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Víctor Pellegrini
(Rosario, Argentina,
1958) es un notable
guitarrista y profesor
que llegó a Cuba en 1982
y ese año ganó el Primer
Premio en el Concurso
Internacional de
Guitarra de La Habana,
un certamen que,
entonces, legitimaba
talentos, contribuía al
intercambio con músicos
de todos los continentes
y fortalecía el
instrumento a nivel
mundial.
A partir de ese momento
comienza una relación
cercana con la Isla y
aquí —además de
desempeñarse como
profesor de guitarra del
Instituto Superior de
Arte (ISA)— ha
desarrollado una exitosa
carrera como solista y
músico de cámara.
Amigo del maestro Leo
Brouwer —a quien conoció
en Caracas en 1979 (ha
grabado tres discos con
la música de este:
Leo Brouwer Collection 2
“Folk Song”, Leo
Brouwer Collection 3
“Orishas” y Leo
Brouwer Collection 6 “Tarantos”)
—, Pellegrini,
recientemente, participó
junto con el trovador
Silvio Rodríguez en un
proyecto que lleva a los
barrios más humildes lo
mejor de la música
contemporánea cubana.
Igualmente hace muy poco
realizó una especie de
“levantamiento” sobre el
estado de la enseñanza
de la guitarra en Cuba,
labor que lo llevó a las
provincias de Las Tunas
(en el oriente de la
Isla), Las Villas
(centro), Cienfuegos
(centro sur), Pinar del
Río (occidente). Sobre
este tema —y otros—
conversamos con
Pellegrini en exclusiva
para La Jiribilla.
“Esas cuatro provincias
cubanas son las que
poseen mayor movimiento
guitarrístico, además de
La Habana, la capital.
En Las Tunas se abrió
hace unos años el nivel
medio de guitarra y eso
contribuyó a que se
fortaleciera el
instrumento. Allí hay 35
alumnos y todo funciona
muy bien.
En Santa Clara, Las
Villas, en breve, se
iniciará el nivel medio
y esto es importante y
lo recalco porque es muy
importante debido a que
le permite al niño
continuar trabajando en
su ciudad —está en su
casa junto con su
familia— y, al mismo
tiempo, puede seguir el
trabajo con su propio
maestro. Esta realidad
ayuda mucho porque
—cuando se es tan joven—
cambiar de provincia
complica un poco la
situación. En Santa
Clara hay excelentes
maestros como Ricardo
Rodríguez, Rolando
Moreno, Daniel Martínez
y Rachid López, estos
dos últimos fueron
alumnos míos en los años
80.
Por su parte, Cienfuegos
tiene una muy buena
escuela de guitarra y un
excelente maestro:
Gallardo y Pinar del Río
también tiene nivel
medio.
¿Y a qué se debe que en
esos puntos de la
geografía cubana haya un
cierto auge de la
guitarra como
instrumento?
No sé qué es lo que lo
determina pero, por
ejemplo, Santiago de
Cuba tenía nivel medio
y lo ha ido perdiendo y
la guitarra ha decaído.
Me da la impresión de
que hay que fortalecer
estas cuatro provincias
para establecer una
especie de referencia
para el resto del país.
Eso sería muy
importante.
¿Y en La Habana cómo
estamos?
En estos momentos, la
guitarra está pasando un
período complicado y
difícil desde el punto
de vista conceptual y
creo que hay que
trabajar en ese sentido.
La guitarra, también,
está muy cerca de la
música popular y hay la
tendencia de acercarse a
la música popular por
cuestiones económicas:
es un fenómeno que no
solamente se da en Cuba,
sino también en países
europeos. Considero que
tenemos que trabajar en
ese aspecto y
desarrollar la relación
con el alumno y con los
distintos públicos, es
decir, sacarlos un poco
de las escuelas. En el
contexto actual,
lamentablemente, el
alumno no establece un
suficiente nexo con el
público y, por lo tanto,
no se da un verdadero
intercambio, que es
vital.
Usted decía que la
guitarra está
atravesando un “período
complicado”, ¿se le
puede llamar crisis?
