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Para Saskia Cruz
Los años, la
experiencia, la madurez
intelectual,
permiten decantar en
cualquier fenómeno de la
vida,
lo verdaderamente
perdurable de aquello
que
en apariencia es
renovador, “nuevo”.
B.M.
Berta Martínez es una
artista de talla mayor,
sin embargo parece ser
tan inefable como el
teatro mismo. Difícil
resulta evocarla sin
antes esclarecer los
complicados sortilegios
de su escurridiza,
imponente y enigmática
presencia. Cualquier
dosis de respeto y
admiración será
insuficiente para
quienes intenten, más
allá de la consideración
puntual sobre una de sus
tantas creaciones,
apresar en varias
cuartillas la dinámica y
trascendente estatura de
su obra sobre la escena,
crecida en los tantos
roles que el teatro le
ha permitido encarnar
como actriz, maestra,
directora, diseñadora.
Semejantes
encarnaciones la
convierten en lo que
realmente es, una mujer
imprescindible del
teatro cubano.
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Contigo pan y
cebolla |
Al mirar ahora el manojo
de notas, recortes
periodísticos y
comentarios azarosamente
guardados, me percato de
la urgencia de un
estudio profundo sobre
la totalidad de la obra
Berta, pues su hacer
no es un legado que ha
de permanecer solo en la
memoria y las emociones
de quienes le han
acompañado en sus
disímiles creaciones,
sino de todos los que
podemos reconocerla en
su entrega presente y
actuante al teatro de
estos días. Ante la
ausencia de tal empresa
investigativa, mis
palabras que no
pretenden resolver esa
deuda impostergable,
solo pueden dar fe del
decisivo impacto que los
espectáculos de Berta y
sus enseñanzas han
dejado en nuestra
conciencia teatral. No
se trata, por tanto, de
una reconstrucción
pormenorizada que ordene
lo que ahora mismo
todavía es imagen "en
progreso". De ahí los
saltos en el tiempo, la
renuncia deliberada a
cualquier seguimiento
cronológico, o a la
plasmación en conceptos
y categorías de una
experiencia creadora no
agotada en sus
potenciales estudios.
Sirve la memoria, mezcla
de emociones y certezas
que el tiempo sitúa en
mejores condiciones de
observación, como guía y
amparo para estas
cuartillas, con la
esperanza de que lleguen
otras más sustanciosas y
seguras, escritas por
otros estudiosos
empeñados también en
llenar páginas
ineludibles de la
historia teatral cubana
contemporánea,
contentiva de la obra
insoslayable de Berta
Martínez.
Por esas razones, el
recuerdo persistente
devuelve ahora la
sorpresa inicial. Sobre
el escenario despejado
del Hubert de Blanck,
transcurrían las
imágenes de Bodas de
sangre, de Federico
García Lorca. La huida
de La Novia y Leonardo a
través de un bosque
interminable, acontecía
mediante la síntesis y
la contundencia visual,
aportadas por la
mutación de finísimas
varas de madera desnuda
que trasponían la escena
de lado a lado, a manera
de vallas que vencer por
los amantes impetuosos.
Bajo el conjuro de los
versos, los cantos, las
voces y los cuerpos de
los actores, sobre
quienes se levantaba
también el embrujo de
“la muerte”, emergía
un espectáculo
contrastante, total,
hermoso, diferente, en
el que las virtudes del
elenco soportaban la
seducción de la imagen.
Tan singular belleza
escénica de alto
contenido dramático,
distante de las
figuraciones realistas
frecuentes en las
entregas de Teatro
Estudio, nos llegaba en
el mismo escenario de
siempre gracias a la
impronta creativa de
Berta Martínez.
La intensidad creadora
de la actriz, la
directora escénica y la
diseñadora escenográfica
y de luces, constituyó
uno de los hitos de
mayor relieve para
quienes arribamos al
universo del teatro
cubano en la década del
80, dispuestos a
conquistar un espacio
profesional dentro del
complejo entramado de
poéticas y aportaciones
formadoras encabezadas,
junto a Berta, por
Vicente Revuelta y
Roberto Blanco, pilares
certeros de los
discursos teatrales más
significativos de
aquellos años.
