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Lo conocí cuando su cola
de pelo lacio, siempre
bien recogida, no tenía
una sola cana. Acababa
de llegar de la
televisión Serrana y
venía a dirigir el Canal
Educativo 2. Waldo
Ramírez de la Ribera
trató de insuflar el
aroma de la Sierra
Maestra al nuevo medio
televisivo. Ya era un
reconocido artista del
medio audiovisual con
decenas de premios,
incluidos varios
caracoles y un coral a
su vasta e interesante
obra documentalística
que también ha sido
laureada en el
extranjero. Es de los
creadores que no
necesita un cargo para
tener un nombre, sus
piezas hablan por él. A
su quehacer detrás de la
cámara ha unido siempre
otros haceres de
importancia estética y
social, ser desde el año
2005 Profesor
Instructor de la
Facultad de los Medios
de Comunicación
Audiovisual del ISA,
donde imparte la
asignatura Teoría y
Práctica de la
Realización Documental y
presidir durante los
años 2006 y 2007, la
Muestra de Nuevos
Realizadores organizada
por el ICAIC. Aceptó ser
vicepresidente del ICRT
en tiempos nada fáciles,
pero es un hombre que
sigue soñando con las
estrellas aunque el
cielo esté nublado y no
haya luna a la vista.
¿A qué jugabas de niño y
dónde pasaste tu
infancia?
De niño jugaba los
juegos tradicionales
infantiles, las bolas,
la gallinita ciega, el
cogío, los escondidos,
empinaba papalotes, los
pistoleros, el ladrón y
el policía, jugar
trompos, etc., también
aprendí a montar
patines, carriola,
velocípedos y luego
bicicleta.
En aquel entonces era
muy común hacer
chivichanas.
Utilizábamos las ruedas
de los patines; al
principio eran los
llamados patines de
hierro, luego eran
plásticos, empezaron a
venderse procedentes de
los países socialistas.
Hacíamos el esqueleto o
estructura de madera y
las ruedas eran o los
patines divididos en su
parte delantera y
trasera o,
sencillamente, cajas de
bola o rolletes.
Pasé mi infancia en el
reparto Juanelo del
municipio de San Miguel
del Padrón de La Habana,
lugar donde nací. La
cuadra donde viví hasta
los 13 años, de la calle
Ulacia, era la primera
naciendo de la Calzada
de Güines y constituía
una pendiente. Esta
geografía era ideal para
los juegos en patines,
carriolas, velocípedos,
triciclos, bicicletas y
chivichanas. Allí
durante gran parte de mi
infancia, hacer
caravanas de niños loma
abajo con todo tipo de
artefacto rodante, fuese
original o fabricado por
nosotros mismos, fue una
de las principales
diversiones.
Juanelo es un barrio
obrero, allí vivía
originalmente mi madre,
aunque no precisamente
procedente de una
familia obrera. Más bien
mi abuelo paterno, de
origen español, quiso
mantenerse a la altura
de gastos inferiores a
los de sus reales
ingresos. Según la
historia familiar era
dueño de dos cines de
barrio cercanos a la
casa y tenía acciones en
la Ruta 84
Habana-Santiago. Mi
madre ejerció el
magisterio público y en
algún tiempo tuvo su
aulita particular.
Algo que aprendí en
Juanelo, además de
cierta cultura de
participación popular en
todo cuanto necesitara
el barrio, fue cierta
capacidad y disposición
para actuar de acuerdo a
las reglas de ese grupo.
En este caso quiero
decir las reglas del
grupo de niños que nos
reuníamos, jugábamos,
hacíamos maldades juntos
y en más de una ocasión
pusimos en aprietos a
nuestros padres; todo
esto aunque yo no haya
sido un niño bellaco,
según recuerdan bien mis
mayores.
En edad temprana, si no
me traiciona mi memoria
estando en 3er o 4to
grado, con unos 8 años,
aprendí la técnica del
papier maché. Me
incorporé a un taller
comunitario que se
organizó en la Zona de
los CDR, como se le
decía por todos a un
local tipo nave de
madera a unas dos
cuadras de casa donde
radicaba la dirección
zonal de los comités. En
ese taller aprendí a
hacer de todo en esa
técnica. Además de
construir-modelar las
figuras de animales,
plantas, objetos, etc.,
montábamos exposiciones
que en más de una
ocasión fueron noticia
pública.
A ese taller me
incorporé por mi madre;
tanto ella como mi padre
eran activos vecinos de
todo cuanto se gestaba a
nivel barrial. Este
taller lo dirigía una
mujer a la que todos
conocían como Ñica,
recuerdo que cojeaba de
una pierna; vivía al
doblar de casa, en la
calle Piedra entre
Ulacia y Guadalupe.
Con el tiempo, con mis
estudios universitarios,
etc., supe que esa Ñica
era la gran artista
cubana Antonia Eiriz.
Siempre guardaré en mi
memoria haber tenido el
honor de ser, de algún
modo, su alumno. Cada
vez que disfruto de una
de sus piezas, sobre
todo cada vez que me
paro delante de esa
profunda inmensidad
agónica que se percibe
en la sala del Museo de
Bellas Artes, donde se
exhiben, recuerdo mi
barrio; recuerdo mi
niñez, por suerte para
bien.
Durante mi infancia tuve
también contacto con la
vida rural. Mi padre es
médico veterinario. Era
entonces profesor de la
Escuela de Medicina
Veterinaria ubicada en
Carlos III e Infanta y
fue fundador del
Instituto Superior de
Ciencias Agropecuarias
de La Habana (ISCAH).
Entonces yo frecuentaba
casi de manera semanal,
la Finca El Guayabal, en
San José de las Lajas,
donde existía una Unidad
Docente de la facultad.
En ese entorno aprendí a
montar a caballo, a
lidiar medianamente con
animales de corral, a
caminar dentro de una
vaquería y a trabajar en
el campo, pues mi padre
siempre me llevó (y a
mis hermanos también), a
los trabajos voluntarios
agrícolas de recogida de
papas, etcétera.
