La Habana. Año X.
24 al 30 de SEPTIEMBRE de 2011

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Caridad Atencio
El sentido de la poesía
Abel Sánchez • La Habana

Uno experimenta un desajuste, una inconformidad y un éxtasis con el mundo.
¿De ese forcejeo nace la poesía?

Caridad Atencio

Dos siglos atrás, era diferente. Al contemplar la estructura jerárquica de las letras uno veía, allá en la cúspide, cerca de Dios, a los poetas. Era una noción heredada de mucho antes, desde la Grecia antigua, donde el artista plástico se consideraba casi como un artesano, pues su creación emergía del trabajo, de martillar la piedra o maniobrar con el pincel, y los griegos, fuera del deporte o la guerra, odiaban todo tipo de actividad sudorífica. Por eso veneraban a la obra a tiempo que despreciaban al artista, vil mercenario de la perfección y la belleza, quien, por si fuera poco, cobraba por su esfuerzo físico.

No así el poeta. Este no trabajaba con las manos, sino con el intelecto y era visto como una mezcla de sabio, profeta e iluminado. Era él quien recibía el mayor reconocimiento de sus congéneres porque no trabajaba con fines de lucro, la fatiga que experimentaba no era física y su inspiración tenía un origen divino. Una imagen que, con algunas pequeñas variaciones, permanecería casi inalterada durante siglos.

Ahora, en la era de las reproducciones en serie, donde tiende a simplificarse el pensamiento, donde la imagen sustituye a la palabra, donde se prefieren otros géneros literarios antes que la poesía, la situación del poeta ha cambiado. Ya no ocupa un sitial privilegiado dentro del campo de las letras. La poesía es cada vez menos leída y los criterios estéticos del público, la crítica y los autores, muchas veces suelen ser contradictorios.

Quizá fue por eso que la poeta Caridad Atencio quedó tan sorprendida cuando supo que su poemario, El libro de los sentidos, obtuvo el Premio de la Crítica 2010: “Experimenté un gran asombro porque nunca antes lo había obtenido, aunque la crítica refirió en varias ocasiones que mis libros eran merecedores de él”, comenta, con la mirada esquiva tras los lentes, rasgo que evidencia una timidez que la acompaña desde la infancia.


 

Un poco después agrega: “Creo que eso indica cómo se encuentra el estado de cosas, a veces se premia lo que más resuena y no lo mejor, otras veces creen que como un libro ya obtuvo un premio, pues el otro también le corresponde. Por eso me asombraba tanto, cuando uno se acerca a la escritura sin hacer concesiones, es raro que eso se premie”.

De todos modos, asegura, seguiría escribiendo poesía aunque no hubiese recibido galardón alguno. No obstante, admite que este premio puede ayudarla a ser leída por el gran público y lo ha asumido como un reconocimiento a toda su obra poética. Como le dijera recientemente un amigo poco después de conocer la noticia: “se trata de un premio a tantos años que has dedicado a escribir, promover y amar la poesía”.

Años que han dejado una producción nada desdeñable, pues, además de El libro de los sentidos, ha publicado otros seis poemarios: Los viles aislamientos (1996), Los poemas desnudos (Venezuela, 1995 y Cienfuegos, 1997), Umbrías (1999), Los cursos imantados (2000), Salinas para el potro (2001) y La sucesión (2004). Además de poeta, es graduada de Filología en la Universidad de La Habana y ha trabajado como investigadora durante más de 20 años en el Centro de Estudios Martianos, donde ha escrito una importante obra ensayística.

La crítica suele ubicarla dentro de la Generación de los 80, o sea, la vinculan a aquella promoción de poetas que nacieron en la década de los 60, quienes cultivaban una poesía intimista, hermética, abigarrada en metáforas, preocupada por la reflexión hacia el propio arte de escribir y, sobre todo, nucleados bajo la imponente sombra de José Lezama Lima, como ídolo indiscutible de esa generación. Sin embargo, Caridad Atencio no considera que pertenezca a este grupo, pues publicó su primer poemario en los 90, con 33 años, así que técnicamente forma parte de una década posterior. Aunque coincida con sus antecesores inmediatos en cuanto a temas, preocupaciones, inclinaciones y perspectivas intelectuales.