También en los 80,
gracias a las
reposiciones de
Contigo pan y cebolla,
obra emblemática de
Héctor Quintero, muchos
de nosotros tuvimos la
extraña suerte de
asistir a las últimas
presentaciones de Berta
en su creación de Lala
Fundora, una de las
mejores “madres” de las
familias teatrales
cubanas. Esa fue una
vivencia primordial
sobre una trascendental
actuación verosímil de
elevado aliento humano,
desarrollada a partir de
los presupuestos
realistas
stanislavskianos en una
escena eminentemente
popular, propiciada por
el texto de Quintero.
De este modo, los
nombres de Berta
Martínez y Lala Fundora
se fundieron en una
entidad de indiscutible
solidez artística y
humana. La energía
vital, la precisión
técnica, la veracidad
del carácter construido
como eje de la familia
ahogada por la estrechez
económica y la amplitud
de esperanzas, situaban
a Lala —y a Berta— en el
centro del
acontecimiento teatral.
A un mismo tiempo nos
llegaban los afectos,
las incomodidades y las
tensiones de la madre,
junto a la pulcritud de
las emociones y de las
cadenas de acciones
físicas, el dominio del
gesto, de la voz y de
las miradas, como
verdadero centro de la
imagen escénica. En
medio de un elenco de
excelencias, Berta hacía
mover los hilos
profundos del acontecer
general del espectáculo
y del público,
“atravesando” un
personaje que desde el
estreno de la obra el 6
de febrero de 1964, bajo
la dirección de Sergio
Corrieri, se transformó
para ella en una especie
de alter ego
compartido entre la mamá
de Anselmito y Lalita,
y la actriz, nacida en
Yaguajay el 7 de abril
de 1931.
Sobre aquella
experiencia inicial,
José Manuel Valdés
Rodríguez escribió en el
diario El Mundo,
el 11 de febrero:
“Berta Martínez, actriz
sensitiva, inteligente y
con oficio, rinde una
excelente faena en Lala,
la protagonista. Las
inflexiones de la voz,
el énfasis de cada
frase, la concordancia
entre la línea física,
plástica, y el tono oral
componen un personaje
bien centrado, sostenido
consecuentemente, rico
en matices y acentos
caracterizadores
definidores”.1
Las apreciaciones de
Valdés Rodríguez
registraban el impacto
de la lucidez
interpretativa alcanzada
por Berta entrada la
década del 60, cuando ya
era una de las
principales artistas de
Teatro Estudio, luego de
transitar por
importantes agrupaciones
y experiencias creadoras
medulares del teatro
cubano.
En los 80, Berta
Martínez y Federico
García Lorca,
constituyeron un dúo
teatral indivisible. El
andaluz y la villareña
parecían estar hechos el
uno para el otro. Pero
el Lorca que Berta
convocaba sobre la
escena era diferente del
empaque poético con el
que las palabras y los
versos articulaban los
conflictos y los
discursos de Bernarda y
sus hijas en medio del
luto, o los de La
novia, el Novio,
Leonardo, sus padres y
sus parientes,
enfrentados durante la
sangrienta boda; o mucho
más acá en el tiempo, de
los prodigios y los
enredos sentimentales de
la Zapatera y su marido.
Como si de un viaje se
tratase, quienes
accedimos a Berta en los
años 80, pudimos hacerlo
en una de las tantas
variaciones su estación
Lorquiana. Lorca
fue un eje, un motivo y
una consecuencia
recurrente en el indagar
y el quehacer escénico
de Berta. Fue y siguió
siendo un espacio de
visitaciones y preguntas
—inicialmente para la
actriz, en tanto su
última creación en este
ámbito fue Bernarda en
su primer trabajo sobre
el texto de Lorca en
1970— y luego lo fue
para la directora que
hizo crecer sus
espectáculos
contaminantes de
inteligencia, síntesis,
reflexión y poesía
escénica total, a partir
de una enjundiosa
investigación
conceptual, estructural
e ideológica en torno a
los temas y las
fabulaciones del poeta
granadino. El esplendor
de la escena, las
arriesgadas imágenes
visuales y la factura
detallada de sus
espectáculos, nos
hicieron ver a Berta
como una gran
investigadora sobre la
materialidad del texto y
sobre las
potencialidades
expresivas del discurso
de la escena, ámbito de
múltiples aportaciones
dramatúrgicas de
profunda significación
social.
