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Tal vez de haber sabido
que su estancia en La
Habana habría de ser tan
tormentosa, Francisco de
Miranda hubiera cambiado
la ruta de sus andares
por este mundo. Sin
embargo, quien sería
considerado luego por la
historia como El
Precursor, tenía en su
haber, conformado y muy
sólido en su
personalidad, un
carácter fuerte y
altivo, suficiente como
para no detenerlo —de
adivinar lo que
pasaría—, ante la
pasarela del barco que
lo pondría en tierra
cubana.
El día del arribo
—probablemente el 4 de
agosto de 1780—, Miranda
hacía solo cuatro meses
y siete días que había
cumplido 30 años.
Llegaba como parte de
los efectivos del
Ejército de Operaciones
de América, con los
grados de capitán del
Regimiento de Aragón,
con un elevado bagaje
cultural, pulido con
lecturas no bien vistas
para la época, cierta
fama de transgresor,
varias pugnas
personales,
profesionales1
y éticas pendientes y
una elevada autoestima
que le había hecho
reclamar —incluso al
rey— honores merecidos y
a su juicio no bien
recompensados.
Y traía consigo, sobre
todo, una amistad que le
salvaría el pellejo
varias veces y a la cual
rendiría culto por el
resto de su vida.
El garante de la
simpatía —nacida en mayo
de 1779— era Juan Manuel
de Cagigal y Monserrate
(1738-1808) nombrado
entonces coronel del
regimiento de la
Princesa, al que había
perteneció Miranda, y
que un año después de su
arribo a La Habana sería
designado, nada más y
nada menos, como
gobernador de la Isla.
Cagigal, nacido en Cuba
—“criollo” como Miranda—
era el primer nativo en
llegar tan alto en la
política colonial
cubana.
La condición de
“criollez” de ambos,
sería tal vez una parte
base de la amistad
entrambos, y
posiblemente de la
malquerencia que los dos
recibieron de muchos
peninsulares con poder
en el entramado político
militar español.
El joven capitán que
desembarcaba en La
Habana, había nacido en
Caracas, Venezuela, el
28 de marzo de 1750 y
llevaría el nombre de
Sebastián Francisco de
Miranda Rodríguez Ravelo
y Espinosa, hijo del
canario Sebastián y de
la caraqueña Francisca
Antonia; su estatus lo
señalaba como nacido en
el seno de una familia
“mantuana”, denominación
que en la Caracas de
mediados del siglo XVIII
se les daba a los ricos
criollos cuyas mujeres
podían usar mantas, algo
que despertaba ojeriza
entre los peninsulares.
Todo lo anterior, sin
duda, había moldeado el
perfil orgulloso,
complicado, belicoso e
incómodo que lo
enfrentaría a muchos
lances algunos de los
cuales lo perseguirían a
lo largo de su vida e
incluso en ocasiones lo
convertiría en enemigo
de sí mismo.
Tal vez los entresijos
de su padecer en La
Habana comenzaron el 9
de agosto de 1781 cuando
el gobernador Cagigal
confía al ya coronel
Miranda una misión en
Jamaica: pactar un canje
de prisioneros entre
ingleses y españoles,
con la tarea adicional
de espiar las obras
defensivas de aquella
isla; acaso todo
partiera de un incidente
ocurrido meses antes
—del que nunca hubo
pruebas en su contra—,
que señalaba a Miranda
sirviéndole de cicerone
al general británico
Campbell, prisionero en
ruta, a visitar el
castillo de El Príncipe
al suroeste de la
ciudad.
Lo cierto es que a pesar
de que de España llegaba
luz verde al operativo
de canje de prisioneros,
se desautorizaba la
presencia de Miranda al
frente del mismo.
A finales de noviembre
comenzó a transitar en
contra de Miranda una
maraña de cartas,
órdenes, contraórdenes y
circulares, todas con
acusaciones, algunas con
hechos no probados,
otras con sucesos
lejanos ocurridos en
España —un tribunal
inquisidor, viejos
arrestos por
insubordinación,
informes negativos sobre
su proceder como jefe
militar—, además de
negativas y advertencias
que intentaron durante
casi tres años acorralar
incluso la sombra del
venezolano.
