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Justo cuando
terminábamos de
conversar, Joel Salazar
me preguntó: “¿La
entrevista me la has
hecho en calidad de
músico o de
funcionario?” Una
pregunta interesante,
pues hasta ese momento
no había tomado plena
conciencia de que ambas
profesiones podían
combinarse. Él lo ha
conseguido. En las
noches, quizá no tantas
como quisiera, toca el
bajo en Ancestor, una
banda de Black Metal. De
día, es el director de
la Casa del Joven
Creador La Madriguera,
sede de la Asociación
Hermanos Saíz (AHS) en
La Habana.
A quien lo haya visto
sobre el escenario —cara
pintada, tatuajes, pelo
suelto acuchillando el
aire— le resultará
bastante difícil
imaginárselo detrás de
un escritorio, sepultado
en papeles o presidiendo
una reunión. Sin
embargo, estuve casi
toda una tarde tratando,
inútilmente, de
contactarlo por
teléfono, pues se
hallaba en una de esas
reuniones que uno sabe
cuándo comienzan, pero
jamás cuándo acaban.
Aunque no le agrade
mucho —pues hubiese
preferido que solo
mencionara que es
músico, a fin de cuentas
se trata de un oficio
con mucho más glamour—,
desde el comienzo de la
entrevista solamente me
interesaba su cargo
institucional. Pero,
bien mirado, es el
interlocutor perfecto
para una conversación de
esta naturaleza. Quién
mejor que un
funcionario-rockero para
hablar sobre la relación
entre la AHS y el rock
que se hace en Cuba.
El primer acercamiento
de la AHS al rock
cubano ocurrió a inicios
de los 90. Era un
momento en que la manera
de asumir el género, ya
fuera desde las
instituciones culturales
o en el ámbito social,
muy lentamente,
comenzaba a cambiar.
Aquellos estigmas,
prejuicios y
estereotipos que
señalaron al rock desde
que llegara de
importación a la Isla,
iban quedando atrás.
Esto coincidió con un
momento significativo en
la evolución musical de
las bandas cubanas.
Algunas, como Venus, ya
desde mediados de los 80
habían abandonado la
mímesis extranjera, para
arriesgarse a componer
sus propios temas y
hacerse de un estilo
individual.
“Alrededor de los años
90 hubo una apertura
hacia el rock y
de algún modo se vio a
la AHS como la
organización que era
capaz de canalizarlo a
través de un espacio”,
explica Salazar. Luego
agrega: “Fue una época
en que la Asociación
jugó un gran papel. Se
retomaron muchísimos
festivales. Luego, a
partir de la segunda
mitad de la década, se
hacían festivales en
casi todas las
provincias del país. En
esa apertura de
espacios, la Asociación
fue la institución
protagonista”.
Un protagonismo que, al
menos en relación con el
rock n’ roll, se
ha mantenido hasta hoy.
Eso, sin abandonar la
concepción de promover,
solamente, un arte de
vanguardia,
experimental, con
determinada calidad
estética. En el caso
específico de la música,
los nuevos miembros de
la AHS se eligen a
través de un jurado
integrado por músicos
que forman parte de la
institución, quienes
conocen cuáles son los
valores y criterios
estéticos que esta
persigue.
Actualmente, la gestión
de la AHS ha conquistado
espacios que hacían
suspirar a los rockeros
de los 80. He conocido a
varios músicos que
atribuyen gran parte del
éxito en su carrera al
trabajo de la
institución. En una
entrevista, Dionisio
Arce, cantante de Zeus,
reconocía el modo en que
la institución siempre
había apoyado al grupo:
“Te lo digo de corazón,
el Patio de María y la
AHS es lo mejor que nos
ha pasado en nuestra
carrera”1.
Por tanto, para
cualquier músico, ya sea
que haga rock n’ roll
o no, pertenecer a la
Asociación ofrece
numerosas ventajas. Y
estas van mucho más allá
de promover el arte
joven, como reza su
eslogan. De hecho, Joel
Salazar cree que ya la
frase le queda pequeña,
pues la gestión de la
AHS también tiene otras
implicaciones, en un
sentido más práctico:
“En primer lugar, brinda
un respaldo
institucional, algo que
en Cuba es muy
importante. Por otra
parte, garantiza
espacios de promoción a
los que un artista le
costaría mucho trabajo
acceder por sí solo;
como la televisión, la
radio, medios digitales
e impresos, etc. Además,
la Asociación ayuda a
los músicos en la
producción de
espectáculos y
conciertos.”
