La Habana. Año X.
15 al 21 de OCTUBRE
de 2011

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Las publicaciones periódicas
no se quedan en La Habana (I)
Cira Romero • La Habana
La Atenas de Cuba prestigia la prensa cubana en las cuatro primeras décadas del siglo XIX

No pretendo historiar la prensa en Matanzas en el lapso antes aludido, pero sí mencionar que la imprenta fue introducida en la ciudad en 1812 por Francisco Camero a través de  un periódico titulado El Patriota, aparecido el 22 de septiembre de 1813, de escaso mérito literario, aunque fue muy censurado por sus ataques a las autoridades “y particulares”. Algunos historiadores afirman que lo antecedió en unos meses el Diario de Matanzas.  Hubo también una Gaceta de Matanzas, pero quiero referirme  a un periódico fundacional del periodismo cubano, de relevantes valores culturales: La Aurora de Matanzas, y también a La Guirnalda, de relevantes méritos. Comentar además acerca del Locomotor de Cárdenas, ciudad de la misma provincia, por entonces muy pujante en el orden económico.

En 1821, y sin poder precisar la fecha de salida de su primer número, se publicó la Gaceta de Matanzas, fundada, redactada e impresa por Juan Justo Jiménez, hasta entonces residente en la capital. A la también llamada “ciudad de los puentes” trasladó su imprenta La Constancia y comenzó su ingente tarea. Los martes, jueves y sábado veía la luz y para suerte suya tuvo la prerrogativa de habérsele concedido por la Administración de Rentas de la ciudad el privilegio de insertar las noticias y los avisos oficiales. Pero la competencia era la competencia, y en 1824 el norteamericano Tomás Federico Kid abrió la Imprenta de Gobierno y fundó la Gaceta del Gobierno de Matanzas, desplazando así a Jiménez. Allí aparecían, los miércoles y sábados, las órdenes dictadas por las autoridades, copiaba noticias de periódicos españoles y habaneros y el resto de sus páginas estaban dedicadas a temas judiciales y económicos. Se mantuvo hasta 1828, pero reapareció rápidamente, ahora diario, con el título de Redactor Mercantil. Logró sostenerse hasta 1830. No aportó trabajos culturales.

En 1822 se fundó el Semanario de Matanzas, que salía los domingos. Su primer número apareció el 8 de septiembre y con el número 12, del 24 de noviembre, concluyó. No ha logrado saberse con absoluta certeza quién lo creó, aunque Joaquín Llaverías estima que fue el abogado habanero Juan Justo Jiménez, fundador de la ya comentada Gaceta de Matanzas. Según Bachiller y Morales no fue una publicación periódica notable y, cito a Llaverías, “a no ser las poesías ‘El rizo de pelo’ y ‘Melancolía’, que debido a la pluma del genial bardo José María de Heredia aparecen en los números 11 y 12, no hemos hallado cosa alguna digna de especial mención”.

Pero una ciudad culta como Matanzas, donde vivían o por ella pasaban los más prestigiosos hombres de la cultura cubana, cuna de las tertulias literarias de Domingo del Monte, requería de una publicación periódica de mayor lustre, con espacios dedicados a reflejar el activo movimiento literario  que allí ocurría. Entonces se fundó La Aurora de Matanzas, cuyo primer número apareció el 2 de septiembre de 1828. Era propiedad de la Diputación Patriótica y lo redactaba José Pereira, hermano de Antonio, su impresor. Pero José no era hombre de letras, por lo que tuvo que auxiliarse de uno que sí lo era: el colombiano asentado en Cuba Félix Tanco, amigo predilecto de Del Monte y autor, años después, de la novela antiesclavista Petrona y Rosalía, no publicada hasta 1925. Tanco se sirvió además de tres amigos cercanos interesados en la literatura, pero de menos oficio que él: José Ibarra, José B. Ponce, José M. Casal—los tres José, los llamaba Tanco— unidos a Jaime Badía. Algunos de esos nombres figuran en los cientos de cartas que Tanco le envió a Del Monte, recogidas por este en su famoso e imprescindible Centón epistolario.

El periódico no pudo renunciar a publicar noticias y otros asuntos ajenos a la literatura, pero esta tuvo una presencia capital, sin poder obviar un rasgo que lo distingue del resto de la prensa del momento: fue el primero de los periódicos cubanos que publicó crónicas de guerras extranjeras, pues la amistad de Pereira con los dueños del Corrier des Etas Unis le facilitó dar a conocer crónicas sobre la sostenida entre Turquía y Rusia. El erudito Antonio Bachiller y Morales, a quien hemos aludido en otras ocasiones en estas páginas, no dudó en afirmar que La Aurora de Matanzas “fue el mejor periódico político y literario de esta isla hasta esa fecha [tomando como referencia la década del cuarenta]. Contribuyó visiblemente, sigue diciendo Bachiller, al adelanto en el periodismo en la esencia y hasta en la belleza de las formas”. En 1830 José Pereira se separó del periódico y fundó El Lucero de Matanzas, que al poco tiempo se trasladó a La Habana.

