La Habana. Año X.
15 al 21 de OCTUBRE
de 2011

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Soñar un teatro que se respire joven
Norge Espinosa • La Habana

Para Omar Mederos y Bladimir Zamora, cómplices de todo.

Las fotos, los documentos, los papeles ya amarillos, no nos dejan mentir. Son pruebas que perviven más allá de la manera dispersa con la cual recordamos algunas anécdotas, y nos hacen saber, a partir de sus puntas arrugadas y de la imagen que acabará difuminándose, de qué manera el tiempo ha pasado sobre los sueños y los rostros de quienes estamos en esos retratos, o firmamos esas hojas, que como en tanta canción más o menos melodramática, algún día se llevará un viento amenazador. Cuando pensamos en los 25 años de la Asociación Hermanos Saíz, un poco de todo eso, a los que hemos sido parte de ella, se nos une en el mismo puño. En el mismo gesto de sabernos tocados por la arrogancia y la urgencia de los jóvenes, y tratando de saber cómo, los que llegan ahora a ese espacio en el que tanto dimos, discutimos, perdimos y ganamos, podrán reinventar lo que tratábamos de hacer en días arduos y luminosos.

La Asociación Hermanos Saíz a la que llegué en 1992, estaba reponiéndose de varias crisis. Al frente de esa tropa que distaba mucho de aparecer con la frecuencia con la que hoy se nombra a la AHS en las páginas de la prensa y la televisión, habían colocado a Fernando Rojas, para suplir la ausencia que la dirección nacional anterior a su entrada había dejado como muestra de no pocas diferencias y recelos. Le tocó a Fernando convocar, proteger y unir varias piezas sueltas, así como polemizar con no pocos fragmentos de un espejo en el que todos queríamos mirarnos, mucho antes de que la UNEAC y otras entidades abrieran sus puertas con mayor disposición al arte joven. Músicos irreverentes y rockeros obstinados, artistas plásticos dotados de arrogancia y punzante ironía, teatristas sin local de ensayo ni respaldo a sus proyectos, escritores que luchaban por ser a la vez cubanos y posmodernos: toda una corte insólita de personajes iba, semana por semana, a la Casa del Joven Creador (casi escribo Museo del Ron, pero ahí están por suerte los papeles, la memoria y las ganas de afirmarnos en ciertas cosas que me impediría tal desliz); lo mismo a una noche de viernes para esperar el nuevo día en el Bar-Tolo, o a escuchar a Reina María Rodríguez leer sus poemas, durante una jornada de tributo al centenario de Julián del Casal que imaginó Francisco Morán. En medio del desasosiego del período especial, desde esa casa donde vimos los acontecimientos de agosto del 94, teníamos el empeño de unificar algunos anhelos, y de proclamar las posibilidades de otras maneras de hacer, en el sueño, lo que el sueño mismo parecía a veces negarnos.

Junto con Marilyn Garbey recibí, por orden de Fernando, la tarea de proponer un conjunto de acciones que, mediante becas, concursos, publicaciones, sirviera de invitación a los teatristas jóvenes para que no perdieran del todo la brújula en aquellos tiempos que ahora ya ciertos libros recuperan como memorias del período especial. Así nació, en 1995, el Premio Maestro de Juventudes, porque se me ocurrió pensar que sin referentes de resistencia y talento verdadero, no podríamos levantar los nuevos muros. Correspondió a Juan Piñera y a Armando Suárez del Villar recibir los primeros diplomas que los acreditaban con aquel título. Porque la idea (a pesar de lo que a veces pueda creerse viendo a quienes, en algunos casos, se les entrega ahora con mucha más pompa y formalidad ese galardón) era concederlo a personas que estuvieran dialogando de tú a tú con la gente joven, no desde la postura de quien lo hace desde una carrera ya cristalizada, sino desde una cotidianidad en la que ser maestro implicara, en verdad, un compromiso activo con lo nuevo y los que llegaban. “Mejor que me digan maestro en serio que profesor en broma”, le espetó Lezama a Mañach alguna vez, y nosotros queríamos buscar y reconocer a esos maestros “en serio”, y no a esos “profesores” que solo lo llegan a ser en tono de chanza. Escoger a nuestros iconos era también un acto de fundación en ese tiempo, y el Maestro de Juventudes quiso confirmarlo.