“Más allá de la
promoción, si, por
ejemplo, un grupo
necesita un backline
o una batería, esas
cosas también las
gestionamos acá. Y esa
también es una manera de
promoverlo, pues en la
medida de que seamos
capaces de apoyar a un
grupo para que su
presentación quede bien,
lo estamos promoviendo
de la mejor manera”,
asegura.
Pero existe otro motivo
que hace a la membresía
en la AHS un estatus
codiciado. Y es que
varios artistas ven en
ella un escalón
inmediato hacia el sueño
común de todos: la
profesionalización.
Tanto es así que muchos,
incluyéndome, siempre
hemos creído que
constituía una especie
de adiestramiento antes
de pasar a las ligas
mayores. Sobre todo si
se tiene en cuenta que,
en los últimos años,
varios músicos se han
vuelto profesionales a
través de esta vía. No
obstante, Joel Salazar
me aclara que esa, en
realidad, no es la
finalidad de la AHS.
“Lo que sucede es que en
un momento determinado
la Asociación entendió
que podía hacer un poco
más por los músicos y
sostuvo un diálogo con
aquellas instituciones
que tenían que ver con
la profesionalización de
los artistas. Así, les
sugirió una serie de
agrupaciones que reunían
las condiciones para ser
profesionales. Por eso,
varios músicos creen que
este es uno de los
objetivos de la
institución, aunque en
realidad no lo sea.”
Sin embargo, con el
movimiento del rock
n’ roll, la AHS
fue mucho más allá, pues
promovió la creación de
una agencia que
respaldara a las bandas
de Cuba:
“Hoy existe una Agencia
Cubana de Rock gracias
al empuje que se llevó a
cabo desde la
Asociación. Yuri Ávila,
la directora de la
Agencia y quien siempre
ha sido su principal
fuerza motriz, salió de
aquí. Es decir, antes
trabajaba en la AHS y
todas las actividades
que realizó la Agencia
durante sus primeros
cuatro años, se
promovieron desde la
Asociación.”
Una colaboración que se
ha mantenido a lo largo
de los años ya que, a
fin de cuentas, ambas
instituciones trabajan
por un mismo objetivo:
la promoción del rock
que se hace en la Isla.
“Del mismo modo que en
las actividades en
provincia que organiza
la Asociación se
presentan bandas que
pertenecen al catálogo
de la Agencia, también
en el Maxim Rock se
presentan agrupaciones
que aún no son
profesionales y que en
muchos casos son
miembros de la AHS.
Ambas instituciones
recorren un solo
camino”, me explica
Salazar.
Entonces, tal vez no sea
del todo descabellado
preguntar, no al músico,
sino al funcionario, si
la Asociación no ha
participado en las
gestiones para proveer a
las bandas cubanas de un
sello discográfico
propio. Aunque, bien
pensado, el músico
también hubiese podido
contestarme. A fin de
cuentas, es una carencia
que afecta a casi todas
las agrupaciones de la
Isla.
“Hasta donde tengo
entendido —responde—, el
proyecto inicial de la
creación de la Agencia
Cubana de Rock incluía
un sello discográfico.
Pero, como otras
organizaciones en el
país, tuvo que
establecer prioridades
de acuerdo a la
economía, y algunos
elementos necesarios
para funcionar como
institución se han
quedado un poco más
rezagados para priorizar
otros. Eso es algo que
depende del Instituto
Cubano de la Música, al
que se subordina
directamente la
Agencia.”