La orden de Madrid había
llegado cuando ya
Miranda había salido
para Jamaica,
concluyendo con éxito el
rescate de más de 800
prisioneros españoles
—con el oportuno y
eficiente inventario del
sistema defensivo
jamaicano2.
Pero en ruta de Batabanó
a La Habana, el
venezolano se vio
envuelto en una
acusación por
contrabando, autorizado
y como parte del
operativo en Kingston,
pero desaprobado por la
Real Hacienda y por
intermedio del
intendente de La Habana,
Juan Ignacio Urriza, que
lo hostigaría de modo
intenso y que de algún
modo afectara también a
su amigo Cagigal.
Poco después, cuando
cumplía una misión en
Bahamas bajo el mando de
Bernardo de Gálvez,
comandante general del
Ejército y sobrino del
Ministro de Indias, se
entera Miranda de una de
las órdenes de arresto
en su contra, con el
correspondiente envío a
Madrid para responder
por la acusación de
contrabando.
Miranda había combatido
con De Gálvez en la toma
de Pensacola poco
después de arribar a La
Habana y sabía de la
rectitud del jerarca
militar.
En todos los lances,
estaría Cagigal
tendiéndole la mano.
Cuando De Gálvez decide
arrestarlo el 8 de
agosto de 1782, lo envía
a La Habana para que
Cagigal organice su
traslado a España, pero
adjunta una nota secreta
a Cagigal donde le
señala que habría de
destruir entre los
papeles de Miranda
cualquier escrito
comprometedor para este
último.
Pero el 16 abril de 1783
aún Miranda está en La
Habana. Cagigal ya no es
el Gobernador y se
apresta para presentarse
en Las Cortes, en la
creencia de que junto
con Miranda pueden
desbaratar cualquier
acusación infamante.
Preocupado por que no se
detiene el trasiego de
carta y apremios para
que sea enviado a Madrid
bajo arresto, Miranda se
refugia en la ciudad de
Matanzas, a unos cien
kilómetros al este de la
capital cubana.
Entonces escribe a
Cagigal que ha obtenido
información fidedigna de
que un agente del
gobernador de Cuba había
llegado para prenderlo,
y están pensando darse
un tiempo y “sustraerse
a la autoridad española
dirigiéndose a Europa
vía Norteamérica de
donde escribirá a S. M.,
pidiéndole humildemente
salvoconducto para pasar
a España y reivindicar
su honor en consejo de
guerra imparcial”.
Luego escribiría otra
misiva a Cagigal en la
que anuncia esperar en
Filadelfia y tomar una
“decisión final”.
El 1ro. de junio Miranda
sale subrepticiamente de
La Habana en la balandra
norteamericana
Prudent —una vez más
ayudado por Cagigal— y
diez días después
desembarca en Newbern,
Carolina del Norte.
Terminaba la etapa
cubana de Miranda, pero
el rosario de malos
roces, peores
enfrentamientos y
diversas contradicciones
de una grandeza que le
sobreviviría.
Para muchos
historiadores, La Habana
fue para Miranda algo
más que una plaza de
acantonamiento militar o
el principio de un
calvario. Cuba entraba
en sus planes de
emancipación americana
representada por una
gran Colombia.
Una estatua del prócer
justo en la bocana del
canal de entrada a la
bahía habanera intenta
perpetuar la memoria de
quien a su paso por la
ciudad sufriría encono
del poder colonial y le
abriría el camino para
su verdadera vocación
libertaria
Notas:
1- “Un Informe
oficial de su
regimiento
advertía que
Miranda poseía
"probado valor,
gran aplicación
e indudable
capacidad pero
que debería ser
más prudente".
Cronología de
Francisco de
Miranda,
José Antonio
Carbonell
(1910-1998);
versión digital
PDF p. 5.
2-
“Acabo de llegar
a este surgidero
con el bergantín
Puercoespín y
[la] goleta El
Águila (...) que
traen a su bordo
130 prisioneros
españoles (…)
Traigo noticia
exacta de las
escuadras
enemigas que
existen en
aquella isla y
de las que
próximamente se
esperan de
Europa (...),
planos
topográficos del
país que son
bastante exactos
(...), tres
embarcaciones
ligeras y de
superior vela
que son
excelentes para
avisos y aun
para muy buenos
corsarios, con
varias otras
cosas y
negociaciones
ventajosas que
no puedo fiar a
la pluma.”
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