La Habana. Año X.
1ro al 7 de OCTUBRE
de 2011

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La tragedia habanera de Miranda
Josefina Ortega • La Habana
Foto: Jorge Sariol

Tal vez de haber sabido que su estancia en La Habana habría de ser tan tormentosa, Francisco de Miranda hubiera cambiado la ruta de sus andares por este mundo. Sin embargo, quien sería considerado luego por la historia como El Precursor, tenía en su haber, conformado y muy sólido en su personalidad,  un carácter fuerte y altivo, suficiente como para no detenerlo —de adivinar lo que pasaría—, ante la pasarela del barco que lo pondría en tierra cubana.

El día del arribo  —probablemente el 4 de agosto de 1780—, Miranda hacía solo cuatro meses y siete días que había cumplido 30 años.

Llegaba como parte de los efectivos del Ejército de Operaciones de América,  con los grados de capitán del Regimiento de Aragón, con un elevado bagaje cultural, pulido con lecturas no bien vistas para la época, cierta fama de transgresor, varias pugnas personales, profesionales1 y éticas pendientes y una elevada autoestima que le había hecho reclamar —incluso al rey— honores merecidos y a su juicio no bien recompensados.

Y  traía consigo, sobre todo, una amistad que le salvaría el pellejo varias veces y a la cual rendiría culto por el resto de su vida.

El garante de la simpatía —nacida en mayo de 1779— era Juan Manuel de Cagigal y Monserrate (1738-1808) nombrado entonces coronel del regimiento de la Princesa, al que había perteneció Miranda, y que un año después de su arribo a La Habana sería designado, nada más y nada menos, como gobernador de la Isla. Cagigal, nacido en Cuba —“criollo” como Miranda— era el primer nativo en llegar tan alto en la política colonial cubana.

La condición de “criollez” de ambos, sería tal vez una parte base de la amistad entrambos, y posiblemente de la malquerencia que los dos recibieron de muchos peninsulares con poder en el entramado político militar español.

El joven capitán que desembarcaba en La Habana, había nacido en Caracas, Venezuela, el 28 de marzo de 1750 y llevaría el nombre de Sebastián Francisco de Miranda Rodríguez Ravelo y Espinosa, hijo del canario Sebastián y de la caraqueña Francisca Antonia; su estatus lo señalaba como nacido en el seno de una familia “mantuana”, denominación que en la Caracas de mediados del siglo XVIII se les daba a los ricos criollos cuyas mujeres podían usar mantas, algo que despertaba ojeriza entre los peninsulares.

Todo lo anterior, sin duda, había moldeado el perfil orgulloso, complicado,  belicoso e incómodo que lo enfrentaría a muchos lances algunos de los cuales lo perseguirían a lo largo de su vida e incluso en ocasiones lo convertiría en enemigo de sí mismo.

Tal vez los entresijos de su padecer en La Habana comenzaron el 9 de agosto de 1781 cuando el gobernador Cagigal confía al ya coronel Miranda una misión en Jamaica: pactar un canje de prisioneros entre ingleses y españoles, con la tarea adicional de espiar las obras defensivas de aquella isla; acaso todo partiera de un incidente ocurrido meses antes —del que nunca hubo pruebas en su contra—, que señalaba a Miranda sirviéndole de cicerone al general británico Campbell, prisionero en ruta, a visitar el castillo de El Príncipe al suroeste de la ciudad.

Lo cierto es que a pesar de que de España llegaba luz verde al operativo de canje de prisioneros, se desautorizaba la presencia de Miranda al frente del mismo.

A finales de noviembre comenzó  a transitar en contra de Miranda una maraña de cartas, órdenes, contraórdenes y circulares, todas con acusaciones, algunas con hechos no probados, otras con sucesos lejanos ocurridos en España —un tribunal inquisidor, viejos arrestos por insubordinación, informes negativos sobre su proceder como jefe militar—, además de negativas y advertencias que intentaron durante casi tres años acorralar incluso la sombra del venezolano.