Todo lo anterior, unido
a que asistí a un
Círculo de Interés de
Café en el Palacio de
Pioneros Che Guevara
durante dos cursos,
visto a la luz de mis
años venideros, es como
si hubiese sido una
preparación premonitoria
para algunas de las
realidades que a partir
de mis 13 años viví: me
mudé a Bayamo; estudié
Historia del Arte en la
Universidad de Oriente
en Santiago de Cuba; me
enrolé en un proyecto de
trabajo comunitario en
la Sierra Maestra, y me
dediqué por entero al
mundo del audiovisual en
su vertiente de
realización Documental.
¿La chivichana era un
sueño infantil o un
objeto de competencia?
No creo que fuese ni lo
uno ni lo otro, pero
evidentemente me llamó
más la atención por el
recuerdo de mi infancia.
Este recuerdo infantil
llevaba implícito, por
supuesto, el hecho
competitivo.
Después de los 12 o 13
años no volví a montar
en chivichana. Tal vez
sí lo hice viviendo ya
en Bayamo, pero lo
cierto es que la zona
donde se encuentra mi
casa de entonces, no es
práctica para esto.
Claro, los muchachos
juegan en chivichanas
toda vez que se empujan
los unos a los otros.
Cuando conocí de la
historia que luego conté
en mi documental, me
fascinaron muchas cosas;
pero sobre todo aquello
de deslizarme loma
abajo. Durante la
filmación, más de una
vez, monté en una de
ellas; más de un plano
del documental me tiene
como piloto-extra.
Antes de realizar ese
documental que hoy es
casi objeto de culto,
¿cómo llegaste a la
televisión serrana?
Corría el año 1992 y yo
estudiaba para graduarme
de Licenciatura en
Historia del Arte en la
Universidad de Oriente.
Estudié en dicha
universidad porque
iniciados los estudios
secundarios me mudé por
motivos personales
familiares a la ciudad
de Bayamo, como antes ya
apunté. Al concluir el
preuniversitario y pasar
a la enseñanza superior,
esta era la universidad
que por cercanía me
correspondía.
Entonces en 1992 ya se
construía en San Pablo
de Yao un centro de
Televisión con el apoyo
de la UNESCO, la
participación y apoyo
del gobierno local y
nacional y, por
supuesto, el ICRT, que
como organismo del
estado cubano rectoró
los pasos de gestación y
consolidación del
proyecto hasta nuestros
días. De esto tuve
noticias por Rigoberto
Jiménez, quien
posteriormente también
se integraría al
proyecto de TV Serrana y
para entonces
estudiábamos juntos en
dicha universidad.
Mi colega y amigo
Rigoberto averiguó los
pormenores, y al
concluir nuestra carrera
(julio de 1992) nos
presentamos juntos a los
exámenes que se harían
en la ciudad de Bayamo
para optar por plazas de
estudio en un Curso de
Habilitación que
formaría a los futuros
realizadores de este
proyecto. Recuerdo
perfectamente que se
presentaron muchos
interesados, estoy
seguro de que más de
cien personas, creo que
Rigoberto y yo fuimos
los últimos en
incorporarnos al proceso
de selección. Muchos de
los interesados llevaban
meses preparándose,
algunos hasta habían
cursado un taller
impartido por el
mexicano Virgilio
Caballero, hombre
experimentado en
comunicación comunitaria
que contribuyó en la
formación académica
preliminar.
El día de los exámenes
fue como una especie de
juego de azar. Me
encomendé a lo que
sucedería y confieso que
no esperaba ser
seleccionado. Las
respuestas de mis
exámenes estuvieron
marcadas básicamente por
lo conocimientos recién
aprehendidos en mis
estudios universitarios;
el estudio de la
historia del arte me
había permitido conocer
del uso de los colores,
la composición,
texturas, perspectiva,
etc., y también me
habían dado muchos
elementos en materia de
apreciación
cinematográfica y
cultura general.
Ante la disyuntiva de
tener que optar por una
de las especialidades en
convocatoria, pedí
Fotografía. Me sentía
más cómodo en ese campo
como para atreverme a
incursionar, pero lo
cierto es que los
profesionales que
evaluaron mis exámenes
consideraron que yo
había dado respuestas
con lógicas para la
Dirección. Ni por asomo
lo tenía claro, así que
una vez más me dejé
llevar y comencé a optar
por una plaza en esa
especialidad. Al final
quedé seleccionado en un
total de unas 35
personas, y luego de
alguna que otra gestión
entre los organizadores
y la dirección de
trabajo de la provincia,
fui autorizado a
incorporarme al curso y
a continuar mi servicio
social en dicha
experiencia, de llegar
hasta el final.
En enero de 1993
comencé, aún como
estudiante del curso de
Dirección de TV que
había iniciado desde
septiembre de 1992 en la
Filial del ISA de
Holguín, en la TV
Serrana. Debíamos
cumplimentar un semestre
de práctica laboral
antes de la decisión
definitoria de quienes
serían los que
engrosarían la plantilla
de dicho proyecto. Esto
ocurrió en mayo de 1993,
por lo que en junio
siguiente ya era un
trabajador oficial de la
TV Serrana.
¿Qué te aportó aquella
aventura además de
adentrarte en el mundo
audiovisual?
En principio fue justo
eso: una aventura. Desde
el 3er año de la carrera
universitaria había
formado parte de un
Grupo de Promoción
Cultural integrado por
estudiantes de
especialidades de
humanidades y ciencias,
quienes implementamos un
sistema de prácticas
laborales por término de
45 días en la zona del
municipio de Guamá, en
Santiago de Cuba. Este
es el municipio
montañoso costero que
incluye pueblos como
Chivirico, Uvero y
Ocujal del Turquino.
La experiencia de
promoción cultural en
esta zona fue muy
importante para mi vida.