Vienen ahora en mi
auxilio las palabras del
crítico Mario Rodríguez
Alemán, para corroborar
con mayor sabiduría lo
que para mí era pura
intuición emotiva:
“Representar el teatro
es un modo de pensar, de
ser, de buscar la verdad
y de entregarla al
público, de decir la
vida y la muerte y de
significar la esencia de
los seres humanos. Berta
Martínez ha logrado que
ambas piezas de Lorca
recorran un nuevo camino
con supremo bien
artístico, el de la
originalidad. Vida
intelectual e intelecto
vital vibran en estas
escenas conturbadas de
Bodas de sangre
que se parecen a las de
La casa de Bernarda
Alba. No puede ser
de otro modo, porque, en
esencia, se trata de lo
mismo: la virginidad
inmaculada, la sangre
derramada por el amor
que es una mordedura en
el corazón, la tragedia
que se cierne a cada
paso con un sentido
siempre cristiano que
llevó a Lorca a
representar el pecado y
su consecuente castigo,
la fe y el supremo dolor
que exige su defensa.
(…) Ahora Berta Martínez
ha devuelto a una nueva
realidad artística este
testimonio de vida,
sangre y muerte, y lo ha
devuelto ungida de la
gracia del talento, la
poesía y la verdad”2.
Ciertamente eran muy
bellos aquellos
espectáculos, pero
esencialmente eran muy
teatrales, signados por
la evidente conexión
entre los basamentos
teóricos, los ejercicios
de conocimientos que
ellos suponían en su
creación y,
especialmente, su
polifónica orquestación
espectacular, a partir
del alto dominio del
discurso de la puesta
alimentado por una
intensa cultura
plástica, musical,
literaria e histórica y
por la conducción
precisa del ejercicio de
los actores.
La raigambre popular
reflejada en las
creaciones de Berta,
hallaron también en los
espectáculos una
oportunidad singular de
mostrar evidencias a
partir de la detallada
indagación de modos,
formas, procederes y
motivos que subyacen al
entramado textual de
Lorca y que, de manera
peculiar, conectan con
nuestros propios
referentes culturales
hispánicos.
El bien decir y estar en
la escena, no solo
fueron los soportes de
la depurada técnica
actoral que Berta
reclamó y construyó con
sus actores y todo su
equipo de colaboradores,
sino las bases para la
concretización sobre el
escenario de las
rigurosas
investigaciones
desarrolladas sobre los
textos lorquianos.
Investigaciones plurales
que registraron los
engarces de las
estructuras del teatro
mayor de Lorca,
potenciando en ellas las
significaciones sociales
de los conflictos que
encerraban a sus
personajes en un mundo
de permanencias,
sumisiones y muertes
sembradas por las
costumbres, la
ignorancia y el desborde
de las pasiones. Berta y
Lorca se encontraban
cada noche, en cada
escena, animados por
similares inquietudes
respecto a la huella
social del teatro y los
avatares de la Historia
mayor en la que todos
nos implicamos.3
Interrogada sobre sus
diálogos con Lorca, la
Martínez ha confesado:
“A mí me gustan los
buenos textos. Lorca es
un clásico del siglo XX.
Él ha tenido que ver, en
el mundo entero, con el
desarrollo de
dramaturgos, actrices,
escenógrafos,
directores. Tengo pasión
por Lorca desde que era
muy jovencita y vivía en
Yaguajay. Allí gran
parte de la vida tenía
muchos puntos en
contacto con la de los
personajes femeninos de
Lorca. Me he pasado el
tiempo estudiándolo,
leyéndolo; sobre su
entorno social y su
época, sobre las
influencias artísticas
que pudo haber tenido.
Realmente considero que
no he montado tantas
piezas de Lorca. Pienso
que en la medida en que
se profundiza en la obra
de este artista tan
inmenso, vamos
descubriendo claves que
luego se van integrando
a una puesta en escena.
A mí me gusta mucho
estudiar en Lorca su
concepto de la muerte.
