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Como parte de la
jornada por la
cultura cubana,
el Instituto
Cubano del Libro
y el Centro
Cultural Pablo
de la Torriente
Brau,
presentaron el
12 de octubre,
en la Calle de
Madera de la
Plaza de Armas,
el libro La
fiesta del
tocororo, de
René Batista
Moreno, del
sello editorial
del Centro.
Y no podía haber
sido mejor la
selección, pues
ese volumen, el
último de
Batista Moreno,
quien falleció
en mayo del
pasado año, está
pleno de cubanía
y de ese humor
campesino que
también nos
distingue como
nación.
A los lectores
de La
Jiribilla
les proponemos
las palabras de
presentación
pronunciadas por
Dulcila
Cañizares,
escritora,
investigadora y
fiel amiga de
René, y por el
hijo del autor,
Alejandro
Batista López.
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Gracias al Centro
Cultural
Pablo de la
Torriente Brau
tenemos el honor de
presentar un libro
inusitado y
sorprendente: el primer
bestiario cubano, de
René Batista Moreno.
Sabemos de jigües,
güijes y madres de agua,
pero confieso que jamás
había escuchado
mencionar al cabraco, al
surugú, al cucubá, al
makariaco ni al júa, por
solo nombrar algunos de
los 125
seres surgidos de la
imaginería rural, cuyo
inicio tuvo lugar
—conservados gracias a
nuestra oralidad
popular— en la época de
los conquistadores.
Hace ocho años, este
investigador manifestó,
respecto al folclor
campesino, que “para
nadie es un secreto que
en la actualidad goza de
gran difusión el folclor
afrocubano; parece que
tiene mucha demanda, o
mejores perspectivas
económicas. Pero eso no
quiere decir que el
“otro folclor” haya
muerto, pues lo que
ocurre es que se ha
movido del campo a la
ciudad, en lógica
reorientación, dada la
insoslayable realidad de
que ahora más de un 80%
de la población cubana
vive en áreas urbanas.
Entonces el folclor
campesino hay que
buscarlo en la ciudad.”
Y tuvo mucha razón, pues
el éxodo hacia las
ciudades ha sido
notable.
En este libro, además,
encontramos la riqueza
sobresaliente del
testimonio de la más
valiosa muestra de
topónimos aborígenes
—por ejemplo, Taguayabón,
Manajanabo, Jibacoa,
Jinaguayabo, Caonao,
Barajagua—, solo
encontrados en obras
especializadas, y me
aventuro a creer que el
escritor no se percató
de este legado, por lo
que es triste que haya
olvidado señalar la
ubicación geográfica de
muchos de sus
informantes, de los que
solo nos menciona los
nombres de las fincas en
las que vivían, pues,
con seguridad, la
evidencia de topónimos
aborígenes hubiera sido
aún mayor. La fiesta
del tocororo no solo
será un festejo para
nuestra ave nacional,
sino para los que tengan
la oportunidad de
disfrutar de su lectura.
René Batista Moreno
nació en una finca
cercana a Camajuaní y
desde pequeño ayudó en
las labores agrícolas,
pero las noches tenían
un significado especial
que marcó para siempre
el futuro de este
campesino impar: después
de las comidas, la
familia se reunía a la
luz del habitual quinqué
alrededor del abuelo,
que recostaba su
taburete contra un
horcón y empezaba la
sesión de remembranzas
de chistes, mitos,
dicharachos, leyendas,
décimas, costumbres,
adivinanzas,
tradiciones, refranes y
cuentos de asesinatos y
aparecidos. El niño René
escuchaba aquellas
historias fantasmales
aterrorizado, pero
fascinado. Nunca las
olvidó.
