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Una actriz de
excelencia, directora
trascendental y siempre
profesora,
investigadora, técnica
de altísimos quilates
que constituye un
genuino paradigma de la
escena y de la cultura
de la nación. Esa es
Berta Martínez López (Yaguajay,
7 de abril de 1931).
La vi por primera vez a
finales de 1957, en la
pequeña y mítica sala
Prometeo de Prado 111,
cuando actuaba en el
difunto Sr. Pic.
Había presenciado
diferentes puestas en
escena en los pequeños
teatros de bolsillo,
pero comprendí de
inmediato al visualizar
su caracterización de
aquella anciana
dominante y posesiva que
yo estaba al fin frente
al verdadero arte de la
actuación, y cuál sería
mi asombro al observar
su juventud cuando, al
terminar la
representación, se
acercó al proscenio para
saludar a Adolfo de
Luis, uno de los
agradecidos
espectadores.
¿Cómo iba a imaginar que
solo dos años después
iba a formar parte del
conjunto de cortesanos y
jueces de Santa
Juana, de Bernard
Shaw, que ella dirigió y
protagonizó en Bellas
Artes, cuando aún era el
que les habla, un
estudiante de la
Academia Municipal y
comenzaba en el ámbito
profesional?
La heroína de Orleans
obtuvo en su
interpretación todos los
matices y transiciones
posibles, desde la
ternura de la
adolescencia hasta la
luminosa transfiguración
de su autodefensa ante
los despiadados
inquisidores.
Más adelante, en
Fuenteovejuna, dotó
a la reina Isabel de la
inteligencia y argucias
inherentes a su status y
a los intereses que
defendía.
Ya en Teatro Estudio, al
incorporarse a la muda
de Madre Coraje,
realizó una de las
múltiples faenas
históricas e
irrepetibles que guarda
como regalo su escogido
repertorio. Patetismo,
lucidez, visceralidad se
unieron aquí para
dejarnos un recuerdo
conmovedor cuando en la
última escena, trataba
de avisar a través del
tambor el peligro que se
avecinaba.
Luego en la pieza del
inolvidable Héctor
Quintero, Contigo pan
y cebolla, su Lala
Fundora creó un
paradigma al sintetizar
en la conducta y
gestualidad del
personaje, los rasgos
reconocibles y
perdurables de la
sufrida madre cubana de
la etapa
prerrevolucionaria, tres
actos diferenciados
hasta la perfección a
partir de las
respectivas cadenas de
acciones mediante las
cuales transmite los
diversos estados
emocionales en la
evolución cronológica
del personaje.
En otros memorables
estrenos, se hace
ineludible recordar a la
Duquesa de Belfor de
El perro del hortelano,
plena de
contradicciones,
debatiéndose entre el
amor y el rango
cortesano que ostentaba.
El decir virtuoso del
verso, sus deslizantes
desplazamientos, casi
volátiles sobre una
enorme y enrevesada
escalera y el manejo del
vestuario de época eran
entre otros muchos,
logros incuestionables.
Años antes en mi
academia, el reconocido
diseñador Andrés García
la señaló como una de
las escasas actrices que
sabían llevar y
trasladarse con trajes
de suma elegancia.
Debo añadir, por
supuesto, la Esposa de
La ronda, papel
en el cual derrochó
elegancia, encanto,
coquetería y una
gestualidad exquisita.
La Directora
Como directora
artística, la Martínez
impuso un sello muy
particular, sus
producciones se
sustentan siempre en
conceptos dialécticos,
como ella misma ha
señalado, entre la
naturaleza humana, el
arte y los vasos
comunicantes entre estos
dos términos con la
psicología y sociología.
Sin traicionar nunca los
principios esenciales de
los actores escogidos,
Berta ha sido en la
dirección una y
múltiple. Podemos
reconocerla en La
casa vieja, más
apegada al realismo
poético. Sin embargo, en
Todos los domingos
y ¿Quién pidió
auxilio?, quizá es
más onírica, abarcando
el expresionismo y el
absurdo.
En este breve recuento,
no puede faltar Don
Gil de las calzas
verdes. Hermosa
puesta, imaginativa,
compleja en su
composición escénica,
sus imágenes
deslumbrantes recuerdan
las creaciones plásticas
del barroco español. Sus
diferentes escenas
quedaron en la memoria
como lienzos
incomparables por su
materialidad, color y
juego teatral. Don
Gil… resulta una de
las joyas de la corona
esplendente de sus
éxitos.
Como máxima especialista
en el teatro de Federico
García Lorca, a quien
tanto admira y ha
estudiado, sus puestas
en escena deviene
modélicas plasmaciones
artísticas. Primero fue
Bernarda Alba,
teatro de laboratorio y
experimentación por la
consecuente síntesis
dramatúrgica y el empleo
de los lenguajes no
verbales y simbólicos.
