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En octubre de 1989, un
mes antes de la caída
del muro de Berlín, el
escritor Leonardo Padura
Fuentes visitó por
primera vez la casa de
León Trotski, en
Coyoacán. Aquel
sitio “que era un
monumento al miedo, a la
persecución, a la
imposibilidad de
escapar, tocó una fibra
muy especial dentro de
mí. La figura de Trotski
absolutamente
desconocida,
vilipendiada y
calumniada”, desató en
él la misma pasión que
el lector puede vivir a
lo largo de más de 500
páginas de un libro
“escrito y pensado desde
la Isla”: El hombre
que amaba a los perros.
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Luego de
La novela de mi vida
(2002) sobre el poeta
José María Heredia, el
escritor, ganador en dos
ocasiones del codiciado
Premio Internacional
Dashiell Hammett,
invirtió cinco años de
investigación para
acometer ese proyecto al
que suele catalogar como
“una novela compleja en
todos los sentidos:
histórico, político,
literario, estructural e
idiomático”. Y que al
decir del Premio
de literatura Reynaldo
González, es “un volumen
que va más allá de
disciplinas y deberes,
pues, realiza una
búsqueda de cultura y
valores ético-morales”.
“La escritura me
llevó tres años,
confiesa el también
periodista. Me fue muy
útil la experiencia de
La novela de mi vida,
aunque aquello era más
sencillo y específico y
en un contexto más
limitado
que este, que
obliga a tener una
visión más abierta,
ecuménica, hasta ir
creando tu propia
opinión”.
El título, además de
homenajear a Raymond
Chandler, uno de los
principales afluentes de
la obra de Padura, alude
a un rasgo común en la
personalidad de Trotsky
y Mercader: el amor a
los perros.
“Son tres historias que
confluyen en determinado
momento. Por una parte
el exilio de Trotski
(1929-1940). Hice una
línea que tiene a
Mercader como centro y
en la cual se explica un
poco su origen familiar.
El cambio de
personalidad de este
hombre que estuvo en el
círculo más cercano de
Trotski. Y una tercera
línea que se desarrolla
en Cuba a partir del
hecho histórico probado
de que Mercader vivió y
murió aquí. Todo es pura
ficción. Parto de la
especulación de que
Mercader le pudo haber
contado esa historia a
alguien: un escritor
relativamente joven.”
En 2009 la editorial
española Tusquets la dio
a conocer. En febrero
pasado vio la luz en
Cuba bajo el sello de
Ediciones Unión y se
convirtió, en opinión de
muchos, en el evento
editorial del año,
mientras para su autor
constituyó el derrumbe
de algunos “mitos”.
Desde entonces, El
hombre que amaba a los
perros cuenta ya con
diez ediciones
internacionales. La
Asociación de Libreros y
Editores Independientes
(Initiales) de Francia
la reconoció como el
mejor libro extranjero
publicado en 2011, y en
Italia obtuvo el V
Premio letterario
Francesco Gelmi di
Caporiaco (2010) en la
categoría de novela de
investigación histórica.
A estos lauros se suma
ahora el Premio de la
Crítica 2011, otorgado a
los títulos más
importantes de autores
vivos que hayan sido
publicados por
editoriales cubanas.
Para Padura significa
“una compensación”, que
no implica desconocer
algunas deudas. “El
libro nunca llegó a las
librerías. En la Feria
del Libro se vendieron
unos pocos ejemplares.
Tampoco se le ha dado la
promoción que ha tenido
en España,
Latinoamérica, Italia,
Francia, Dinamarca,
Portugal...”
Constituye también una
distinción al
“empecinamiento y la
disciplina” de quien
trata “de ser lo más
sincero posible con los
asuntos con los que
trabajo, siempre
pensando que no escribo
para premios ni editores
extranjeros, sino para
los lectores cubanos,
como todo el mundo
sabe”.
No es la primera ocasión
que recibe el Premio de
la Crítica. ¿La
dimensión y repercusión
de este libro le
confiere algún sentido
especial?
