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La Atenas de Cuba
prestigia la prensa
cubana en las cuatro
primeras décadas del
siglo XIX
No pretendo
historiar la prensa en
Matanzas en el lapso
antes aludido, pero sí
mencionar que la
imprenta fue introducida
en la ciudad en 1812 por
Francisco Camero a
través de un periódico
titulado El Patriota,
aparecido el 22 de
septiembre de 1813, de
escaso mérito literario,
aunque fue muy censurado
por sus ataques a las
autoridades “y
particulares”. Algunos
historiadores afirman
que lo antecedió en unos
meses el Diario de
Matanzas. Hubo
también una Gaceta de
Matanzas, pero
quiero referirme a un
periódico fundacional
del periodismo cubano,
de relevantes valores
culturales: La Aurora
de Matanzas, y
también a La
Guirnalda, de
relevantes méritos.
Comentar además acerca
del Locomotor de
Cárdenas, ciudad de
la misma provincia, por
entonces muy pujante en
el orden económico.
En 1821, y sin
poder precisar la fecha
de salida de su primer
número, se publicó la
Gaceta de Matanzas,
fundada, redactada e
impresa por Juan Justo
Jiménez, hasta entonces
residente en la capital.
A la también llamada
“ciudad de los puentes”
trasladó su imprenta La
Constancia y comenzó su
ingente tarea. Los
martes, jueves y sábado
veía la luz y para
suerte suya tuvo la
prerrogativa de
habérsele concedido por
la Administración de
Rentas de la ciudad el
privilegio de insertar
las noticias y los
avisos oficiales. Pero
la competencia era la
competencia, y en 1824
el norteamericano Tomás
Federico Kid abrió la
Imprenta de Gobierno y
fundó la Gaceta del
Gobierno de Matanzas,
desplazando así a
Jiménez. Allí aparecían,
los miércoles y sábados,
las órdenes dictadas por
las autoridades, copiaba
noticias de periódicos
españoles y habaneros y
el resto de sus páginas
estaban dedicadas a
temas judiciales y
económicos. Se mantuvo
hasta 1828, pero
reapareció rápidamente,
ahora diario, con el
título de Redactor
Mercantil. Logró
sostenerse hasta 1830.
No aportó trabajos
culturales.
En 1822 se fundó
el Semanario de
Matanzas, que salía
los domingos. Su primer
número apareció el 8 de
septiembre y con el
número 12, del 24 de
noviembre, concluyó. No
ha logrado saberse con
absoluta certeza quién
lo creó, aunque Joaquín
Llaverías estima que fue
el abogado habanero Juan
Justo Jiménez, fundador
de la ya comentada
Gaceta de Matanzas.
Según Bachiller y
Morales no fue una
publicación periódica
notable y, cito a
Llaverías, “a no ser las
poesías ‘El rizo de
pelo’ y ‘Melancolía’,
que debido a la pluma
del genial bardo José
María de Heredia
aparecen en los números
11 y 12, no hemos
hallado cosa alguna
digna de especial
mención”.
Pero una ciudad
culta como Matanzas,
donde vivían o por ella
pasaban los más
prestigiosos hombres de
la cultura cubana, cuna
de las tertulias
literarias de Domingo
del Monte, requería de
una publicación
periódica de mayor
lustre, con espacios
dedicados a reflejar el
activo movimiento
literario que allí
ocurría. Entonces se
fundó La Aurora de
Matanzas, cuyo
primer número apareció
el 2 de septiembre de
1828. Era propiedad de
la Diputación Patriótica
y lo redactaba José
Pereira, hermano de
Antonio, su impresor.
Pero José no era hombre
de letras, por lo que
tuvo que auxiliarse de
uno que sí lo era: el
colombiano asentado en
Cuba Félix Tanco, amigo
predilecto de Del Monte
y autor, años después,
de la novela
antiesclavista
Petrona y Rosalía,
no publicada hasta 1925.
Tanco se sirvió además
de tres amigos cercanos
interesados en la
literatura, pero de
menos oficio que él:
José Ibarra, José B.
Ponce, José M. Casal—los
tres José, los llamaba
Tanco— unidos a Jaime
Badía. Algunos de esos
nombres figuran en los
cientos de cartas que
Tanco le envió a Del
Monte, recogidas por
este en su famoso e
imprescindible Centón
epistolario.