Cuando tenía 12 años, sus
padres se mudaron para Camajuaní, y René empezó
a estudiar en una
escuelita del pueblo,
pero la carencia
monetaria familiar lo
obligó, muy pronto, a
buscar algunas monedas
para que sus padres y
hermanos no carecieran
de lo más necesario para
subsistir, y fue
ayudante de un carnicero
y de un carpintero, y
luego, cuando era un
jovencito, fue
gastronómico hasta el
momento de su
jubilación.
En los años 60, René
empezó a colaborar con
el periódico
santaclareño
Vanguardia y en 1967
fundó la revista
Hogaño. Al jubilarse
se dedicó por entero a
la literatura, aunque,
mientras trabajaba como
cajero en la
gastronomía, en los
momentos en los que no
tenía que maniobrar con
monedas de ida y vuelta,
leía, leía, leía…
Alguna vez se ha
mencionado que Batista
Moreno es un continuador
de Samuel Feijóo, pero
se puede afirmar que eso
es incierto, ya que
desde muy joven, sin
conocer a Samuel, René,
antes y después de casar
con María López —su
María de siempre—,
doblaba una libreta
escolar y la colocaba en
el bolsillo posterior
del pantalón, ponía un
par de lápices en el
bolsillo de la camisa y
echaba a andar por
trillos y vereditas,
sabanas y lomas,
atravesaba montes y le
caían inesperados
aguaceros tropicales,
pero nada lo detenía en
su búsqueda de las joyas
que anhelaba, todavía
sin saber a ciencia
cierta para qué las
aterraba. Lo supo muchos
años después.
Samuel Feijóo descubrió
a René en Camajuaní en
la década de los 70 y
manifestó que había
encontrado un tesoro, y
ese tesoro era este
extraordinario
investigador, que tanto
lo sorprendió, y se
hicieron amigos y
anduvieron juntos por
los vericuetos de la
antigua provincia de Las
Villas, que Batista
Moreno conocía como a
las palmas de sus manos.
René Batista fue un
hombre modesto,
dicharachero, amigo
excepcional,
investigador incansable,
presuntuoso de ser
guajiro hasta la médula
y también gran
fabulador, con una
capacidad para inventar
que disfrutamos sus
amigos, y hasta era muy
posible que en algunos
momentos no pudiéramos
saber si lo que nos
decía eran verdades o
mentiras, para hacernos
reír, aunque también,
por supuesto, decía
frases lapidarias, como
cuando comentó que
“...mientras haya
pueblo, y en el pueblo,
imaginación, habrá
cultura popular”.
Sabemos que muchos
jóvenes están
continuando la labor
investigativa del
folclor campesino por
caseríos, intrincados
lugares, y también en
nuestras zonas urbanas,
y son legítimos
seguidores del casi
increíble René.
Este camajuanense obtuvo
los premios Julián del
Casal, en 1971; Ser
Fiel, en 2005, y la
Distinción por la
Cultura Nacional, en
2006.
Batista Moreno legó para
nuestra cultura 33 libros publicados
de incalculable valor
folclórico, como Ese
palo tiene jutía, Los
bueyes del tiempo ocre,
Fieras broncas entre
chivos y sapos,
Limendoux. Leyenda y
realidad y Éditos
e inéditos, entre
muchos otros, además de
Cuentos de guajiros
para pasar la noche,
fuente inspiradora de
La fiesta del
tocororo. Además, le
publicaron siete
antologías.
Hoy, René, te rendimos
otro homenaje, al
ofrecerles a los lectores
tu libro que fue Premio
Memoria 2009, pero es un
agasajo muy especial,
porque en esta hora
muchos de tus amigos
estamos presentes y
tengo a mi lado a tu
único hijo, diligente y
solícito albacea de tus
creaciones publicadas e
inéditas, obras que
permanecerán vigentes,
pues forman parte del
patrimonio cultural
cubano.
Muchas gracias.
Palabras de presentación
de La fiesta del
tocororo, de René
Batista Moreno, en la
Plaza de Armas, como
parte de las Jornadas
por la Cultura Cubana. |