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En el siglo XXI las
celebridades del pop
duran apenas unos años.
Hábilmente son
sustituidas por jóvenes
de apariencia rebelde y
cuerpos amoldados al
canon
—no
se sabe a fuerza de
cuántas cirugías, dietas
y maquillaje—.
Shakira ya casi no
canta, solo mueve sus
caderas al ritmo de las
danzas árabes. Los
escándalos de Jennifer y
Marc ganan titulares de
los grandes consorcios
mediáticos, mientras
Hollywood se esfuerza en
mantener su añeja
fórmula creativa. En las
galerías son más útiles
que el artista las
maniobras comerciales de
los representantes, al
tiempo que la figura del
editor va cediendo paso
al agente literario.
No se trata del
Apocalipsis de la
creación, sino de un
contexto cultural donde
prima el mercado; de una
industria del
entretenimiento
sumamente banalizada, en
la que pocas veces
podemos advertir el
discurso genuino y
problémico del arte. Sin
embargo, tal vez en
ninguna otra época
existieron tantas
posibilidades para la
creación. Las nuevas
tecnologías ayudan a
posicionar discursos
alternos al hegemónico y
los jóvenes se perfilan
como principales
gestores de ese giro en
los significados.
Cuba, parte de esa
realidad y a la vez
escenario de otra muy
distinta, vive también
sus propios conflictos
en cuanto a legitimación
del arte realizado por
jóvenes. Los desafíos
para esta generación
resultan complejos e
iluminadores de lo por
venir. Al respecto
convocamos las
reflexiones de Jaime
Gómez Triana, teatrólogo,
director del Programa de
Estudios sobre Culturas
Originarias de América
de la Casa de las
Américas y
vicepresidente de la
Asociación Hermanos Saíz
(AHS), una organización
que agrupa a creadores
menores de 35 años y que
por estos días arriba a
su cuarto de siglo.
En el medio de una
cultura global signada
por las leyes del
mercado, ¿cuáles son los
retos que enfrentan los
jóvenes artistas
cubanos?
Estamos en un contexto
signado por la
hegemonía cultural que
imponen los grandes
centros y esa hegemonía
opera sobre las
mentalidades y también
sobre el sistema de
relaciones en todos los
órdenes de la vida. En
medio de esas
circunstancias solo nos
queda resistir, o sea,
pensar y crear desde la
trinchera. Pensar así
desde Cuba, un país
bloqueado hace medio
siglo, podría parecer
obvio, no queda de otra,
pero lo cierto es que
ser
una la trinchera es hoy
la opción del SUR, con
mayúsculas pues hay
también bordes y
“agujeros negros” en el
NORTE.
Es por eso que dentro de
los retos que tiene el
arte cubano, y no solo
el que hacen los jóvenes,
está la necesidad de
insertarse en el tejido
cultural contemporáneo
la autonomía y la fuerza
que nacen de lo propio.
Como cubanos vivimos
atados a temas muy
específicos. La
insularidad y la
impronta de la
Revolución Cubana marcan
de manera significativa
nuestra producción
artística y hay
preocupaciones y
derroteros muy
conectados con la vida
cotidiana que se repiten
una y otra vez. No
obstante, hay una gran
diversidad formal y
temática en el arte que
desde aquí se hace y en
algunas manifestaciones
tenemos ciertas ventajas
con respecto a muchas
otras naciones de la
región.
Claro que no podemos
hablar hoy de
manifestaciones como las
artes plásticas o la
música sin pensar en el
mercado. Es muy difícil
tratar de incorporarse
al mainstream sin
hacer concesiones en el
discurso. Es por eso que
resulta aún más
complicado lograr
preservar la impronta
particular de los más
jóvenes y hacerla
legítima, primero en
Cuba y luego a nivel
internacional.
A veces hay fenómenos
culturales que
cristalizan de una
manera particular y
logran colocar
contenidos muy
originales desde la
creación artística.
Luego, esos fenómenos
capitalizan la
producción posterior y
se convierten en una
especie de modelo.
Contra eso también
habría que luchar,
contra la idea de un
arte cubano que va sobre
un cauce estrecho o
demasiado específico. En
el caso de la música,
por ejemplo, está claro
que existe una
internacionalización a
partir de los
importantes premios
obtenidos y de las
constantes giras de
nuestros músicos por
varios países; pero esto
ha de generar una
permanente alerta en los
creadores más jóvenes.
No se puede abandonar la
idea de una música
cubana contemporánea, de
búsqueda, experimental,
a tono con su tiempo,
por ir tras la máscara
que nos ofrece el
mercado.