No es un problema de la
guitarra o de la música
llamada de concierto en
general. Ese fenómeno no
solamente se está viendo
en Cuba, sino en otros
países de alta tradición
en la música de
concierto como Italia o
España. Por ejemplo,
este año la Orquesta
Sinfónica de
Berna, que es la capital
de
Suiza, redujo en un
millón y medio de
francos suizos el
presupuesto y eso obligó
a despedir a varios
músicos. Entonces, la
comercialización de la
música es un fenómeno
que golpea en todas
partes.
El arte hay que
subvencionarlo —ya sea
la música, las artes
plásticas, la
literatura, los teatros,
etc.— porque no hay
forma de hacerlo
autofinanciable. Hoy en
día las orquestas más
representativas andan en
búsqueda de soluciones
desesperadas para
continuar siendo
financiadas, incluso,
grabando música
comercial —que genera
dinero— y de esa forma
poder seguir haciendo el
otro tipo de música.
Este es un inconveniente
relativamente nuevo
porque hace 20 o 30 años
ni se hablaba de esta
problemática… en España,
por ejemplo, hay
muchachos que se gradúan
y no encuentran trabajo
y eso es real. A lo
mejor estudian 12 o 15
años de su vida en un
Conservatorio y terminan
tocando en algún lugar
para ganar algo de
dinero. Es penoso, pero
es la realidad.
Otro aspecto es que se
ha perdido el público y
también el interés de la
prensa y de los espacios
televisivos y me refiero
a nivel internacional.
Eso es muy grave. Por
ejemplo, en un país
donde hay cientos de
canales y en ninguno —o
muy poquitos— trabajan
en esa dirección no se
forma un gusto en los
niños y el joven (el
universitario), que es
el público tradicional
de la música de
concierto, empieza a
perder el interés. Y
Cuba, por supuesto,
recibe la influencia de
lo que sucede en el
resto del mundo porque
no estamos al margen.
¿Cómo valora los
Festivales
Internacionales de
Guitarra de La Habana?
En el siglo XX, Cuba
tuvo un movimiento de
guitarristas muy
importante. Por fortuna,
trabajé en el ISA con el
maestro Isaac Nicola y
aprecié altamente la
manera de estudiar el
instrumento: gran
seriedad y calidad.
Eso demuestra que en
Cuba la guitarra tiene
una base históricamente
muy sólida. Luego,
emerge Leo Brouwer, que
también fue alumno de
Nicola, y empezó a tocar
y a componer sus
primeras cosas y tuvo
como maestro de
orquestación a Félix
Guerrero, a quien tuve
el privilegio de conocer
muy cercanamente.
Alrededor del año 1978
se efectuó en la Casa de
las Américas una reunión
de guitarristas
latinoamericanos y
surgió la iniciativa de
realizar varios
festivales, pero no
fructificó. Sin embargo,
salió la idea de
efectuar los Festivales
Internacionales de
Guitarra de La Habana
que comenzaron en 1982;
recuerdo que el Festival
duraba dos semanas y era
impactante ver la sala
Covarrubias del Teatro
Nacional siempre
repleta. El concurso era
larguísimo y el público
no se movía:
¡impresionante! Recuerdo
que toqué el “Concierto
de Aranjuez”, y la
cobertura de prensa era
amplísima. Tenemos que
reconocer que hoy el
interés de la prensa
cubana se ha perdido y
es muy importante
generar especialistas
que se ocupen del
acontecer del movimiento
musical, que no es el
comercial. A esos
festivales acudían
guitarristas de todo el
mundo y ofrecía una
referencia muy clara de
lo que pasaba en la
guitarra a nivel global.
¡Tremendo
intercambio!...
¡Fundamental! porque el
joven que se daba cuenta
de que estaba en un
nivel más bajo, se ponía
a estudiar y el que
estaba en un nivel alto
—y había jóvenes de gran
talento en Cuba— tenía
la certeza de que andaba
por buen camino. Los
Festivales fueron —hasta
los difíciles años 90—
decisivos para la
guitarra en Cuba y había
grandes guitarristas
jóvenes que iban a
concursos en otros
países y ganaban todos
los primeros lugares. Es
decir, el talento está,
incluso, hoy. Por
ejemplo, en Santa Clara
hay dos muchachos —uno
de 18 años y otro de 14—
que son formidables,
fantásticos. Por eso
decía que había una
crisis conceptual: a
esos niños se les tiene
que dar un tratamiento
especial y no puedes
ponerlos a estudiar en
un sistema que es para
todos los alumnos por
igual. Son niños
talento.