Otra cosa: con respecto
a Bodas…
por ejemplo, se tiende a
hacer mayor hincapié en
el triángulo amoroso,
pero más profundo que
eso son las profundas
causas que provocan ese
tipo de conflicto, las
causas socioeconómicas.
El triángulo amoroso
siempre va a estar ahí
en un nivel de lectura.
Nuestro deber es
profundizar en otros que
Lorca propuso.”4
Lejos estábamos entonces
de aquilatar realmente
las dimensiones
enormes de la creación y
el magisterio de Berta.
La inmediatez y la
seducción ante sus
creaciones nos hacían
vivir privilegiadamente
el efecto de su
inquietante pesquisa y
creatividad. Pero el
paso del tiempo y la
llegada de muchas otras
obras firmadas por Berta
Martínez, nos hacen
deudores de un estudio
mayor de su poética
creadora, como he dicho,
no solo para poner en
orden cronológico la
intensidad de su
inapresable currículo,
sino para ubicar su
producción escénica y su
andamiaje reflexivo, su
saber, en el camino
justo de los grandes
pensadores y hacedores
de nuestro teatro.
Porque no basta con
reconocer con
merecimientos y
distinciones la altitud
de la obra gestada a
contra pelo de las
adversidades y los
tiempos duros,
depositaria indudable de
todos los galardones
oportunos. También hace
falta la sedimentación,
la multiplicación y la
diseminación de esos
saberes atesorados, como
un acto de urgente
rebeldía contra la
soledad, el aislamiento
y las distancias
improductivas que entre
nosotros, a veces,
desdibujan el verdadero
rol de nuestros maestros
y nuestros discípulos;
roles que a la larga son
convenientes siempre
asumirlos en constante
mutación.
“Cada cual debe realizar
el teatro en que crea
como resultado
artístico. No te puedo
decir que me preparé
para un tipo u otro de
teatro. Lo único que he
hecho en mi vida es
estudiar, leer mucho,
unificar lo sensorial
con lo racional y
¡hacer! Yo no puedo
pensar que quiero montar
una obra de vanguardia
para estar a la moda,
pues entonces mi
objetivo se convierte en
esa perspectiva, y eso
es fatal.
(…) Considero que no
existe mejor dramaturgia
que la aplicación de las
leyes de la dialéctica y
la explicación de los
fenómenos a través del
materialismo histórico.
Eso me abrió un mundo.
Me siento actualmente
con mucha lucidez para
trabajar y quisiera
estar creando mientras
dure esa claridad.
Repito: nunca me he
propuesto hacer algo que
esté a la moda.”5
Las palabras de Berta,
señalan el decursar de
una obra sólida y el
reposo de la mirada
sobre un entorno
creativo preciso. Sus
puestas de Don Gil de
las calzas verdes
(1969), inspirada en el
texto de Tirso de
Molina, y Bodas de
sangre (1979), de
Lorca, fueron
consideradas en 1986
entre las diez mejores
puestas del teatro
cubano6.
Se confirmaba así, con
mayor consenso, la
evidencia de
aportaciones en el
ámbito de la puesta en
escena, las cuales
suponían un magma
creativo aún más
intenso, dinámico y
abarcador de las
diferentes disciplinas
del teatro en las cuales
Berta era sin dudas una
maestra con segura
madurez. Pero,
especialmente, las dos
nominaciones hacían ver
el permanente rigor de
la creadora al trabajar
con textos clásicos de
sólida estatura. Sobre
ellos volvía una y otra
vez para resaltar ideas,
temas o dimensiones
expresivas, y para
ofrecer a nuevos actores
y actrices la
posibilidad de recorrer
la arboladura de
personajes de innegable
complejidad dramatúrgica
y escénica de acuerdo a
los designios del
espectáculo concebido.
Antes de ingresar en
Teatro Estudio en 1961,
la Martínez había
transitado un valioso
camino en su formación y
su desempeño profesional
como actriz radial y
televisiva, locutora y
como una insaciable
espectadora de las
producciones del grupo
ADAD y el Teatro
Universitario, en los
cuales pudo ver un
extenso repertorio del
teatro universal.
