desde el video
en tiempos en que la
fusión de ambos medios
se acentúa pero no
siempre desde soluciones
de hibridación
ontológica y sí en
muchas ocasiones como un
nuevo facilismo de
atracción tecnicista (el
salto tecnológico
devenido entonces nueva
acrobacia de impacto
espectacular).
La Tribuna de Críticos
moderada cautelosamente
por Mercedes Borges,
investigadora de la
danza y corresponsal en
Cuba de la revista
Balletin Dance,
manejó con prudencia
estos presupuestos
esbozados en las
intenciones
teórico-prácticas del
evento al analizar las
obras presentadas a
concurso,
correspondiendo al
tratamiento formativo de
un caudal muy joven de
coreógrafos e
intérpretes. Criterios
de la profesora Lilliam
Chacón del Centro
Nacional de la Danza, el
crítico Frank Padrón, el
investigador del BNC
Ameh Piñiero y el
periodista Yuris Nóridos
se sumaron a los
discursos notablemente
diáfanos de la Tribuna
tras las presentaciones
de cada pieza llevada a
escena por parte de sus
hacedores.
Ente los 13 “solos”
sometidos al desmontaje
y la evaluación crítica
emergieron los Premios
de la Crítica. A
Tokonoma “Estoy en la
eternidad fluyendo”,
de Isvell Bello
(Compañía Danza Espiral
de Matanzas), le fueron
otorgados
respectivamente por
coreografía e
interpretación
masculina. Esta obra
denota un efectivo
proceso de investigación
y conceptualización de
aspectos filosóficos,
ideoestéticos y de
ejecución gestual y
potencialización del
movimiento hasta arribar
a una depuración
efectiva y coherente de
los presupuestos
formales y de contenido
para entregar al público
una orgánica y sugerente
presentación danzaria
acerca de los límites y
la existencialidad, la
pertenencia o no del
encierro o la filiación
a un espacio propio,
ejecutada con un afinado
repertorio de actos,
secuencias y rutinas que
se movieron desde un
minimalismo performático
hasta un lirismo más
académico modernista.
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Tokonoma |
El Premio a la
interpretación femenina
retribuyó el
sobrecogedor trabajo de
la joven estudiante de
la Escuela Nacional de
Danza (ENA) Claudia
Rodríguez al asumir la
pieza Toxina,
coreografía de su propia
autoría junto con
Greisier Machado
(Compañía Danza del Alma
de Santa Clara). Claudia
logró sostener sobre la
escena una evolución
creciente de un sistema
expresivo fuertemente
basado en la
construcción mutante de
la figura como ente
biológico que carga en
sí elementos que
exterioriza, ejercicio
muy correcto además en
la composición visual de
lo escultórico.
Para el también
estudiante de la ENA
Luis Alberto Gutiérrez,
una muy merecida mención
de reconocimiento a su
interpretación de uno de
los fragmentos de la
coreografía Trilogía,
de Osnel Delgado. Luis
Alberto supo incorporar
con convincente
ejecución técnica y
teatralidad el sistema
de movimientos creado
por Osnel para convertir
en acto danzario las
limitaciones,
frustraciones, sueños y
aceptaciones de un
discapacitado físico
motor. Osnel, por su
parte, fue uno de los
coreógrafos e
intérpretes invitados
fuera de concurso y
generó aplausos y
también reflexiones
críticas sobre su otra
pieza Dust, un
atractivo experimento de
integración de efectos
visuales desde la propia
performatividad del
danzar contemporáneo.
Invitados también fueron
la maestra Liliam
Padrón, directora de la
Compañía Danza Espiral
de Matanzas con la pieza
Cromosomal, y
Luvyen Mederos (Compañía
Danza Contemporánea de
Cuba) reponiendo, en
versión o adaptación
circunstancial,
Coca-cola dreams,
Premio de la Primera
Bienal de Danza del
Caribe.
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Trilogía |
El concurrente público
general estuvo
convidado a una
participación más allá
de la clásica butaca
teatral. Un pasacalle
inaugural con las
compañías D´Morón Teatro
y el Ballet Ochokpua
Irawo, una clase pública
de ballet impartida en
el parque Martí por José
Antonio Chávez,
coreógrafo y maître del
Ballet de Camagüey, y la
entrega de un Premio de
la Popularidad a la
interpretación de Tamara
Vásquez (Compañía
ArtexCuba de Ciego
Ávila) en la obra
Tragedia de amor, de
Rafael Michel Gutiérrez,
implicaron de una manera
mucho más amplia la
apreciación y el
criterio popular
hacia la danza y el
Festival Solamente
Solos.
A la joven Tamara se le
agradece, sobre todo, su
entrega y gracia para
sobrepasar como buena
ejecutante desde la
sinceridad expresiva y
la claridad de sus
movimientos, las
altisonancias
melodramáticas y los
estridentes y riesgosos
ejercicios que debió
solventar en Tragedia
de amor, un
collage de conocidos
elementos del
espectáculo musical y la
seducción mediatizada
que continúan
funcionando como fáciles
detonadores de la
aceptación. Una muestra
de que lo danzario de
hoy convive en los
predios socioculturales
en un debate sempiterno
entre el baile como
distracción y hasta
entretenimiento y la
danza como arte que se
arriesga a la
satisfacción más
difícil: arrancar un
aplauso desde la
sorpresa más inesperada
y profunda, conseguida
tras la visceral y
cerebral interactividad
poética de un cuerpo en
movimiento.
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