La Habana. Año X.
1ro al 7 de OCTUBRE
de 2011

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Exposición de Sándor González
Fragilidad de las ciudades
Virginia Alberdi • La Habana

Desde que irrumpió avanzados los 90 en el panorama artístico de la Isla, Sándor González Vilar ha hecho del entorno urbano su blanco pictórico. Ahora, en plena madurez, no abandona, sigue fiel al tema, mas no se ciñe a los mismos motivos. En el vestíbulo del hotel Riviera puede verse este septiembre su más reciente cosecha, Las sombras de una ciudad. Y en ella se advierten intensas variaciones temáticas que tienen que ver con el desarrollo de un pensamiento conceptual que se aviene con el despliegue de nuevas virtudes en la composición y el ajuste de la capacidad de aprehensión simbólica.

Hablamos de un artista habanero que apenas rebasa los 30 años de edad, formado en la Academia de San Alejandro, con apreciable andadura internacional, solicitado incluso por directores de cine como el brasileño Walter Salles y los cubanos Enrique Pineda Barnet y Lester Hamlet para ambientar set de filmación con sus obras. Su proyección social ha sido una constante en su comprometido quehacer profesional, mediante la realización de murales y su participación en la brigada Martha Machado, fundada por Alexis Leyva Machado (Kcho).

Ante todo, Sándor es de esos creadores que apuesta al dibujo como sostén de la expresión. Si en su repertorio inicial, ausente de color, acentuaba los rasgos del creyón para plasmar edificios angostos y alargados, dotados de un dramatismo que contrastaba con la asepsia de la composición, ahora en Las sombras de las ciudades trata de articular esa visión crítica del paisaje urbano con árboles que sirven de plataformas para llevar el peso de dichos paisajes e introduce fondos coloreados en un solo tono, con lo que la recepción se enriquece.

No es casual que el árbol representado tenga parentesco con la ceiba. Con ello remite al espectador a un contexto mágico-simbólico de profunda raíz identitaria. La dicotomía entre la fortaleza y raigalidad del árbol y el apiñamiento de elementos constructivos que alcanzan una condición aérea apunta hacia una relación conflictiva que debe resolver el espectador en su conciencia.

Y luego están, en algunos cuadros, esos pequeños seres anónimos y oscuros que portan escaleras que no van a parte alguna, como para recordarnos que es el ser humano, en primera y última instancia, el que decide su destino.

Sándor no está solo en su cruzada. Es un hecho frecuente en el arte contemporáneo que los creadores se sumen a una corriente reflexiva necesaria y pertinente. Pero por estilo y constancia, Sándor ha sabido posicionarse de manera original.

 
 
 
 
   
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.