Particular interés llama
en este recorrido sus
estancias en el Teatro
Martí, junto a actrices
tan notables en el
género bufo y vernáculo
como Candita Quintana,
Alicia Rico, Zoila Pérez
y otros artistas del
intenso mundo del Martí,
academia natural del
teatro musical en sus
diversos géneros y,
sobre todo, uno de los
más controvertidos y
agudos ejemplos de
creación teatral popular
cubana, fomento de
nuevos artistas y de un
público amplio ávido del
debate social, la
riqueza de lenguajes en
la escena, el humor, la
diversión y el placer
ante la espectacularidad
de cada entrega.
Allí, sobre el
escenario, Berta
enriquecía su formación
actoral y se entrenaba
en la dinámica de las
relaciones con un
público generoso que
acompañó la experiencia
del Martí —al igual que
antes el Alhambra— a
cambio de calidad
artística y disfrute
inteligente y sabroso.
Espectadores y artistas
fueron, en ese momento,
maestros naturales de
Berta. Hacia ese teatro
popular, la creadora
regresará sus visiones y
entramados escénicos y
actorales en más de una
ocasión, realizando
importantes conexiones
entre las fuentes
diversas de nuestra
cultura vernacular,
tributarias de su propia
imagen teatral.
A pesar del carácter
autodidacta de su
formación7,
los vínculos activos de
Berta con las
experiencias más
prominentes del
acontecer cultural
cubano, unido a sus
estudios de actuación,
dirección y luces en la
Bown Adams Professional
Studio de Nueva York, en
1955, y unos años más
tarde su incorporación
al Grupo Prometeo,
dirigido por Francisco
Morín, nos hacen ver la
coherencia de una
creadora empeñada en
defender un teatro de
alta calidad y
compromiso cardinal con
el arte. Teatro de arte,
teatro de indagación y
búsquedas, teatro de
formación y
conocimiento, teatro de
aspiración
modernizadora, universal
y autóctono; teatro
culto y popular en sí
mismo, son términos que
muy bien pudieran
identificar el destino y
la misión poética del
teatro de Berta
Martínez. Un teatro
indetenible en sus
aportaciones, relecturas
y cruzamientos de
fuentes, géneros,
estilos y maneras de
acceder siempre
renovadas a los
espectadores que, en
cada tiempo, han acudido
a los llamados de la
Martínez y sus actores
de Teatro Estudio,
Hubert de Blanck o de
otros grupos en los
cuales ha sembrado sus
imágenes.
Entre esas imágenes que
la memoria colectiva del
teatro cubano guarda, se
encuentran los
testimonios de mi
maestro Rine Leal sobre
varias de las
actuaciones de Berta en
Prometeo, grupo que le
permitió consolidar su
obra interpretativa al
lado de grandes actrices
como Ernestina Linares
y, al mismo tiempo,
asumir las enseñanzas de
Morín sobre una práctica
creadora de máximo rigor
estético, en torno al
ejercicio de la puesta
en escena y del teatro
como expresión cultural.
Dijo Rine en aquel
momento:
“Ernestina Linares es
una especie de Edith
concebida en fuego y
aire, un alambre llevado
al rojo vivo con una
violencia sin par. Toda
su actuación está
montada en un éxtasis
frenético, una galopante
entrega al personaje,
una intensa vida
interior. (…) El otro
extremo de la cuerda es
Berta Martínez, acerada
hasta el máximo,
moviéndose como una
experta y usando un
abanico cual si fuera el
instrumento de su propia
expresión. Entre ambas
conjugan el más
apetitoso, violento y
descarnado juego
escénico que La Habana
ha visto desde enero de
1954 en una especie de
solo a dos voces, una
sonata apasionada, un
dúo llevado al agudo y
que por un verdadero
milagro no desborda sus
propios límites hasta
alcanzar el paroxismo
vocal.
