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El próximo 18 de octubre
la Asociación Hermanos
Saíz (AHS) cumplirá 25
años.
La conmemoración, para
estar a tono con la
naturaleza y los
orígenes de esa
organización, debería
prescindir de cualquier
ceremonial de tipo
formal, eludir largos
discursos y series de
diplomas y
reconocimientos. Los
jóvenes cubanos, por
demás, cada vez rechazan
más claramente ese tipo
de acto conmemorativo,
todavía abundante entre
nosotros. El acto
político público es algo
que, por demás, necesita
renovar sus códigos con
frecuencia, como manera
esencial de garantizar
su eficacia.
El desenfado y la
espontaneidad, el
espíritu libertario, la
vocación por lo novedoso
y lo experimental son
consustanciales a esta
organización de
creadores, porque lo son
a cualquier juventud. En
lo que a la Asociación
Hermanos Saíz se
refiere, no son poses,
sino actitudes orgánicas
sin las que sería
imposible la vida de sus
proyectos e iniciativas.
Quizá uno de los aportes
más significativos de la
AHS al escenario de la
cultura cubana en este
cuarto de siglo, haya
sido la lograda
conjunción de su
naturaleza iconoclasta y
beligerante con la
seriedad y el rigor de
la labor creadora y con
el estímulo al debate
cultural.
Los Estatutos de la
Asociación Hermanos Saíz
proclaman la fidelidad a
la Revolución. Esta idea
no es solo una
declaración formal del
Congreso de la
organización: se ha
discutido durante años,
con la inmensa mayoría
de los afiliados. Ningún
directivo de la
Asociación ha eludido la
discusión de este
principio, cada vez que
se ha presentado. La
consecuencia de un
debate de este tipo no
puede ser otra que el
fortalecimiento del
principio mismo.
A pesar de ello, la
Asociación Hermanos Saíz
no escapa al deterioro
que han sufrido nuestros
espacios de
participación, aun
cuando algunos tipos de
estos espacios puedan
haberse incrementado y
diversificado. La
ausencia de proyectos
concretos en torno a los
cuales esos espacios
cobran vida no parece
ser la causa. Por el
contrario, uno de los
signos de la vitalidad
de la organización es la
abundancia y diversidad
de iniciativas en el
campo del arte y la
literatura.
Las posibles causas de
determinado desinterés
hacia el activismo
social y político, en
particular hacia el
último, hay que
buscarlas en las
motivaciones, actitudes
y conductas de los
jóvenes, condicionadas,
sobre todo y aunque
huelgue esta
perogrullada, por las
circunstancias de su
tiempo, de esta época.
A los jóvenes no les
dice nada cualquier idea
que parezca un lugar
común. Están hastiados
de la retórica, de la
mojigatería y de la
burocracia. La
coincidencia entre la
propaganda y la
información deteriora
inevitablemente la
calidad y el impacto de
esta última. No soportan
la mínima explicación
sobre la imposibilidad
técnica o administrativa
de acometer un proyecto,
ni llamados moralizantes
sobre asuntos del sexo y
la convivencia que ven
de manera muy diferente
a sus mayores. Cultivan
por todas las vías
posibles, con fruición
no siempre justificada y
aún con denuedo el apego
a las más contemporáneas
tecnologías de la
información. En ese
dominio, como se sabe,
no siempre son las
posiciones más éticas y
constructivas las que
predominan. La
alternativa a esta
desventaja hay que
construirla desde esas
mismas tecnologías.
Lo más lamentable de
estas carencias es que
tienen expresión aun
cuando se trata de ideas
o de actos ética y
profesionalmente
correctos. El ejemplo
emblemático es el del
bloqueo estadounidense,
existente, recrudecido,
imperturbable: pero para
algunos jóvenes, el uso
indiscriminado de la
palabra resulta chocante
y a veces
desmovilizador.
Tampoco son atractivas
para significativos
sectores de jóvenes
muchas propuestas de
nuestras instituciones,
aunque a sus mayores
parezcan necesarias. Los
jóvenes suponen o
razonan que esas
propuestas, con harta
frecuencia, están
permeadas de la misma
retórica y el mismo
accionar burocrático
rechazados. Lógicamente,
los jóvenes buscan
asociarse en otro tipo
de agrupamientos o
proyectos de vida y
trabajo.
Los adversarios de la
Revolución asocian estas
tendencias con el
fracaso del proceso. En
una lectura de la
realidad cubana que es
ella misma
propagandística, única y
hegemónica en los
grandes medios de
comunicación, se repite
hasta el cansancio un
discurso que articula
las carencias económicas
con la apatía y se
extrae de ello, con
evidente intención
manipuladora, la
conclusión de que los
jóvenes se vuelven
contra la Revolución.
Para hacer creíble el
argumento, se aportan
como pruebas las
acciones de la
contrarrevolución
interna, minúscula pero
muy ruidosa y bien
provista. Seguir esta
lógica y encontrarla a
diario en cualquier
medio de prensa aporta
una visión coherente
sobre la agresión contra
Cuba, por demás
ampliamente documentada,
sin que seamos siempre
capaces de mostrar esos
abundantes documentos de
manera creíble y
efectiva.
Los jóvenes cubanos, al
mismo tiempo, conviven
con el imaginario que
creó la Revolución, se
alimentan de él, a pesar
de desaciertos y
distorsiones y, sobre
todo, gracias a sus
padres. Disfrutan los
beneficios de los
servicios sociales que
son un logro de la
Revolución, aun con las
carencias y sin la
conciencia de su costo.