A eso quería referirme.
La enseñanza artística
es especializada y
costosa…
Sí, pero también ahí hay
elementos que se están
copiando de otros
lugares con una gran
carga académica y
teórica. Hoy en día,
como nunca, tienen una
carga excesiva. Un niño
normal va a la escuela
primaria, llega a su
casa y tiene tiempo para
jugar, para divertirse,
para ver televisión,
para hacer sus tareas,
pero el niño que estudia
música tiene que
dedicarle mucho tiempo a
su instrumento, tiene
que estudiar. Por tanto,
cuando ese niño llega
al instrumento ya está
cansado, agotado. Y lo
poquito que puede
estudiar lo hace, pero
tampoco se le pude
exigir mucho más. A
veces, considero que las
materias teóricas
musicales —porque tú no
puedes evitar
Matemáticas o Español o
Historia— están
recargadas: por ejemplo,
siento el solfeo
recargado, siento el
piano complementario
también sobrecargado.
Antes el niño se
dedicaba a su
instrumento varias horas
y eso es fundamental.
Definitivamente, usted
considera que el estudio
individual es decisivo.
Sí, ¡es todo! El talento
lo puedes encontrar
—sobre todo en Cuba que
un niño o una niña de
cuatro años está
cantando afinadamente y
está bailando con
tremendo ritmo—, pero
cuando se estudia
solamente media hora y
no cuatro o cinco (como
debe de ser) las cosas
no marchan bien: el
mecanismo técnico de las
manos no se puede
producir a través de la
teoría sino arriba del
instrumento. Igual
sucede en la relación
con el público.
¿Concretamente qué le
puede aportar el público
al intérprete?
No es lo mismo estar en
tu casa tocando el
instrumento que pararse
delante de 200 o 300
personas. Ese es un
elemento que no lo puede
enseñar el maestro: eso
se hace directamente
¡allá arriba y cuanto
antes! Un niño de 13 o
14 años se sube al
escenario sin ningún
tipo de presión
sicológica… llega al
escenario tranquilo, se
divierte y va tomando
experiencia y eso es
decisivo. Lo obliga,
también, a hacer
repertorio.
Si un niño, por ejemplo,
empieza a los diez años
a estudiar y está cuatro
o cinco años en la
escuela sin salir lo
único que hace es
cumplir con su programa
de estudio, que es
mínimo. Piensa que se
hace un programa de
estudio para todos, pero
el muchacho que tiene el
talento necesario para
ser un gran músico tiene
que hacer más. Y a ese
niño, el maestro tiene
que ponerle más
repertorio.
Repertorio que, supongo,
debe ir variando con las
edades…
Me refiero a la cantidad
de horas. Por ejemplo,
un concierto dura una
hora —30 minutos la
primera parte y 30 la
segunda— y pueden ser
obras pequeñas, es
decir, accesibles al
muchacho y no tiene que
ser una sonata gigante.
Obras de distintos
estilos, épocas y
países. Eso le permite
al niño subirse al
escenario y ofrecer un
concierto. Sin embargo,
tal vez el programa de
estudio de su curso
implica alrededor de
diez minutos de música
en el curso. Entonces,
el niño se desestimula.
Un peligro muy grande de
la enseñanza de la
música es el
aburrimiento en el niño.
Por esa vía se pierden o
se malogran muchos
alumnos.
¿Y cómo logra que no se
aburran?
Volvemos al repertorio:
cuando el niño comienza
a tocar más obras y
cuando sube al
escenario. El niño lo
disfruta mucho porque
van a verlo sus amigos,
su familia, los vecinos
y pasa a ser un
personaje…
Es que el artista
necesita del aplauso…
Igual que el médico
requiere de pacientes,
nosotros necesitamos del
público. En ese punto,
creo, es donde más hay
que trabajar y, al mismo
tiempo, se recupera un
poco de público también.
