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Desconocía las obras de
Miguel de Cervantes,
pero se asomaba a la
ventana con la ilusión
de descubrir a lo lejos
la figura de su
caballero con capa y
espada. Contemplaba
distraída las azoteas de
la ciudad, las cúspides
de las iglesias, los
edificios que se
interponían entre ella y
el horizonte. La
aventura guiará al
caballero andante hasta
mi puerta, se decía
embelesada, luego
añadía: la aventura no,
el amor. Yo la observaba
desde mi sillón, me
balanceaba lentamente,
interesada en los
murmullos de mi sobrina.
Cuando la curiosidad
hervía demasiado me le
acercaba con preguntas.
Pero Dulce no respondía.
Hablarle a su tía de su
secreto no era la
solución, la salida; al
parecer yo era una tía
escéptica y amargada.
Una tía que, pensaba
Dulce, ignoraba la
fuerza de los
sentimientos. Pues, ¿por
qué nunca me había
casado? ¿Por qué nunca
hablaba de mi ayer? ¿Por
qué la vigilaba y la
retenía en aquel cuarto
cerrado? Si al menos la
dejara bajar al parque…
ella sería capaz de
retozar en cada banco;
conversaría con los
pregoneros; saludaría a
los transeúntes;
danzaría con los niños
que juegan bajo las
estatuas; recorrería
cada portal en busca de
su caballero andante,
pero siempre volvería a
casa, puntual, ya en la
noche. Ah, si pudiera,
si tan solo su tía le
permitiera asomarse a la
puerta de la calle.
Estaba escrito. Su
caballero la liberaría
del cautiverio. En sus
desidias nocturnas le
había inventado rostros.
Creía que la imagen de
los caballeros estaba
indisolublemente ligada
a la libertad. Que iban
por el mundo defendiendo
causas justas en nombre
del amor. Alguna vez, en
su infancia, había
escuchado la historia de
un caballero llamado
Alonso que había luchado
contra varios gigantes
que se ocultaban tras
unos molinos de viento.
Historia romántica y
fútil, le había señalado
su tía cierta vez,
aquella última vez que
conversaron sentadas en
la cama, por eso ahora
lo imaginaba en silencio
con capa y escudo,
dispuesto a derribar la
puerta de su cuarto.
Ella lo esperaría en la
noche con una bata
transparente que se
abriría en las manos de
su caballero, y su
desnudez buscaría la
virilidad del varón y
susurraría despacio:
Alonso, Alonso, Alonso…
Pero ahora yo la
observaba, asombrada
ante tanto mutismo. Es
bueno que estés
tranquila, Dulce, le
decía, así no te pasas
el día gritando por los
rincones y agrediendo a
las personas, rumiando
palabras que nadie
entiende, saltando en el
mismo lugar… Sí, es
mejor así, muchacha…
Dulce se mantenía
callada, pues su tía,
mujer tonta de peinados
exóticos, ya nunca
sentiría la ansiedad de
las horas sin el ser
amado, el sobresalto de
avizorar en el horizonte
de árboles y edificios
la silueta soñada, ya
nunca sabría de
sentimientos que
enaltecen y elevan el
cuerpo por encima de los
anhelos, peligros y
edificios. Solo ella
estaba segura de que
Alonso la liberaría de
su tristeza, de que
huirían juntos cuando
llegara el momento
indicado. Ella amarraría
sus sábanas a la lámpara
del techo para que
Alonso escalara hasta su
ventana. Se dejaría
acariciar la cintura, lo
escucharía decir, Oh,
Dulce, eres,
ciertamente, la más
fermosa
mujer del mundo. Luego,
todavía con hervores de
pasión, Alonso le
hablaría de las altas
colinas que bordean los
límites de la ciudad, de
esos caminos de Dios
donde subsiste la
incomprensión y el
desdén, de esas tristes
personas sin amor,
arrastradas por los
vientos de un tiempo
maldito. Los dioses de
ahora son tercos y
maldicientes, Dulce, se
estremecen menos con la
soledad de los hombres.