Es la séptima ocasión
que lo gano. Pero que
sea con esta novela, en
Cuba, sin duda tiene una
connotación especial.
No solo literaria, sino
también política. En
otras épocas los jurados
habrían dejado pasar el
toro. Esta vez lo
han tomado por los
cuernos.
No solo yo, sino también
ellos forman parte del
gran cambio de
pensamiento que existe
en Cuba y de la
conciencia de que es
imprescindible repensar
nuestra historia, y la
del socialismo en el
siglo XX, que, no es un
secreto, terminó en un
gran fracaso.
Una breve revisión a su
obra revela cierta
afición por los
personajes históricos
con un destino trágico.
¿Puede explicar esa
preferencia?
Siento una atracción
especial y ellos
mantienen una relación
muy cercana conmigo.
Ninguno está escogido al
azar o es fruto de una
aparición.
Cuando escribí Adiós,
Hemingway tenía una
contradicción literaria
y humana con ese autor.
Un escritor al que
admiro, y que su
biografía se me fue
desmoronando en la
medida que la conocí.
Heredia me dio la pauta
de cómo un hombre que
vivió hace 200 años
poseía un sentido de
cubanía y un sentimiento
de pertenencia hacia
algo que aún no existía:
la isla de Cuba.
El motivo
para rescatar a Trotsky
fue la conmoción de
haber entrado en su casa
hace 20 años, donde fue
asesinado por órdenes
directas de Stalin a
manos de Ramón Mercader.
La novela empezó a
crecer cuando supe que
aquel personaje anónimo
en la historia había
vivido los cuatro años
finales de su vida en
nuestro país.
León Trotski es una
figura muy estudiada.
¿Cómo se planteó abordar
al personaje?
No creo que haga ninguna
revelación especial
respecto a Trotski. Solo
contextualizo su
pensamiento y trato de
dramatizar esos años en
que fue marginado,
perseguido, acosado
hasta que logran
asesinarlo.
Mercader, sin embargo,
es una figura
absolutamente oscura,
sin biografía, sobre el
cual existe un solo
libro que hizo su
hermano Luis Mercader, y
está escrito desde el
interés de la familia de
justificar sus
actuaciones. Con él hago
un análisis de su
posible pensamiento a
partir de los hechos que
se conocen y los que
debieron ocurrir. Los
datos que coloco están
rodeados de todo un
ejercicio de imaginación
novelesco para poder
completar la dimensión
del personaje.
El hombre… ha generado múltiples lecturas.
Algunos la tildan de
antiestalinista o
antirrealismo
socialista. Más allá de
la ficción, el personaje
de Iván supone una
especie de alter ego
suyo. ¿No teme que se
cuestione a voz en
cuello su ideología?
Cuando uno escribe una
novela, se expone a
todo. Y en el caso de
El hombre que amaba a
los perros el riesgo
se multiplica. Pero no
me preocupa. La novela
refleja una
realidad documentada,
“real”, histórica. Si
ciertos ortodoxos emiten
esos tipos de
juicios, también ellos
tienen su derecho. Lo
cierto es que la
enorme mayoría de los
lectores que me
han hablado de ella me
agradecen haber escrito
esa historia que
consideran necesaria y
reveladora,
especialmente para los
cubanos.
En la obra defiende la
posibilidad de que el
ser humano se rige por
una utopía. Un intento
quizá por hacer pensar
en las aspiraciones del
hombre del siglo XXI…
Trabajo con la gran
utopía del hombre desde
los albores de la
civilización: la
sociedad perfecta, de
los iguales, de la
justicia. Existió un
proceso revolucionario
que permitió llegar a
esa sociedad, pero muy
pronto esa utopía se
pervirtió. El stalinismo
es la deformación del
ideal utópico del
socialismo.
Desde los inicios de la
Revolución Rusa se
introdujeron medidas que
iban en contra de esa
utopía.
Cuando mueren Lenin y
Trotski, esta
deformación llega a
límites francamente
criminales. Moscú se
fundamentaba en una
política de terror, y
este proceso es la punta
de un iceberg de terror
que recorrió todos los
niveles sociales.