Otras zonas de la
creación van por
distinto camino. Las más
jóvenes generaciones de
escritores, por ejemplo,
tienen mucha
independencia. Concursos
como el Calendario, de
la AHS, ilustran esa
diversidad, que no sigue
el cauce de los grandes
monopolios de la
literatura a nivel
internacional, de las
editoriales que
estandarizan la
producción e imponen lo
que debe ser la
literatura, no solo
desde el punto temático
sino también desde el
formal. En esta
manifestación hemos
logrado más libertad, lo
cual no quiere decir que
no debemos estar
vigilantes, porque
ahora, como siempre
recuerda Luisa
Campuzano, somos parte
de mundo donde una
figura tan importante
como la del editor
desaparece, para dar
paso al agente
literario. No quiere
decir con esto que hay
que vivir protegiéndose
de un enemigo eterno,
pero sí debemos estar
alertas, a tono con el
momento actual, vibrando
en esa densidad, eso
claro sin perder lo que
nos distingue.
Si algo tiene el arte
cubano que lo salva es
su propio background.
Existen grandes figuras
de la cultura cubana con
una obra muy sólida que
van guiando, no
estableciendo modelos,
sino implantando con su
creación el bacilo de la
inconformidad. Siempre
pienso en Virgilio y
Lezama, a quienes
estamos acostumbrados a
ubicar en bandos
distintos, pero dan
testimonio de una misma
inconformidad en la que
los creadores más
jóvenes aun se
confrontan y eso habla
de la solidez de la
tradición.
Otro punto de conflicto
estaría en el acceso de
los jóvenes a la
tecnología.
Pensar el arte
contemporáneo cubano
ante los desafíos de la
tecnología nos llevaría
por otros derroteros,
por los caminos de la
oportunidad. De un lado
quienes intentan
desarrollar una línea
creativa particular que
necesita de la
tecnología. El
audiovisual, por
ejemplo, aunque cada vez
se abaratan más sus
costos.
De otro lado está la
relación con los medios
en la promoción del arte
realizado. En ese
sentido tenemos pocas
oportunidades producto
de causas conocidas, a
partir de la manera en
que logramos insertarnos
en determinados
contextos de
distribución y
circulación de la obra
de arte. Sin embargo, no
me parece que nuestras
dificultades sean muy
diferentes a las de la
creación latinoamericana
en sentido general. A
veces tenemos zonas de
privilegio, a veces
desventajas; pero los
creadores cubanos saben
vadear esa dificultad
cotidiana.
Les tocaría a las
instituciones, a
organizaciones como la
AHS y la UNEAC (Unión de
Escritores y Artistas de
Cuba), estar repensando
todo el tiempo las vías
para una verdadera
promoción internacional
de la creación artística
cubana, teniendo en
cuenta que hay muy poco
espacio para las nuevas
expresiones y, sin
embargo, lo que más se
busca es lo nuevo, lo
renovador, lo joven, lo
transgresor. Tenemos que
encontrar proyectos que
conduzcan a la promoción
de las artes
contemporáneas cubanas
de una manera más
eficaz.
Hoy Cuba está repensando
su sistema institucional
en función de eliminar
subsidios, y eso atañe
también a la cultura.
¿Qué pueden representar
estos cambios para los
artistas jóvenes con una
obra alejada del canon?
Cada nuevo movimiento,
cada zona emergente de
las artes cubanas,
encuentra un lugar para
su promoción. En el caso
de la AHS se busca
articular un camino
dentro de las
instituciones para el
arte nuevo.
Hoy, muchas personas que
apuestan por una
creación independiente
buscan el espacio de la
institución en tanto aún
es considerado entre
nosotros un ámbito
legitimador por
excelencia. El mayor
desafío entonces radica
en la articulación entre
la centralidad que
todavía ocupa la
institución en Cuba y la
emergencia de proyectos
alternativos, nacidos
fuera de la matriz
institucional. El reto
es saber cómo crear esa
articulación, que debe
ser original, tener la
suficiente protección
para que no se malogre,
para ello hay que lograr
que las instituciones se
despojen de toda la
burocracia, algo que
lastra la concreción de
proyectos alejados del
“canon”.
El país va avanzado
hacia ese cambio de
mentalidad, pero a veces
toca lidiar con los
efectos del paternalismo
y nos encontramos
creadores jóvenes que
piensan que la
institución debe
empoderarlos, que se lo
merecen todo ya. Es algo
coherente con el
discurso de un joven,
pero merecerlo todo no
puede detener el proceso
que obliga a
conquistarlo todo.
También en ese sentido
el cambio va a ser
fructífero para el arte
cubano.
