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Presentar La gaceta…
es participar en el
grato ritual del
reencuentro, de la
alegría y de los saludos
demorados. Es ocasión de
ponerse al día, de
enterarse, e incluso de
descubrir nuevos autores
de los que apenas si
teníamos noticia. Ya he
dicho en otro sitio lo
importante que fue para
mí aquella Gaceta…
de los 80, cómo
contribuyó a mi
formación como lectora
crítica. Esta de ahora,
seguramente igual de
trascendente para los
jóvenes de hoy,
despierta en mí el
recuerdo de mi primera
juventud: el dossier
dedicado al centenario
de José Antonio
Portuondo me lo devuelve
tan elegante y amable
como lo encontré cuando
empecé a trabajar en el
Instituto de Literatura
y Lingüística que hoy
lleva su nombre. Las
creaciones juveniles de
Portuondo rescatadas por
Ricardo Luis Hernández
Otero de viejas
publicaciones y archivos
lo descubren de nuevo:
narrador que se ríe de
sus propia cursilería
cuando resulta
inevitable, corresponsal
y amigo de Ángel Augier,
comentarista
entusiasmado de Navarro
Luna, la labor cultural
de Portuondo aparece
aquí en toda su
dimensión, desde el
comienzo mismo de su
comprometida ejecutoria.
La entrevista de Yunier
Riquenes a Miguel Ángel
Botalín, quien lo
conoció muy de cerca y
compartió buena parte de
su vida, explica
demoradamente los
detalles de esa
existencia, la calidad
de su trato, sus
hábitos, sus compromisos
y comenta la disciplina
partidista de Portuondo,
cuyo acatamiento lo
llevó a hacer cosas con
las que quizá no hubiera
estado del todo de
acuerdo, o a aceptar
culpas ajenas. La
evocadora crónica de
Cira Romero nos devuelve
dos de los más
dramáticos ejemplos de
tales desencuentros
entre el hombre y su
circunstancia: desde el
contacto cotidiano, da
fe de su propia
percepción de dos
gruesos enigmas del
devenir literario
cubano: ¿fue Portuondo
el malhadado Leopoldo
Ávila? ¿Fue suya la
responsabilidad de la
exclusión de algunos
nombres de escritores
exiliados del
imprescindible y
denostado Diccionario
de la Literatura Cubana
editado en 1980 por el
Instituto? Hallarán las
respuestas (de Portuondo
y Cira) cuando penetren
en La gaceta…
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Hay otros homenajes: una
entrevista a Mirta
Yáñez, realizada por Ute
Evers, donde la
escritora habla de su
más reciente novela,
Sangra por la herida
y de sus motivaciones
para escribirla, aquel
no reconocerse en la
producción narrativa de
sus contemporáneos como
el impulso inicial de su
escritura; sus vínculos
generacionales,
históricos, con una
etapa importantísima de
la historia cubana; sus
preferencias literarias,
estilísticas, su
exigencia con el
lenguaje y su fidelidad
a sí misma, pese a todos
los contratiempos; su
preferencia por el
realismo, y su larga y
denodada batalla por la
defensa de los derechos
de las mujeres en las
instituciones
literarias, un tema que
puede dialogar con el
trabajo de Toril Moi,
recientemente difundido
por Criterios,
sobre los prejuicios
antifeministas de la
hora, combatidos por
Mirta desde hace mucho,
y uno de cuyos más
sólidos pasos fue la
antología Estatuas de
sal, cuyos 15 años
pronto estaremos
celebrando.
Y la conversación de
Basilia Papastamatiu con
Rolando Estévez, en
ocasión de que le fuera
otorgado el Premio
Nacional de Diseño del
Libro. A él se deben la
mayoría de las
ilustraciones de este
número y su espléndida
portada, que aún en su
versión plana, permite
apreciar la textura
matérica, el relieve,
los nudos, la mescolanza
táctil con que Estévez
hace esa otra poesía
manual que es su obra de
diseño para Ediciones
Vigía. Acerca de su
formación plástica y
emocional, de sus
constantes crecimientos,
de cuánto significa para
él su labor cotidiana en
Vigía y los lazos con
otros seres humanos y
obras ajenas, trata esta
entrevista iluminada por
la luz del eterno
quinqué.
Al centenario de otro
artista, el
caricaturista Juan
David, se dedica un
dossier integrado por
una reflexión de Axel Li
—sobre la calidad de su
obra en relación con el
mercado del arte, la
crítica, su productiva
amistad con otros
pintores y escritores,
la maestría del trazo de
ese “líder del dibujo
humorístico insular”,
como lo llama—, una
evocación de aquel
hombre singular a cargo
del memorioso Ciro
Bianchi, y una
exploración de Jorge R.
Bermúdez, que se amplía
al estatus artístico de
la caricatura en otros
tiempos, sobre la
presencia de Lezama en
la obra de David, entre
lo más valioso dentro de
la iconografía del autor
de Paradiso.