Las Becas Milanés, el Premio Aire Frío para proyectos de montajes y el Evento Teatral de Pequeño Formato Yorick, titulado así en nombre del célebre bufón de Hamlet, fueron otros pasos de solidez en la conquista de nuevas confianzas. Se nos ocurrió hacer coincidir a egresados del ISA y de la ENA en un espacio único, inexistente casi para el arte teatral más joven en esos momentos difíciles, y con la anuencia de Fernando y Lecsy Tejeda, guía del Consejo Nacional de las Artes Escénicas, nos lanzamos a recorrer la Isla en pos de agrupaciones que pudieran necesitar ese intercambio. En el equipo del primer Yorick, celebrado en un lluvioso noviembre de 1996, estábamos Marilyn y yo, junto con Omar Valiño, Pedro Morales y Maité Hernández Lorenzo. De ese encuentro, que tuvo como lujo la presencia de Graziella Pogolotti en su evento teórico, salió un raro libro de memorias que editó, algún tiempo después, la Editorial Abril. En su portada, amén de una foto del espectáculo Inmigrantes, del Teatro de los Elementos, estaba el título: “Yorick, ¿teatro joven en Cuba?” La interrogante quería ser otra manera de la provocación.

De aquellos días proviene mi amistad con Rubén Darío Salazar, ya líder del Teatro de las Estaciones. Al evento acudieron el Estudio Teatral de Santa Clara, Luis Enrique Chacón con sus títeres, Pálpito, Calibán Teatro, Humoris Causa, Teatro en Las Nubes, Teatro del Espacio Interior, Teatro D´Dos. Se discutió fervorosamente sobre una vanguardia teatral encarnada en esos grupos, algunos ya establecidos y otros nacientes. Y se combinó el diálogo para que, desde la Asociación Hermanos Saíz, pudieran reconocerse diversas estrategias que diversificaran nuestra escena. Roxana Pineda estuvo a la cabeza de la redacción de una “Declaración Final del Yorick”, que fue editada como volante y también en El Caimán Barbudo, llena de profecías y utopías que la realidad de hoy ha cumplimentado no siempre con brillantez. Marilyn Garbey, guantanamera y heredera del espíritu de Maceo, acudió a las oficinas del Consejo de Estado para entregar copias de esa declaración que sentíamos revolucionaria y transparente, con lo cual Fernando Rojas tuvo que responder a un par de llamadas colmadas de asombro.

En  trenes de palo (hay un documental donde se nos ve, con unas caras que parecen salidas de una película de horror de la Universal, a bordo de uno de esos vehículos infernales), en guaguas Girón, en sedes teatrales sin aire acondicionado, al aire libre o donde se pudiera, buscábamos aquellos grupos que pudieran necesitar algún tipo de apoyo. Dos nuevas ediciones del Yorick se celebraron después: una, en 1998 como tributo a Bertolt Brecht, y una final en el 2001, festejando los 15 años del Teatro Buendía. A la vuelta de esos días, ya Carlos Celdrán, Rubén Darío Salazar, Nelda Castillo, Raúl Martín, Luis Enrique Chacón y otros por los cuales lanzamos alguna contienda tenían ya amparo para sus respectivos grupos. Saber que en alguna medida, por pequeño que haya sido nuestro gesto, pudimos ayudarlos a ser lo que hoy representan en el teatro cubano, nos ayuda a respirar mejor, a estar tranquilos con nuestra propia conciencia de teatristas, sin que pidamos por ello condecoraciones ni honras innecesarias. En 1997 desplegamos, junto con los teatristas avileños, un raro evento que por iniciativa de ellos se dedicó a la figura de Virgilio Piñera. No recuerdo si fue allí que le entregamos a Vicente Revuelta el Maestro de Juventudes. Pero sí conservo algunas fotos de la noche en la cual, plantados en la terraza de la Fundación Ludwig, se lo entregamos a Raquel Revuelta y a Abelardo Estorino.