Al hacerse cargo de La Aurora de Matanzas Tiburcio Campe, nombre nada desconocido en esos años como activo promotor de empresas culturales, fue más sólida la presencia en sus páginas de Tanco, de los “tres José” y de quien por entonces residía esa ciudad, pero estaba a punto de trasladarse para La Habana: Domingo del Monte. Es ahora que se enriquece la nómina de colaboradores vinculados a la literatura, en particular a la poesía, influidos todos por la escuela romántica. De hecho, La Aurora de Matanzas se convierte poco menos que en órgano de ese movimiento en Cuba. Allí están las firmas de Plácido, José Jacinto Milanés, Francisco Iturrondo y Sebastián Alfredo de Morales, entre otros muchos nombres. En octubre de 1833 José Pereira asume de nuevo las riendas del periódico, ahora en su tercera época. A las firmas anteriores se suman Desval (seudónimo de Ignacio Valdés Machuca), Un aficionado a las musas (José Severino Boloña), el Bachiller Toribio Sánchez de Almodóvar (seudónimo de Domingo del Monte), el narrador Ramón de Palma, Manuel González del Valle, cuyo Diccionario de las musas, aparecido en Nueva York en 1827, motivaba por entonces muchos comentarios elogiosos, Blas de Osés y otros. El periódico se extendió hasta agosto de 1857, cuando se fundió con otro que ya venía publicándose en Matanzas: El Yumurí. Surgió entonces Aurora del Yumurí, sostenido hasta el año 1900. Un intelectual matancero, Pedro José Guiteras, hijo de una familia de intelectuales —los Guiteras y Font—, de apreciables contribuciones a la cultura de su patria chica, en particular a la educación, no dudó en afirmar en 1886 que la reforma en el periodismo cubano comenzó en 1828 con La Aurora de Matanzas, “diario político y literario digno de elogios por la elegancia de su impresión y su extensión, la variedad de materias que abraza y el orden y buen gusto de su redacción, y puede estimarse sin disputa el príncipe de nuestros periódicos”.

En 1842 Matanzas veía surgir otro periódico: La Guirnalda, “dedicado al bello secso” [sic]. Resulta curioso el hecho de que no hubo que pedir licencia a las autoridades, pues asumieron la concedida en 1840 a uno proyectado, pero nunca publicado, por el conocido costumbrista cubano José María de Cárdenas y Rodríguez, más conocido por su seudónimo Jeremías de Docaranza. Sin embargo, el censor José Antonio de Olañeta, al aparecer los dos primeros números, el primero en el mes de junio, puso en conocimiento del Capitán General de la Isla, Francisco Dionisio Vives, quizá para salvar su responsabilidad, de que “No es un periódico técnico o del número de aquellos que según el reglamento no necesitan Real permiso y ya se sabe que para la publicación de un periódico que le requiere debe aquel obtener por conducto del Gobernador civil superior de toda la isla”. Entonces hizo recaer la culpa en el Gobernador de Matanzas, pues “debió remitir la solicitud del interesado a Vuestra Excelencia, y el no haberlo hecho, dio lugar a que sin conocimiento del Gobernador Superior de la Isla apareciese en ella un periódico nuevo sin los requisitos legales”. Desde La Habana se dispuso su cese mientras no fueran resueltos los trámites requeridos, pero, burocracia al fin o demora en llegar la prohibición, cualquiera sabe,  ¡cuando llegó a Matanzas la orden de suspensión, ya habían aparecido los seis números que se publicaron de este papel! Constaba de cuatro páginas de texto, a dos columnas, y ninguno de los ejemplares posee pie de imprenta. Pero se sabe que su editor fue José María Salinero, quien había estado vinculado a una de las varias etapas por las que atravesó La Aurora de Matanzas.

Los redactores de La Guirnalda fueron Miguel Teurbe Tolón, Rafael Valdés, Ignacio M. Acosta y Francisco Javier de la Cruz. La publicación acogió textos de los propios redactores y también de Anselmo Suárez y Romero, Ignacio Rodríguez Galván y  José Güell y Renté, más algunos artículos traducidos de otras lenguas. A pesar de los esfuerzos realizados, la publicación no volvió a ver la luz. Ha sido juzgada como “una preciosa revista literaria que llamó la atención, no solo por su fina presentación, sino por la calidad del material y la importancia intelectual de su cuerpo de redactores”. Tres años después, Teurbe Tolón se dirigió al Capitán General de la Isla, con la previa anuencia del gobernador provincial, para solicitar una “publicación por entregas de una colección de artículos de amena literatura bajo el título de La Guirnalda”. Pero el implacable censor Olañeta no tuvo en cuenta siquiera que la tercera parte de las utilidades irían a favor de un establecimiento de caridad, aludiendo que “la ley no se infrinja por medio de una contribución pecuniaria, cualquiera que sea el objeto de caridad o beneficencia a que se dedique”. Así, quedaba suprimida La Guirnalda, único periódico de Matanzas dedicado al bello sexo. Años después, en 1854, tendría La Habana un relevante periódico de título similar, La Guirnalda Cubana, del cual hablaremos en otra oportunidad.

Locomotor de Cárdenas fue el título del primer periódico que se trató de establecer en esa ciudad. En 1843 promovieron la empresa dos escritores dominicanos asentados allí: los hermanos Alejandro y Francisco Javier Angulo y Guridi y el habanero José Agustín de Quiñones, quienes, como es de rigor, se dirigieron al Capitán General  para solicitar el permiso de crear un periódico mercantil y literario. Al parecer, quisieron apelar a los sentimientos de Vives, pues en su petición argumentaban, en tono lastimero, que Quiñones era huérfano y los dominicanos “emigrados desde la infancia, sin más recursos para subsistir que el escaso fruto de su laboriosidad”. Pero el severo Olañeta encontró obstáculos, basándose en un Real Decreto  que establecía permisos para iniciar publicaciones periódicas solamente en La Habana, Santiago de Cuba, Trinidad, Puerto Príncipe y Matanzas. Se frustraba así un intento más de abrir espacios a la prensa. En el expediente abierto para la solicitud de Locomotor de Cárdenas, que se conserva en el Archivo Nacional de Cuba, figura el diseño muy atractivo y moderno de lo que sería y no fue la frustrada publicación.  

Matanzas tuvo en años posteriores importantes periódicos y revistas culturales. Lo presentado es solamente una muestra de un quehacer sostenido que se mantiene hasta los días actuales.

 
 
 
 
   
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