“La poesía de los 80 tuvo varios rasgos como el intimismo o la reflexión sobre el hecho literario en sí, pero casi todas estas características se mantienen e intensificaron dentro de la poesía de los 90, en esta fueron más profundas las reflexiones sobre la creación poética y el acto de escribir. Aunque también surgieron una serie de temas que no están en los poetas de los 80, como aquello que yo llamo ‘interpenetración genérica’, o sea, hacer libros que tengan de prosa y de narración, aunque no dejen de ser poesía”, explica.

Algo que resulta evidente en El libro de los sentidos, cuya multiplicidad de géneros a veces lo torna difícil de clasificar. Parece un cuaderno de apuntes: notas garabateadas con rapidez, fragmentos de ensayos, ideas al vuelo, demonios, fotos de familia, destellos de la memoria que a veces parecen olvidados, pero que siguen ahí, tras la membrana del subconsciente.

Aquí, tienen un rol protagónico las anamnesias. Concepto que la autora toma del semiólogo francés Roland Barthes, quien llamó así “a la acción —mezcla de goce y esfuerzo— que ejecuta el sujeto para encontrar, sin agrandarla ni hacerla vibrar, la tenuidad del recuerdo”, cita Atencio en su libro. Y ahora, sentada sobre un sofá en su casa de Marianao, apostilla: “Son recuerdos tenues, pero no opacos, sino cosas de todos los días que parecen no tener importancia y, sin embargo, son vitales a la hora de rememorar tu vida y creo que son algunas de las partes del libro mejor logradas”.

Se trata, en fin, de saldar una deuda pendiente con el pasado, la semilla, las raíces, las mismas a quienes la autora dedica el poemario: “Más que a mis familiares, que también están reflejados en él, está dedicado a todo lo que ayudó a formarme. Es decir, parte del objeto sensual, de la experiencia, de lo objetivo, para transformarlo en lo subjetivo, en lo que has vivido, en lo que ha quedado de ti, cómo has pasado por una serie de vivencias y lo que estas te han dejado, aquello que ha sido tamizado por ti como individuo. Trato de comprender todo el sentido que ese mundo tiene para mí, por eso le puse El libro de los sentidos, de ahí viene esta frase final tomada del folclor africano: ‘Si la rama quiere florecer que honre a las raíces’. Eso es el libro, ese tributo que hay que rendir a los que te formaron, a aquellos que hicieron que seas lo que eres ahora”.

Unas raíces o ancestros, si se prefiere, de quienes heredó no solo la piel cobriza, sino la voluntariedad y la persistencia para lograr aquello que se propone. Ambas, cualidades imprescindibles en el oficio de escribir. Esto no lo dijo ella, uno llega a descubrirlo a través de su libro. Allí, en narraciones fragmentarias, algunas aparentemente inconexas, crípticas en ocasiones, está la historia, no solo de su familia, sino de toda una generación. De los padres, las madres, los tíos, los hijos adolescentes de alguien.

Por eso, cuando leía algunos poemas sueltos, incluso antes de que engrosaran el libro, hasta las personas más sencillas se le acercaban y reconocían entre aquellas líneas sus propias historias. Estaba entrando en el camino de lo arquetípico, confiriéndole al hombre común la condición de héroe, pues, a fin de cuentas: “¿Quién dice que un héroe no es también una persona común?”.

Quizá, la acogida que ha tenido El libro de los sentidos entre algunos lectores que no pertenecen al público que habitualmente consume poesía, se deba, entre otras cosas, a que aquí trató de ser mucho menos hermética que en poemarios anteriores. Esto se lo hizo notar un poeta amigo, quien en cierta ocasión le dijo que abría demasiado el diapasón, refiriéndose al hecho de que se alejaba de la metáfora elaborada.

A lo que ella responde: “Pero un escritor hermético es aquel que no encuentra referentes en la lengua y, por tanto, crea su propio lenguaje. Es decir, que no hay tal poesía hermética. Esa apertura del diapasón en El libro de los sentidos, fue como una especie de experimento hacia el lector, sin llegar a abandonar los recursos expresivos propios de mi poesía, traté de hacer algo que llegara a todos los lectores. Y la prueba de esto la he tenido con vecinos y familiares que han leído el libro y han quedado prendados, así como personas que me escuchaban en las lecturas. A veces uno es quien más se asombra con esto, cuando la gente te escucha leer en alguna tertulia y hasta los más sencillos se sienten reflejados y conmovidos, eso, como creador, te conmociona el doble”.

