|
El título puede parecer
enfático, solemne. Se
refiere a la puerta pero
no como pórtico o
antesala de algo
abstracto, sino como la
simple pero hermosa;
lata pero esencial
puerta de una sala
teatral.
Por primera vez, he
llegado al proceso de
uno de mis estrenos a
mitad de temporada y al
incorporarme a las
funciones de Cuatro
Menos, en la sala
Tito Junco del Centro
Brecht, me pongo cada
noche en la puerta para
ayudar en la —en este
caso complicada por el
aluvión de público—
faena de acomodar a los
espectadores dentro de
la sala.
Antes disfruto de estar
en el camerino con los
actores, compartir
experiencias con los
técnicos; observar las
diversas formas en que
se agrupan las personas
para disfrutar de esta
complicidad tan hermosa
de una función teatral.
Alejandro Palomino y su
Vi-Tal Teatro están
logrando reunir una
cantidad y una
diversidad de personas
en la instalación de la
calle Línea que no cesa
de implantar récords.
Cuando tecleo estas
líneas, acaba de
anunciarse que la
temporada se prolongará
hasta el domingo 23 de
octubre y en noviembre
volverá tal vez hasta la
última semana del año.
De las características
artísticas de
Cuatro... por
supuesto que no hablaré.
Soy parte apasionada y
comprometida del
proceso. Pero sí puedo
dar testimonio de la
riqueza del acto de
intercambio intelectual,
emocional y hasta físico
que esta temporada de la
obra está significando.
Se me acercan para
felicitarme personas que
concuerdan con los
planteamientos críticos
de la obra y otros que
discrepan de la
irreverencia de algunos
personajes.
Cuatro Menos
llega en un momento en
que el debate nos hace
una falta apremiante y
el numeroso público ríe,
comenta discreto, se
mueve intranquilo, hasta
aplaude a ratos las
escenas. Sobre el
escenario y en la
platea se juntan dudas,
sentimientos,
contradicciones que han
formado parte de la vida
presente y de los
proyectos futuros de
muchos. Regreso a La
Habana y lo hago por la
puerta del teatro. Es de
las cosas que más
felicidad me puede
generar en esta vida.
Gracias por el
entusiasmo. |