Pájaro
El pájaro levanta la
cabeza queriendo
sorprender la vida,
húmedo aún por el
agua de los
nacimientos. Era un
monje en la blanca
celda, un escuálido
novicio; pero esta
mañana Dios escuchó
sus oraciones y lo
trajo al milagro. No
teman pues ante el
frágil cuerpo ni los
hinchados ojos que
la luz no tarda en
definir. Amen al
cautivo libre de su
penitencia por el
suave tiempo que le
es dado.
Con él vive la promesa
de las alas.
Gato
Cómo pudo la bella forma
sinuosa
tenerse en la penumbra
de los cuartos,
descender del egipcio
pedestal
hasta la humilde silla.
Miren respirar su
altivez y su
elegancia
sobre los frescos
mimbres,
vuelto ahora el
cotidiano misterio
que espera
en el rincón
insospechado.
Solo tú, Noche,
devuelves majestad
a los ojos del vencido.
Quién imanta sus piernas
cuando cae
–relámpago común, ágil
escapista.
Quién lo hizo dócil a la
mano en soledad.
Acaso Dios ensayaba al
tigre.
Dónde pues, el gesto
memorable
de los que adoran en la
sombra de los
siglos,
en las tardes
atravesadas por el
ibis;
sitio perdido ya en otro
gesto de equívoca
ternura
cuando leves lo espantan
del sillón
y gato o caricia, la
grácil forma se
escurre
entre el calor y las
cortinas
como una piedra sin
sombra.
Cuervo
He visto esta mañana al
cuervo.
En el ramaje de sus
astas era la luz un
pájaro.
Acaso fue un instante o
una vida
los apacibles ojos
fijaron una
eternidad.
Esta mañana, madre, he
cazado al ciervo.
Si buscas en mis ojos
hallarás un bosque
y al fondo está él,
mirando.
Grulla
Su estatismo conmueve a
la soledad del que
apunta, oculto entre
las altas hierbas
del pantano. Quien
vio la grulla
impasible como un
signo en la áspera
mañana de la
infancia no podrá
correr sin la
orfandad de su
pierna. Para ti
hermano ha puesto
Dios a la inmóvil
bailarina. Él ha
querido que aprendas
esta lección grave:
mira a la grulla, en
todo cercada por el
sueño de las aguas
que anhelan subir y
asfixiarla. No teme:
ella es la
eternidad, el reino
instaurado.
Aun cuando dispares su
espíritu será el
mismo.
Cerdos
Mi padre, experto
matarife,
daba hincadas a los
cerdos
buscando el camino más
corto hacia la
muerte,
el corazón como una
adivinanza;
hasta que las mujeres
recogían la sangre
última
y un ligero temblor
sobre la carne
del animal –cuerpo solo–
porque el alma ya
habíase fugado con
con el grito.
Tomado de Calle B. Revista
cultural de
Cumanayagua.
Sergio García Zamora:
Poeta. Ranchuelo,
Villa Clara, 1986.
Graduado de la
carrera de Filología
en la Universidad
Central Marta Abreu
de Las Villas. Ha
sido galardonado en
los concursos Ramón
Roa Gari en Décima (Cifuentes)
y Zenón Rodríguez,
2007 (Cumanayagua).
En 2009 obtuvo los
Premios Antonio
Hernández Pérez
(Caibarién), Poesía
de Primavera en los
Juegos Florales de
Ciego de Ávila,
Mangle Rojo (Isla de
la Juventud),
Mención en el
Concurso Hermanos
Loynaz (Pinar del
Río) y el Premio
Calendario en
Poesía, de la
Asociación Hermanos
Saíz. Poemas suyos
han sido publicados
en revistas de
Puerto Rico y
Guatemala, así como
en publicaciones
nacionales.