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Como saben quienes me
conocen, soy un lector
habitual de buenas
historias policiales, e
incluso me he arriesgado
a escribirlas.
Frecuenté en mi
adolescencia y juventud,
aquella soberbia
colección que se llamó
El séptimo círculo
que, para la editorial
argentina Emecé,
conformaran Jorge Luis
Borges y Adolfo Bioy
Casares. El séptimo
círculo es en la
Divina Comedia, el
receptáculo del infierno
en el que Dante colocó a
los homicidas y, en el
catálogo de la
colección, los grandes
novelistas del género
proponían y contaban
crímenes que quisieron
ser perfectos.
Después leí con gusto la
cubana colección El
Dragón, que
compilara el poeta Oscar
Hurtado, también pionero
de nuestra ficción
científica.
Cuando nos pasamos cinco
malos años sin publicar
nada, gracias al eximio
Quinquenio Gris y sus
ilustres propulsores,
Luis Rogelio Nogueras y
yo nos dimos a la tarea
de armar una novela
policial que se llamó
El cuarto círculo,
que ganó en 1976 el
Premio Aniversario del
Triunfo de la
Revolución, del MININT,
y que, de paso, nos sacó
del pulcro invernadero
donde nos mantenía la
dirección cultural del
momento. Después Wichy
escribió varias. Yo, al
menos otra más:
Alguien, que ganó el
mismo premio en el mismo
concurso.
Nunca le he hecho asco a
una historia policial
bien contada. Y digo
estas cosas porque soy
televidente habitual de
unas series forenses que
trasmite el canal
Multivisión, sobre las 2
de la tarde y que
retransmite en torno a
la medianoche del mismo
día.
Las series son
norteamericanas, y están
a mitad de camino entre
la crónica roja y la
novela. Son crónicas de
sucesos violentos,
ocurridos en los EE.UU.,
todos reales aunque,
como suele ocurrir en
estos casos, la historia
real se “ficcionalice”
en alguna medida para
mejorar su empaque
televisivo y eludir la
exacta identificación de
las personas a las que
se alude.
Uno ve desfilar, día
tras día, mediodía tras
mediodía o noche tras
noche, crímenes sin
cuento, en los que un
desconocido asalta una
casa para matar y
apropiarse de dinero,
unas joyas y unas
tarjetas de crédito; una
joven vecina a la que un
señor con una cierta
fortuna ha aceptado casi
como la hija que no
tuvo, lo golpea y golpea
hasta matarlo y así
hacer irreversible la
decisión de la víctima
de convertirla en su
heredera; en la que el
esposo o la esposa
planean y ejecutan el
asesinato del cónyuge
para cobrar una opulenta
póliza de vida; en la
que un nieto estrangula
al abuelo o dos
adolescentes son capaces
de balear a los padres
para agenciarse un
sustancioso seguro.
Es la vida cotidiana,
los hechos que se
repiten y se repiten
hasta constituir una de
las claras posibilidades
de la vida, y que pueden
ser la clave de la
filosofía de un país, o
al menos de una
importante zona de él.
Pueden explorarse en
estos hechos el mismo
sentido de su historia.
Detrás de todos esos
reiterados hechos
violentos, encanallados
y marcados por una
ambición sin límites y
sin nada que sea capaz
de contenerla, no puedo
dejar de recordar una
magistral crónica que
José Martí escribiera en
1888.
En ellas —porque eran
varias crónicas
destinadas al diario
La Nación, de Buenos
Aires— Martí narraba el
proceso y ejecución de
los anarquistas de
Chicago, el martirologio
que forjó el 1 de mayo
como Día Internacional
de los Trabajadores.
Después de narrar de
mano maestra la
ejecución de los obreros
en la horca, y señalar
que todo ha terminado
sin que haya más pan ni
más justicia para los
que trabajan, concluye
con este párrafo
lapidario:
Esta
república, por el culto
desmedido a la riqueza,
ha caído,
sin ninguna de las
trabas de la tradición,
en la
desigualdad, injusticia
y violencia de los
países
monárquicos
1.
Martí, el súbdito de la
opresiva monarquía
española, había llegado
a los EE.UU. creyendo
que arribaba al sitio de
la impecable democracia
y la justicia. En sus
crónicas se lee que
advierte, poco a poco,
cómo la república
democrática se ha ido
convirtiendo en una
república “de clase”.
