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Es demasiado grande el honor que me
hacen hoy mis hermanos
de la Asociación
Hermanos Saíz: recibir
el Premio Maestro de
Juventudes y, además,
hablar a nombre de los
artistas e intelectuales
a los que se les otorga
ese reconocimiento.
Agradezco mucho el
Premio, aunque me
resulta simpático
recibir un galardón por
hacer algo que me
proporciona tantas
satisfacciones.
Ante todo, la alegría del
aniversario. Hoy cumple
la Asociación la edad de
un joven en su plenitud,
veinticinco años, y
realmente está en su
apogeo como un
instrumento organizado
de los jóvenes artistas
e intelectuales cubanos.
Están desplegando un
programa de actividades
muy hermoso, desde el
jueves pasado, que nos
permite a todos
compartir esa fiesta de
cumpleaños colectivo y
conocer mejor la
actividad de la
Asociación y lo que
significa para la
cultura y para el país.
En un plano más interno,
seguramente han hecho
recuentos de logros e
insuficiencias, y
estarán planteándose con
rigor analítico qué es
la institución en la
actualidad, cómo y en
qué grado cumple las
tareas y las funciones
que se ha propuesto, qué
proyectos debe impulsar
y a qué sueños debe
aferrarse.
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Porque los he acompañado siempre y
porque tengo mi
esperanza puesta en
ustedes, me permito
decirles que los jóvenes
intelectuales y artistas
tienen ante sí tareas
formidables y deberes
extraordinarios respecto
a la defensa y el
desarrollo de la cultura
nacional y el socialismo
cubano. El campo en el
que actúan es hoy quizás
el sector más avanzado y
de mayores
potencialidades de
nuestro país. La cultura
es, por su naturaleza,
sus fuerzas acumuladas y
sus logros, lo que está
más cerca de ponerse a
la altura de las
revoluciones sucesivas,
las tareas diferentes y
superiores a lo que
parece posible y la
ambición desmesurada,
tres rasgos que son
esenciales para que
exista el socialismo. La
cultura puede modificar
a nuestro favor las
ideas que tenemos acerca
de lo que es valioso y
de lo que es hermoso,
instigarnos a trabajar
más y mejor para la
sociedad y para el
bienestar de todos,
resolver carencias y
deseos de un modo muy
diferente a las
soluciones que propone
el capitalismo,
proporcionar goces y
revelar horizontes. El
arte puede adelantar una
idea que el conocimiento
social no ha formulado
aún; o socializar lo que
parece ser muy difícil,
no por simplificarlo,
sino por abordarlo de
otro modo en el que las
sensibilidades y las
emociones participan
mucho más. El
pensamiento que ejercita
la libertad y la crítica
puede contribuir a que
se planteen bien los
problemas prácticos, se
busquen y movilicen las
fuerzas que sí tenemos y
aumente la capacidad del
pueblo para hacer
efectivos sus
conocimientos y
cualidades, y para
dirigir los procesos
sociales.
Los jóvenes artistas e intelectuales
que poseen formación,
especialidades,
conciencia e ideales
constituyen un logro
maravilloso de la
Revolución. Los cambios
tan profundos que han
sucedido o están en
curso en la comunicación
y en numerosos terrenos
de la producción y el
consumo intelectual y
artístico son asumidos
con más facilidad por
los jóvenes, que pueden
asegurar una dialéctica
de innovaciones y
continuidades a nuestra
cultura, dialéctica que
es necesaria en sí misma
y será un buen ejemplo
para otras áreas de la
vida nacional. Pero,
además, esos cambios
acontecen en un campo de
batalla, la guerra
cultural imperialista:
hay que lograr que
operen a nuestro favor y
no en contra nuestra, y
rechazar la solución
suicida de tratar de
impedirlos. Y en la
coyuntura cubana estamos
viviendo una fuerte
lucha de valores entre
el socialismo y el
capitalismo. En esta
situación, los jóvenes
llegarán a ser
decisivos. La Asociación
Hermanos Saíz ha logrado
ser una expresión
sumamente destacada y
prestigiosa de esos
jóvenes en el campo
cultural. Tengo la
convicción de que le es
posible ser vehículo de
todos, o vínculo entre
todos, y ser ejemplo de
lo que puede lograrse
con organización,
conciencia y moral. Es
decir, ser reconocida
como vanguardia por esos
jóvenes, e influir en
una cultura que no se
contraiga al sector que
identificamos por ese
apelativo, sino que se
extienda a todas las
cubanas y los cubanos.
Debemos salvar y promover a todos
los talentos: eso es muy
cierto. Pero también
debemos salvar, defender
y promover el gusto y la
capacidad de discernir
de las mayorías, y que
ellas puedan y quieran
gozar y aprender con esa
cultura que hace
ascender la condición
humana. Que todos tengan
oportunidades de
consumirla y de crear,
de crecer como personas
y desarrollar en buenas
direcciones sus
sensibilidades, que son
la madre de una gran
parte de los valores. Si
alguna lección hay en el
magisterio es la
voluntad tenaz de
compartir con los demás
la cultura que se tiene.
Es imperioso que los
jóvenes no permitan que
llegue a haber dos Cubas
en la cultura.
Quisiera hacer algunos comentarios
personales sobre este
Premio Maestro de
Juventudes. Ante todo,
lo veo como un hecho
simbólico, una elección
que hacen los jóvenes
entre los maestros de
hoy, que solo somos
continuadores, en
nuestro campo, de tantos
que han sido maestras y
maestros salidos de este
pueblo, y que han
contribuido a que los
cubanos se encontraran
consigo mismos, se
volvieran cada vez más
capaces de elevarse por
sobre sus circunstancias
y su preparación para
enfrentarlas, de
revolucionarse, de hacer
una nación libre y de
darlo todo por obtener
la justicia. Por todo
eso, me gusta en esta
coyuntura recordar una
frase de José Martí:
“Nada es un hombre en
sí, y lo que es, lo pone
en él su pueblo”.