La orden de Madrid había llegado cuando ya Miranda había salido para Jamaica, concluyendo con éxito el rescate de más de 800 prisioneros españoles —con el oportuno y eficiente inventario del sistema defensivo jamaicano2. Pero en ruta de Batabanó a La Habana, el venezolano se vio envuelto en una acusación por contrabando, autorizado y como parte del operativo en Kingston, pero desaprobado por la Real Hacienda y por intermedio del intendente de La Habana, Juan Ignacio Urriza, que lo hostigaría de modo intenso y que de algún modo afectara también a su amigo Cagigal.

Poco después, cuando cumplía una misión en Bahamas bajo el mando de Bernardo de Gálvez, comandante general del Ejército y sobrino del Ministro de Indias, se entera Miranda de una de las órdenes de arresto en su contra, con el correspondiente envío a Madrid para responder por la acusación de contrabando.

Miranda había combatido con De Gálvez en la toma de Pensacola poco después de arribar a La Habana y sabía de la rectitud del jerarca militar.

En todos los lances, estaría Cagigal tendiéndole la mano. Cuando De Gálvez decide arrestarlo el 8 de agosto de 1782, lo envía a La Habana para que Cagigal organice su traslado a España, pero adjunta una nota secreta a Cagigal donde le señala que habría de destruir entre los papeles de Miranda cualquier escrito comprometedor para este último.

Pero el 16 abril de 1783 aún Miranda está en La Habana. Cagigal ya no es el Gobernador y se apresta para presentarse en Las Cortes, en la creencia de que junto con Miranda pueden desbaratar cualquier acusación infamante.

Preocupado por que no se detiene el trasiego de carta y apremios para que sea enviado a Madrid bajo arresto, Miranda se refugia en la ciudad de Matanzas, a unos cien kilómetros al este de la capital cubana.

Entonces escribe a Cagigal que ha obtenido información fidedigna de que un agente del gobernador de Cuba había llegado para prenderlo, y están pensando darse un tiempo y “sustraerse a la autoridad española dirigiéndose a Europa vía Norteamérica de donde escribirá a S. M., pidiéndole humildemente salvoconducto para pasar a España y reivindicar su honor en consejo de guerra imparcial”.

Luego escribiría otra misiva a Cagigal en la que anuncia esperar en Filadelfia y tomar una “decisión final”.

El 1ro. de junio Miranda sale subrepticiamente de La Habana en la balandra norteamericana Prudent —una vez más ayudado por Cagigal— y diez días después desembarca en Newbern, Carolina del Norte.

Terminaba la etapa cubana de Miranda, pero el rosario de malos roces, peores enfrentamientos y diversas contradicciones de una grandeza que le sobreviviría.

Para muchos historiadores, La Habana fue para Miranda algo más que una plaza de acantonamiento militar o el principio de un calvario. Cuba entraba en sus planes de emancipación americana representada por una gran Colombia.

Una estatua del prócer justo en la bocana del canal de entrada a la bahía habanera intenta perpetuar la memoria de quien a su paso por la ciudad sufriría encono del poder colonial y le abriría el camino para su verdadera vocación libertaria

 

Notas:

1- “Un Informe oficial de su regimiento advertía que Miranda poseía "probado valor, gran aplicación e indudable capacidad pero que debería ser más prudente". Cronología de Francisco de Miranda,  José Antonio Carbonell (1910-1998); versión digital PDF p. 5.

2- “Acabo de llegar a este surgidero con el bergantín Puercoespín y [la] goleta El Águila (...) que traen a su bordo 130 prisioneros españoles (…) Traigo noticia exacta de las escuadras enemigas que existen en aquella isla y de las que próximamente se esperan de Europa (...), planos topográficos del país que son bastante exactos (...), tres embarcaciones ligeras y de superior vela que son excelentes para avisos y aun para muy buenos corsarios, con varias otras cosas y negociaciones ventajosas que no puedo fiar a la pluma.”

 
 
 
 
   
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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.