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En casi nada coincidimos
de manera rotunda los
que nos dedicamos a
seguir, estudiar, a
veces podría decir amar
la historia del teatro
cubano del siglo XX. Sin
embargo, teatrólogos y
creadores parecemos
estar de acuerdo en que
hay tres nombres básicos
en la dirección
escénica: Vicente
Revuelta, Roberto Blanco
y Berta Martínez.
La obra de este trío de
maestros daría para todo
un grueso libro y ya ha
sido objeto de tesis de
licenciaturas en el
Instituto Superior de
Arte. Esta mañana de
domingo —con Vallecas,
barrio obrero de Madrid,
en la ventana y La
Habana en la cabeza— me
limitaré al recuerdo
rápido de estos
creadores y dejaré unas
leves notas sobre la
obra de Berta, que anda
de cumpleaños 80.
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Bodas de
sangre, 1979 |
En el 2009 cuando tocó
la fiesta de Vicente no
pude evitar mandar unas
notas para el evento que
se organizó en Casa de
las Américas. Ahí
confesaba una impresión
que ahora repito. Cuando
en los festivales
nacionales de teatro en
mi querido Camagüey,
Vicente entraba al
restaurante, tomaba a
Tania de la mano y a su
pregunta de qué me
ocurría, le contestaba:
“Es que acaba de entrar
Vicente Revuelta”. Puede
parecer excesiva
solemnidad mía.
Recuérdese que se trata
de la hora de almuerzo
rápido y bullicioso
entre colegas. Con nadie
más me ha ocurrido en
nuestro ámbito. Lo que
pasa es que ese hombre
delgado y casi alto; con
más días y años
silencioso que locuaz
puso a Cuba en hora con
el mundo del teatro;
ahondó en teorías y las
llevó a la práctica,
demostró en su propia
piel cómo se puede ser
un actor hondo, sabio,
virtuoso.
Con Roberto Blanco tuve
más confianza personal.
Nos dimos algún trago en
las tardes del Potín,
allá en la callé Línea.
Roberto murió bastante
antes de rozar los 80.
Hombre de amplias
lecturas, traductor,
fundador de grupos era
tal vez de estos tres
grandes en el que el
magisterio y el poder
aglutinador emergían con
más claridad. Vicente ha
sido el pionero, el
hermano mayor, el primer
depositario de la
vanguardia pero por
razones de carácter su
legado se transmite de
una forma más sutil.
En Berta Martínez se
conjugan también la
formidable actriz y la
directora ya clásica
dentro de nuestro
panorama. Comenzó con un
excelente texto: La
casa vieja, de
Abelardo Estorino y es
una lástima que no haya
frecuentado más la
dramaturgia nacional.
Eso sí, bastaría con su
ciclo lorquiano para
tenerla entre los
nombres imprescindibles.
Nunca olvidaré el
estreno y las primeras
funciones de Bodas de
sangre, año 1979
-1980. ¡Cuánta
sabiduría en la
interpretación de García
Lorca! ¡Qué manera honda
y nada esquemática de
llevar su ideario
marxista a imágenes
teatrales preciosas y
concretas!
Aquella puesta en escena
de Bodas… se
convierte en un robusto
referente por multitud
de elementos. El ámbito
escénico precioso y
vinculado íntimamente
con las ideas en juego;
las luces hermosas y
expresivas y —tal vez
sobre todo— el
despliegue de un elenco
de lujo. No sé cuántas
funciones disfruté para
asistir a las pasiones
de este Lorca con
esencia cubana a través
del Leonardo, de Adolfo
Llauradó; La Novia, de
Isabel Moreno; El Novio,
de Pancho García y esa
Madre negra —caribeña y
muy lorquiana a la vez—
de Hilda Oates. El
montaje de Bodas…
como el de El precio,
de Arthur Miller de
Vicente o la Mariana—
otra vez Federico entre
nosotros—, de Roberto
Blanco, son tesoros que
uno guarda en ese
ideario de espectador
que nutre la poética de
los que nos dedicamos a
“pensar en público”,
como me diría Roberto en
una entrevista también
inolvidable.
Estamos ante una
creadora que da mucho
valor a todo lo que esté
sobre un escenario. Me
dijo en una ocasión algo
que otros han dicho de
forma similar pero nadie
más poética y precisa:
“El vestuario es como la
piel de los personajes”.
Se refiere a la escena
con la misma pasión que
a su Yaguajay de la
infancia —bastante cerca
en kilómetros y
sensibilidad de mi
Tamarindo—, ese pueblo
de la antigua provincia
de Las Villas que la
artista recuerda como
“muy lorquiano”.
A la Berta actriz la he
disfrutado menos. No
tuve edad para ver su
Muda, de Madre Coraje
y sus hijos. Donde
—como tantos habaneros
de más de 40 años— pude
apreciar su virtuosismo
fue en la Lala Fundora,
de Contigo pan y
cebolla, la rotunda
comedia de Héctor
Quintero. Ahí nos dejó
una lección de verdad
escénica, primorosa
cadena de acciones,
alternancia de lujo
entre la palabra y el
gesto.
Y no quiero seguir
hablando de teatro, que
tanto como la escena amo
al periodismo y sus
líneas exactas. Decir
por último que
entrevistar a Berta ha
sido también una delicia
y que le deseo muy
felices 80 a ella y
reflexiones hondas a
nuestra teatrología con
un pretexto tan
agradable como este
cumpleaños. |