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No es muy conocido que
un joven cantante cubano
asombró a don Alejo
Carpentier durante su
estancia en París allá
por los años 30 del
siglo pasado. Él mismo
lo cuenta en la habanera
revista Carteles:
“Para mí, Fernando
Collazo ha constituido
una verdadera
revelación. Hacía tiempo
que yo lamentaba la
ausencia de un
intérprete inteligente
de nuestros últimos
cantos y sones.
Particularmente de
aquellos compuestos
sobre poemas de Nicolás
Guillén”.
El hecho de referencia
tuvo lugar una noche de
1934, en La Cabaña
Cubana, mientras sonaban
claves y maracas bajo su
techo, cuando Carpentier
—quien armonizaba a su
talento literario, una
especial sensibilidad
para la música— se
encontró de repente ante
“un mozo inteligente y
bien plantado”, que
interpretaba nuestra
música a orillas del
Sena, como debía
interpretarse.
Al decir de Carpentier:
“Su voz potente y bien
timbrada no se perdía en
alardes de virtuosismo
estéril. Sabía ponerse
al servicio de la más
auténtica tradición
criolla. Conocía todos
sus secretos rítmicos,
sus inflexiones, sus
libertades. Con ella,
las menores intenciones
del texto cobraban
extraordinario relieve.
Cuando decía: ‘¿Po qué
te pone tan brabo,
/cuando te disen negro
bembón, / si tiene la
boca santa, / negro
bembón?’, volvía
a crear el poema,
comunicándole una
vitalidad increíble…”
Pero, ¿quién es Fernando
Collazo, aquel cantante
tan admirado por el gran
musicólogo que fue el
autor de El siglo de
las luces, y, sin
embargo, hoy apenas se
le recuerda pese a que
fue en sus días un
verdadero ídolo?
De su historia hablaré
enseguida.
Maracas y bongó
Nacido en San Antonio de
los Baños, en La Habana,
el 21 de agosto de 1902,
Fernando Collazo
falleció en La Habana,
el 16 de octubre de
1939. Su corta pero
fecunda vida artística
comenzó —según afirma
Radamés Giro— en un dúo
que formó con Enrique
García. Después trabajó
con el sexteto Lira de
Redención, dirigido por
Antonio Montalvo. Al
desintegrarse este,
Collazo fundó el Septeto
Cuba, que fue la segunda
agrupación de este tipo
que adicionó el piano.
(La primera había sido
el septeto Gloria de
Cuba, a cuyo frente
estuvo Feliciano
García.)
Con su grupo, el ya
popular cantante
alternaba con los
sextetos Habanero y
Nacional, de Ignacio
Piñeiro, en exitosas
presentaciones en La
Habana y en otras
ciudades de la Isla. Por
cierto, Collazo trabajó
en la filmación del
primer corto musical
sonoro cubano, titulado
Maracas y bongó,
—dirigido por Max
Tosquella—, donde
interpretó, entre otras
piezas, la criolla
“Vanidad”, de Armando
Valdés Torres.
Se debe destacar que
Collazo alcanzó gran
notoriedad con la
Orquesta Gris, una de
las más aplaudidas en su
tiempo, con la que
vocalizaba las partes de
los danzones compuestos
por Valdés Torres sobre
los más gustados tangos
del inmortal Carlos
Gardel.
Cierta historia de “majá
enrosca’o”
Collazo fue el primero
en interpretar en La
Habana con la propia
Orquesta Gris, el primer
danzonete: Rompiendo la
rutina, de Aniceto Díaz,
el que había sido
estrenado en 1929, en
Matanzas. Con ello logró
su consagración
definitiva como cantante
y fue llamado por las
orquestas de Antonio
María Romeu y Belisario
López.
Fundó y dirigió la
orquesta Maravilla del
siglo. Visitó a España,
Francia, México y
EE.UU., países donde
siempre fue muy
reconocido. Compuso
boleros y sones.
Integró el selecto grupo
de músicos cubanos que
logró imponer nuestros
ritmos en el Viejo
Continente. En ese
sentido, dijo
Carpentier:
“Para dar una idea del
poder comunicativo de
sus interpretaciones, os
diré que, cierta noche,
vi a Fernando Collazo
arrancando aclamaciones
de entusiasmo a un
público francés
contándole cierta
historia de “majá
enrosca’o”, de la que
nada podía entender
quien no fuera cubano.
Pero era tal la
expresión que el
cantante sabía poner en
su relato, que se hacía
innecesario comprender
el sentido de las
palabras. Fernando
Collazo es un verdadero
artista. Y no dudo que
su triunfo en París, sea
ya, desde ahora, un
hecho seguro.”
¿Suicidio o suicidado?
Sobre su inesperada
muerte, ocurrida cuando
se encontraba en la cima
de la popularidad y que
acaparó las primeras
páginas de los diarios,
hay varias versiones.
Se dijo en su momento
que fue un suicidio
causado por un desengaño
amoroso, pero tal asunto
causó sorpresa y desazón
entre sus íntimos. Años
después circuló el rumor
que lo habían
“suicidado” por orden de
un alto oficial del
ejército cuya esposa le
era infiel con el
admirado cantante, que
tuvo siempre fama de
mujeriego.
Por mi parte, prefiero
recordarlo, con estas
palabras del gran
novelista cubano:
“A la hora en que la
claridad del alba se
pinta sobre los techos
(de París), el estado
mayor de nuestra música
suele verse reunido en
La Cabaña Cubana. El
estrado de la orquesta
se transforma entonces
en un maravilloso
tinglado de valores
criollos. (…) Collazo
vuelve a implantar los
prestigios y misterios
de la música tropical…” |