Me aportó elementos no
solo de carácter físico
en tanto habilidades
para escalar montañas,
pescar, remar, hacer
largas caminatas etc.,
sino que además me
mostró una zona del país
bien desconocida para
mí. En este período tuve
la oportunidad de
escalar dos veces el
Pico Turquino, cuestión
que ya había realizado
al mudarme a Bayamo con
solo 13 años como
miembro de una Columna
Nacional que celebraba
la sede del acto central
por el 26 de Julio en
Granma; era 1982 y yo
era Vanguardia
Provincial de la
Organización de Pioneros
José Martí.
En estas andanzas
serranas aprendí a
conocer gente muy
humilde, pero muy
sincera, colaboradora y
agradecida del proyecto
revolucionario. Eran los
años en que se
desmembraba el campo
socialista y
comenzábamos el llamado
período especial (entre
1989 y 1992).
Aquella zona, como
básicamente toda la
ruralidad aunque el
impacto mortal haya sido
a todo el país, sintió
con mucha fuerza los
embates de la crisis.
Dicha experiencia me
ayudó a entender que
solo en los propios
seres humanos están las
fuerzas necesarias para
sobreponerse a cualquier
situación por difícil
que sea.
También por aquellos
años comprendí
tempranamente algo que
luego la TV Serrana me
ayudaría a desarrollar:
el trabajo de promoción
cultural comunitario no
podía ser una invasión,
ni la implementación de
un módulo tipo,
repetitivo de lugar en
lugar, de comunidad en
comunidad. El trabajo
cultural comunitario
debía ser en esencia un
aprendizaje mutuo de
promotores y actores
comunitarios; debía ser
un puente de cruzamiento
de informaciones,
mediaciones, saberes,
esencias culturales. Un
promotor cultural lo
primero que tenía que
tener claro era que
debía acercarse a la
comunidad a aprender de
ella y en esa
aprehensión de
conocimientos poner a
funcionar los de él en
aras de aportarlos y
provocar crecimiento
mutuo.
En esencia esa fue la
experiencia precedente
de la cual por supuesto
he sacado conclusiones
posteriormente. Al igual
que en mis inicios en la
TV Serrana, viví esos
años de universitario
como una gran aventura
que a lo sumo se podía
traducir en un profundo
sentido humanista.
Luego llegó la TV
Serrana. Ya era un
graduado universitario y
tenía 23 años. No me
apetecía en lo absoluto
trabajar en el Centro
Provincial de Artes
Plásticas de mi ciudad,
al que había sido
destinado. Esto lo digo
con toda sinceridad y
sin que signifique en lo
absoluto menosprecio al
lugar o a la actividad
que allí tendría que
haber realizado si no
hubiese tenido esta otra
opción. Lo cierto es que
mi trabajo estaba
destinado a la labor de
curaduría de artes
plásticas en una ciudad
del interior del país en
pleno período especial.
Por eso y con la carga
de mi experiencia
universitaria, el aire
aventurero volvió a
soplar y hasta la Sierra
Maestra no paré. Siempre
me dije, aquí estaré un
par de años, luego
veremos; al final estuve
12 años.
La necesidad de aprender
a dominar las
herramientas del
audiovisual y en
específico las de
realización del
documental, hicieron de
los primeros años en la
Sierra un lugar casi de
películas. Desde allí
conocí el país, desde
allí frecuenté los
principales festivales
nacionales, desde allí
estudié en más de cinco
talleres internacionales
en la EICTV y desde allí
también tuve mis
primeras experiencias
internacionales. Todo un
primer período de mucho
aprendizaje que en menos
de tres años comenzó a
dar sus primeros frutos
colectivos.
Pero la TV Serrana desde
el primer día fue más
que eso. Por un lado fue
un espacio donde
aprendimos a respetar la
creación y a los
creadores; un espacio
que nos permitió pensar
y debatir; un espacio
que se nos abrió a la
posibilidad del
pensamiento; un espacio
para opinar y discutir
no solo nuestra obra,
sino todo lo que nos
rodeaba y golpeaba como
realidad local y
nacional y sobre todo,
nos permitió hacerlo
desde la premisa de que
la total libertad
implicaba un mayor
compromiso y
responsabilidad con la
obra creadora y con la
obra social en la que
estábamos inmersos. En
la TV Serrana aprendí a
valorar el papel social
del arte y la necesidad
de que los artistas se
comprometan socialmente
con lo que hacen.
Por otro lado y en
paralelo, o sea, como
proceso que se gestó a
la par de lo anterior,
la TV Serrana significó
desde el primer día el
respeto a la sabiduría
campesina, el respeto a
la cultura del
campesino. Si algo
trascendental, sin
autosuficiencias, se le
pudiera adjudicar al
proyecto de TV Serrana
(más allá de sus
reconocidos méritos
audiovisuales) es haber
abierto un espacio para
la participación
ciudadana de los
campesinos de ese
entorno. Dicho espacio
partió siempre del
reconocimiento a sus
valores, a su cultura;
de ahí la necesidad de
que los campesinos
fuesen los actores
activos de dicha obra.
Para finalizar esta
pregunta agrego que la
TV Serrana me permitió
conocer y aprender del
sonidista y realizador
Daniel Diez,
quien fue el padre, el
gestor de dicho
proyecto. Desde su
ejemplo cotidiano supo
transmitirme todo lo que
anteriormente he dicho y
contribuyó a forjar, de
modo muy especial, lo
que hoy soy.
Otro elemento y no por
mencionarlo al final
menos importante, es que
la TV Serrana me
significó y significa mi
universidad de la vida.
Allí me hice el ser
humano que soy, con mis
muchos defectos, pero
cargando encima las
muchas virtudes que
gente sencilla y humilde
me supo aportar en esa
carrera por la honradez
que día a día llevan
consigo: Tina, Abel,
Pucha, Pedro, Gía, los
Polanco, los Tassé y
tantos otros.
