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Dentro, en el patio del
Centro de Arte
Contemporáneo Wifredo
Lam, se entregan los
Premios de crítica de
arte y curaduría. El
sonido de las copas de
vino, el tumulto que se
agolpa para comprar la
revista Artecubano,
las palmadas en el
hombro a los premiados
de ahora, a los que
fueron y a los que quizá
algún día lo serán.
Afuera, en una calle
lateral, el mismo dibujo
se repite en infinidad
de combinaciones, como
las numerosas versiones
de El grito, de
Munch. La catedral y el
almendrón, el almendrón
y la catedral, y luego
la unión de ambos. Los
hay en acuarelas, a
pluma, en colores o sin
ellos, grandes, medianos
y de bolsillo.
Tumbado con desgarbo
sobre el contén, la
espalda en la pared
sucia y los dibujos a un
costado, a la vista,
está Carlos Alberto.
Tiene 45 años, pero se
las arregla para
conservar el aire
bohemio: camisa azul por
la que asoma un
crucifijo junto a un
corazón negro, sandalias
de cuero, pulseras,
arete diminuto, perilla
manchada de canas y,
rematando el conjunto,
una gorra estilo
bolchevique. Es flaco y
la voz árida recuerda a
los bebedores de oficio.
En esa posición, inmóvil
a medias, retribuye con
la misma moneda la
indiferencia de los
viandantes. Sus ojos
oscuros se apoyan sobre
el papel, igual que el
bolígrafo, también
negro. Allí, con líneas
certeras, maquinales,
traza… una catedral.
“Esto es lo que más se
vende”, dice sin
levantar la vista. No es
una excusa, ni una
justificación y mucho
menos una disculpa. Es
un hecho objetivo,
matemático, fatal,
ineluctable, una ley de
la economía.
Luego señala sus
dibujos. Son tres, en
formato pequeño. A la
izquierda se ve una
acuarela que recuerda
sospechosamente a alguna
de esas calles que
desembocan en la
Catedral —la de verdad,
ideal platónico de
aquellas que se repiten
en el papel—, también
aparecen figuras
diluidas, espectros
solitarios que deambulan
por la ciudad. En la
hoja del medio, hecha
con idénticos trazos
certeros, mecánicos,
está: la misma catedral.
Por último, a la
derecha, completando la
tríada, hay un dibujo
abigarrado. Los
contornos y el cielo del
fondo fueron trazados
con pluma. Pero el resto
son pinceladas caóticas
que, casi por azar,
forman techos a dos
aguas semejantes a los
de las casas de campo.
En el centro, arriba,
hay una diminuta bandera
cubana y, un poco más
abajo, aparece un
círculo de colores que
recuerda a un vitral. Me
llama la atención por su
disonancia con el medio,
más dado a torres
barrocas y parachoques
delanteros.
“Lleva semanas ahí”,
asegura Carlos.
“Normalmente yo pido
diez por él, pero si me
das cinco te lo dejo”.
En cualquier otro sitio,
ese precio hubiese hecho
asomar más de una
lengua. Pero aquí, en el
lado visible de La
Habana, no es un mal
arreglo. Incluso, Carlos
cuenta que puede pasar
semanas sin vender un
dibujo. Luego, de
pronto, en un mismo día,
todos levantan el vuelo
a bordo de mochilas de
viajero. Y allá vuelve
la pluma,
semiautomática, a
proyectar catedrales,
almendrones y esquinas
de la ciudad.
“A veces me aburro con
esto y me pongo a pintar
otras cosas. Yo soy un
artista. Igual que el
escritor, que toma un
papel en blanco y
descarga allí su mundo,
yo hago lo mismo, agarro
un papel y me pongo a
tirar manchas. Otras
veces estoy muy cansado
y me quedo en la casa,
pintando, en mi mundo.
Antes hacía lienzos,
pero lo he ido dejando
porque lleva más tiempo
y los materiales son muy
caros”, es un parlamento
sensible, pero cuando él
lo dice no suena
patético, más bien duro,
seco.
Poco después, entre un
trazo y otro, agrega:
“Pero estos son los
frijoles. Hay que
hacerlo y es durísimo.
Aquí el que quiera hacer
un buen negocio que se
ponga a vender pizzas.
Ahora estamos en
temporada de baja
turística y hay que
pagar licencia”, de
pronto se calla, como si
hubiese hablado de más.
“Pero na’, Van Gogh pasó
más trabajo que yo”,
agrega encogiéndose de
hombros.
Tres pasos más allá, en
la misma acera, un
muchacho que no debe
pasar de los 20 hace
otro boceto de la
catedral. A diferencia
de Carlos, está sentado
sobre un taburete y sus
dibujos son de mayor
formato.
Tres alemanes, dos
mujeres y un hombre,
ninguno rubio,
contemplan el trabajo.
Quieren comprar una de
las acuarelas que está
en exhibición y la
cartulina que casi acaba
de terminar. Tienen
prisa.
En inglés, le piden al
dibujante que se apure.
El muchacho aguza la
muñeca. Sin levantar la
vista, da los últimos
retoques. El pulso no le
tiembla ni siquiera
cuando repite
maquinalmente: “wan
momen”.
Los compradores se
impacientan. Una de las
mujeres camina hasta la
esquina y husmea en la
plaza, regresa
desconsolada, quizá
después de ver al resto
del tour que se
aleja. El muchacho
estampa su firma y acaba
por fin. Se levanta, une
el dibujo recién hecho
con la acuarela y los
enrolla. El alemán, de
nuevo en inglés, le pide
que los guarde
separados. El chico
exclama: “nou prolen” y
hace exactamente lo
contrario. Los envuelve,
muy apretados, dentro de
una hoja de periódico.
En flagrante traición a
su naturaleza, ninguno
protesta, no tienen
tiempo para discutir,
agarran los dibujos y le
dan el dinero.
“Parece que ellos están
apurados”, levanta la
voz Carlos, desde su
trozo de acera. Pero los
mecenas fugaces ya han
dado la espalda y van
por la esquina. Lo más
probable es que ni
supieran que la pulla
había sido arrojada en
su dirección, tampoco es
que les importe. Igual,
él lo ha dicho, o mejor,
lo escupió como una
blasfemia, en honor al
orgullo inquebrantable
del artista; el suyo y
el de los camaradas.
“Aquí hay de todo:
pintores, dibujantes,
caricaturistas”, explica
Carlos. La competencia,
como cualquiera puede
ver, es dura.
La gente pasa, las
paredes enmohecen, el
sol siempre castiga.
Ellos, siguen allí,
salpicando la acera de
dibujos que muy pocos
voltean a mirar. Todos
los esquivan, el arte,
los premios, los
halagos. Pues, a fin de
cuentas, qué mérito
tiene pintar siempre el
mismo cuadro. La
creación es caprichosa,
y también se reserva sus
espacios, sus
legitimidades y sus
hijos predilectos. A los
otros, los que quedan
fuera, les toca
contentarse con que le
humedezcan la bolsa de
vez en vez o,
simplemente, cuando
alguien detiene la
marcha y celebra un
dibujo, que no es lo
mismo, pero también se
agradece.
Ahora, conservo una
acuarela de pinceladas
caóticas cuyos trazos,
casi por azar, forman
techos a dos aguas como
los de las casas de
campo, en el centro, se
ve una diminuta bandera
cubana y un círculo de
colores que asemeja un
vitral. Al dorso, sobre
la inscripción del
lugar, la fecha y la
firma, hay una
dedicatoria con mi
nombre y un poco más
abajo, escrito con la
misma caligrafía rápida,
se lee: “Gracias”. |