Las personas aceptan
dentro de sí —con
extraña fascinación— lo
adverso y lo pragmático,
convierten en costumbre
la indiferencia, pocos
luchan por los sueños,
la hidalguía, la
belleza, por todo lo
valioso que puede
amarse. Oh, Dulce, el
mundo allá afuera es
agrio e injusto. Pero él
la salvaría, la llevaría
hacia cualquier otro
mundo soñado donde
pudieran vivir sin la
malvada influencia del
fin.
Yo, sin contar las horas
de comida, visitaba a
Dulce tres veces al día.
Me sentaba en un sillón
de hierro que Dulce
nunca pudo romper, y me
mecía. Sospechaba que mi
sobrina, ahora
tranquila, obediente,
planeaba algo. Es
extraño que ya no me
pidas bajar al parque,
Dulce, dime, querida,
¿qué te pasa? Dulce
jamás contestaba, no
creía posible otro mundo
más allá de Alonso. Yo
lo prefería así:
monologar era más
práctico y seguro. Es
cierto que nunca te dejo
bajar. De todas formas
creo, querida, que es
mejor para ti: los niños
huyen, los mayores te
rechazan, ¿quién desea
permanecer demasiado
tiempo junto a una
muchacha que se porta
mal, que grita y se
babea? Alonso, pensaba
Dulce, encerrada en su
dura conciencia de
ilusión y metal. Aquí,
en cambio, nadie te
molesta, puedes hasta
observar el mundo con tu
propia perspectiva.
¿Cómo son las luces de
los mundos soñados?, le
preguntaría Dulce a su
caballero, deseosa de
hallar en el horizonte
un punto donde fijar la
mirada, donde tener una
referencia para los
vuelos de su esperanza.
Nuestro lugar soñado
bien pudiera ser un
lugar colorido y alegre,
se decía, una tierra
llena de plantas
silvestres y caminos
vírgenes, o quizá con un
mar pequeño rodeado de
colinas nevadas. ¿Sería
como ella imaginaba?
¿Más hermoso todavía? Se
ilusionaba, sin llegar a
conclusiones sobre
formas y colores. Ya
Alonso le explicaría en
su debido momento.
Pero Alonso no aparecía.
Y los días y las tardes
y las noches se iban.
Está preparando todo
para venir a buscarme,
se decía Dulce con las
pupilas brillantes y se
pintaba los ojos de azul
y verde, y se miraba en
el reflejo del piso —a
falta del gran espejo
que había roto en uno de
sus trances de cólera y
soledad. Se ponía
pantalones de mezclilla,
desteñidos de tanto
restregarse por las
paredes. Se peinaba el
largo cabello; intentaba
moños complicados con la
tela de las cortinas
rasgadas. Marcaba en la
pared los días sin
Alonso, las semanas, las
horas. Algo debía
haberle ocurrido. Algo
lo retenía en el mundo
exterior.
Contrariada, dejaba
flotar sus suspiros, su
impotencia. Ignoraba si
la ausencia de Alonso
era la advertencia de
precipitar la huida o la
paciente señal de
esperar su llegada. ¿Qué
debía hacer, realmente?
Fue entonces que
descubrí una mirada
febril en el rostro de
mi sobrina y me ofrecí
de manera sincera a
calmar su ansiedad. Le
acaricié los cabellos,
besé la rara emoción de
sus mejillas.
—Dime, tía, ¿por qué no
aparece?
—¿Por qué no aparece
quién, muchacha?
Dulce se arrojó a mis
pies y me habló de
Alonso. Yo, escéptica,
me aparté de mi sobrina,
pensando en la historia
difícil y rara que no
creí posible en una
habitación situada en un
tercer piso. Pues, ¿cómo
se hubieran encontrado
cada noche?, ¿cómo
habrían pasado
desapercibidos frente a
mi mirada exhaustiva?