El periódico no
pudo renunciar a
publicar noticias y
otros asuntos ajenos a
la literatura, pero esta
tuvo una presencia
capital, sin poder
obviar un rasgo que lo
distingue del resto de
la prensa del momento:
fue el primero de los
periódicos cubanos que
publicó crónicas de
guerras extranjeras,
pues la amistad de
Pereira con los dueños
del Corrier des Etas
Unis le facilitó dar
a conocer crónicas sobre
la sostenida entre
Turquía y Rusia. El
erudito Antonio
Bachiller y Morales, a
quien hemos aludido en
otras ocasiones en estas
páginas, no dudó en
afirmar que La Aurora
de Matanzas “fue el
mejor periódico político
y literario de esta isla
hasta esa fecha [tomando
como referencia la
década del cuarenta].
Contribuyó visiblemente,
sigue diciendo
Bachiller, al adelanto
en el periodismo en la
esencia y hasta en la
belleza de las formas”.
En 1830 José Pereira se
separó del periódico y
fundó El Lucero de
Matanzas, que al
poco tiempo se trasladó
a La Habana.
Al hacerse cargo
de La Aurora de
Matanzas Tiburcio
Campe, nombre nada
desconocido en esos años
como activo promotor de
empresas culturales, fue
más sólida la presencia
en sus páginas de Tanco,
de los “tres José” y de
quien por entonces
residía esa ciudad, pero
estaba a punto de
trasladarse para La
Habana: Domingo del
Monte. Es ahora que se
enriquece la nómina de
colaboradores vinculados
a la literatura, en
particular a la poesía,
influidos todos por la
escuela romántica. De
hecho, La Aurora de
Matanzas se
convierte poco menos que
en órgano de ese
movimiento en Cuba. Allí
están las firmas de
Plácido, José
Jacinto Milanés,
Francisco Iturrondo y
Sebastián Alfredo de
Morales, entre otros
muchos nombres. En
octubre de 1833 José
Pereira asume de nuevo
las riendas del
periódico, ahora en su
tercera época. A las
firmas anteriores se
suman Desval
(seudónimo de Ignacio
Valdés Machuca), Un
aficionado a las musas
(José Severino Boloña),
el Bachiller Toribio
Sánchez de Almodóvar
(seudónimo de Domingo
del Monte), el narrador
Ramón de Palma, Manuel
González del Valle, cuyo
Diccionario de
las musas, aparecido
en Nueva York en 1827,
motivaba por entonces
muchos comentarios
elogiosos, Blas de Osés
y otros. El periódico se
extendió hasta agosto de
1857, cuando se fundió
con otro que ya venía
publicándose en
Matanzas: El Yumurí.
Surgió entonces
Aurora del Yumurí,
sostenido hasta el año
1900. Un intelectual
matancero, Pedro José
Guiteras, hijo de una
familia de intelectuales
—los Guiteras y Font—,
de apreciables
contribuciones a la
cultura de su patria
chica, en particular a
la educación, no dudó en
afirmar en 1886 que la
reforma en el periodismo
cubano comenzó en 1828
con La Aurora de
Matanzas, “diario
político y literario
digno de elogios por la
elegancia de su
impresión y su
extensión, la variedad
de materias que abraza y
el orden y buen gusto de
su redacción, y puede
estimarse sin disputa el
príncipe de nuestros
periódicos”.
En 1842 Matanzas
veía surgir otro
periódico: La
Guirnalda, “dedicado
al bello secso” [sic].
