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Uno experimenta un
desajuste, una
inconformidad y un
éxtasis con el mundo.
¿De ese forcejeo nace la
poesía?
Caridad Atencio
Dos siglos atrás, era
diferente. Al contemplar
la estructura jerárquica
de las letras uno veía,
allá en la cúspide,
cerca de Dios, a los
poetas. Era una noción
heredada de mucho antes,
desde la Grecia antigua,
donde el artista
plástico se consideraba
casi como un artesano,
pues su creación emergía
del trabajo, de
martillar la piedra o
maniobrar con el pincel,
y los griegos, fuera del
deporte o la guerra,
odiaban todo tipo de
actividad sudorífica.
Por eso veneraban a la
obra a tiempo que
despreciaban al artista,
vil mercenario de la
perfección y la belleza,
quien, por si fuera
poco, cobraba por su
esfuerzo físico.
No así el poeta. Este no
trabajaba con las manos,
sino con el intelecto y
era visto como una
mezcla de sabio, profeta
e iluminado. Era él
quien recibía el mayor
reconocimiento de sus
congéneres porque no
trabajaba con fines de
lucro, la fatiga que
experimentaba no era
física y su inspiración
tenía un origen divino.
Una imagen que, con
algunas pequeñas
variaciones,
permanecería casi
inalterada durante
siglos.
Ahora, en la era de las
reproducciones en serie,
donde tiende a
simplificarse el
pensamiento, donde la
imagen sustituye a la
palabra, donde se
prefieren otros géneros
literarios antes que la
poesía, la situación del
poeta ha cambiado. Ya no
ocupa un sitial
privilegiado dentro del
campo de las letras. La
poesía es cada vez menos
leída y los criterios
estéticos del público,
la crítica y los
autores, muchas veces
suelen ser
contradictorios.
Quizá fue por eso que la
poeta Caridad Atencio
quedó tan sorprendida
cuando supo que su
poemario,
El libro de
los sentidos, obtuvo
el Premio de la Crítica
2010: “Experimenté un
gran asombro porque
nunca antes lo había
obtenido, aunque la
crítica refirió en
varias ocasiones que mis
libros eran merecedores
de él”, comenta, con la
mirada esquiva tras los
lentes, rasgo que
evidencia una timidez
que la acompaña desde la
infancia.
Un poco después agrega:
“Creo que eso indica
cómo se encuentra el
estado de cosas, a veces
se premia lo que más
resuena y no lo mejor,
otras veces creen que
como un libro ya obtuvo
un premio, pues el otro
también le corresponde.
Por eso me asombraba
tanto, cuando uno se
acerca a la escritura
sin hacer concesiones,
es raro que eso se
premie”.
De todos modos, asegura,
seguiría escribiendo
poesía aunque no hubiese
recibido galardón
alguno. No obstante,
admite que este premio
puede ayudarla a ser
leída por el gran
público y lo ha asumido
como un reconocimiento a
toda su obra poética.
Como le dijera
recientemente un amigo
poco después de conocer
la noticia: “se trata de
un premio a tantos años
que has dedicado a
escribir, promover y
amar la poesía”.
Años que han dejado una
producción nada
desdeñable, pues, además
de El libro de los
sentidos, ha
publicado otros seis
poemarios: Los viles
aislamientos (1996),
Los poemas desnudos
(Venezuela, 1995 y
Cienfuegos, 1997),
Umbrías (1999),
Los cursos imantados
(2000), Salinas para
el potro (2001) y
La sucesión (2004).
Además de poeta, es
graduada de Filología en
la Universidad de La
Habana y ha trabajado
como investigadora
durante más de 20 años
en el Centro de Estudios
Martianos, donde ha
escrito una importante
obra ensayística.
La crítica suele
ubicarla dentro de la
Generación de los 80, o
sea, la vinculan a
aquella promoción de
poetas que nacieron en
la década de los 60,
quienes cultivaban una
poesía intimista,
hermética, abigarrada en
metáforas, preocupada
por la reflexión hacia
el propio arte de
escribir y, sobre todo,
nucleados bajo la
imponente sombra de José
Lezama Lima, como ídolo
indiscutible de esa
generación. Sin embargo,
Caridad Atencio no
considera que pertenezca
a este grupo, pues
publicó su primer
poemario en los 90, con
33 años, así que
técnicamente forma parte
de una década posterior.
Aunque coincida con sus
antecesores inmediatos
en cuanto a temas,
preocupaciones,
inclinaciones y
perspectivas
intelectuales.
“La poesía de los 80
tuvo varios rasgos como
el intimismo o la
reflexión sobre el hecho
literario en sí, pero
casi todas estas
características se
mantienen e
intensificaron dentro de
la poesía de los 90, en
esta fueron más
profundas las
reflexiones sobre la
creación poética y el
acto de escribir. Aunque
también surgieron una
serie de temas que no
están en los poetas de
los 80, como aquello que
yo llamo
‘interpenetración
genérica’, o sea, hacer
libros que tengan de
prosa y de narración,
aunque no dejen de ser
poesía”, explica.