Además, medité
estremecida, ¿quién
repararía en una
muchacha afectada,
ausente? Salí del cuarto
despacio, sin decirle
nada, sin tener nada que
decir, y cerré el
candado de la puerta.
Dulce descendió los tres
pisos de su edificio. Al
sentir el concreto de la
acera aligeró el cuerpo.
Cuando su tía entrara a
la habitación,
descubriría las sábanas
amarradas a la lámpara
del techo, pero ya sería
demasiado tarde.
Dulce caminó hacia la
calle. Se adelantaba el
alba para que ella
encontrara el asfalto de
la avenida central.
Caminaba. Presentía en
las esquinas la sombra
escueta de Alonso, a
pesar de los parques sin
bancos y los callejones
verdecidos por el moho,
quebraba el trayecto con
regularidad, pues los
túneles, los puentes,
los autos y los
semáforos tenían formas
fantasmagóricas. Se
asustaba, balbuceaba.
Quería gritar el nombre
de su amado, mas no se
atrevía: los rostros de
los solitarios que
caminaban por las aceras
la perseguían con
palabras inusitadas.
Aquellas calles negras
que terminaban,
seguramente, en algún
mundo soñado, conocían
el rumbo verdadero de
Alonso.
Los vientos remotos la
iban acercando a la
salida de la ciudad. Ya
se distinguían los rayos
del sol por los perfiles
de los edificios;
salpicaban las ventanas
de vidrio, iluminaban el
firmamento. Al llegar a
una aglomeración de
casas torpes y pequeñas,
tomó un respiro. Una
sombra de pinos altos se
veía a lo lejos. ¿Era el
mundo soñado? En el
camino de piedra,
presionada por las
miradas curiosas,
aceleró su carrera.
Dulce sabía que su
inquietud no duraría por
siempre: las casas se
distanciaban cada vez
más. Esperaba que las
luces lo iluminaran todo
y le mostraran
claramente el camino,
pero las rocas del
terraplén demoraban el
trayecto, se imponían
como un obstáculo
molesto y perpetuo. Bajo
las sombras de los pinos
divisó una abertura de
luz, el símbolo que
tanto ansiaba. Es el
lugar soñado, se
repetía, es el lugar
soñado. Debió avanzar
otro poco para escapar
de la insistente
prolongación de pinos.
Entonces el paisaje se
abrió y ella se detuvo
agitada frente a una
extensión de tierra sin
árboles, sin plantas
silvestres, sin colinas
nevadas; se quedó varios
segundos con los ojos
fijos en la limpia
superficie del llano. No
hay nada, se dijo con
tristeza y se sentó en
el piso de hierbas
húmedas. Estaba
decepcionada. Los brazos
a los lados, inertes.
Alonso, se dijo llorando
mientras el alba le
quemaba los ojos y
empezaba a crecer,
mientras en el horizonte
se veían treinta o
cuarenta molinos de
viento, con las aspas
deshechas…
Tomado del suplemento
literario El tintero,
del diario Juventud
Rebelde.
Zulema de la Rúa
Fernández:
Escritora. Nació en
Ciudad de La Habana,
1979. Licenciada en
enfermería y Máster en
atención al niño. Ha
obtenido, entre otros,
el Premio Abdala de
cuento 2003, Premio
Farraluque de literatura
erótica 2004, tercer
Premio La Pluma de la
Punta Brava 2005, tercer
Premio La Media
Cuartilla 2006, Premio
Juventud Rebelde de
décima escrita 2007,
Premio Luis Rogelio
Nogueras 2008 —con el
libro Habana
Underground—, Premio
Ernest Hemingway 2009, y
Premio Calendario de
cuento 2009 —con el
libro Cuentos para
huir de La Habana,
al que pertenece el
cuento “Mundos de
viento”—. Ha publicado
en diversas revistas y
antologías. En el 2009
publicó el libro de
cuentos Habana
Underground
(Editorial Extramuros) |