Resulta curioso el hecho
de que no hubo que pedir
licencia a las
autoridades, pues
asumieron la concedida
en 1840 a uno
proyectado, pero nunca
publicado, por el
conocido costumbrista
cubano José María de
Cárdenas y Rodríguez,
más conocido por su
seudónimo Jeremías de
Docaranza. Sin
embargo, el censor José
Antonio de Olañeta, al
aparecer los dos
primeros números, el
primero en el mes de
junio, puso en
conocimiento del Capitán
General de la Isla,
Francisco Dionisio
Vives, quizá para salvar
su responsabilidad, de
que “No es un periódico
técnico o del número de
aquellos que según el
reglamento no necesitan
Real permiso y ya se
sabe que para la
publicación de un
periódico que le
requiere debe aquel
obtener por conducto del
Gobernador civil
superior de toda la
isla”. Entonces hizo
recaer la culpa en el
Gobernador de Matanzas,
pues “debió remitir la
solicitud del interesado
a Vuestra Excelencia, y
el no haberlo hecho, dio
lugar a que sin
conocimiento del
Gobernador Superior de
la Isla apareciese en
ella un periódico nuevo
sin los requisitos
legales”. Desde La
Habana se dispuso su
cese mientras no fueran
resueltos los trámites
requeridos, pero,
burocracia al fin o
demora en llegar la
prohibición, cualquiera
sabe, ¡cuando llegó a
Matanzas la orden de
suspensión, ya habían
aparecido los seis
números que se
publicaron de este
papel! Constaba de
cuatro páginas de texto,
a dos columnas, y
ninguno de los
ejemplares posee pie de
imprenta. Pero se sabe
que su editor fue José
María Salinero, quien
había estado vinculado a
una de las varias etapas
por las que atravesó
La Aurora de Matanzas.
Los redactores de
La Guirnalda
fueron Miguel Teurbe
Tolón, Rafael Valdés,
Ignacio M. Acosta y
Francisco Javier de la
Cruz. La publicación
acogió textos de los
propios redactores y
también de Anselmo
Suárez y Romero, Ignacio
Rodríguez Galván y José
Güell y Renté, más
algunos artículos
traducidos de otras
lenguas. A pesar de los
esfuerzos realizados, la
publicación no volvió a
ver la luz. Ha sido
juzgada como “una
preciosa revista
literaria que llamó la
atención, no solo por su
fina presentación, sino
por la calidad del
material y la
importancia intelectual
de su cuerpo de
redactores”. Tres años
después, Teurbe Tolón se
dirigió al Capitán
General de la Isla, con
la previa anuencia del
gobernador provincial,
para solicitar una
“publicación por
entregas de una
colección de artículos
de amena literatura bajo
el título de La
Guirnalda”. Pero
el implacable censor
Olañeta no tuvo en
cuenta siquiera que la
tercera parte de las
utilidades irían a favor
de un establecimiento de
caridad, aludiendo que
“la ley no se infrinja
por medio de una
contribución pecuniaria,
cualquiera que sea el
objeto de caridad o
beneficencia a que se
dedique”. Así, quedaba
suprimida La
Guirnalda, único
periódico de Matanzas
dedicado al bello sexo.
Años después, en 1854,
tendría La Habana un
relevante periódico de
título similar, La
Guirnalda Cubana,
del cual hablaremos en
otra oportunidad.
Locomotor de Cárdenas
fue el título del primer
periódico que se trató
de establecer en esa
ciudad. En 1843
promovieron la empresa
dos escritores
dominicanos asentados
allí: los hermanos
Alejandro y Francisco
Javier Angulo y Guridi y
el habanero José Agustín
de Quiñones, quienes,
como es de rigor, se
dirigieron al Capitán
General para solicitar
el permiso de crear un
periódico mercantil y
literario. Al parecer,
quisieron apelar a los
sentimientos de Vives,
pues en su petición
argumentaban, en tono
lastimero, que Quiñones
era huérfano y los
dominicanos “emigrados
desde la infancia, sin
más recursos para
subsistir que el escaso
fruto de su
laboriosidad”. Pero el
severo Olañeta encontró
obstáculos, basándose en
un Real Decreto que
establecía permisos para
iniciar publicaciones
periódicas solamente en
La Habana, Santiago de
Cuba, Trinidad, Puerto
Príncipe y Matanzas. Se
frustraba así un intento
más de abrir espacios a
la prensa. En el
expediente abierto para
la solicitud de
Locomotor de Cárdenas,
que se conserva en el
Archivo Nacional de
Cuba, figura el diseño
muy atractivo y moderno
de lo que sería y no fue
la frustrada
publicación.
Matanzas tuvo en
años posteriores
importantes periódicos y
revistas culturales. Lo
presentado es solamente
una muestra de un
quehacer sostenido que
se mantiene hasta los
días actuales.
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