Por otra parte, el
sistema de enseñanza
artística aporta
muchísimo talento cada
año, las propias
instituciones están
rebasadas por el
talento, por eso las
relaciones entre los
artistas más jóvenes y
los espacios
institucionales tendrán
que irse transformando,
lo que no significar
contraer la oportunidad
de ingresar a la
enseñanza artística, ni
disminuir auspicios,
sino todo lo contrario.
Deben ampliarse las
oportunidades de acceso
a esos auspicios. El
trabajo cotidiano de una
institución cultural
pasa por saber
jerarquizar lo más
valioso dentro de una
amplia gama de
posibilidades creativas.
La AHS fue pionera en el
sistema de becas que hoy
se repite en diversas
variantes desde cada una
de las instituciones del
Ministerio de Cultura, y
esta es una buena
opción. Por este medio
un creador joven puede
recibir apoyo para
realizar su propuesta, y
eso comienza a cambiar
la relación con los
mecanismos de
legitimación.
Hemos hablado de
cuestiones muy prácticas
como el mercado
internacional, la
promoción o los
auspicios, pero me
gustaría saber tu
criterio acerca de los
desafíos estéticos del
arte realizado por
jóvenes en Cuba.
El mayor reto sigue
siendo la calidad, algo
que trato de unir a la
eficacia. Verdaderamente
una obra logra ser
eficaz si es capaz de
conmover, comunicar,
movilizar el alma y
hacer a quien la aprecia co-creador. En estos
momentos no hay un ideal
estético que preservar,
ni una transformación
absolutamente necesaria
para tener un arte
contemporáneo o más a la
moda. La palabra
vanguardia es hoy
difícil de manipular
debido a las disímiles
posibilidades creativas
que se dan a nivel
internacional y en el
propio caso de Cuba.
Lograr calidad y
eficacia en la obra de
arte, en el caso de los
más jóvenes, pasa por dos
elementos: ser
verdaderamente rigurosos
con lo que se necesita
expresar y contribuir al
despliegue de un clima
de debate que propicie
que la crítica recupere
su papel.
Los aymaras
hablan del Pachacuti
como un proceso que nos
lleva de vuelta al
equilibrio, un período
de cambio hacia la
reconstrucción de una
sociedad comunitaria. El
artista es central en el
renacimiento de ese
equilibro perdido. Y por
eso nos toca dialogar
más y ser mucho más
rigurosos en el
conocimiento de la obra
de nuestros
contemporáneos, no solo
los de la manifestación
que investigamos o
desarrollamos, sino de
todas las
manifestaciones del
arte.
El privilegio de una
organización de
creadores es ese. Hablo
por la experiencia de la
AHS, con 25 años siendo
la misma, pero distinta
cada vez porque distinta
es la gente que la
integra y distintas son
las necesidades y las
preocupaciones de esa
gente. Dentro de lo que
permanece lo más valioso
es, sin embargo, la
posibilidad de que cada
una de esas generaciones
pueda encontrarse en
comunidad con sus
contemporáneos, en un
grupo en el cual están
representadas todas las
artes. Eso es un
verdadero privilegio,
que a veces no se da en
otras organizaciones,
pero que en esta se ha
sabido preservar.
Siento que debemos
seguir teniendo el ojo
puesto no solo en la
obra personal, sino en
la de nuestros
compañeros de generación
y saber que, de alguna
manera, estamos
trabajando al interior
de la tradición y, al
mismo tiempo, estamos
construyendo, ampliando,
continuando, una obra
que será legado del
futuro. A veces nos
preocupamos en preservar
el patrimonio cultural,
en evitar que
desaparezcan piezas o
tradiciones muy antiguas
y olvidamos que también
es imprescindible estar
atentos a lo que nace,
porque en ese
alumbramiento radica la
única posibilidad de
sobrevida.
La presencia de los
jóvenes en ciertos
espacios artísticos
cubanos aparece
demasiado atomizada, sin
que se note un
movimiento o grupo, como
sí sucedió en otros
momentos.
Esa atomización es una
marca de época y está
relacionada con el
contexto de la hegemonía
en la globalización
neoliberal, que va
marcando una pauta e
imponiendo
comportamientos. Sin
embargo, creo reconocer
proyectos que logran
articular a muy diversas
personas y que,
curiosamente, tienen como
objetivo la promoción.