Además, allí conocí y
profundicé la amistad
con quien hoy son mis
amigos. Allí conocí a mi
esposa; allí nació y
creció mi hijo hasta sus
ocho años. Con esto
quiero decir que allí
forjé mi familia, la
afectiva y la carnal. En
ese lugar me armé del
cariño de mi esposa para
el futuro; mi hijo
aprendió a gatear, a
caminar y correr; le vi
mezclar su sonrisa,
entre los rostros de
niños serranos en una
digna escuelita de
montaña. Allí, como
diría Daniel Diez,
aprendí la diferencia
entre la “esperanza” y
el “salta montes”.
Dentro de esa propuesta
televisiva, o telecentro
especial, ¿diste vida a
algún proyecto de
intercambio o de
estudios?
Dentro de la TV Serrana
creamos el Centro de
Estudios para la
Comunicación
Comunitaria, nuestra
pequeña escuela para
formar jóvenes
campesinos en el uso del
video y en las técnicas
del documental.
La gestación de esta
escuela, que tuvo como
documento programático
de su política el texto
de José Martí que habla
de los “maestros
ambulantes”, es quizá el
mayor proyecto gestado
dentro de la TV Serrana.
Esta escuela nos
permitió abrirnos al
mundo de la formación de
los que aspirábamos
fueran los verdaderos
realizadores: los
campesinos.
Fue en 1996. Parecía muy
temprano como para
empezar a formar a
otros; teníamos solo
tres años de
experiencia. Lo cierto
es que aunque nos habían
augurado solo tres meses
(los enemigos o los
amores cobardes, como
diría Silvio), ya a tres
años de fundados nos
lanzábamos a lo que
considerábamos una
necesidad.
En los objetivos
fundacionales del
proyecto de TV Serrana
se hablaba de
transferencia
tecnológica y eso había
que lograrlo con
capacitación. Para ello
creamos todo un
movimiento de captación
de jóvenes a los que les
mediamos nivel
preuniversitario y
disposición al trabajo
con la comunidad. De los
primeros talleres
impartidos salieron los
primeros jóvenes
serranos que se
incorporaron a nuestro
grupo creativo. Luis
Guevara, el fotógrafo de
La Chivichana, es uno de
estos jóvenes y ese
documental su primer
trabajo como camarógrafo
después de casi tres
años de trabajar como
asistente general.
Con esta escuela
desarrollamos un
movimiento posterior del
que surgieron los Grupos
Alternativos de Creación
Audiovisual. Dichos
grupos se constituyeron
como colaboradores para
investigar temas de
interés en sus
comunidades y
trabajarlos de conjunto
con nuestros equipos de
producción. Así se dio
vida al Grupo del
municipio de Bartolomé
Masó, al del Municipio
Buey Arriba y
posteriormente a un
Grupo en el municipio de
Guisa. Estos tres
territorios son el
grueso de la zona de
montaña de la provincia
de Granma.
Como no podíamos abarcar
toda la geografía ante
nuestros ojos, estos
grupos facilitaron mucho
el trabajo en zonas
distantes a nuestra
sede. Más de un
documental de TV Serrana
lleva el sello de este
tipo de formación con
los jóvenes campesinos.
La Chivichana es también
un ejemplo de ello.
Fue el Grupo Alternativo
de Creación Audiovisual
de Bartolomé Masó el que
presentó a TV Serrana
este proyecto. Entonces
como era la regla, se
designó a un “Tutor”. El
designado fui yo y
comencé con ellos los
trabajos de
investigación que luego
dieron lugar a un “guion
colectivo” como parte
del taller que en sí
mismo se convertía cada
trabajo concreto.
Posteriormente los
integrantes del grupo,
tres jóvenes campesinos,
participaron del proceso
de grabación y edición
bajo mi dirección. Con
el tiempo, dos de ellos
pasaron a engrosar la
lista oficial de
trabajadores de la TV
Serrana.
Con el tiempo también,
todos los integrantes
del Grupo de Creación de
la TV Serrana llegaron a
ser los jóvenes captados
de los diferentes
talleres de nuestra
escuela. Hoy día todos
estos jóvenes, además,
son graduados de la
Especialidad de
Licenciatura en Arte de
los Medios de
Comunicación
Audiovisual, por la
Filial de FAMCA en
Holguín. A 18 años de
fundado el proyecto, la
transferencia a que
aspirábamos se logró y
hoy el equipo de trabajo
se refunda y consolida
desde la perspectiva de
“los campesinos
realizadores”. La única
excepción es el director
Carlos Rodríguez,
holguinero que llegó a
la Sierra cuando más lo
necesitábamos.
También desde la TV
Serrana se ha dado vida
a un Proyecto de
Colaboración e
intercambio permanente
con la EICTV, gracias al
cual nuestros creadores
participan de los
talleres internacionales
de esta prestigiosa
institución y además
tienen la posibilidad de
participar de la
asesoría al ejercicio de
documentales de cinco
estudiantes de la
escuela de cine que
anualmente se realiza en
la Sierra.
De igual forma la TV
Serrana abrió una puerta
de comunicación con
proyectos similares en
América Latina y Europa.
La participación de
creadores de la Sierra
en intercambios con
Escuelas de Cine,
Escuelas de Periodismo,
la FAMCA del ISA en La
Habana y Holguín, y
hasta la más reciente
Gira de Documentales de
TV Serrana por 17
Universidades de los
EE.UU., es una muestra
de cuanto ha avanzado y
se consolida el
intercambio entre esta
institución y otras con
similares objetivos.
Dichos intercambios se
han hecho extensivos a
otras zonas de la
creación artística con
plataformas políticas
similares a las
nuestras. En este
sentido puedo mencionar
el intercambio
permanente con artistas
de la plástica, con
trovadores, actores y
músicos en general. Y
particularizar
mencionando la relación
con el Grupo de Teatro
Callejero Andante,
radicado en Bayamo; el
Grupo de Teatro de Los
Elementos, radicado en
el Escambray
cienfueguero y la
Escuela de Cine y Teatro
Viento Sur, en Sevilla,
España, por solo citar
los ejemplos que más se
han consolidado. En el
caso particular de Los
Elementos, TV Serrana ha
abierto una puerta que
ha permitido la
realización de
producciones
documentales en esa zona
del país y ha trabajado
en la capacitación de
personas, pues al final
nunca hemos descartado
ninguna de las dos
instituciones que Los
Elementos incorporen un
Grupo Audiovisual a su
concepto artístico.