Los consideran un
derecho natural.
Reaccionarían contra
cualquier limitación de
esos beneficios, aunque
no la asocian
necesariamente como una
consecuencia del cambio
que se quiere imponer a
Cuba desde Miami,
Washington y Europa.
Una sana tendencia, ya
apreciable, es el
interés de muchos
jóvenes en incorporarse
al trabajo físico y
productivo, a partir de
la expansión del trabajo
por cuenta propia.
También es lógico
—y
revolucionario—
que otros jóvenes se
inquieten, opinen y
discutan sobre los
peligros que entraña la
presencia de elementos
de capitalismo, como
consecuencia de la
introducción del
mercado.
El Gobierno
Revolucionario ha
enfrentado con valentía
y profesionalismo una
situación compleja,
consecuencia del entorno
internacional y de sus
propios errores.
Consciente de que el
peligro de restauración
capitalista está entre
nosotros, con
independencia de la
agresión externa
—que
no ha cesado, pero que
por momentos adopta la
táctica de la espera—
estimula la crítica y el
debate. Estos no
excluyen, sino más bien
presuponen, que el
perfeccionamiento del
sistema implicará nuevas
escaladas de
participación ciudadana
en las políticas
económicas y en las
prácticas a ellas
asociadas, en la
actividad política y en
el debate de ideas. Es
absurdo, sin embargo,
debilitar el papel de la
institucionalidad
revolucionaria frente al
agresor y sus cómplices
y agentes, en gran parte
abundantemente
financiados con el
dinero de los
contribuyentes
norteamericanos.
Los designios de la
restauración según la
visión de la
ultraderecha han sido
trazados con suficiente
claridad y forman parte
de la política del
gobierno de los EE.UU.
Están contenidos en
documentos oficiales de
ese gobierno
—forman
parte de la legislación
norteamericana—
y en la plataforma
pública de los
congresistas
cubano-americanos y de
las organizaciones
contrarrevolucionarias
de la extrema derecha de
Miami. Establecen la
provocación de
desórdenes públicos y de
un clima de
ingobernabilidad. No
importa cuán
significativos puedan
ser en términos de
número: los medios de
comunicación que se
nutren estrictamente de
la visión de los
minúsculos grupos
antigubernamentales
dentro de Cuba se
encargan ya de
amplificar el más mínimo
incidente. Lo que sigue
ya ha sido visto
recientemente en Libia.
Ni la concepción del
estado revolucionario de
Cuba, ni las
perspectivas
democratizadoras y
socializadoras de la
gestión tendrán como
modelo al fracasado
socialismo de la URSS y
Europa del Este. Otras
experiencias son
estudiadas y
consideradas. Pero Cuba
seguirá su propio
camino, el que garantice
la soberanía, la
independencia y el
socialismo; el que se
originó y se asienta en
la Revolución
—o
las revoluciones—
que creó la nación y
formó la conciencia
política.
¿Cómo explicar esto a
los jóvenes? Ellos
mismos se lo explican o
tratan de explicarse
asuntos que les atañen
tanto como al conjunto
de la sociedad.
Una de las claves es la
comprensión de la
existencia del enemigo,
rasgo distintivo del
proceso de formación de
la nación cubana.
Los orígenes de las
intenciones norteñas de
apoderarse de Cuba se
remontan a la fundación
de los EE.UU., pero eso
no dice nada a los
jóvenes cubanos. Más
aún: tan remota como la
visión de los padres
fundadores les puede
resultar la descripción
del inicio de las
agresiones contra la
Revolución desde la
guerra de liberación y
especialmente a partir
del 1ro. de Enero de
1959.
No se trata de dejar de
enseñar la historia, que
no siempre se enseña
bien, por cierto. Se
trata de que solo con la
historia no se convence.
Y si esta es retórica,
menos aún. Los jóvenes
deben ser convencidos
con su presente, con su
experiencia vital.
La solidaridad y el
culto al bien común son
valores caros a los
seres humanos.
Cultivarlos sin retórica
es un camino eficaz para
acercar a los jóvenes al
proyecto que se intenta
continuar construyendo.
Pero el valor de lo
colectivo no se hace
entender sin la
participación. Ante el
deterioro de los
escenarios de esta
última y las carencias
evidentes, que deberían
convocarnos a todos a
trabajar, aparecen y
aparecerán,
inevitablemente,
diversas propuestas de
acciones, proyectos e
iniciativas, las más de
las veces grupales. La
tendencia natural de los
jóvenes a agruparse
según sus intereses lo
explica sencillamente,
sin dar más vueltas. Y
muchas de estas
iniciativas son
completamente sanas,
como es nuestra
juventud, a pesar de los
alabarderos del fracaso
de la Revolución.
En esta perspectiva, la
Asociación Hermanos Saíz
tiene todavía mucho por
hacer. El universo de la
creación artística y
literaria ha sido
siempre y lo será cada
vez más, fecundo en las
más diversas
iniciativas. Por su
parte, la Asociación ha
atesorado una rica
experiencia en la
interrelación de los
proyectos individuales y
colectivos de los
jóvenes escritores y
artistas con las
instituciones culturales
del país.
En los momentos
actuales, esa
experiencia deberá ser
tenida muy en cuenta y
desarrollada para lograr
una mayor participación
de los creadores en la
necesaria transformación
institucional y en el
mantenimiento de una
creciente y cada vez más
atractiva y diversa
oferta cultural.
Será también, de seguro,
una contribución al
impulso a la
participación ciudadana,
en las actuales
circunstancias. |