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Para Omar Mederos y
Bladimir Zamora,
cómplices de todo.
Las fotos, los
documentos, los papeles
ya amarillos, no nos
dejan mentir. Son
pruebas que perviven más
allá de la manera
dispersa con la cual
recordamos algunas
anécdotas, y nos hacen
saber, a partir de sus
puntas arrugadas y de la
imagen que acabará
difuminándose, de qué
manera el tiempo ha
pasado sobre los sueños
y los rostros de quienes
estamos en esos
retratos, o firmamos
esas hojas, que como en
tanta canción más o
menos melodramática,
algún día se llevará un
viento amenazador.
Cuando pensamos en los
25 años de la Asociación
Hermanos Saíz, un poco
de todo eso, a los que
hemos sido parte de
ella, se nos une en el
mismo puño. En el mismo
gesto de sabernos
tocados por la
arrogancia y la urgencia
de los jóvenes, y
tratando de saber cómo,
los que llegan ahora a
ese espacio en el que
tanto dimos, discutimos,
perdimos y ganamos,
podrán reinventar lo que
tratábamos de hacer en
días arduos y luminosos.
La Asociación
Hermanos Saíz a la que
llegué en 1992, estaba
reponiéndose de varias
crisis. Al frente de esa
tropa que distaba mucho
de aparecer con la
frecuencia con la que
hoy se nombra a la AHS
en las páginas de la
prensa y la televisión,
habían colocado a
Fernando Rojas, para
suplir la ausencia que
la dirección nacional
anterior a su entrada
había dejado como
muestra de no pocas
diferencias y recelos.
Le tocó a Fernando
convocar, proteger y
unir varias piezas
sueltas, así como
polemizar con no pocos
fragmentos de un espejo
en el que todos
queríamos mirarnos,
mucho antes de que la
UNEAC y otras entidades
abrieran sus puertas con
mayor disposición al
arte joven. Músicos
irreverentes y rockeros
obstinados, artistas
plásticos dotados de
arrogancia y punzante
ironía, teatristas sin
local de ensayo ni
respaldo a sus
proyectos, escritores
que luchaban por ser a
la vez cubanos y
posmodernos: toda una
corte insólita de
personajes iba, semana
por semana, a la Casa
del Joven Creador (casi
escribo Museo del Ron,
pero ahí están por
suerte los papeles, la
memoria y las ganas de
afirmarnos en ciertas
cosas que me impediría
tal desliz); lo mismo a
una noche de viernes
para esperar el nuevo
día en el Bar-Tolo, o a
escuchar a Reina María
Rodríguez leer sus
poemas, durante una
jornada de tributo al
centenario de Julián del
Casal que imaginó
Francisco Morán. En
medio del desasosiego
del período especial,
desde esa casa donde
vimos los
acontecimientos de
agosto del 94, teníamos
el empeño de unificar
algunos anhelos, y de
proclamar las
posibilidades de otras
maneras de hacer, en el
sueño, lo que el sueño
mismo parecía a veces
negarnos.
Junto con Marilyn Garbey
recibí, por orden de
Fernando, la tarea de
proponer un conjunto de
acciones que, mediante
becas, concursos,
publicaciones, sirviera
de invitación a los
teatristas jóvenes para
que no perdieran del
todo la brújula en
aquellos tiempos que
ahora ya ciertos libros
recuperan como memorias
del período especial.
Así nació, en 1995, el
Premio Maestro de
Juventudes, porque se me
ocurrió pensar que sin
referentes de
resistencia y talento
verdadero, no podríamos
levantar los nuevos
muros. Correspondió a
Juan Piñera y a Armando
Suárez del Villar
recibir los primeros
diplomas que los
acreditaban con aquel
título. Porque la idea
(a pesar de lo que a
veces pueda creerse
viendo a quienes, en
algunos casos, se les
entrega ahora con mucha
más pompa y formalidad
ese galardón) era
concederlo a personas
que estuvieran
dialogando de tú a tú
con la gente joven, no
desde la postura de
quien lo hace desde una
carrera ya cristalizada,
sino desde una
cotidianidad en la que
ser maestro implicara,
en verdad, un compromiso
activo con lo nuevo y
los que llegaban. “Mejor
que me digan maestro en
serio que profesor en
broma”, le espetó Lezama
a Mañach alguna vez, y
nosotros queríamos
buscar y reconocer a
esos maestros “en
serio”, y no a esos
“profesores” que solo lo
llegan a ser en tono de
chanza. Escoger a
nuestros iconos era
también un acto de
fundación en ese tiempo,
y el Maestro de
Juventudes quiso
confirmarlo.