Esa es una forma de
conquistar más públicos.
A la hora de conformar
un repertorio para
estudiantes de guitarra,
¿en qué se debe insistir
más en el repertorio
nacional o en el
internacional?
El repertorio es
internacional y es
histórico. Pueden haber
jóvenes que tengan
interés por algún tipo
de música en especial y
eso hay que respetarlo
—hay quienes tienen
inclinación por el
Renacimiento o por la
Música Contemporánea o
por la Música Popular y
eso hay que tenerlo en
cuenta—. Pero, sobre
todo, hay que influir en
el joven o en el niño a
que escuche la mayor
cantidad de música
posible ¡de cualquier
tipo! para que pueda
decidir por qué camino
irá.
Si el espectro auditivo
del niño o del joven es
limitado, tendrá menos
capacidad de decidir por
falta de conocimiento,
simplemente. Hay que
enseñarle a escuchar
música y cuando diga
¡esto me gustó!, hay que
incitarlo a que estudie.
De ninguna manera el
maestro debe forzar las
obras que se estudian.
La obligación del
maestro es ofrecerle los
discos y las grabaciones
para que el alumno tenga
el hábito de —todos los
días— escuchar música e
incitarlo a que apunte
las obras que le gustan.
Eso le da mucha libertad
al alumno.
Así es, y de esa manera
va conformando, también,
su personalidad porque
todos los alumnos son
distintos. No podemos
soñar con una escuela
donde todos toquen igual
porque ya no sería una
escuela, sino una
fábrica de algo.
Cada niño tiene un
entorno familiar
diferente y también un
entorno de paisaje; no
es lo mismo un niño que
nació en la sierra que
otro que nació en el
llano o un niño que
nació y creció rodeado
de mar… todo eso cambia
el carácter del niño y
le define también el
gusto por determinadas
cosas. ¿Qué hay que
hacer?: darle todas las
posibilidades y todas
las herramientas. En ese
punto hay que trabajar,
pero en el sentido de
ampliarle el mundo
sonoro porque no hay que
olvidar que el niño vive
en un contexto
determinado y la radio,
por ejemplo, se ha
limitado a la canción
comercial, que no es la
popular.
En lo personal, ¿cómo
llega a la enseñanza?
Muy tempranito. En
Argentina, siendo aún
estudiante, comencé a
darle clases a un
vecinito y luego se
fueron sumando otros.
Llegué a tener 53
alumnos y solamente
contaba con unos 16 o 17
años. Incluso, había
alumnos que podían ser
mis padres. Eso me dio
la certeza de que mucha
gente tenía interés por
la guitarra.
¿Empezó a dar clases sin
método?
Usaba el mismo método
con el que aprendí.
¿Y con los años ha
logrado crear su propio
método?
Cada músico crea su
propio método. Existe un
sistema de enseñanza,
pero hay que tener claro
un aspecto: todas las
manos son distintas, al
igual que los brazos y
las piernas. Al
estudiante se le dan los
elementos primarios y a
partir de ahí él va
ajustando sus manos a
sus necesidades propias.
Sucede lo mismo con la
interpretación: no se
puede forzar un
fortísimo o un pianísimo
si el niño no lo siente:
el maestro le tiene que
dar los recursos
dinámicos: los timbres,
lo volúmenes, todos los
recursos que tenemos
para interpretar una
obra, y él tiene que
empezar a buscar dónde
ponerlos. Uno lo más que
puede hacer es decirle:
esto es incorrecto por
esto y por esto, pero
hay que obligar al niño
a que muestre su propia
personalidad
interpretativa y
técnica.
Por ejemplo, no todas
las digitaciones que a
uno le sirven se adecúan
a otro; uno tiene que
explicarle al alumno
todas las posibilidades
que existen para digitar
un determinado pasaje y
si ninguna le funciona,
pues el niño tiene que
buscar su propio recurso
y ahí le vas generando,
también, el hábito de
resolver sus propios
problemas porque el niño
no va a estar al lado
tuyo toda la vida. Un
día llegará a ser un
músico profesional y va
a estar solo y no va a
saber cómo resolver un
problema técnico. La
obligación del maestro
es enseñarle al niño a
vivir solo y a resolver
sus propios problemas
técnicos, la selección
de su repertorio e
incluso a conocer sus
limitaciones.