¿Por qué te seduce la
comunicación
comunitaria?
Para ser sincero, lo que
me seduce es el trabajo
en las comunidades.
Quiero decir con esto
que nunca pensé en
términos teóricos en
comunicación comunitaria
cuando me acerqué a ese
proyecto; de hecho era
la zona más vaga de mi
formación académica. El
sentido de ese tipo de
comunicación, o empezar
a construir nuestro
propio discurso, surgió
después; al menos en mí
y creo que en gran parte
del equipo. Por
supuesto, un hombre como
Daniel Diez, periodista
de formación, sí tenía
muy claro lo que quería
desde un inicio.
El trabajo de
conceptualización de
Daniel sobre el proyecto
impactó en todos
nosotros. Recuerdo en
los primeros años las
visitas internacionales
que recibimos; recuerdo
el intenso intercambio
con experiencias
diversas de
Latinoamérica y otros
lares; recuerdo mi
participación en el
Festival Internacional
de TV Comunitaria de
América Latina y el
Caribe en Quito, Ecuador
en 1995, donde me compré
una camiseta que decía:
“no queremos medios de
comunicación, queremos
enteros”. Todas estas
experiencias en las que
uno comenzó a permearse
de una manera de hacer,
de comunicar y también,
por supuesto, de un
andamiaje teórico sobre
el tema, hicieron que
poco a poco la praxis
concreta nos(me)
sedujera.
Cuando en 1993 Daniel
Diez nos mostró un
documento que estimo
como el texto teórico
fundacional del Proyecto
—del cual no recuerdo el
título—, y en este se
planteaba que “… las
carreteras que se habían
construido en la Sierra
y que servían para
subir, un día servirían
para bajar si no se le
daba una dimensión
cultural al
desarrollo…”, entendí
todo.
Supe entonces el sentido
de la necesaria
participación, de la
aportación sincera, del
valor de cada cosa y de
cada quien. La sabiduría
que se escurre en forma
de sudor, entre los
surcos de los rostros
campesinos, dice mucho
de las esencias
culturales que hay que
dimensionar desde esos
parajes. La comunicación
comunitaria es
participación,
activismo, diálogo. Me
sedujo ser puente.
Con un año de
experiencia en 1994
creamos la “Cruzada
Audiovisual”. Digo
creamos porque aunque no
dudo que acciones así no
hayamos sido los
primeros en realizarlas,
puedo asegurarte que
para nosotros es una
creación.
La Cruzada Audiovisual,
que hoy día se sigue
haciendo y este año
recién ha concluido en
el municipio costero de
Guamá, en la vecina
Santiago de Cuba, es un
proyecto de trabajo
cultural comunitario que
implica diferentes
acciones a la vez.
En principio se parte de
escoger una zona
geográfica alejada de
nuestra sede en el
poblado de San Pablo de
Yao, municipio de Buey
Arriba de la provincia
de Granma y hacia ella
dirigirse con el
objetivo de realizar
muestras de video,
debates de los
materiales que se
exhiben en las muestras,
pequeñas funciones de
teatro para niños
producidas por los
propios realizadores e
investigar y filmar
temas de interés que den
como resultado
documentales. Todo lo
anterior genera un
ambiente cultural en
torno a las realidades
de cada sitio.
Con estas cruzadas
comenzamos a poner en
práctica conocimientos
teóricos sobre la
comunicación
comunitaria. Más de un
tema complejo ha sido
abordado ensayando
mecanismos de obtención
de testimonios,
proyección de los mismos
a otro grupo social
similar, obtención de
nuevos testimonios como
resultado de lo que un
grupo opina de lo que
dice el otro y así
sucesivamente. Recuerdo
haber aportado mucho con
estas técnicas a los
debates campesinos en
torno a la problemática
cafetalera, la crisis
con los fertilizantes,
las técnicas
tradicionales, la lógica
oposición entre la
visión científica y el
empirismo en estas
lides, la carencia de
transporte mular y la
pérdida de las cosechas,
las plagas del café,
etcétera.
También con técnicas
similares desarrollamos
ejercicios para
incentivar el sentido de
pertenencia a un lugar,
a un grupo, elevar la
autoestima, sentirse
útil desde el aporte
sencillo de cada quien.
Poco a poco fuimos
viendo como se construía
ante nuestros ojos el
reconocimiento del
hombre en su propio
entorno; en miles de
ocasiones he podido
disfrutar de
“rostros-poemas” cuando
un niño, un anciano, una
mujer, un hombre rudo,
se reconoce a sí mismo
en la pantalla o,
sencillamente,
identifica que esa
gallina que está viendo,
es su gallina. El primer
documental que se
produjo, a solo unos
días de estancia en la
Sierra, se llamó Pura
imagen, lo realizó
Daniel Diez y consistía
en un montaje al ritmo
de un tema de Adalberto
Álvarez del mismo
nombre, con imágenes del
pueblo y su gente.
Cada paso avanzado, con
los años, fue
consolidando conceptos.
Recuerdo perfectamente y
así se puede comprobar
por cualquiera que haga
un visionado cronológico
de nuestra obra, que
comenzamos realizando,
básicamente,
documentales de
personajes únicos. Por
lo general, personajes
clave de la comunidad,
personas que tenían
cierta ascendencia sobre
el grupo, por supuesto
porque o algo le
aportaban o porque se
distinguían; de algún
modo eran “líderes de
opinión” o “emergentes
grupales”.