(…)La dirección estaba
según el programa
acreditada a Morín, pero
este redactor no sabe a
ciencia cierta hasta qué
punto Morín dejó la obra
montada y hasta qué
límites llegó la labor
de asistencia de Berta
Martínez. Y como no le
gusta adivinar, prefiere
compartir el aplauso
entre ambos artistas y
señalar de pasada que la
dirección era fluida,
intensa, natural y
vehemente.”8
Y siguen las imágenes
provocando el
reencuentro con la
artista en su real
envergadura. Al pasar
otra página del álbum
de la memoria,
aparecen las fotos del
montaje de Madre
Coraje, de Brecht,
dirigida por Vicente
Revuelta con Teatro
Estudio en 1961. Entre
ellas se conserva una
foto en la que Berta
Martínez aparece
interpretando a
Catalina, la hija muda
de Ana Fierling. La
aguda capacidad de
observación y el ímpetu
de su acción decisiva
para salvar a la aldea
amenazada, convierten la
imagen de Catalina en
otra metáfora
coincidente con el
proceder y la travesía
de Berta.
Rine registró de esta
manera aquella
actuación:
“Lo mejor de la
representación lo brinda
Berta Martínez en el
papel de Catalina, la
hija muda. En su
presencia, en sus
gestos, en su manera de
reaccionar ante cada
episodio, en la forma en
que ella ha concebido su
actuación, hay todo un
logro de creación y al
mismo tiempo de gran
teatro (…) Es el
personaje más conseguido
de toda la
representación, el más
equilibrado, el que
alcanza una dimensión
más justa y mayor, y el
que por una paradoja
(repito que Catalina es
la hija muda), el que en
forma más acabada logra
expresarse con profunda
convicción.”9
En Teatro Estudio, junto
a Raquel y Vicente
Revuelta, Roberto
Blanco, Lilian Llerena,
Abelardo Estorino,
Armando Suárez del
Villar, Héctor Quintero,
Isabel Moreno, Adolfo
Llauradó, Ana Viñas,
José Antonio Rodríguez,
Herminia Sánchez, Pancho
García, Michaelis Cue,
Miriam Learra, Hilda
Oates, Florencio
Escudero, Omar Valdés,
Rogelio Díaz Cuesta,
Marta Valdés, José
Milián y otros tantos
valiosos creadores,
Berta hizo aún más
grandes sus
contribuciones a la
escena cubana, en tanto
el grupo le ofreció
sólidas opciones para el
desarrollo de sus
renovadoras creaciones
referidas a la puesta en
escena y al trabajo del
actor dentro de una
imagen teatral de fuerte
connotación formal y
conceptual. Teatro
Estudio, a su vez,
recibió de Berta su
incesante
experimentación
creadora, nutrida de
autores clásicos y
contemporáneos de
notable significación
universal, relacionados
con fuentes y modelos
culturales diversos que
la dramaturgia
espectacular, o las
reescrituras escénicas de
la Martínez, han hecho
confluir en una
teatralidad de amplias
resonancias poéticas
para la escena y los
espectadores.
Vuelvo nuevamente a la
imagen de Catalina,
porque es la más
conmovedora y enigmática
en la foto mencionada.
Bien distinta de aquella
otra en la que Berta
comparte roles con
Vicente como Galileo y
ella como la dominante y
certera Señora Sarti, en
el montaje de Galileo
Galilei estrenado en
1974, bajo la dirección
de Vicente. He visto
otras fotos de Berta con
la mirada similar a la
de Catalina. Parece ser
que ella está distante,
cuando sus ojos indican
con certeza la
inmediatez de su acción,
aun cuando esta sea del
todo indescifrable. Ahí
radica su misterio y su
seducción. Así la he
visto otras veces
explicando a los
actores, los
diseñadores, músicos y
técnicos los detalles de
una puesta en escena, o
la energía que ha de
mover a cada personaje y
a cada intérprete en sus
circunstancias y en las
condiciones particulares
que la representación ha
de construir.
En esos momentos de
efervescencia creativa,
Berta recorre con igual
certeza los caminos del
delirio y los de la
lucidez. No sé con
certeza hasta donde mis
palabras se ajustan a
los hechos, pero bajo el
andamiaje de sus
imágenes no pueden
habitar, tranquilamente,
las frías apropiaciones
metodológicas al uso en
cualquier proceso
creador. La riqueza de
nuestro teatro popular,
las infatigables
inspiraciones que los
textos clásicos
suscitan, la precisión
de las acciones y los
actos que el verdadero
realismo nos puede hacer
sentir, junto a los
procedimientos
esclarecedores de Brecht
y su proyección social y
humana del teatro, se
mezclan en la
teatralidad de Berta
Martínez. Una
teatralidad impúdica
respecto a las mixturas
de géneros y
motivaciones artísticas,
de ahí la síntesis y la
riqueza de las imágenes
que enarbolan sus
festividades sobre los
escenarios. ¿Cómo
entender, si no es desde
esta perspectiva, la
plenitud, la excelencia
y el alcance conmovedor
de sus renovadores
montajes de La
verbena de la paloma o
El boticario y las
chulapas y celos mal
reprimidos (1989) y
El tío Francisco y
las Leandras (1991)?