Por ejemplo, la Muestra
Joven ICAIC, cuyo
antecedente está en un
evento similar surgido
en la AHS a fines de los
años 80 y hoy se
organiza desde la
institución
responsabilizada con el
desarrollo del cine
cubano, va mucho más
allá de la realización
cinematográfica y devine
un espacio de
confrontación de ideas
relacionadas con
múltiples órdenes de la
vida. Un espacio como el
generado por el proyecto
Tubo de Ensayo,
vinculado a la
dramaturgia en sus
comienzos y ampliado
ahora a otras zonas de
la creación y la
producción teatral,
también es muy
dialogante con el
quehacer de escritores,
pensadores,
historiadores y artistas
de otras
manifestaciones. En
Santa Clara, La
Trovuntivitis, con su
puesto de mando en El
Mejunje, no solo ha
generado un movimiento
trovadoresco, sino que
se conecta con ámbitos
muy diversos de la vida
cubana. Proyectos
comunitarios y no por
ello menos importantes
como la Cruzada Teatral
de Guantánamo y la
Guerrilla de Teatreros,
han logrado incorporar a
creadores muy disímiles,
hacerlos parte, logrando
una convivencia que
desmiente toda idea de
individualización.
Podría hablar también en
ese sentido de lo que
representan las
editoriales de la AHS
que publican a autores
emergentes y que hoy
también editan
audiolibros y cómics.
Pensar las dinámicas del
arte cubano
contemporáneo obliga a
una investigación
profunda que supere la
visión de la farándula,
de lo circunscrito a
determinados circuitos
de la capital del país.
Necesitamos un análisis
pormenorizado para fijar
los síntomas de esta
época, atendidos con
agudeza, esos síntomas
nos pueden ayudar a
abrir nuevas líneas de
trabajo, maneras de
hacer y obrar en el
contexto de la gestión
cultural en la Cuba de
hoy.
Si algún tema está
urgido ahora de un
espacio de debate a
nivel nacional es la
crítica
artística-literaria. La
crítica ha cedido su
lugar. El ejercicio del
criterio no opera hoy
entre nosotros del modo
en que lo hacía años
atrás, cuando había un
mayor consenso acerca de
las jerarquías. Hay
muchas publicaciones en
Cuba que acompañan la
creación, pero creo que
la academia y la crítica
no acompañan hoy la
creación de la manera en
que se necesita y eso es
verdaderamente
preocupante.
El arte de los jóvenes
tiende a portar un
discurso cuestionador,
problémico. ¿Cómo se
inserta esto a las
dinámicas del campo
cultural cubano?
Creo que el arte es
siempre polémico,
cuestionador,
problematizador. Si es
arte es todo eso y tiene
entonces que encontrar
en el espacio social un
ámbito de legitimación.
Creo que en Cuba existe
ese espacio. El arte
cubano no es
complaciente, ni
laudatorio, todo lo
contrario; tal vez sea
más evidente en la
creación de los más
jóvenes, pero no es
exclusivo de ellos. Hay
una frase de Rine Leal
que ayuda mucho cuando
se formula una pregunta
como esa: “no se le
puede echar la culpa al
termómetro de la
enfermedad del
paciente”. El arte
acompaña la realidad,
pero también la refunda.
Refundar la realidad
implica compromiso, ese
compromiso tiene que ser
respetado, pero solo
será respetado si nace
del más absoluto rigor.
Cuando estamos frente a
artistas verdaderos
vemos que esa ecuación
se resuelve.
¿Pueden advertirse
tendencias en el arte
joven cubano?
No me atrevo a listar
tendencias porque existe
la más absoluta
diversidad.
Cotidianamente nos
llegan proyectos muy
distintos, algunos sin
precedente que cuesta
trabajo encauzar incluso
desde los mecanismo
abiertos de la AHS. Lo
que nos toca hacer es
estar muy alertas con
relación a lo que nace y
lograr ser lo
suficientemente eficaces
para generar espacios de
debate sobre lo nuevo y
después de realización
para que esa nueva
vertiente encuentre, no
un lugar ofrecido, sino
su lugar. Eso es muy
difícil por supuesto y
necesita el apoyo de la
institución cultural en
Cuba; pero creo que nada
debería hacer que la AHS
perdiera su agilidad
para adaptarse a lo
nuevo, para
incorporarlo, hacerlo
dialogar con la
tradición y lograr que
encuentre su espacio.
¿Existen hoy esos
mecanismos dentro de la
organización?
Sí, solo que tenemos que
usarlos mejor. También
nos toca defenderlos, no
solo desde las
estructuras de
representación que la
organización posee, sino
desde la membresía
misma. Uno de los
grandes privilegios de
la AHS es que sus
miembros son parte de
una misma generación. El
otro es la posibilidad
de ser interlocutora de
esa nueva generación
frente la institución
cultural y ese diálogo
no le corresponde
sostenerlo solo de los
dirigentes de la AHS,
sino a toda la membresía
empoderada en la
organización. Hacer más
fuerte a la AHS es
responsabilidad de todos
los que la integramos.
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