La Habana. Año X.
1ro al 7 de OCTUBRE
de 2011

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Berta en las vivencias de la memoria
José Milián • La Habana

Cuando comencé mi carrera, soñando ser actor algún día, tres personalidades señalaban el horizonte indicándonos el camino: Vicente Revuelta, Roberto Blanco y Berta Martínez. 

Soy de esa generación que valora y rinde tributo a los predecesores. Nunca negar; asimilar. Aprender de ellos. No imitar. Buscar el camino propio, pero conociendo el que transitaron los otros. Por eso estos teatristas me marcaron. Y cosa curiosa: eran tres excelentes actores. A la vez, directores. En mi memoria los veo actuando en algunos personajes inolvidables. Veo a Roberto desplazándose por ese escenario del Teatro Mella en Fuenteovejuna y aparecer en lo alto aquella fabulosa reina de España de Berta. Y a Vicente con aquella bata y la cabeza rapada en el juez de El círculo de tiza caucasiano.

Pero lo que me unió a Berta en un sentido más profundo, fue el estreno en el Mella de Vade retro, por el Conjunto Dramático de Camagüey, que constituyó un suceso aunque algunos desmemoriados prefieran ignorarla. Berta era amiga de su director y por ahí comencé a frecuentarla y a intercambiar los sucesos disímiles y las reacciones de todo tipo que provocaba esta obra. Creo que surgieron esos vínculos que unen a los creadores. Por supuesto, ella era la maestra. Ella sigue siendo la maestra.

En nuestros encuentros, Berta tomaba la batuta es una gran comunicadora y siempre se nos iban la horas. Hablaba del teatro de imágenes, cuando muchos preferían la preponderancia de la palabra. De la atmósfera y el trabajo de luces para lograrlas. Del movimiento escénico para valorar un texto. Y debo destacar que Berta es minuciosa, detallista. Todo bajo control.

Es memorable la cadena de acciones de Berta en Contigo pan y cebolla, pero recuerdo aquel vestido lleno de botones de La ronda y Berta haciendo gala de una extraordinaria maestría para zafarlos y volverlos a poner, como una coreografía, sutil y al mismo tiempo elegante y dramática. La escena de la escalera de El perro del hortelano y aquel vestido que se deslizaba como si no perteneciera a la actriz que lo portaba, que se iba solo. De la muda Catalina en Madre coraje se ha hablado mucho. Pero nunca había visto tanta fuerza en un silencio.

El destino nos unió definitivamente en La reina de Bachiche. No se trataba de un encuentro amistoso. El joven autor y la Directora. En la memoria vivo aquellas sesiones de trabajo en su casa, en las que Berta intentaba saber hasta el más mínimo detalle, todos los por qué. Y después aquellos ensayos en la nave de madera de L y 11. Berta construía el mundo de mis pesadillas y al mismo tiempo se divertía recogiendo elementos para la escenografía en los basureros. Aquellos ensayos con Berta al frente, sacudiendo a los actores, motivándolos, eran la mejor representación que he visto en mi vida.

Muchas personas vivieron estos momentos y comentan lo mismo. No hacía falta llevar eso a un teatro. Berta había iniciado una nueva relación público-actores-director. Siempre he pensado que al no poder llevarlo a un teatro, por razones que no vienen al caso explicar, ella volcó todas sus ideas en la memorable Don Gil de las calzas verdes. Por mi mente pasan las increíbles imágenes, o impactantes imágenes de Bodas de sangre y de Bernarda, la primera, su primera versión.


Don Gil de las calzas verdes,
1969

A lo largo de mi relación con ella, en las interminables charlas y visitas descubrí que Berta se apasionaba con todo. Berta coleccionaba discos con grabaciones del Alhambra, con estrellas de esa época. No me extrañó para nada que incursionara en este género con Las Leandras. O con El tío Francisco y las Leandras, o con La verbena de la paloma. Inquieta como es, tenía que experimentarlo todo. Fue una asidua asistente a mis funciones en el Teatro Musical. Podría pensar que por razones de amistad, pero comprendí que ella no desaprovechaba cualquier situación para estudiar, analizar y explicar. Creo que esto explica un tanto su personalidad. Una perenne estudiosa de cualquier tema. Lo mismo me daba una conferencia sobre dialéctica que sobre el diseño de luces.

Recordando y recordando, recuerdo que he dedicado pocas obras en mi vida, francamente no me gusta mucho, pero la primera dedicatoria fue a Berta cuando escribí Juana de Belciel más conocida por su nombre de religión como Madre Juana de los Ángeles. Es probable que en mi subconsciente le estuviera enviando un mensaje o quizá del mismo modo había pensado en ella al construir este personaje. Me refiero a esa actriz idílica que dicen que se sienta frente a  algunos dramaturgos, o a todos los dramaturgos. De todos modos, viviendo estas memorias, me gustaría que Berta, con sus juveniles 80 años, no nos privara de su presencia en la escena, quizá en una obra dirigida por ella, claro está, y que aparezca en la escena, aunque sea con un solo texto y mirándonos fijo desde allí, con su imponente silencio orgánico y su infantil mirada, nos diga: ¡Aquí estoy!  
 
 
 
 


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