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Quien haya visitado
primero el Valle de
Viñales, en Pinar del
Río, esa inmensa franja
de tierra entre
misteriosos mogotes de
piedra y árboles, con
sus vegas de tabaco,
animales y rumorosos
ríos, antes de haber
leído la noveleta para
niños El valle de la
Pájara Pinta, de la
querida e inolvidable
escritora Dora Alonso,
Premio Casa de las
Américas en 1980, se
dará cuenta de la
concordancia perfecta
entre las maravillas de
la flora y fauna de
aquel espacio geográfico
y la imaginería
literaria de una de las
autoras más populares de
nuestro país.
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Foto: Kike (La
Jiribilla) |
Pero para quien como yo,
primero haya leído la
narración, y después
conocido uno de los
paisajes naturales más
hermosos del mundo (no
quiero ser injusto con
el mismísimo valle,
diciendo que es una de
las vistas más bellas de
la Isla), el encuentro
se torna diferente. Mi
lectura de El valle
de la Pájara Pinta,
data de mis tiempos de
estudiante de actuación
en el Instituto Superior
de Arte de La Habana
(1982-1987). El libro
cayó en mis manos
gracias a la guionista y
directora radial de
programas infantiles
Nilda García Alemán, una
artista residente en
Santiago de Cuba, cuyos
aportes al medio, han
sido lamentablemente
olvidados o poco
reconocidos. Ella
preparaba una adaptación
seriada de la noveleta,
para la Emisora
Provincial CMKC-Radio
Revolución. El ejemplar
que leí, tenía marcado
por Nilda sus mejores
partes, señalados sus
principales personajes y
aventuras.
Me preguntaba desde
entonces, si realmente
podría existir un sitio
como ese, tan lleno de
magia, provocador de los
sucesos más increíbles.
Durante mucho tiempo,
creí que la gracia de la
noveleta defendida por
la niña Isabela, por su
abuelo Felo Puntilla y
sus mil gorras, el Mago
Cacafú y el farol
encantado, el pequeñito
Juan Palomo y los
perrazos blancos
Rompemonte y Tragamundo,
Garralen, el delantal
hacendoso; Cirilina, la
novia de los pájaros y
la caprichosa Pájara
Pinta, eran solo
producto del talento
para concebir historias
con que nació Dora
Alonso. Nunca pensé se
deberían a la existencia
de un lugar como el
valle pinareño. Cuando
la escritora matancera
describe el verde de
Viñales: verde
esmeralda, verde oscuro,
verde limón, verde jade,
verde oliva y verde mar,
está lanzando un reto a
la imaginación humana,
al reino fantástico de
la fabulación literaria.
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Años después, al
estudiar la vida y obra
de Doralina de la
Caridad Alonso y Pérez
Corcho, aún sin visitar
el sitio de marras, supe
que el Valle de Viñales
fue también un lugar de
curación espiritual para
Dora, fue allí donde se
recuperó de la pérdida
irremediable de su
madre. Allí también
vivían, o viven todavía,
dos de sus mejores
amigas: Inesita y
Caridad Miranda. La
primera llena de
recuerdos y anécdotas
tiernas, donde Dora es
figura protagónica, la
segunda, dueña de un
jardín encantado,
poblado de las frutas,
flores y arbustos más
sorprendentes.
Cuando en 2001, mis ojos
se encontraron con el
monumental valle, los
personajes del libro,
sus casas, sus andanzas
y travesuras, comenzaron
a sucederse otra vez,
ahora de forma tangible.
Felo Puntilla caminaba
entre las columnas y los
techos bajos de las
casas del pueblo, Juan
Palomo sobre su venado
Guaney, nos miraba desde
lo alto del Mural de la
Prehistoria, el Mago
Cacafú fue quien nos
guió por los vericuetos
húmedos de la Cueva del
Indio, Garralén volaba
sobre el palenque
cimarrón, y comprobaba
con su estruendosa voz
el eco asombroso de la
zona. Cirilina fue quien
nos mostró el Rancho de
San Vicente, La Ermita,
las flores y aves
canoras que viven en el
entorno del Hotel Los
jazmines. La propia
Pájara Pinta nos mostró
la piedra que marca hoy
el terreno desde donde
se lanzaron al viento,
por decisión personal,
las cenizas de la autora
del títere Pelusín del
Monte.
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Foto: Cortesía del autor |
Sí, el Valle de la
Pájara Pinta es un
espacio que existe de
verdad, y es tan bonito
como lo describe la
noveleta y aún mucho
más. No es solo un valle
con bondades turísticas
y ecológicas, sino un
territorio que debiera
ser conocido por los
niños de toda la nación.
El lugar donde podremos
encontrar, para siempre,
a la niña Isabela o a la
propia Doralina, que en
definitiva son la misma
persona: valle-niña,
valle-mujer, valle-Cuba. |