La Habana. Año X.
15 al 21 de OCTUBRE
de 2011

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El Van Gogh de catedrales
Ernesto Yhanes • La Habana

Dentro, en el patio del Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam, se entregan los Premios de crítica de arte y curaduría. El sonido de las copas de vino, el tumulto que se agolpa para comprar la revista Artecubano, las palmadas en el hombro a los premiados de ahora, a los que fueron y a los que quizá algún día lo serán.

Afuera, en una calle lateral, el mismo dibujo se repite en infinidad de combinaciones, como las numerosas versiones de El grito, de Munch. La catedral y el almendrón, el almendrón y la catedral, y luego la unión de ambos. Los hay en acuarelas, a pluma, en colores o sin ellos, grandes, medianos y de bolsillo.

Tumbado con desgarbo sobre el contén, la espalda en la pared sucia y los dibujos a un costado, a la vista, está Carlos Alberto. Tiene 45 años, pero se las arregla para conservar el aire bohemio: camisa azul por la que asoma un crucifijo junto a un corazón negro, sandalias de cuero, pulseras, arete diminuto, perilla manchada de canas y, rematando el conjunto, una gorra estilo bolchevique. Es flaco y la voz árida recuerda a los bebedores de oficio.

En esa posición, inmóvil a medias, retribuye con la misma moneda la indiferencia de los viandantes. Sus ojos oscuros se apoyan sobre el papel, igual que el bolígrafo, también negro. Allí, con líneas certeras, maquinales, traza… una catedral.

“Esto es lo que más se vende”, dice sin levantar la vista. No es una excusa, ni una justificación y mucho menos una disculpa. Es un hecho objetivo, matemático, fatal, ineluctable, una ley de la economía.

Luego señala sus dibujos. Son tres, en formato pequeño. A la izquierda se ve una acuarela que recuerda sospechosamente a alguna de esas calles que desembocan en la Catedral —la de verdad, ideal platónico de aquellas que se repiten en el papel—, también aparecen figuras diluidas, espectros solitarios que deambulan por la ciudad. En la hoja del medio, hecha con idénticos trazos certeros, mecánicos, está: la misma catedral.

Por último, a la derecha, completando la tríada, hay un dibujo abigarrado. Los contornos y el cielo del fondo fueron trazados con pluma. Pero el resto son pinceladas caóticas que, casi por azar, forman techos a dos aguas semejantes a los de las casas de campo. En el centro, arriba, hay una diminuta bandera cubana y, un poco más abajo, aparece un círculo de colores que recuerda a un vitral. Me llama la atención por su disonancia con el medio, más dado a torres barrocas y parachoques delanteros.

“Lleva semanas ahí”, asegura Carlos. “Normalmente yo pido diez por él, pero si me das cinco te lo dejo”.

En cualquier otro sitio, ese precio hubiese hecho asomar más de una lengua. Pero aquí, en el lado visible de La Habana, no es un mal arreglo. Incluso, Carlos cuenta que puede pasar semanas sin vender un dibujo. Luego, de pronto, en un mismo día, todos levantan el vuelo a bordo de mochilas de viajero. Y allá vuelve la pluma, semiautomática, a proyectar catedrales, almendrones y esquinas de la ciudad.

“A veces me aburro con esto y me pongo a pintar otras cosas. Yo soy un artista. Igual que el escritor, que toma un papel en blanco y descarga allí su mundo, yo hago lo mismo, agarro un papel y me pongo a tirar manchas. Otras veces estoy muy cansado y me quedo en la casa, pintando, en mi mundo. Antes hacía lienzos, pero lo he ido dejando porque lleva más tiempo y los materiales son muy caros”, es un parlamento sensible, pero cuando él lo dice no suena patético, más bien duro, seco.

Poco después, entre un trazo y otro, agrega: “Pero estos son los frijoles. Hay que hacerlo y es durísimo. Aquí el que quiera hacer un buen negocio que se ponga a vender pizzas. Ahora estamos en temporada de baja turística y hay que pagar licencia”, de pronto se calla, como si hubiese hablado de más.

“Pero na’, Van Gogh pasó más trabajo que yo”, agrega encogiéndose de hombros.

Tres pasos más allá, en la misma acera, un muchacho que no debe pasar de los 20 hace otro boceto de la catedral. A diferencia de Carlos, está sentado sobre un taburete y sus dibujos son de mayor formato.

Tres alemanes, dos mujeres y un hombre, ninguno rubio, contemplan el trabajo. Quieren comprar una de las acuarelas que está en exhibición y la cartulina que casi acaba de terminar. Tienen prisa.

En inglés, le piden al dibujante que se apure. El muchacho aguza la muñeca. Sin levantar la vista, da los últimos retoques. El pulso no le tiembla ni siquiera cuando repite maquinalmente: “wan momen”.

Los compradores se impacientan. Una de las mujeres camina hasta la esquina y husmea en la plaza, regresa desconsolada, quizá después de ver al resto del tour que se aleja. El muchacho estampa su firma y acaba por fin. Se levanta, une el dibujo recién hecho con la acuarela y los enrolla. El alemán, de nuevo en inglés, le pide que los guarde separados. El chico exclama: “nou prolen” y hace exactamente lo contrario. Los envuelve, muy apretados, dentro de una hoja de periódico. En flagrante traición a su naturaleza, ninguno protesta, no tienen tiempo para discutir, agarran los dibujos y le dan el dinero.

“Parece que ellos están apurados”, levanta la voz Carlos, desde su trozo de acera. Pero los mecenas fugaces ya han dado la espalda y van por la esquina. Lo más probable es que ni supieran que la pulla había sido arrojada en su dirección, tampoco es que les importe. Igual, él lo ha dicho, o mejor, lo escupió como una blasfemia, en honor al orgullo inquebrantable del artista; el suyo y el de los camaradas.

“Aquí hay de todo: pintores, dibujantes, caricaturistas”, explica Carlos. La competencia, como cualquiera puede ver, es dura.

La gente pasa, las paredes enmohecen, el sol siempre castiga. Ellos, siguen allí, salpicando la acera de dibujos que muy pocos voltean a mirar. Todos los esquivan, el arte, los premios, los halagos. Pues, a fin de cuentas, qué mérito tiene pintar siempre el mismo cuadro. La creación es caprichosa, y también se reserva sus espacios, sus legitimidades y sus hijos predilectos. A los otros, los que quedan fuera, les toca contentarse con que le humedezcan la bolsa de vez en vez o, simplemente, cuando alguien detiene la marcha y celebra un dibujo, que no es lo mismo, pero también se agradece.

Ahora, conservo una acuarela de pinceladas caóticas cuyos trazos, casi por azar, forman techos a dos aguas como los de las casas de campo, en el centro, se ve una diminuta bandera cubana y un círculo de colores que asemeja un vitral. Al dorso, sobre la inscripción del lugar, la fecha y la firma, hay una dedicatoria con mi nombre y un poco más abajo, escrito con la misma caligrafía rápida, se lee: “Gracias”.

 
 
 
 
 
   
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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.