Así Tina, la madre
espiritual de la
comunidad, tuvo su
documental. El anciano
Pedro Gómez, campesino
trabajador incansable,
tuvo el suyo. Pucha, la
mujer sola que cuidaba a
su esposo inválido y
labraba la tierra y lo
hacía todo, tuvo el suyo
y así sucesivamente. Era
una técnica que además
nos permitía ser
reconocidos dentro del
grupo social, pues
estábamos valorizando,
al distinguirlos en una
obra audiovisual, a
personajes con
ascendencia sobre la
comunidad. A su vez,
desde la exposición de
experiencias personales
que trasladaban valores
esenciales de la savia
campesina, se contribuía
a educar sin ningún fin
didáctico, cuestión
esencial es este tipo de
comunicación afectiva,
incluyendo la exposición
de casos dramáticos por
oposición, como el caso
del documental El
ángel de la Jiribilla,
que cuenta la historia
de Alcides, el hombre
más bailador del pueblo,
el más fiestero, el más
alegre que envuelve con
su alegría, la gran
tristeza de su alma sola
por motivos familiares.
Sin un desarrollo
lineal, sino como la
propia vida que
entreteje hechos,
vinieron luego y a la
par, documentales con
personajes grupales,
como Las cuatro
hermanas, Jon de
la Loma,
documentales sobre
leyendas, mitos,
sabiduría popular,
tradiciones, como
Cagüeyros, Al
compás del Pilón,
documentales sobre
creencias religiosas
como Santa Cruzada,
documentales sobre los
diferentes oficios y sus
niveles de
especialización como
Para ir a ver a la novia,
Sierra de Aire y
Oficios de hombre,
documentales sobre los
problemas sociales que
más impactaban
negativamente en el
colectivo como el río
contaminado en SOS
Verde La despulpadora,
el embarazo precoz, los
problemas de transporte,
las deficiencias en los
servicios que se ofrecen
al pueblo, etc., hasta
llegar poco a poco a
obras más
introspectivas, más
analíticas, más
simbólicas y
cuestionadoras del
interior de las
serranías y sus esencias
culturales como La
tierra conmovida,
Como una gota de agua,
Los ecos y la niebla.
Homenaje,
Fredy o el sueño de Noel,
etc., hasta las
producciones más
recientes como Barrio
nuevo, A dónde
vamos y Papalotes.
Otro ejemplo muy válido
de mencionar es el Video
Carta, modalidad que
Daniel Diez implementó y
luego diseminó por
América Latina como
modelo de comunicación
para el intercambio
entre grupos sociales.
El Video Carta no es
otra cosa que un
registro audiovisual
donde un grupo de
personas, por lo general
lo hacemos con niños,
cuentan sobre su vida,
su entorno, sus
familias, sus sueños,
sus dilemas, sus
aspiraciones y a su vez
interpelan al que
recibirá el video sobre
temas particulares que
desea conocer de este.
Este material se hace
llegar al grupo de
destino y este genera
otro como respuesta. Así
la TV Serrana
interconectó comunidades
serranas distantes,
niños de la ladera norte
de la Sierra, que nunca
habían visto el mar, con
niños de la ladera sur
que viven a sus orillas,
niños de la Sierra con
niños de El Vedado y
niños de la Sierra y de
Cuba, con niños de
Latinoamérica y África.
Todo lo anterior tiene
en esencia un mismo
concepto, realizar el
trabajo comunitario
desde dentro. Quiero
decir, vivir en la
comunidad, trabajar
desde ella y con ella,
gestar ideas y proyectos
a partir de lo que la
misma comunidad aporta.
No ser invasivo.
Reconocer el
protagonismo haciéndolo
valer por sí mismo y no
una participación que
acompaña a un elemento
exógeno que viene a
descubrirte o peor aún,
a auxiliarte porque tú
solo no puedes. Estos
criterios responden un
poco a algo que el
Académico chileno
Valerio Fuenzalida
nombra con el término
“agonal”. Pretendemos,
por encima de todo, ver
la cultura como
dimensión de la vida.
¿Qué te llevó a
abandonar un proyecto
que te hacía feliz?
No creo que lo abandoné;
de hecho nunca me he
ido, y no es metáfora, y
es verdad. No me he
alejado nunca de la TV
Serrana y a ratos siento
que debo volver, aunque
solo sea para respirar
aire puro y lanzarme al
río (de hecho lo hago
cada vez que tengo algún
día de vacaciones).
Llevaba unos ocho o
nueve años en la TV
Serrana, cuando la
dirección del ICRT me
instó a colaborar en
otros proyectos
nacionales desde la
capital. Ya era el año
2000/ 2001 y yo estaba a
cargo de la dirección
del equipo. Entonces no
tenía del todo claro si
me inspiraba irme a La
Habana o no. El proyecto
serrano me seguía
seduciendo.
Aunque lo cierto es que
desde que a los 13 años
me mudé a Bayamo,
siempre les dije a mis
padres que al final
regresaría a la capital.
Cuando me fui de La
Habana no fue por mi
decisión personal.
Siempre me sentí de otro
lugar, tal vez por haber
pasado tantos años de
sitio en sitio, quiero
decir secundaria urbana
en Bayamo;
preuniversitario becado
en el campo; universidad
en Santiago; años en la
Sierra Maestra; en fin,
tengo muchos recuerdos
lindos de Bayamo y a esa
ciudad le debo también
gran parte de lo que
soy, pero me sentía de
muchos lugares y anclado
en los recuerdos
capitalinos.
Luego, ya con 11 años en
la TV Serrana, se me
pidió colaborar en la
fundación de lo que
luego sería el Canal
Educativo 2. Aún me
sentía seducido por el
proyecto y hoy día lo
estoy todavía. No
obstante, me tentó el
hecho fundacional. Un
año después, ya con el
canal “al aire”, me fui
definitivamente a La
Habana.
¿Fue el Canal Educativo
una nueva escuela?
Toda obra que se inicia,
enseña. Por eso, el
Canal Educativo 2
también se convirtió en
una escuela. Allí tuve
que sortear otros
derroteros: gestar una
programación, insertarme
en las dinámicas de la
programación televisiva
en vivo y la producción
de televisión en
estudios; dirigir un
equipo de trabajo que
triplicaba en número a
mi pequeña guerrilla
serrana (la cual había
dirigido desde el año
2000 cuando Daniel Diez
se trasladó a La Habana
para ocupar el cargo de
Vicepresidente del
ICRT); reencontrarme con
mi ciudad natal ya no
como visitante, sino
nuevamente como
residente y La Habana ya
había cambiado mucho
respecto a 1982 cuando
me mudé a Bayamo, etc.
