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Cuando comencé mi
carrera, soñando ser
actor algún día, tres
personalidades señalaban
el horizonte
indicándonos el camino:
Vicente Revuelta,
Roberto Blanco y Berta
Martínez.
Soy de esa generación
que valora y rinde
tributo a los
predecesores. Nunca
negar; asimilar.
Aprender de ellos. No
imitar. Buscar el camino
propio, pero conociendo
el que transitaron los
otros. Por eso estos
teatristas me marcaron.
Y cosa curiosa: eran
tres excelentes actores.
A la vez, directores. En
mi memoria los veo
actuando en algunos
personajes inolvidables.
Veo a Roberto
desplazándose por ese
escenario del Teatro
Mella en
Fuenteovejuna y
aparecer en lo alto
aquella fabulosa reina
de España de Berta. Y a
Vicente con aquella bata
y la cabeza rapada en el
juez de El círculo de
tiza caucasiano.
Pero lo que me unió a
Berta en un sentido más
profundo, fue el estreno
en el Mella de Vade
retro, por el
Conjunto Dramático de
Camagüey, que constituyó
un suceso aunque algunos
desmemoriados prefieran
ignorarla. Berta era
amiga de su director y
por ahí comencé a
frecuentarla y a
intercambiar los sucesos
disímiles y las
reacciones de todo tipo
que provocaba esta obra.
Creo que surgieron esos
vínculos que unen a los
creadores. Por supuesto,
ella era la maestra.
Ella sigue siendo la
maestra.
En nuestros encuentros,
Berta tomaba la batuta
—es
una gran comunicadora—
y siempre se nos iban la
horas. Hablaba del
teatro de imágenes,
cuando muchos preferían
la preponderancia de la
palabra. De la atmósfera
y el trabajo de luces
para lograrlas. Del
movimiento escénico para
valorar un texto. Y debo
destacar que Berta es
minuciosa, detallista.
Todo bajo control.
Es memorable la cadena
de acciones de Berta en
Contigo pan y cebolla,
pero recuerdo aquel
vestido lleno de botones
de La ronda y
Berta haciendo gala de
una extraordinaria
maestría para zafarlos y
volverlos a poner, como
una coreografía, sutil y
al mismo tiempo elegante
y dramática. La escena
de la escalera de El
perro del hortelano
y aquel vestido que se
deslizaba como si no
perteneciera a la actriz
que lo portaba, que se
iba solo. De la muda
Catalina en Madre
coraje se ha hablado
mucho. Pero nunca había
visto tanta fuerza en un
silencio.
El destino nos unió
definitivamente en La
reina de Bachiche.
No se trataba de un
encuentro amistoso. El
joven autor y la
Directora. En la memoria
vivo aquellas sesiones
de trabajo en su casa,
en las que Berta
intentaba saber hasta el
más mínimo detalle,
todos los por qué. Y
después aquellos ensayos
en la nave de madera de
L y 11. Berta construía
el mundo de mis
pesadillas y al mismo
tiempo se divertía
recogiendo elementos
para la escenografía en
los basureros. Aquellos
ensayos con Berta al
frente, sacudiendo a los
actores, motivándolos,
eran la mejor
representación que he
visto en mi vida.
Muchas personas vivieron
estos momentos y
comentan lo mismo. No
hacía falta llevar eso a
un teatro. Berta había
iniciado una nueva
relación
público-actores-director.
Siempre he pensado que
al no poder llevarlo a
un teatro, por razones
que no vienen al caso
explicar, ella volcó
todas sus ideas en la
memorable Don Gil de
las calzas verdes.
Por mi mente pasan las
increíbles imágenes, o
impactantes imágenes de
Bodas de sangre y
de Bernarda, la
primera, su primera
versión.
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Don Gil de
las calzas verdes,
1969 |
A lo largo de mi
relación con ella, en
las interminables
charlas y visitas
descubrí que Berta se
apasionaba con todo.
Berta coleccionaba
discos con grabaciones
del Alhambra, con
estrellas de esa época.
No me extrañó para nada
que incursionara en este
género con Las
Leandras. O con
El tío Francisco y las
Leandras, o con
La verbena de la paloma.
Inquieta como es, tenía
que experimentarlo todo.
Fue una asidua asistente
a mis funciones en el
Teatro Musical. Podría
pensar que por razones
de amistad, pero
comprendí que ella no
desaprovechaba cualquier
situación para estudiar,
analizar y explicar.
Creo que esto explica un
tanto su personalidad.
Una perenne estudiosa de
cualquier tema. Lo mismo
me daba una conferencia
sobre dialéctica que
sobre el diseño de
luces.
Recordando y recordando,
recuerdo que he dedicado
pocas obras en mi vida,
francamente no me gusta
mucho, pero la primera
dedicatoria fue a Berta
cuando escribí Juana
de Belciel más conocida
por su nombre de
religión como Madre
Juana de los Ángeles.
Es probable que en mi
subconsciente le
estuviera enviando un
mensaje o quizá del
mismo modo había pensado
en ella al construir
este personaje. Me
refiero a esa actriz
idílica que dicen que se
sienta frente a algunos
dramaturgos, o a todos
los dramaturgos. De
todos modos, viviendo
estas memorias, me
gustaría que Berta, con
sus juveniles 80 años,
no nos privara de su
presencia en la escena,
quizá en una obra
dirigida por ella, claro
está, y que aparezca en
la escena, aunque sea
con un solo texto y
mirándonos fijo desde
allí, con su imponente
silencio orgánico y su
infantil mirada, nos
diga: ¡Aquí estoy!
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