Supongo que debe ser muy
estimulante formar a las
nuevas generaciones de
guitarristas…
¡Es maravilloso!, tengo
alumnos por toda la
Isla. Fui maestro del
ISA durante unos diez
años (1985-1995) y en
relación con la edad, yo
estaba muy cerca de mis
alumnos y eso creó una
correspondencia muy
hermosa. Hoy en día
andan por todas partes
del mundo y se comunican
conmigo y me saludan y
me quieren. Me siento
protegido por todos
ellos.
¿Qué ha sido Cuba para
usted?
Mi acercamiento a Cuba
fue político. En
Argentina, la música del
Caribe no llegó, es
decir, que se conocía
muy poco. Argentina tuvo
mucha más influencia de
Brasil —que también
tiene un lenguaje
maravilloso y de gran
energía— y la propia
música que se genera en
Argentina —el tango— es
muy fuerte.
Cuba fue una especie de
rumbo a seguir, una
esperanza también:
cuando morían miles de
personas torturadas o
desaparecidas escuchar
Radio Habana Cuba, la
emisora internacional
cubana, era como una
medicina. Nunca he
podido separar la música
de la política porque me
parece que no se puede y
no se debe. No se debe
porque el mundo es
política y tú tienes que
saber de qué lado estás:
si te pones en la
posición de la fama y
del engranaje horrible
que genera, creo que
caes en una
deshumanización de la
música. Si no te duelen
los niños pobres de
América Latina o de
cualquier parte del
mundo, si no te duelen
las injusticias, la
barbarie… si eso no te
mueve, tú no tienes
motivos —a mi juicio—
por los cuales ser
músico y generar música.
Cuando puse por primera
vez un pie en Cuba me di
cuenta de que no estaba
equivocado y hoy
continúo pensando igual.
El mundo ha acusado a
Cuba salvajemente. No
recuerdo de un pueblo
que haya sufrido el
acoso a que se ha tenido
que enfrentar esta Isla;
uno viaja y lee
noticias, y de Cuba solo
se habla mal —no se
refieren a la salud
pública gratuita o al
trabajo de los maestros
o al gran esfuerzo
económico que realiza el
país por sostener las
Escuelas de Arte—. No.
De nada bueno se habla.
El año pasado hicimos un
proyecto conjunto con
Suiza y fuimos con 45
niños de la Escuela de
Música Paulita
Concepción —orquesta y
coro— y tuvimos un
éxito impresionante. Fue
un orgullo muy grande
ver a esos niños dentro
de un lugar, que es la
capital mundial del
consumo, y ellos, a sala
repleta, en el escenario
de la Catedral de Berna
(en la que caben dos mil
personas). Esos niños no
se inmutaron ¡ni un
pelo! Llegaron y se
sentaron con una
disciplina
extraordinaria.
En lo personal, me
enseñó cosas porque uno
escucha decir “esta
juventud está perdida”
y si bien es cierto que
usan los pantalones que
enseñan los calzoncillos
y se ponen espejuelos
raros, sin embargo, a la
hora de trabajar, a la
hora de tocar, el nivel
de entrega y de sonido
fue impresionante. Y
otra cosa que me golpeó
fue que cuando ellos
cobraron su dinerito y
tuvieron un par de días
para hacer unas compras
¡todos, sin excepción,
adquirieron regalos para
su familia! —unos tenis
para el hermano, unos
zapatos para la mamá,
una cartera para la
tía—, pero para ellos no
se compraron nada. Esos
son nuestros niños y eso
es Cuba. Hay que seguir
adelante.
Las mismas razones que
me trajeron a Cuba hace
30 años, me mantienen
aquí: sabiendo que estoy
en el camino correcto y
luchando siempre por
mejorar las cosas. Estoy
convencido de que es más
posible solucionar los
problemas que tiene Cuba
que arreglar los
problemas que tiene
EE.UU. EE.UU. no tiene
solución. |