A textos sobre artes
plásticas se dedica casi
toda la sección de
Crítica, excepto el
comentario al meritorio
estudio de Carlos Tamayo
sobre el Cucalambé,
aparecido recientemente
en Letras Cubanas, cuyos
aportes tanto críticos
como históricos merecen
la alabanza del
reseñista Leandro
Camargo, autor de un
esmerado acercamiento
crítico al repentismo
cubano de la última
década, que nos descubre
las peculiaridades no
solo literarias, sino
también escénicas de la
práctica del género en
la actualidad. El texto
de Camargo en la sección
de Crítica se acompaña
de otros referidos a las
artes plásticas y su
crítica, debidos a María
de los Ángeles Pereira
—quien comenta el libro
de Rafael Acosta sobre
la crítica de arte de
Octavio Paz—; David
Mateo, sobre el catálogo
de jóvenes artistas
El extremo de la bala;
Pedro de Oraá saluda la
aparición necesario de
la compilación de Héctor
Villaverde
Testimonios del diseño
gráfico cubano 1959-1974;
Yoandra Lorenzo Ramos
sobre Ideas,
exposición de Raúl Jesús
García, y Nahela
Hechavarría Pouymiró
acerca de la II Muestra
de Videocreación
Suiza-España-Cuba. Todos
dan fe de la pujante
realidad cotidiana de la
creación y el
pensamiento sobre artes
plásticas en el ámbito
cubano. Fuera de sección
también habita la
crítica en una reseña de
Luciano Castillo al
libro Otras maneras
de pensar el cine cubano,
que se convierte en
balance de la labor
desplegada por Juan
Antonio García Borrero
desde sus primeras e
ineludibles
contribuciones. Otra
reseña de tono inusual,
pues toma el libro
comentado como simple
pretexto para perderse
en sus propias
divagaciones, la de
Leonardo Acosta sobre la
correspondencia
Carpentier-Fernández de
Castro, preparada por
Sergio Chaple. Acosta
vuelve sobre el tema tan
discutido de la
nacionalidad de
Carpentier y utiliza
como argumentos algunas
de sus propias
experiencias vitales, en
un breve pero sabroso
texto.
De Rufo Caballero, cuyo
inesperado fin clausuró
una obra en continua
expansión, se publica un
relato de amor y de
muerte. En esa misma
página, el obituario de
Leovigildo Díaz de la
Nuez, el creador del
mítico Leonardo
Moncada, parece
acompañarlo. Otro
cuento, de Raúl Flores
Iriarte, aborda como por
acaso la relación entre
la fama y la muerte, el
arte y la muerte, la
ficción y la vida:
“Extras” —tal es su
título— pone en escena
otra vez la soledad
humana, aun en compañía.
De soledades y otras
muertes trata el texto
que inicia el dossier
inicial de la revista,
Persistencia de la
poesía, una
inteligente lectura de
Mariene Lufriú de
ciertas constantes en la
obra poética de Damaris
Calderón, a partir de su
libro Guijarros,
la dimensión filosófica
de ese enfrentarse a la
muerte como parte del
día a día y otra vez, la
perpetua soledad. Una
suerte de épica de la
negación parece ilustrar
las conclusiones de
Lufriú en los textos de
Calderón incluidos y que
parecen compendiar
historias, sensaciones,
recuerdos y experiencias
vitales de dos mundos,
reales y poéticos, que
tiran de la poetisa cada
uno a su vez: Cuba y
Chile. Otros poemas,
debidos a Legna
Rodríguez y Larry J.
González, merecedores de
sendas menciones del
Premio de Poesía de
La gaceta… completan
el panorama poético de
este número, e ilustran
la percepción de su
generación de poetas por
Jamila M. Ríos en el
documentado comentario
sobre la poesía de los
más jóvenes de la hora,
un recorrido que abarca
la geografía nacional y
la diáspora, la poesía
impresa y el espacio
virtual, las numerosas
antologías o revistas de
reciente aparición y nos
sirve un discurso
retaceado de voces
ajenas que dejan de
serlo en su defensa de
un espacio propio,
descentrado y múltiple
como la propuesta de una
experiencia límite de la
poesía.
A la poesía, a una
entrañable necesidad de
ella, se refiere, en la
última página, el punto
de Daniel Díaz Mantilla.
Vivir en la poesía,
lejos de lo banal o lo
corrupto, es su
vocación, defendida a
pecho descubierto esa
“ansia de verdad” que es
el motor de todo ser
humano. Excelente
clausura para este
número, sólido a pesar
de su aparente
dispersión.
Coherente en su
compromiso con la
difusión de lo más
notable de nuestra
cultura, tenaz en ese
empeño que prueba muchas
veces el ácido de la
crítica y la polémica,
La gaceta de Cuba
celebra desde ya el
próximo advenimiento de
su cincuentenario con
esta entrega, que, como
cada una de las suyas,
nos regala hondura y
sentimiento, ideas y
belleza. Quiero decir
ahora, porque quizá sea
ese del cincuentenario
el mejor escenario
posible, mi convicción
de que el equipo de
La gaceta…, merece
ser honrado de mil
modos. Portuondo,
decidor criollo,
entendería que no es un
simple “guatacazo” de mi
parte; el merecimiento,
más que probado, se
sustenta en la solidez
de un trabajo continuo y
consistente, aglutinador
de cuanto vale en las
letras y el arte en
Cuba. Desde ahora,
celebro los 50 de La
gaceta… y le
agradezco, a ella
durante tantos años, lo
mismo que a ustedes hoy,
aquí, su compañía.
Muchas gracias. |