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Gertrudis
Yo Claudia, Fausta, La
Gataparda, Doña Segunda
Sombra, La guardiana en
el trigal, La Principita,
Edipa Reina, La Cida
Campeadora, Romea y
Julieta, Mamá Goriot, La
loba esteparia, Tartufa,
Las Buddenbrook, Doña
Quijota de la Mancha, La
extranjera, La Maestra y
Margarita, ¿verlo todo
al revés?, ¿desde “otro”
punto de vista? ¿El
cuento como yo me lo
sé?, ¿El evangelio según
María Magdalena?
A veces los muertos
preguntan ¿qué fue de
nosotros?, ¿nadie se
acuerda?, ¿quién va a
hacer la historia? Basta
apenas un poco de olvido
para que los muertos y
las muertas acudan
impacientes a pasar la
cuenta.
Vine a Comala, porque me
dijeron que acá vivía mi
madre, una tal Petra
Páramo... Más o menos
podría empezar así,
aunque no me trae la
ilusión de cumplir una
promesa, tan sólo que
rezuman los murmullos y
salten al techo las
gatas encerradas.
Quizá resulte imposible
ceñirse a confidencias
propias y repunten
algunos disimulos
ajenos. ¿Se acuerdan de
aquella película de Bergman,
Sonrisas de una
noche de verano? Uno de
los personajes requiere
a una anciana
apoltronada en la cama
por sus razones de
mantener silencio sobre
ciertos picarescos
recuerdos y ella
responde, maliciosa, que
aquel palacio donde
residía le había sido
entregado a cambio de
que no los revelara.
Visto el caso, puedo
evocar mis memorias con
toda tranquilidad sin
romper compromiso
alguno.
Memorias de Adriana.
La mujer invisible, La
satiricona, Cándida,
Cyrana de Bergerac, Lady
Jim, La gran Gatsby,
Martina Fierro, Poetisa
en New York, Las tres
mosqueteras, La
prisionera de la máscara
de hierro, Nazarina,
Polifema y Galatea,
Lazarilla de Tormes,
Huckleberria Finn, Las
hermanas Karamasova,
Oliveria Twist, Las
desnudas y las muertas…
¿Y contar otra vez la
vieja patraña de buenos
contra malos, obsesiones
y aprendizajes de
juventud, locura y
muerte, cazadores y
arponazos, con el mar de
decorado de fondo, la
captura de una ballena
blanca, de Mobysa Dick?
De acuerdo, pero
“llámenme Fulana”, una
del montón, de Las
miserables, en cinco
tomos.
Martín
El olor a sofrito
inundaba toda la casa.
Martín resistió la
tentación de anotar para
el manuscrito cómo se
confeccionaba un sofrito
cubano, puñetera
práctica en boga de
incluir recetas de
cocina.
De un tiempo a esta
parte no se le iba de la
boca el vocablo
puñetería. Desde que las
cosas empezaron a salir
mal, todo le parecía
“puñetero”. Además de
los conflictos públicos,
de las situaciones
calamitosas, de la
trabajosa escritura, le
cayó encima la puñetería
de vivir en Alamar, el
puñetero barrio de
Alamar, en el este de La
Habana.
Pese a sus intenciones,
el espíritu de Martín
acumulaba sobre una
imaginaria tabla de
madera las rodajas de
cebolla, los fragmentos
de ají espulgados de
semillas, los ajos bien
pelados y machucados,
todo sumergido después
en el aceite hirviendo,
dorándose con lentitud y
despidiendo aquel aroma
inefable.
Martín abrió las aletas
de la nariz y anotó en
una de sus tarjetas
mentales que las
resonancias de los
olores del sofrito lo
asemejaban a la
magdalena, el panqué de
Marcel Proust. Sus
efluvios lo remitían a
la cocina de la abuela
Antonia en la calle
Amistad, en pos del
tiempo perdido sin
remedio. Esa asociación
demasiado culta
desentonaba y solo
podría servirle más
adelante para insuflar
densidad a algún texto.
La mamá de Martín, de
espaldas, atendía las
exigencias de la cocina,
y no asistió a esa
evocación escindida
entre las magdalenas
proustianas y la
irresistible fragancia
del sofrito. Tampoco
pudo presenciar la
angustia de Martín ni el
movimiento de sus
hombros, o de un único
vistazo hubiera
adivinado que algo
pasaba. Ella seguía
ensimismada con la
paleta de madera,
revolviendo las especias
en el aceite para que no
se pasaran en el hervor
y mantuvieran el punto
dorado de la exquisitez.
Martín tuvo tiempo de
recomponer su ánimo,
atragantarse la bola que
subía y bajaba por los
conductos del pecho,
donde se juntaban la
nostalgia por la cocina
de la abuela Antonia, la
magdalena de cuando Proust era probablemente
un guajirito glotón, las
ganas de escribir al
menos una página
memorable como aquella y
el olor del sofrito
preparado por su mamá.
Trató de prolongar todo
lo posible la escena de
inocencia en la cocina
de su casa, tan
vulnerable como todos
los instantes
inexplicablemente
dichosos.
Martín le seguía
diciendo “su casa”,
aunque hacía casi
treinta años que se
había marchado, a
mediados de los sesenta,
los puñeteros sesenta,
como todos los que, por
aquella época,
abandonaron sus hogares,
unos para los estudios
en la beca como él
mismo, otros para el
impenitente destierro,
los de más allá, con
poca o mucha suerte,
quién podría decirlo, a
la guerra y a la muerte.
Pero no venían a cuento
ahora los viajeros, los
suicidas, los
expulsados, ni los
desbarajustes que se
habían ido acumulando en
la memoria. Martín cerró
el archivo de los
recuerdos generacionales
y volvió a inmiscuirse
en el olor del sofrito y
en las manos de su mamá
con la paleta de madera,
dando vueltas a las
cebollitas, los ajos y
los ajíes en el aceite,
tal como le había visto
hacer desde siempre,
algo inclinada sobre las
hornillas, sin delantal
y pensando en las
musarañas, con un
reguero de cucharones,
pomos y platos al lado;
una mano titubeante, la
izquierda, agarrando el
mango de la sartén,
mientras su mano derecha
revolvía con la espátula
el mejunje que los
cubanos llaman sofrito.
—No —advirtió ella—. Ni
se te ocurra mojar pan
en el sofrito. Espera a
que sirva la comida.
Martín retrocedió por el
pasillo y se sentó ante
la mesa del comedor.
“¿Ya están los
resultados del
análisis?”, preguntó la
mamá de Martín,
aparentando dejadez.
“No, quizá la semana
que viene”, contestó
Martín. Esos días de
espera, solo para la
confirmación de los
temores, no atenuaban el
puñetero miedo.
Martín se acodó sobre el
blanco y algo raído
mantel. Hasta allí
seguía llegando el
perfume de la cocina,
mezclado ahora con el
familiar vaho de los
muebles, esa tenue
combinación de barniz y
humedad de la casa de su
mamá en el Vedado.
Mirta
Yáñez: Poeta,
narradora y crítica.
Obtuvo el Premio de la
Crítica 2010 con su
novela Sangra por la
herida. Había
obtenido ya el mismo
reconocimiento en 1988
con El diablo son las
cosas, en 1989
con La narrativa del
romanticismo en
Latinoamérica y en
2005 con Falsos
documentos. Ha
publicado, entre otros
libros,
Algún lugar en ruinas
y Narraciones
desordenadas e
incompletas. |