Continúo con La casa
de Bernarda Alba,
donde los actores como
una de sus constantes
conformaban la
escenografía que utilizó
las acotaciones del
texto para extrañar
situaciones, escenas,
diálogos.
Esa Bernarda Alba
resultó sobria,
expresiva, austera, como
lo exigía la terrible
tragedia de mujeres
solteras, a pesar suyo,
bajo el yugo despótico
de una madre que pone
por encima el orgullo y
los interese de clase.
La zapatera prodigiosa
trajo todo el encanto,
la luminosidad y el
colorido inherente a su
dramaturgia, pero le
permitió ahondar en el
terrible mal de chismes,
murmuraciones y el qué
dirán que ponen en
peligro el amor y los
valores humanos más
esenciales, como bordada
en canevá, esta farsa
colorida mostró una fina
sensibilidad, a la par,
de una visualidad
filigrana.
Bodas de sangre,
tragedia mayor
lorquiana, le permitió
lograr un espectáculo
majestuoso, hondo,
inquietante y
aleccionador acerca,
entre otros aspectos, de
las catastróficas
consecuencias de los
matrimonios concebidos
bajo los intereses
económicos. La escena de
la boda queda como
inteligente
interpretación de las
técnicas stanislasvkiana
y brechtiana, las cuales
funden en un crisol que
denotan su creatividad y
el estilo que la
caracteriza.
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Bodas de sangre |
La presencia de los
recursos plásticos en
sus variadas
posibilidades forma
parte de su imaginario y
de su concreción
escénica. Podemos
percibirla en las
construcciones de sus
realizaciones, lo mismo
en la distribución
espacial, la composición
general y particular de
cada escena, las
imágenes totales y las
citas reelaboradas de
los grandes pintores de
la humanidad. También se
destacan los conjuntos
coreográficos que tanta
relevancia y energía
otorgan a sus
representaciones. Todo
ello favorecido por su
conocimiento y dominio
de la iluminación, no
solo como hecho
dramático, sino también
al formar parte raigal
de las imágenes
seleccionadas.
Un aparente viraje en
cuanto a temas, y
movidos con el propósito
de indagar en la
herencia de nuestra
identidad resultaron
La verbena de la paloma
y Las leandras,
nuevas lecturas de
zarzuelas tan conocidas
de la escena española.
Ella a través de sus
búsquedas conceptuales
logró imbricar nuestro
sainete y la tríada del
negrito, el gallego y la
mulata, hermoso homenaje
al teatro vernáculo.
En estas reproducciones
donde encontramos de
igual manera su
consecuente poética, hay
una valoración de la
música, el baile y el
canto propios de su
tiempo, pero a la vez,
actualiza con referentes
cotidianos de nuestros
días la acción, lo cual
las hace más cercana al
receptor.
Investigadora por
antonomasia, en su vasta
obra siempre descubrimos
el acucioso análisis de
los lenguajes y
artificios del hecho
teatral.
El afán perseverante por
reconocer el trabajo del
actor como creación
cultural, humana, social
y revolucionaria, se
encuentra entre sus más
caros afanes.
Siempre le ha interesado
brindar al público su
versión del mundo y el
análisis evolutivo de la
sociedad cubana y
universal.
Insiste y trabaja sin
cesar en el ideal de un
actor vivo, sensible,
comprometido con las
ideas más avanzadas y
transformadoras.
Humanista, consecuente
tanto en la vida, como
en el arte, Berta
Martínez ha sido y es
fiel a su visión del
teatro, renovándose sin
traicionar la esencia
del mismo, como vehículo
del pensamiento
dialéctico y promoviendo
a la reflexión y el
intercambio inteligente
con el espectador, de
ahí que se muestre vital
y actuante.
Maestra por excelencia,
formadora de sucesivas
generaciones de
intérpretes y
estimulante para los ya
experimentados por su
ejemplo y sus consejos.
Ella ostenta las más
altas condecoraciones y
reconocimientos que
otorga el estado cubano.
Admirada y reconocida
por la crítica y los
especialistas desde hace
muchos años, su
presencia, a través de
las puestas en escenas,
ha tenido resonancia,
sobre todo en Europa.
Hoy en este feliz
cumpleaños de 80
hermosas primaveras,
quiero poner de relieve
ante todo, su profunda
cubanía, la firmeza de
criterios: patrióticos,
artísticos, personales.
Esa autenticidad e
hidalguía, la
sensibilidad hacia los
demás, la manera de
compartir hallazgos y
reflexiones con los
sentidos que se le
acercan para
enriquecerse en algo de
ese surtidor de
sabiduría que posee.
Celebro esta pasión sin
límites que te acompaña.
Este texto fue
leído en el homenaje a
Berta Martínez, por sus
80 años de vida,
organizado por la
Sección de Crítica a
Investigación Teatral de
la Asociación de
Artistas Escénicos de la UNEAC el pasado 9 de
septiembre de 2011. |