Hoy se habla de un
socialismo del siglo
XXI, y todavía están por
definirse cuáles de los
errores del siglo pasado
no se cometerán. Hay que
redefinir una utopía.
Habría que repensar el
papel del hombre en un
futuro inmediato. Hace
30 años cuando Ridley
Scott hizo Blade
Runner, aquella
ciudad de Los Ángeles de
2019 parecía una ciudad
muy lejana. La
posibilidad de que el
mundo viviera aquellas
condiciones parecía un
puro juego futurista de
ciencia ficción, la
visión poética de un
futuro lejano. Hoy es
evidente que ese futuro
puede ser el de la
humanidad, quizá no en
2019, pero sí en 2029.
La catástrofe que se nos
avecina, hace necesario
un nuevo modelo de
sociedad, y esa es la
utopía a la que debemos
aspirar los hombres del
siglo XXI.
Busca siempre superarse
a sí mismo en cada
entrega literaria, sin
perder la comunicación
con su público. ¿En este
sentido se han cumplido
sus expectativas para
con este libro?
Esta es una novela más
compleja que todas las
que he escrito
anteriormente. No puedo
conformarme con haber
logrado un nivel de
comunicación y
sacrificar un espíritu
de búsqueda. La obra
literaria tiene como
función fundamental
hacer un acto público
que solo se logra con la
lectura. Es mi
aspiración que la novela
se lea con agrado, con
pasión, que la gente se
identifique con los
personajes y que la
historia sea reveladora.
El libro a pesar de ser
mucho más denso que los
anteriores, más cargado
de historia, política,
filosofía, más largo y
compacto, logra tener
suficiente atractivo.
¿Qué significa para
Leonardo Padura ser uno
de los novelistas
cubanos más leído en la
Isla?
En lo práctico tiene su
repercusión, en lo
creativo no. Sigo
sintiendo la misma
inseguridad e
incertidumbre de
enfrentar un nuevo
proyecto, sin saber cómo
va a fraguar y eso hace
que trabaje con mucho
cuidado cada texto. No
niego que la práctica de
la escritura me ha dado
cierta soltura
profesional, experiencia
y, sobre todo, me ha
enseñado a tener
paciencia.
El Conde vuelve a las
andadas
Dentro del género
policiaco en
Latinoamérica, Leonardo
Padura se erige cual
suerte de gurú, en el
intento de hacer una
literatura de altos
valores estéticos y con
una proyección
fundamentalmente social.
Su serie de seis novelas
escritas entre 1991 y
2005, que tiene como
personaje protagónico al
investigador Mario
Conde, le ha ganado la
popularidad del lector.
¿Es acaso Mario Conde un
pretexto para adentrarse
en los problemas de la
sociedad cubana?
¿Volverá el inquieto
personaje a las andadas?
Mario Conde es una
compensación de búsqueda
que hicieron otros
escritores. Desde la
perspectiva cubana logro
aclimatar y darle voz
propia a la realidad de
la literatura en la
Isla, que Conde
representa. Pienso que a
veces es un pretexto
para adentrarme más en
lo social, pues la
novela negra es un
género tan capaz de
revelar una sociedad
contemporánea como
cualquier otra.
Solo estaba dándome un
tiempo para separarme de
este último libro. A
veces he tratado de
empezar una novela
demasiado cercana al fin
de la otra y resulta que
sigo escribiendo la
misma. Pero ya Conde
toca a la puerta. La
historia pasa por el
Miami de los judíos
cubanos, por el
Ámsterdam de Rembrandt,
por la Cuba de los 30,
los 50 y la actual. Es
un proyecto tan
ambicioso como El
hombre... Contiene
conflictos filosóficos.
El más importante de
ellos, la relación entre
el hombre y su albedrío,
la noción de la libertad
del individuo en
distintos sitios y
épocas históricas. Va a
ser una antinovela
policial, pero a la vez
muy policial. Una novela
sobre la libertad. |