Barack Obama llegó a la
presidencia de los
EE.UU. con la palabra
“cambio” como lema, y
prometiendo terminar las
dos guerras inútiles y
fraudulentas iniciadas
por George W. Bush. No
solo no las ha terminado
sino que dio carta
abierta al abusivo
bombardeo de Libia y,
como su predecesor, ha
anunciado el ataque a
diversos “oscuros
rincones del planeta”.
Porque ambos, el
cavernícola republicano
y el mentiroso
demócrata, responden a
los verdaderos rectores
de la vida
norteamericana, que
reciben las brutales
erogaciones que van a
las fortunas de los
insaciables fabricantes
de armas que —como los
asesinos sin escrúpulos
de las series
televisivas— son capaces
de procurar la muerte de
quien sea para seguir
rindiendo ese “culto
desmedido a la riqueza”,
que nunca va a
saciarse.
Abraham Lincoln dijo una
vez: “Se puede engañar a
todo el pueblo parte del
tiempo; se puede engañar
a parte del pueblo todo
el tiempo, pero no se
puede engañar a todo el
pueblo todo el tiempo”.
La codicia que hace que
las guerras nunca
terminen y que el dinero
sirva para matar, pero
no para salvar vidas en
los hospitales, ni
educar a los niños, le
está abriendo los ojos a
esas buenas personas que
son los norteamericanos,
embobecidos por una
prensa que presenta los
hechos, pero que no
ayuda a las gentes a
entender lo que
significan.
Han aparecido ya en los
EE.UU. esos que en
Europa se llaman los
Indignados: personas
sin empleo ni esperanza
de conseguirlo; jóvenes
que ven peligrar su
proyecto de educarse;
veteranos de Vietnam que
asisten a la proyección
de un filme de final
atroz que ya han visto
muchas veces.
Los Indignados han
tomado las cercanías de
Wall Street y se
posesionan de las del
Congreso de los EE.UU.
Empiezan a entender que
republicanos y
demócratas están
financiados por los
millonarios que
sostienen las guerras y
los especuladores que
fomentan el llamado
“capitalismo de casino”.
En cualquier momento
vamos a oír el grito que
estremeció Argentina en
tiempos de Carlos Saúl
Menem y sus sucesores:
“¡Que se vayan todos!”
Tras la desaparición de
la Unión Soviética, los
EE.UU. han quedado como
la única superpotencia
del mundo. Han
arrastrado totalmente a
una Europa sin
auténticos líderes, que
está uncida al carro del
neoliberalismo.
En un tiempo, las
trasnacionales eran
suficientes para dominar
el mundo. La aparición
de gobiernos que quieren
que sus países sean
dueños de sus propios
recursos, las van
haciendo insuficientes.
En 1890 escribía Martí
que los EE.UU. “creen
en la necesidad, en el
derecho bárbaro, como
único derecho: ‘Esto
será nuestro porque lo
necesitamos’”.
Más de un siglo después,
esa “filosofía del
derecho” —de alguna
manera hay que llamarla—
ha crecido en lugar de
desaparecer: es la de
todas las grandes
potencias que han
intentado dominar el
mundo. Fue la de los
antiguos persas, la de
Alejandro Magno, la del
antiguo imperio Romano,
la de Gengis Kahn, la de
la España de los
Austria, la de Napoleón
Bonaparte, la del Tercer
Reich.
Ese dominio es imposible
y conduce,
invariablemente al
desastre de quien lo
intenta.
Para los que saben leer
la historia, los tiempos
están anunciando que los
capitalistas de los
EE.UU., no necesitan al
gobernador de Texas, que
anuncia que, de ser
presidente, invadiría
México; no necesitan al
trasnochado Tea Party ni
ningún asesino en serie
a escala planetaria.
Están clamando,
desesperadamente, por un
Franklin Delano
Roosevelt de estos
tiempos que, para el
bien de los millonarios,
les ponga un elemental
freno a esa ansia brutal
de continuar
enriqueciéndose a
expensas de la miseria
de sus paisanos y de sus
propios aliados.
Decían los antiguos
griegos que “los dioses
ciegan a los que quieren
perder”. La realidad nos
mostrará si la
plutocracia
norteamericana todavía
puede ver.
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