Algo que resulta
evidente en El libro
de los sentidos,
cuya multiplicidad de
géneros a veces lo torna
difícil de clasificar.
Parece un cuaderno de
apuntes: notas
garabateadas con
rapidez, fragmentos de
ensayos, ideas al vuelo,
demonios, fotos de
familia, destellos de la
memoria que a veces
parecen olvidados, pero
que siguen ahí, tras la
membrana del
subconsciente.
Aquí, tienen un rol
protagónico las
anamnesias. Concepto que
la autora toma del
semiólogo francés Roland
Barthes, quien llamó así
“a la acción —mezcla de
goce y esfuerzo— que
ejecuta el sujeto para
encontrar, sin
agrandarla ni hacerla
vibrar, la tenuidad del
recuerdo”, cita Atencio
en su libro. Y ahora,
sentada sobre un sofá en
su casa de Marianao,
apostilla: “Son
recuerdos tenues, pero
no opacos, sino cosas de
todos los días que
parecen no tener
importancia y, sin
embargo, son vitales a
la hora de rememorar tu
vida y creo que son
algunas de las partes
del libro mejor
logradas”.
Se trata, en fin, de
saldar una deuda
pendiente con el pasado,
la semilla, las raíces,
las mismas a quienes la
autora dedica el
poemario: “Más que a mis
familiares, que también
están reflejados en él,
está dedicado a todo lo
que ayudó a formarme. Es
decir, parte del objeto
sensual, de la
experiencia, de lo
objetivo, para
transformarlo en lo
subjetivo, en lo que has
vivido, en lo que ha
quedado de ti, cómo has
pasado por una serie de
vivencias y lo que estas
te han dejado, aquello
que ha sido tamizado por
ti como individuo. Trato
de comprender todo el
sentido que ese mundo
tiene para mí, por eso
le puse El
libro de los sentidos,
de ahí viene esta frase
final tomada del folclor
africano: ‘Si la rama
quiere florecer que
honre a las raíces’. Eso
es el libro, ese tributo
que hay que rendir a los
que te formaron, a
aquellos que hicieron
que seas lo que eres
ahora”.
Unas raíces o ancestros,
si se prefiere, de
quienes heredó no solo
la piel cobriza, sino la
voluntariedad y la
persistencia para lograr
aquello que se propone.
Ambas, cualidades
imprescindibles en el
oficio de escribir. Esto
no lo dijo ella, uno
llega a descubrirlo a
través de su libro.
Allí, en narraciones
fragmentarias, algunas
aparentemente inconexas,
crípticas en ocasiones,
está la historia, no
solo de su familia, sino
de toda una generación.
De los padres, las
madres, los tíos, los
hijos adolescentes de
alguien.
Por eso, cuando leía
algunos poemas sueltos,
incluso antes de que
engrosaran el libro,
hasta las personas más
sencillas se le
acercaban y reconocían
entre aquellas líneas
sus propias historias.
Estaba entrando en el
camino de lo
arquetípico,
confiriéndole al hombre
común la condición de
héroe, pues, a fin de
cuentas: “¿Quién dice
que un héroe no es
también una persona
común?”.
Quizá, la acogida que ha
tenido El libro de
los sentidos entre
algunos lectores que no
pertenecen al público
que habitualmente
consume poesía, se deba,
entre otras cosas, a que
aquí trató de ser mucho
menos hermética que en
poemarios anteriores.
Esto se lo hizo notar un
poeta amigo, quien en
cierta ocasión le dijo
que abría demasiado el
diapasón, refiriéndose
al hecho de que se
alejaba de la metáfora
elaborada.
A lo que ella responde:
“Pero un escritor
hermético es aquel que
no encuentra referentes
en la lengua y, por
tanto, crea su propio
lenguaje. Es decir, que
no hay tal poesía
hermética. Esa apertura
del diapasón en El
libro de los sentidos,
fue como una especie de
experimento hacia el
lector, sin llegar a
abandonar los recursos
expresivos propios de mi
poesía, traté de hacer
algo que llegara a todos
los lectores. Y la
prueba de esto la he
tenido con vecinos y
familiares que han leído
el libro y han quedado
prendados, así como
personas que me
escuchaban en las
lecturas. A veces uno es
quien más se asombra con
esto, cuando la gente te
escucha leer en alguna
tertulia y hasta los más
sencillos se sienten
reflejados y conmovidos,
eso, como creador, te
conmociona el doble”.
Cuenta que un poco antes
de acabar el libro, ya
había terminado otro
poemario,
Desplazamiento al margen,
y gracias a algunos de
sus poemas obtuvo el
Premio de la Gaceta
de Cuba. Sin
embargo, prefirió darle
prioridad editorial a
El libro de los sentidos,
ya que era algo
diferente a cualquier
cosa que hubiese escrito
antes y sabía que
tendría un mayor
impacto. No se equivocó.