Quienes a inicios de los
90 descubrieron a Berta,
tuvieron ante sí otra
cara del rostro múltiple
de la artista. Entonces
recibieron la brillantez
y el disfrute pleno del
teatro abierto a las
confluencias de caminos
y destinos para la
creación. ¿Cumbre, cima,
pedestal seguro para el
reposo?, ¿certezas
acumuladas?, ¿jerarquía
establecida? Todo lo
contrario. Con la
precariedad y la
austeridad como
hándicap para hacer
crecer la belleza sobre
la escena, en franca
disyuntiva con las
estrecheces de uno de
los más especiales
de nuestros
períodos, Berta, como
Lala, arremetió otra vez
contra la quietud y la
escasez, para hacernos
vivir los fulgores de un
teatro luminoso e
inteligente.
Y es que el de Berta es
un teatro levantado,
amasado, acariciado con
sus propias manos, cual
artesana de la imagen,
desde su génesis
material hasta el
impulso espiritual de
los actores y las
actrices. La evidencia
de las varas de Bodas
de sangre, los paños
y las luces esenciales
de Bernarda Alba,
la sencillez de los
vestidos y la
elementalidad
imaginativa de la
utilería de La
verbena…, entre
otros ejemplos ahora
dispersos, no solo
indican la veracidad de
una poesía que surge
sobre el tablado, sino
su visceral apego a la
naturaleza artesanal de
los oficios del teatro.
El 31 de octubre del
2004, refiriéndose al
montaje de su obra La
reina de Bachiche,
el dramaturgo y
director
José Milián,
uno de los grandes
amigos y admiradores de
Berta, me hacía esta
anécdota que ahora
quiero compartir, porque
ayuda a comprender el
sentido emprendedor de
la creadora a la hora de
dar cuerpo a sus
invenciones escénicas:
“(…)cuando escribí la
obra a nadie le sedujo,
salvo a Berta Martínez.
Pero por razones
administrativas dejó en
el camino el proyecto,
faltándole por montar
una escena. En esta nave
que está aquí en L y 11,
tenía armada la
escenografía, que había
recuperado en los
basureros de La Habana.
Ella había hecho la
escenografía de La
reina de Bachiche
ahí mismo y en ese lugar
solo se ensayaba la obra
con la asistencia de
público. Se sentaban los
espectadores y Berta
cogía un palo y le
entraba a golpes a
Gladys Anreu para que
hiciera la Reina de
Bachiche. Alicia
Bustamante era la criada
y el resto era un elenco
estelar (…) Berta logró
hacer una cosa
increíble: el espacio de
una obra que no era ni
un teatro. Era la obra.
Había que venir a verla
ahí mismo.”10
Más allá de la
circunstancialidad de la
anécdota, ella nos sirve
para indicar una zona
creativa de capital
importancia dentro de la
obra de Berta como
directora, la cual
merece particular
estudio al tratarse de
sus lecturas
sobre autores
nacionales. Hoy día es
más común reconocer a
Berta Martínez por sus
abordajes sobre los
textos clásicos
universales, pero bajo
su conducción llegaron a
la escena textos de
dramaturgos cubanos
fundamentales, a los
cuales podemos
considerar con toda
propiedad clásicos
de nuestra dramaturgia
contemporánea. Para
confirmarlo, ahí están
los estrenos de La
casa vieja, de
Abelardo Estorino, en
1964, y dos años más
tarde, Todos los
domingos, de Antón
Arrufat. Un tiempo
después, Berta asumió el
estreno de la única obra
teatral de Alejo
Carpentier, La
aprendiz de bruja,
en una grandiosa
producción de Teatro
Estudio para la Sala
Avellaneda del Teatro
Nacional en 1986. A
pesar de las distancias
temporales, la presencia
de autores cubanos en el
repertorio de la
Martínez refrenda la
osadía de poner en
escena textos
esencialmente
renovadores, polémicos,
controvertidos y
estimulantes para la
creación. He ahí otro
rasgo de coherencia
artística en la fecunda
obra de Berta.