El cierre de la Casa del Joven Creador nos empujó a otros destinos, cercanos o no, en varios casos, a lo que intentábamos alzar en la Asociación Hermanos Saíz. Poco a poco, se fueron recuperando ciertas cosas, al tiempo que otras muchas alteraron su faz o desaparecieron. No creo, francamente hablando, que las posteriores direcciones de la AHS hayan logrado mantener el mismo diálogo con la realidad teatral cubana, a la altura de lo que intentamos o procuramos en aquellos días de los años 90. No es que falten acciones en pro de esa idea, pero siento que no se ha conseguido articular un modo realmente veraz de incidir en la protección de lo que puede ser un matiz alternativo en la producción teatral de los más jóvenes en la Isla. El proyecto Tubo de Ensayo puede ser una excepción, rápidamente asimilada por entidades ya más cercanas a una política cultural de otro cariz. Hoy hay otras vías para lograr promoción, interés y cosas tan concretas como la edición de un libro, un documental o un estreno. Fundaciones, embajadas, becas…, son otras puertas, como otro también lo es el país. A la vuelta de estos 25 años, la Asociación tiene que refundar su discurso en pos de no quedar al margen, en tanto poder de convocatoria, de esas fórmulas, al tiempo que defendiendo un carácter de lo novedoso que sea, al mismo tiempo, fiel a su proyecto, a su origen y a su sentido de pertenencia. No hay un evento central, como lo quiso ser el Yorick, que recoja la voz de esos teatristas. Puede que no sea necesario, pero sí creo que lo son otras maneras de convocar, y concentrar, las voces en pos de mayores reclamos, a la orden de este día. Insisto en que la cercanía a las escuelas y academias de arte debiera ser un interés particular de la AHS, a fin de hallar en esas canteras un talento al que proteger y alentar en igual medida, retándolo a demostrar, más allá de las aulas y el laboratorio, lo que puede significar la osadía de un cuerpo joven sobre nuestros tablados.

No imaginé que guardara, entre mis papeles, tantos que provienen de aquel tiempo en el cual mi vida estuvo tan ligada a la Asociación Hermanos Saíz. Repasarlos, descubrirlos con la sorpresa de quien abre un álbum de cosas demasiado queridas, ha sido una invitación que no quiero dejar en el aire de una nostalgia engañosa. En estos 25 años, hemos corroborado varias promesas, y también hemos visto opacarse el talento que otros prometían. Los hay que han abandonado el país y el teatro, para ganarse la vida de otras formas. Los hay que ya ni siquiera se cruzan el saludo con nosotros. Pero también están los que pueden compartir el espacio de esas fotos, cartas, papeles amarillos, en un momento donde vivir, lo que se dice vivir, nos fue tan importante. De aquella época datan también amistades (y enemistades) que nos acompañarán para siempre. Teatrales y no teatrales. Artísticas y no artísticas. Pero reales, ciertas, como el sueño de un teatro que se sepa joven en Cuba, lo haga Carlos Díaz aquí, Víctor Varela donde esté, Nelda Castillo en su apretada sede del Vedado, Antonia Fernández en el “hueco” de Carlos III, Rubén Darío Salazar en Matanzas o París, alzando una línea que llega al desparpajo y frescura de los Novísimos, entre los cuales no falta el talento al que seguir, y al que discutirán los que ya vienen haciendo su propio camino. Ojalá en ese sendero puedan toparse con la casa que quiere ser la AHS. Y que encuentren en ella lo necesario para crecer y continuar viaje. Papeles, cartas, fotos, recuerdos. Antes de devolverlos al cajón y antes de dejar correr la inevitable lágrima de la que habló Serrat, eso pienso y me digo: y bueno, qué carajo, al menos, uno tiene algo que ahora pueda contar a los demás.

 
 
 
 
   
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.