En fin, de nuevo se
abrió el reto y la
carrera contra reloj por
ir venciendo metro a
metro la cuesta.
El Canal Educativo 2
también significó otro
escalón en mi formación
profesional como
creativo y directivo de
un medio de
comunicación. Además, y
siento que ha sido lo
más importante, me
sirvió para profundizar
mis estudios sobre
comunicación y dentro de
esto los principios y
valores que rigen lo que
se conoce como
televisión educativa,
mensajes educativos,
sentido didáctico del
medio, etc. Cuestiones
en las que confieso he
tenido que despejarme
muchas dudas sobre la
marcha y de las que creo
profundamente hoy, que
ha primado mucho
voluntarismo y poca
implementación práctica
de conceptos elementales
para ese tipo de
comunicación que se
gesta o pretende
gestarse, desde nuestra
televisión educativa.
Cuando llegué a La
Habana y me incorporé al
equipo que ya venía
proyectando lo que sería
el canal, no creo que
estuvieran bien claros
los conceptos que
fundarían esta señal.
Eran los años de
gestación de los
proyectos de la Batalla
de Ideas, el Comandante
en Jefe había dado vida
propia a la Universidad
para Todos, ya existía
al aire el Canal
Educativo y teníamos la
encomienda de sacar una
nueva señal cuyos fines
era también
“educativos”.
Empezamos a moldear el
camino para seguir. El
canal asumiría de algún
modo formatos
audiovisuales de
teleclases, pero en
esencia se pretendía que
explotara más los
diversos formatos. En el
slogan que acuñamos para
esta señal, encontré la
esencia de lo que
consideraba debíamos
aspirar: “por los
caminos del saber”.
Debíamos lograr que lo
“educativo” no fuera
precisamente
“didáctico”, de ahí que
incorporáramos programas
musicales como Música
Maestro, Proyecto
Digital, devenido luego
Contexto Digital, un
programa de comunicación
más que de tecnología,
Letra Fílmica, espacio
cinematográfico para
transmitir obras
literarias versionadas a
la pantalla, Paréntesis,
espacio dedicado a la
obra artística de los
jóvenes creadores,
Pantalla Documental,
segmento dedicado al
documental de autor y
así, como otros muchos
que lograron su cometido
y otros que no nos han
quedado bien.
¿Cuántas canas te han
salido en la lidia
constante que tienes
como vicepresidente?
¿Puedes dormir a piernas
sueltas cuando sale al
aire un espacio que
provocará decenas de
llamadas esa misma noche
o a la otra?
Las canas que me han
salido prefiero
asociarlas a mis 42
años; no voy a culpar a
nadie de lo que solo yo
soy responsable, haber
accedido a un cargo de
tamaña complejidad.
Nadie tiene la menor
idea.
Cuando la vida te lleva
por los caminos que ha
transitado la mía,
evaluar el sueño como
tranquilo, o simplemente
sueño, es algo difícil.
Es voluble el sentido de
las cosas, depende de
las circunstancias en
las que te encuentras.
En la Sierra Maestra no
recuerdo insomnios, pero
puedo asegurarte que no
siempre dormí tranquilo.
A veces un plano que no
cuajaba en una
estructura, no me dejaba
cerrar los ojos en toda
la madrugada. A veces
era todo lo contrario:
encontrar el sentido
ideal a un plano
determinado y saber que
había hallado su
ubicación exacta en la
estructura que
conformaba, era el
motivo especial para
tampoco dormir y saltar
de la cama al cubículo
de edición, para pasar
la madrugada entera
armando y montando
ideas. Muchas veces, al
amanecer y entrar la
editora al cubículo (por
cierto, mi esposa), me
busqué más de un regaño
y un reclamo, pues casi,
sin querer, usurpaba sus
funciones de trabajo
(con el tiempo aprendí
las técnicas de la
edición y me daba placer
hacerlo).
Hoy me pasa más o menos
lo mismo, claro, las
circunstancias son
otras. Con el tiempo uno
aprende a catar las
situaciones, las
coyunturas; uno aprende
a tratar de no
despertarse, aunque te
puedo asegurar que no
siempre se consigue.
Me preocupan más que las
llamadas, la falta de
perspectiva que a ratos
nos circunda; la escasez
mental para digerir los
cambios; la actitud de
avestruz; el alma
vendida al diablo de la
banalidad y la
superchería; la nefasta
desideologización real y
aún peor, aquella
solapada que pretende y
aplaude loas y a la vez,
como si tuviese vidas
paralelas, disfruta lo
más vulgar de Hollywood.
Todo esto afecta más mi
sueño que el timbre del
teléfono, aunque
preferiría a ratos que
no sonara.
¿Es nuestra televisión
una consecuencia de los
problemas financieros o
se unen otros factores?
Son muchos los factores
que se unen. Por
supuesto, los
financieros tienen un
gran peso, pero no está
en dichos problemas la
causa principal de las
deficiencias. Esa es mi
opinión y no me refiero
a que los recursos de
los que disponemos den
abasto, me refiero a una
gama de causas que nos
impactan negativamente y
que van desde la
desprofesionalización
real, hasta el facilismo
oportunista.
En última instancia, es
nuestra televisión una
consecuencia de la
carencia de
conceptualización sobre
lo que queremos. Me
refiero a la no claridad
del modelo de
comunicación que
queremos construir.
Cuba, por
revolucionaria, debía
ser el país de la
reinvención eterna. Con
esto te digo que debimos
haber intentado
reinventar la
televisión, aunque a
algunos, esto les suene
disparatado,
autosuficiente o
utópico.
¿Qué sería para ti una
buena televisión? ¿Cómo
crees que se
conseguiría?
Definir una buena
televisión es tan
difícil como que cada
persona a la que le
hagas la pregunta, te
dará un concepto
diferente; su concepto.