Las Becas Milanés, el
Premio Aire Frío para
proyectos de montajes y
el Evento Teatral de
Pequeño Formato Yorick,
titulado así en nombre
del célebre bufón de
Hamlet, fueron otros
pasos de solidez en la
conquista de nuevas
confianzas. Se nos
ocurrió hacer coincidir
a egresados del ISA y de
la ENA en un espacio
único, inexistente casi
para el arte teatral más
joven en esos momentos
difíciles, y con la
anuencia de Fernando y
Lecsy Tejeda, guía del
Consejo Nacional de las
Artes Escénicas, nos
lanzamos a recorrer la
Isla en pos de
agrupaciones que
pudieran necesitar ese
intercambio. En el
equipo del primer Yorick,
celebrado en un lluvioso
noviembre de 1996,
estábamos Marilyn y yo,
junto con Omar Valiño,
Pedro Morales y Maité
Hernández Lorenzo. De
ese encuentro, que tuvo
como lujo la presencia
de Graziella Pogolotti
en su evento teórico,
salió un raro libro de
memorias que editó,
algún tiempo después, la
Editorial Abril. En su
portada, amén de una
foto del espectáculo
Inmigrantes, del
Teatro de los Elementos,
estaba el título:
“Yorick, ¿teatro joven
en Cuba?” La
interrogante quería ser
otra manera de la
provocación.
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De aquellos días
proviene mi amistad con
Rubén Darío Salazar, ya
líder del Teatro de las
Estaciones. Al evento
acudieron el Estudio
Teatral de Santa Clara,
Luis Enrique Chacón con
sus títeres, Pálpito,
Calibán Teatro, Humoris
Causa, Teatro en Las
Nubes, Teatro del
Espacio Interior, Teatro
D´Dos. Se discutió
fervorosamente sobre una
vanguardia teatral
encarnada en esos
grupos, algunos ya
establecidos y otros
nacientes. Y se combinó
el diálogo para que,
desde la Asociación
Hermanos Saíz, pudieran
reconocerse diversas
estrategias que
diversificaran nuestra
escena. Roxana Pineda
estuvo a la cabeza de la
redacción de una
“Declaración Final del
Yorick”, que fue editada
como volante y también
en El Caimán Barbudo,
llena de profecías y
utopías que la realidad
de hoy ha cumplimentado
no siempre con
brillantez. Marilyn
Garbey, guantanamera y
heredera del espíritu de
Maceo, acudió a las
oficinas del Consejo de
Estado para entregar
copias de esa
declaración que
sentíamos revolucionaria
y transparente, con lo
cual Fernando Rojas tuvo
que responder a un par
de llamadas colmadas de
asombro.
En trenes de palo (hay
un documental donde se
nos ve, con unas caras
que parecen salidas de
una película de horror
de la Universal, a bordo
de uno de esos vehículos
infernales), en guaguas
Girón, en sedes
teatrales sin aire
acondicionado, al aire
libre o donde se
pudiera, buscábamos
aquellos grupos que
pudieran necesitar algún
tipo de apoyo. Dos
nuevas ediciones del
Yorick se celebraron
después: una, en 1998
como tributo a Bertolt
Brecht, y una final en
el 2001, festejando los
15 años del Teatro
Buendía. A la vuelta de
esos días, ya Carlos
Celdrán, Rubén Darío
Salazar, Nelda Castillo,
Raúl Martín, Luis
Enrique Chacón y otros
por los cuales lanzamos
alguna contienda tenían
ya amparo para sus
respectivos grupos.
Saber que en alguna
medida, por pequeño que
haya sido nuestro gesto,
pudimos ayudarlos a ser
lo que hoy representan
en el teatro cubano, nos
ayuda a respirar mejor,
a estar tranquilos con
nuestra propia
conciencia de
teatristas, sin que
pidamos por ello
condecoraciones ni
honras innecesarias. En
1997 desplegamos, junto
con los teatristas
avileños, un raro evento
que por iniciativa de
ellos se dedicó a la
figura de Virgilio
Piñera. No recuerdo si
fue allí que le
entregamos a Vicente
Revuelta el Maestro de
Juventudes. Pero sí
conservo algunas fotos
de la noche en la cual,
plantados en la terraza
de la Fundación Ludwig,
se lo entregamos a
Raquel Revuelta y a
Abelardo Estorino.