Cuenta que un poco antes de acabar el libro, ya había terminado otro poemario, Desplazamiento al margen, y gracias a algunos de sus poemas obtuvo el Premio de la Gaceta de Cuba. Sin embargo, prefirió darle prioridad editorial a El libro de los sentidos, ya que era algo diferente a cualquier cosa que hubiese escrito antes y sabía que tendría un mayor impacto. No se equivocó. Con él, además del presente Premio de la Crítica y el reconocimiento del público, también ganó, en 2008, una de las becas anuales de creación que otorga la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

Ahora trabaja en el estudio de los diarios de Lezama. Sin descuidar, desde luego, su gran pasión: la poesía. Anda cavilando un nuevo libro, aunque este promete ser aún más trabajoso que los anteriores, pues pretende alejarse un poco del estilo en que más cómoda se siente, la prosa poética, y modelar el verso. Ya que: “como persona voluntariosa que soy, quiero demostrar que también lo puedo dominar. En el libro que estoy escribiendo, aparece la prosa poética, pero la mayor parte es en verso”, adelanta.

Y uno comprende que no puede hacer otra cosa, porque Caridad Atencio ya era poeta, incluso antes de conocer las palabras. Cuenta que fue una niña hiperestésica, sucesos que para otros niños pasaban inadvertidos a ella le provocaban una profunda conmoción. “Y descubrí que tenía algo frágil y a la vez intenso dentro de mí que tenía que darle un camino, y ese era la literatura”, confiesa.

Pero en su casa no había libros. Solo, como un vaticinio del hombre que años más tarde marcaría su vida, un ejemplar de La Edad de Oro, del que una tía le hacía extraer fragmentos. De modo que comenzó a escribir sin haber consolidado un hábito sólido de lectura. Escribía mucho, novelas cortas que sus amigas leían. Aunque fuera de ese círculo estrecho, solía ocultar sus manuscritos, pues siempre fue extremadamente tímida.

Después, vendría la universidad y cinco años más tarde, el Centro de Estudios Martianos. Allí leería con seriedad a Martí. Y fue acariciando aquellas páginas, con el susurro del poeta en los oídos como una revelación, cuando se convenció, por fin, de que lo único que quería ser era escritora. “No recuerdo muy bien el momento en que di ese salto al vacío para dejar de ser escritora aficionada y convertirme en escritora profesional, pero ocurrió milagrosamente y eso es algo que todo escritor anhela, para mí fue asombroso”, recuerda.

Sin embargo, Martí no solo sería mentor, sino también una sombra de la que muchas veces trataría de apartarse. Pues su estilo, tan poderoso y único, siempre amenaza con contagiar a todo el que lo estudia y convertirlo en un simple epígono. De modo que siguió, cual tablas de la ley, sus preceptos sobre poética; pero procuró mantener a raya la influencia de su estilo, cuidándose mucho de imitarlo y siempre transitando su propio camino. Casi parece un conflicto freudiano. ¿Una relación de amor-odio, quizá?

“No, no es odio —se apresura a contestar—, pero sí miedo. Odio nunca”, sonríe.

Además, fue Martí quien le legó su noción personal de lo que debe ser el fin de la literatura y la poesía: acercarse a la vida. O sea, establecer un diálogo con la realidad, donde intentará, a través del lenguaje, plasmar la esencia de la misma. Por eso es que constituye, al mismo tiempo, objeto y vía del conocimiento. De esa tensión entre el poeta y el mundo, surgirá el acto de creación.

“La creación poética es algo que llega y que no puedes eludir —explica—, una frase que martillea en tu cerebro cuando duermes y tienes que levantarte a escribirla, es un tejido que elaboras posteriormente pero que tiene mucho que ver con la realidad que estás viviendo y cómo eso inconscientemente va teniendo una ilación, una lógica que te va llevando al encaje del poema. Algo bastante subjetivo, racional e inconsciente, que aunque parezcan tres palabras totalmente inconexas en el poema guardan relación.”

Y uno llega a comprender por qué los griegos, que ya todo lo inventaron, veían al vate como un iluminado, un profeta. Pues él, quizá sin ser del todo consciente, tenía la fórmula para condensar la verdad, la pasión y el intelecto en una sola pieza. Esta necesidad de atrapar esencias es el mismo impulso que hoy —tantos siglos después, sin poseer ni la mitad de la gloria que disfrutaron sus antecesores y con la amenaza constante de perecer en el olvido— hace que algunos se levanten, en medio de la noche, a garabatear en cualquier trozo de papel esas palabras cuya combinación, única e irrepetible, harán el poema.

 
 
 
 
   
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