Con él, además del
presente Premio de la
Crítica y el
reconocimiento del
público, también ganó,
en 2008, una de las
becas anuales de
creación que otorga la
Unión de Escritores y
Artistas de Cuba.
Ahora trabaja en el
estudio de los diarios
de Lezama. Sin
descuidar, desde luego,
su gran pasión: la
poesía. Anda cavilando
un nuevo libro, aunque
este promete ser aún más
trabajoso que los
anteriores, pues
pretende alejarse un
poco del estilo en que
más cómoda se siente, la
prosa poética, y modelar
el verso. Ya que: “como
persona voluntariosa que
soy, quiero demostrar
que también lo puedo
dominar. En el libro que
estoy escribiendo,
aparece la prosa
poética, pero la mayor
parte es en verso”,
adelanta.
Y uno comprende que no
puede hacer otra cosa,
porque Caridad Atencio
ya era poeta, incluso
antes de conocer las
palabras. Cuenta que fue
una niña hiperestésica,
sucesos que para otros
niños pasaban
inadvertidos a ella le
provocaban una profunda
conmoción. “Y descubrí
que tenía algo frágil y
a la vez intenso dentro
de mí que tenía que
darle un camino, y ese
era la literatura”,
confiesa.
Pero en su casa no había
libros. Solo, como un
vaticinio del hombre que
años más tarde marcaría
su vida, un ejemplar de
La Edad de Oro,
del que una tía le hacía
extraer fragmentos. De
modo que comenzó a
escribir sin haber
consolidado un hábito
sólido de lectura.
Escribía mucho, novelas
cortas que sus amigas
leían. Aunque fuera de
ese círculo estrecho,
solía ocultar sus
manuscritos, pues
siempre fue
extremadamente tímida.
Después, vendría la
universidad y cinco años
más tarde, el Centro de
Estudios Martianos. Allí
leería con seriedad a
Martí. Y fue acariciando
aquellas páginas, con el
susurro del poeta en los
oídos como una
revelación, cuando se
convenció, por fin, de
que lo único que quería
ser era escritora. “No
recuerdo muy bien el
momento en que di ese
salto al vacío para
dejar de ser escritora
aficionada y convertirme
en escritora
profesional, pero
ocurrió milagrosamente y
eso es algo que todo
escritor anhela, para mí
fue asombroso”,
recuerda.
Sin embargo, Martí no
solo sería mentor, sino
también una sombra de la
que muchas veces
trataría de apartarse.
Pues su estilo, tan
poderoso y único,
siempre amenaza con
contagiar a todo el que
lo estudia y convertirlo
en un simple epígono. De
modo que siguió, cual
tablas de la ley, sus
preceptos sobre poética;
pero procuró mantener a
raya la influencia de su
estilo, cuidándose mucho
de imitarlo y siempre
transitando su propio
camino. Casi parece un
conflicto freudiano.
¿Una relación de
amor-odio, quizá?
“No, no es odio —se
apresura a contestar—,
pero sí miedo. Odio
nunca”, sonríe.
Además, fue Martí quien
le legó su noción
personal de lo que debe
ser el fin de la
literatura y la poesía:
acercarse a la vida. O
sea, establecer un
diálogo con la realidad,
donde intentará, a
través del lenguaje,
plasmar la esencia de la
misma. Por eso es que
constituye, al mismo
tiempo, objeto y vía del
conocimiento. De esa
tensión entre el poeta y
el mundo, surgirá el
acto de creación.
“La creación poética es
algo que llega y que no
puedes eludir —explica—,
una frase que martillea
en tu cerebro cuando
duermes y tienes que
levantarte a escribirla,
es un tejido que
elaboras posteriormente
pero que tiene mucho que
ver con la realidad que
estás viviendo y cómo
eso inconscientemente va
teniendo una ilación,
una lógica que te va
llevando al encaje del
poema. Algo bastante
subjetivo, racional e
inconsciente, que aunque
parezcan tres palabras
totalmente inconexas en
el poema guardan
relación.”
Y uno llega a comprender
por qué los griegos, que
ya todo lo inventaron,
veían al vate como un
iluminado, un profeta.
Pues él, quizá sin ser
del todo consciente,
tenía la fórmula para
condensar la verdad, la
pasión y el intelecto en
una sola pieza. Esta
necesidad de atrapar
esencias es el mismo
impulso que hoy —tantos
siglos después, sin
poseer ni la mitad de la
gloria que disfrutaron
sus antecesores y con la
amenaza constante de
perecer en el olvido—
hace que algunos se
levanten, en medio de la
noche, a garabatear en
cualquier trozo de papel
esas palabras cuya
combinación, única e
irrepetible, harán el
poema. |