En cuanto a la
programación de los
conciertos en el país,
más allá de las acciones
coordinadas entre ambas
instituciones, no existe
un circuito nacional de
espectáculos que
programe los eventos en
la Isla. Una
descentralización que
Joel Salazar ve como
algo positivo. Con una
lógica irrefutable, me
explica que, en la
práctica, son los
promotores y artistas de
cada provincia quienes
conocen mejor las
características de su
público y las demandas
de las agrupaciones:
“Son acciones aisladas
llevadas a cabo por los
promotores que trabajan
con el rock en el
país. Por ejemplo: la
Agencia tiene su
circuito, que de algún
modo se puede integrar a
los festivales de
rock que se
organizan en las
provincias, de una forma
u otra ambas se
imbrican. Pero no existe
una institución que a
nivel nacional sea la
encargada de promover
los conciertos. Creo que
así es mucho más
práctico porque son más
personas trabajando por
un fin común y le da un
matiz más variado. ¿Te
imaginas que todos los
festivales de rock
en Cuba se organizaran
de la misma manera? No
existirían eventos como
el Atenas Rock en
Matanzas, que es un
festival completamente
atípico en comparación
con el resto: se hace en
un campismo con la gente
en casas de campaña como
son los festivales en
todo el mundo. Aun así,
el resto de los
festivales, aunque no se
organicen por una misma
persona, repiten
dinámicas similares:
presentaciones de
fanzines, exposiciones
de tatuajes, conciertos
en las noches, etc. Los
organizadores de un
festival se fijan mucho
en otros eventos y
tratan de superarlos.
Esa especie de
competencia que se crea
entre los promotores de
una provincia y otra, es
lo que hace que los
eventos sean mejores.”
Lo que nos lleva
irremediablemente al
festival Caimán Rock,
que organiza cada dos
años la AHS en La
Habana. Aún recuerdo el
primero, allá por el
2003, cuando teníamos
que ir, a veces en un
mismo día, del
Anfiteatro de Marianao a
La Tropical y de allí
hasta los Jardines,
forrajeando conciertos.
A lo largo de sus cinco
ediciones, obviamente ha
mejorado en organización
y calidad de sonido. No
obstante, en esta
última, solo vino una
banda extranjera, el
grupo Piraña, de México.
Cifra un tanto escuálida
si uno tiene en cuenta
que se trata de un
festival internacional.
“El Caimán Rock, desde
que comenzó, se ha
promovido como un
festival internacional.
Pero si te fijas —me
advierte—, La Habana es
la ciudad del país que
más bandas de rock
tiene y, al mismo
tiempo, es la única que
no tiene un festival de
rock anual. De
modo que es el Caimán
Rock el que viene a
suplir este vacío. Por
eso fue que decidimos
que en esta edición se
presentaran la mayor
cantidad posible de
bandas nacionales, que
fueron más de 30.”
“En cuanto a las bandas
extranjeras —agrega—,
inicialmente habían
cuatro confirmadas,
hasta que en el último
momento solo pudo venir
Piraña. Lo que sucede en
muchos casos es que
todas las agrupaciones
que vienen a Cuba, no
solo a los eventos de la
AHS sino a los de
cualquier otra
institución, se costean
el viaje. Esto es algo
que limita el número de
agrupaciones invitadas
porque no todas pueden
asumir ese gasto.
“Otra cosa que queremos
mejorar es el sinsentido
de que el Caimán sea
bianual. Es cierto que
lleva un presupuesto
bastante alto, pues en
la capital todo cuesta
más. No se puede hacer
un festival en La Habana
con la misma cantidad de
dinero que se hace en
Ciudad Metal en Santa
Clara, no es posible. Y
eso es lo que obliga a
hacerlo cada dos años.
Pero es algo por lo que
vamos a seguir luchando,
pues la capital necesita
su festival de rock
nacional una vez al año,
donde vengan mayormente
bandas cubanas, con
algunos invitados
extranjeros”, remarca
esta última frase, quizá
para que comprenda que
la concepción del
festival está cambiando.
Al final, como todo buen
friki, acabo
comentando sobre lo
difícil que es hacer
rock n’ roll y los
de provincia, lo tienen
todavía más duro… Pero
me doy cuenta de que
Joel, el bajista, no es
de los que les gusta
quejarse. En realidad,
su respuesta aniquila,
cortésmente, cualquier
tipo de lamento que yo
haya intentado
aventurar:
“Hacer rock hoy
en cualquier parte del
mundo es difícil, es
algo que se asume como
un reto personal y una
meta en la que hay que
sacrificar muchas cosas.
En la medida en que los
promotores en los
distintos lugares, ya
sea los que pertenecen a
la AHS, a otras
instituciones o aquellos
que trabajan de manera
independiente, sean
capaces de pujar para
ganar más espacios, pues
estos se abrirán. En la
medida en que los
artistas, ya sea en las
provincias o en la
capital, sean capaces de
exigir más espacios, los
tendrán. La solución no
siempre debe partir de
las instituciones, el
empuje debe ser de los
artistas, pues al final
se hace por ellos y para
ellos.”
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