Enseguida, advierto que somos una
representación de un
abanico muy amplio de
quehaceres artísticos e
intelectuales, a los
cuales la Asociación
rinde homenaje mediante
nosotros. Es muy hermoso
para mí compartir este
septeto con una
compositora, una maestra
de ballet, una
trovadora, una
escritora, un artista de
la plástica y un
cineasta, y constatar
que en todos esos
ámbitos contamos con
seres humanos que reúnen
en sí un gran talento y
un magisterio que
entregan a los más
jóvenes, día por día y
toda la vida. Que han
aprendido a despojarse
del egoísmo con que
marca la sociedad de
dominación a todos —y
que nos convierte en
lobos frente los demás—,
y de la soledad y la
exacerbación de la
individualidad que
muchas veces
caracterizan al
creador, por su tipo
mismo de actividad y por
los severos
enjuiciamientos de su
calidad que debe
enfrentar. Personas que
son capaces de dedicarse
a ese magisterio no solo
por un tiempo, de no
entrar y salir de ese
papel, sino de
disfrutarlo, mantenerlo
y convertirlo en una
manera de vivir.
Con este premio, la Asociación
reafirma al mismo tiempo
su pertenencia al
decurso histórico de la
cultura cubana, al
incluir entre las
actividades de su
aniversario el
reconocimiento al valor
de los intercambios con
intelectuales y artistas
de generaciones
precedentes a la suya.
Esto no le quita nada a
su novedad y su
independencia, a su
irrupción en el campo de
las artes, las letras y
el pensamiento, ni a su
originalidad. La
asunción crítica de la
acumulación cultural y
la formación en sus
múltiples aspectos son
requisitos para que la
nueva generación pueda
protagonizar la etapa
que necesitamos, de
creaciones, de promoción
y de conducción cultural
a la altura de las
necesidades y del
proyecto de sociedad en
trance de liberación.
Antes de pasar a mi último
comentario, permítanme
personalizar a uno entre
los premiados, la única
que no está hoy con
nosotros, sino que todos
estamos con ella. Para
todos los cubanos, Sara
González y Silvio
Rodríguez son también la
epopeya popular de
Girón, devuelta en
canciones. Para los de
mi edad y mis
experiencias, esas
canciones son la materia
sublime en que el mejor
arte es capaz de
convertir a la sangre y
el polvo —que es el
sucio primer sudario de
los muertos—, al miedo
que se vuelve heroísmo,
a la entrega de todo y
la pelea sin límites por
los ideales de
liberación, a las
revoluciones, que
siempre dejan tras sí
victorias humanas. Por
eso puede una canción
ser tan alegre y ser un
himno, y puede trasmitir
tanta vida aquella voz
de Sara, cuando canta:
“nuestra primera
victoria / nuestra
primera victoria”. Casi
veinte años después de
Girón, en los días de la
embajada del Perú y de
El Mariel, Sara llegó a
Nicaragua y la fui a
buscar. Hablábamos por
el camino, y se dio
cuenta de que yo no
tenía vivencia alguna de
lo que estaba sucediendo
en Cuba. Me preguntó
cuánto tiempo llevaba
fuera, y como consideró
que era demasiado, me
cantó, para mi solo, “Yo
me quedo”, con aquel
vozarrón maravilloso
suyo. Sara supo
enseñarme, ponerme al
día y emocionarme, de
una sola vez, con los
medios pedagógicos
mejores que ella posee.
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Yo quisiera ser como fue mi
inolvidable maestra de
primaria, y que al cabo
de la larga jornada me
suceda lo que les pasó a
nuestros maestros.
Cuando yo era un niño, aquellos
educadores eran los
únicos intelectuales que
estaban al alcance de la
mayoría de los muchachos
del país. Ellos hicieron
lo indecible para que
fuéramos muy patriotas,
honestos y cívicos. Para
que supiéramos
comportarnos en
cualquier situación, y
aprendiéramos
matemáticas, español,
historia y geografía del
municipio y nacional.
Nos formaban para la
modestia, porque ellos
no padecían de vanidad.
Pero, sobre todo,
aquellos maestros
querían que nosotros
llegáramos a ser los
protagonistas de la Cuba
futura, una nación
soñada que tendría que
realizarse del todo, y
conquistar toda la
libertad, la justicia y
la prosperidad.
Para cumplir con esos maestros de
juventudes, tuvimos que
ser lo que ellos nos
habían enseñado, pero
también nos vimos
obligados a no hacerles
caso en todo aquello que
nos impidiera cumplir
con los ideales que nos
habían inculcado. Y
logramos cambiar a Cuba,
y comenzamos a hacerla
cada vez más libre, más
justa y también más
próspera, porque ahora
la prosperidad consistía
en repartir la patria
entre todos sus hijos.
Cuando hoy nos otorgan este grado
tan alto, el grado de
maestro, mi mayor deseo
es que me suceda lo que
les pasó a los maestros
míos. Que los alumnos de
todos nosotros —de los
maestros de hoy—,
puestos a la tarea de
realizar y cumplir, no
nos hagan caso en nada
que hayamos dicho que
pueda estorbarles para
cumplir los ideales que
estamos compartiendo
hoy. Que sientan siempre
con su propio corazón, y
piensen siempre con
cabeza propia. Solo así
serán capaces de hacer a
Cuba cada vez más libre,
más justa y más
próspera.
18 de octubre de 2011
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