Al releer las notas de
Vivian Martínez Tabares
sobre las peculiares
condiciones de creación
de Macbeth, el
texto shakesperiano que
Berta estrenó en enero
de 198411,
recuerdo con total
vitalidad y fuerza, las
palabras y las
indicaciones de la
directora durante mi
verdadero acercamiento
inicial a su obra. Tras
el estreno abortado,
visto solo por un
reducido público en el
Festival de Teatro de La
Habana, volvía a
retomarse el proceso de
trabajo para una segunda
y oportuna reposición.
Al llegar al Hubert, le
dije a Berta mis
intenciones de escribir
un trabajo para mi
seminario de crítica,
impartido precisamente
por Vivian. Ella, sin
pensarlo mucho, frente a
todos los actores,
agarró fuerte mi mano y
me hizo tirar al foso
construido bajo el
escenario. Desde aquel
apretado hueco, Herminia
Sánchez que interpretaba
magistralmente a Lady
Macbeth, debía acceder a
la escena. Allí era
difícil imaginar el
artificio del
espectáculo, sobre todo,
considerando el peso y
las texturas naturales
de los vestuarios hechos
de fibras y yute, y la
escenografía armada
por los actores con
pencas de guano a tamaño
natural. “Si quieres
escribir sobre el
espectáculo, debes
meterte bien adentro de
él y sentir, y sufrir,
como lo hacen los
actores. Luego
hablaremos de otras
cosas”. Creo que solo
eso me dijo Berta en
aquel momento. No había
otra más que hacer.
Observar, escuchar y
descubrir pacientemente
como las indicaciones
tomaban cuerpo en los
actores y las actrices.
Y ahí estaba yo, otra
vez, frente a la crudeza
impresionante y hermosa
de la creación teatral,
pero en una condición
única. Estaba viendo a
Berta en plena faena.
Las palabras no hacían
falta. Sus reclamos,
sugerencias, órdenes,
gestos, silencios,
explicaciones, y no sé
cuantas cosas más,
alimentaban el diálogo
con los actores y con
todo el equipo de
colaboradores que le
acompañaban. Pasado el
tiempo, puedo confesar
mi auténtico
desconcierto ante la
fuerza de aquellas
sesiones. Hice mi tarea
y creo haber comprendido
un poco el espectáculo,
pero no mucho más que
eso. Sin embargo, aquel
impulso, multiplicado
con los años por otros
encuentros igualmente
decisivos para mi
carrera, mantiene vivo
el interés por acceder
al teatro no como a un
templo hierático y
permanente, sino como a
un territorio de
convergencias y
descubrimientos de
nuevos saberes.
A su modo, Berta me
mostró los tintes
aparentes de su savia
creativa. Descubrir los
reales componentes de su
alquimia debía ser tarea
de toda la vida, como
ocurre con los
verdaderos artistas.
Pero esa es una tarea
aún inconclusa, como lo
son estas cuartillas de
reverencias que todavía
pretenden apresar lo
inefable del teatro y de
los enigmas que Berta
Martínez ha gestado en
él para todos nosotros.
Es tarde en la noche,
tal vez Berta ya duerma
o, a pesar del natural
cansancio, hojee una vez
más, relea, apunte,
dibuje, o proyecte su
futura puesta de
Madre Coraje y sus
hijos. Nadie sabe
aún cuando llegará al
escenario del Hubert de
Blanck. Pero lo cierto
es que Catalina, la hija
muda de Ana Fierling,
volverá a subirse sobre
la carreta con nuevas
razones para dar su
alerta salvadora. La
metáfora no se agota.
La Habana, marzo 24 de
2010.
Este texto fue
leído en el homenaje a
Berta Martínez, por sus
80 años de vida,
organizado por la
Sección de Crítica a
Investigación Teatral de
la Asociación de
Artistas Escénicos de la
UNEAC el pasado 9 de
septiembre de 2011.
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