Depende, reitero, del
modelo de comunicación
que asumas, del tipo de
televisión que quieras
construir, de para qué
quieres la televisión. A
todo caso me atrevería a
mencionar aquellos
elementos que considero
no debe dejar de tener
una televisión en un
país como el nuestro.
En primera instancia
descartaría asociarme a
un modelo particular de
comunicación e
intentaría buscar en la
hibridez, según nuestra
propia cultura e
idiosincrasia, los
rasgos asimilables y
definirlos bien.
Por tanto, sería útil
una televisión que actúe
sobre la sociedad,
señalando todo aquello
que no está bien. Por
supuesto para ello, debe
ser una televisión que
conozca a sus públicos y
estudie sus necesidades,
de modo tal que no solo
señale lo que
socialmente está errado,
sino que además lo haga
facilitando la
participación ciudadana
en lo que hay que
cambiar. Participar es
ser protagonista.
Lo anterior redundaría
en negociar lo
transmisivo con lo
dialógico. Desde cada
punto hay razones y
verdades, hay que
buscarlas
incansablemente y
ponerlas en el mismo
tablero a conversar.
Además, debemos apostar
siempre por que la
civilidad se construya
de la mano de lo
racional y lo emotivo. A
la televisión le hace
falta razón y le urge lo
lúdico-afectivo en justo
balance, desafío
imperioso al exceso
tanto de tutoría, como
de didactismo y
banalidad.
No podemos olvidar que
al responder nuestro
modelo social a
necesidades de servicio
público que se pautan
desde el estado y la
guía ideológica de
nuestro Partido, la
televisión debe
acompañar dicha gestión
estatal en cualquier
rama y contribuir a
hacer perfectible
nuestro modelo. El mejor
modo es conciliar la
agenda del medio con los
intereses de los
públicos. El medio es
sus audiencias;
transformarlas significa
conocerlas y no
traicionarles. Para ello
debemos aspirar a una
televisión creíble.
Hacia dentro, o sea,
hacia nuestros propios
creadores, algo similar
hay que tener en cuenta.
Tendríamos que construir
nuestro discurso,
nuestros mensajes,
nuestro interés
institucional, siempre
de la mano negociadora
con los artistas y
periodistas hacedores de
dichos mensajes.
Por último y no por ello
menos importante, habría
que tener claridad de
que la televisión no es
solo divulgación y mucho
menos solo propaganda.
Circunscribirla a esto
es una manquedad
intelectual
imperdonable. Por tanto
hay que concebirla como
un espacio de producción
cultural y con esto
quiero decir, un espacio
de vasos comunicantes
entre la información, lo
educativo, la expresión
artística y la
experimentación y, por
supuesto, desde el
entretenimiento como
condición sine qua
non. Un espacio de
beligerancia ideológica
que entronice la
autocrítica, aprecie
sensiblemente y promueva
los logros sociales y a
su vez, exprese la
diversidad.
Atreverme a decir cómo
conseguir todo lo
anterior sería muy
autosuficiente de mi
parte. A lo sumo creo
fervientemente que se
puede lograr desde el
más profundo sentido de
arraigo a la cultura
nacional en sus esencias
éticas y humanistas, el
más profundo sentido del
deber y, por supuesto,
trabajando.
No faltan quienes dicen
que en ti queda poco de
aquel joven de melena
recogida que buscaba
siempre la mejor forma
de hacer un documental y
que ahora solo eres un
funcionario que ha
perdido sus dones
artísticos. ¿Qué crees
tú de tales opiniones?
Debo respetar a quien lo
diga, sabrá por
qué lo dice. No obstante
creo que no me ha mirado
bien. Si lo hace se
percatará de que ahí
está la melena recogida
aunque ciertamente menos
joven (la melena). Si me
mira a los ojos, se dará
cuenta de que lo reto a
cualquier debate. No
ando por la vida
buscando que me
cataloguen como
funcionario o como
artista. Yo sé lo que
soy. El que lo dude, si
es honesto, tendrá el
deber de acercarse a mi
obra artística, ella
hablará por mí. Sobre mi
trabajo como directivo,
solo puedo decirte que
dirigir es también
gestar una obra; nadie
lo dude. Las obras, del
tipo que sean, no son
perfectas. Cuidado con
los que piensan así.
¿Por qué si producir
programas televisivos es
un dolor de cabeza te
metiste a hacer En vivo,
una revista digital e
impresa, que está
pariendo la editorial
homónima y representa
otro tremendo dolor de
cabeza?
Por la sencilla razón de
sentir la necesidad de
expresarme
artísticamente. EN VIVO
es un modo de hacerlo.
En cada línea están mis
aspiraciones y mi
compromiso como creador,
de contribuir
modestamente a generar
pensamiento en la
sociedad.
Además, en la TV Serrana
aprendí algo muy
importante para mi vida,
conocer a Martí. Esto se
lo debo por supuesto a
Daniel Diez, quien
hurgaba a diario en el
pensamiento martiano,
quien libró más de una
batalla de la mano de
los pensamientos del
Apóstol. No creo que
conozca la obra martiana
lo suficiente como
debía, pero me siento
impregnado de las
esencias de su espíritu,
lo llevo conmigo y
también en más de una
ocasión, me ha ayudado a
librar batallas.
Martí fue en esencia un
educador, un forjador de
pensamiento. Insistió
mucho en la necesidad
del conocimiento, en la
necesidad de educarse y
en el deber de educar.
Creo fervientemente en
la necesidad de fomentar
un ser humano que se
exponga ante el medio de
comunicación como
ciudadano, no como
consumidor. Modestamente
aspiro a que EN VIVO
contribuya a ello, a que
trabaje por la necesidad
de fomentar un
pensamiento crítico en
los públicos.
En noches claras, con o
sin estrellas, ¿sientes
nostalgia por la Sierra?
Siempre. Es una
nostalgia “telúrica”.
Tal y como un día, hace
ya más de 15 años,
Cintio Vitier catalogó
nuestra obra en TV
Serrana. |