La Habana. Año X.
15 al 21 de OCTUBRE
de 2011

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Un valle para los niños de Cuba
Rubén Darío Salazar • La Habana

Quien haya visitado primero el Valle de Viñales, en Pinar del Río, esa inmensa franja de tierra entre misteriosos mogotes de piedra y árboles, con sus vegas de tabaco, animales y rumorosos ríos, antes de haber leído la noveleta para niños El valle de la Pájara Pinta, de la querida e inolvidable escritora Dora Alonso, Premio Casa de las Américas en 1980, se dará cuenta de la concordancia perfecta entre las maravillas de la flora y fauna de aquel espacio geográfico y la imaginería literaria de una de las autoras más populares de nuestro país.


Foto: Kike (La Jiribilla)

Pero para quien como yo, primero haya leído la narración, y después conocido uno de los paisajes naturales más hermosos del mundo (no quiero ser injusto con el mismísimo valle, diciendo que es una de las vistas más bellas de la Isla), el encuentro se torna diferente. Mi lectura de El valle de la Pájara Pinta, data de mis tiempos de estudiante de actuación en el Instituto Superior de Arte de La Habana (1982-1987). El libro cayó en mis manos gracias a la guionista y directora radial de programas infantiles Nilda García Alemán, una artista residente en Santiago de Cuba, cuyos aportes al medio, han sido lamentablemente olvidados o poco reconocidos. Ella preparaba una adaptación seriada de la noveleta, para la Emisora Provincial CMKC-Radio Revolución. El ejemplar que leí, tenía marcado por Nilda sus mejores partes, señalados sus principales personajes y aventuras.

Me preguntaba desde entonces, si realmente podría existir un sitio como ese, tan lleno de magia, provocador de los sucesos más increíbles. Durante mucho tiempo, creí que la gracia de la noveleta defendida por la niña Isabela, por su abuelo Felo Puntilla y sus mil gorras, el Mago Cacafú y el farol encantado, el pequeñito Juan Palomo y los perrazos blancos Rompemonte y Tragamundo, Garralen, el delantal hacendoso; Cirilina, la novia de los pájaros y la caprichosa Pájara Pinta, eran solo producto del talento para concebir historias con que nació Dora Alonso. Nunca pensé se deberían a la existencia de un lugar como el valle pinareño. Cuando la escritora matancera describe el verde de Viñales: verde esmeralda, verde oscuro, verde limón, verde jade, verde oliva y verde mar, está lanzando un reto a la imaginación humana, al reino fantástico de la fabulación literaria.

Años después, al estudiar la vida y obra de Doralina de la Caridad Alonso y Pérez Corcho, aún sin visitar el sitio de marras, supe que el Valle de Viñales fue también un lugar de curación espiritual para Dora, fue allí donde se recuperó de la pérdida irremediable de su madre. Allí también vivían, o viven todavía, dos de sus mejores amigas: Inesita y Caridad Miranda. La primera llena de recuerdos y anécdotas tiernas, donde Dora es figura protagónica, la segunda, dueña de un jardín encantado, poblado de las frutas, flores y arbustos más sorprendentes.

Cuando en 2001, mis ojos se encontraron con el monumental valle, los personajes del libro, sus casas, sus andanzas y travesuras, comenzaron a sucederse otra vez, ahora de forma tangible. Felo Puntilla caminaba entre las columnas y los techos bajos de las casas del pueblo, Juan Palomo sobre su venado Guaney, nos miraba desde lo alto del Mural de la Prehistoria, el Mago Cacafú fue quien nos guió por los vericuetos húmedos de la Cueva del Indio, Garralén volaba sobre el palenque cimarrón, y comprobaba con su estruendosa voz el eco asombroso de la zona. Cirilina fue quien nos mostró el Rancho de San Vicente, La Ermita, las flores y aves canoras que viven en el entorno del Hotel Los jazmines. La propia Pájara Pinta nos mostró la piedra que marca hoy el terreno desde donde se lanzaron al viento, por decisión personal, las cenizas de la autora del títere Pelusín del Monte.


Foto: Cortesía del autor

Sí, el Valle de la Pájara Pinta es un espacio que existe de verdad, y es tan bonito como lo describe la noveleta y aún mucho más. No es solo un valle con bondades turísticas y ecológicas, sino un territorio que debiera ser conocido por los niños de toda la nación. El lugar donde podremos encontrar, para siempre, a la niña Isabela o a la propia Doralina, que en definitiva son la misma persona: valle-niña,  valle-mujer, valle-Cuba.

 
 
 
 
   
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.