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El cierre de la Casa del
Joven Creador nos empujó
a otros destinos,
cercanos o no, en varios
casos, a lo que
intentábamos alzar en la
Asociación Hermanos
Saíz. Poco a poco, se
fueron recuperando
ciertas cosas, al tiempo
que otras muchas
alteraron su faz o
desaparecieron. No creo,
francamente hablando,
que las posteriores
direcciones de la AHS
hayan logrado mantener
el mismo diálogo con la
realidad teatral cubana,
a la altura de lo que
intentamos o procuramos
en aquellos días de los
años 90. No es que
falten acciones en pro
de esa idea, pero siento
que no se ha conseguido
articular un modo
realmente veraz de
incidir en la protección
de lo que puede ser un
matiz alternativo en la
producción teatral de
los más jóvenes en la
Isla. El proyecto Tubo
de Ensayo puede ser una
excepción, rápidamente
asimilada por entidades
ya más cercanas a una
política cultural de
otro cariz. Hoy hay
otras vías para lograr
promoción, interés y
cosas tan concretas como
la edición de un libro,
un documental o un
estreno. Fundaciones,
embajadas, becas…, son
otras puertas, como otro
también lo es el país. A
la vuelta de estos 25
años, la Asociación
tiene que refundar su
discurso en pos de no
quedar al margen, en
tanto poder de
convocatoria, de esas
fórmulas, al tiempo que
defendiendo un carácter
de lo novedoso que sea,
al mismo tiempo, fiel a
su proyecto, a su origen
y a su sentido de
pertenencia. No hay un
evento central, como lo
quiso ser el Yorick, que
recoja la voz de esos
teatristas. Puede que no
sea necesario, pero sí
creo que lo son otras
maneras de convocar, y
concentrar, las voces en
pos de mayores reclamos,
a la orden de este día.
Insisto en que la
cercanía a las escuelas
y academias de arte
debiera ser un interés
particular de la AHS, a
fin de hallar en esas
canteras un talento al
que proteger y alentar
en igual medida,
retándolo a demostrar,
más allá de las aulas y
el laboratorio, lo que
puede significar la
osadía de un cuerpo
joven sobre nuestros
tablados.
No imaginé que guardara,
entre mis papeles,
tantos que provienen de
aquel tiempo en el cual
mi vida estuvo tan
ligada a la Asociación
Hermanos Saíz.
Repasarlos, descubrirlos
con la sorpresa de quien
abre un álbum de cosas
demasiado queridas, ha
sido una invitación que
no quiero dejar en el
aire de una nostalgia
engañosa. En estos 25
años, hemos corroborado
varias promesas, y
también hemos visto
opacarse el talento que
otros prometían. Los hay
que han abandonado el
país y el teatro, para
ganarse la vida de otras
formas. Los hay que ya
ni siquiera se cruzan el
saludo con nosotros.
Pero también están los
que pueden compartir el
espacio de esas fotos,
cartas, papeles
amarillos, en un momento
donde vivir, lo que se
dice vivir, nos fue tan
importante. De aquella
época datan también
amistades (y
enemistades) que nos
acompañarán para
siempre. Teatrales y no
teatrales. Artísticas y
no artísticas. Pero
reales, ciertas, como el
sueño de un teatro que
se sepa joven en Cuba,
lo haga Carlos Díaz
aquí, Víctor Varela
donde esté, Nelda
Castillo en su apretada
sede del Vedado, Antonia
Fernández en el “hueco”
de Carlos III, Rubén
Darío Salazar en
Matanzas o París,
alzando una línea que
llega al desparpajo y
frescura de los
Novísimos, entre los
cuales no falta el
talento al que seguir, y
al que discutirán los
que ya vienen haciendo
su propio camino. Ojalá
en ese sendero puedan
toparse con la casa que
quiere ser la AHS. Y que
encuentren en ella lo
necesario para crecer y
continuar viaje.
Papeles, cartas, fotos,
recuerdos. Antes de
devolverlos al cajón y
antes de dejar correr la
inevitable lágrima de la
que habló Serrat, eso
pienso y me digo: y
bueno, qué carajo, al
menos, uno tiene algo
que ahora pueda contar a
los demás. |