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“Bolívar es aún el astro
esplendoroso que refleja
sus sobrenaturales
resplandores en el
horizonte de la libertad
americana,
como iluminándonos la
áspera vía de la
regeneración.”
Carlos Manuel de
Céspedes
(17 de julio de 1871,
campos de Cuba libre)
La historia suele ser
caprichosa y subversiva
para las clases
dominantes del sistema
capitalista. Por
supuesto, me refiero a
la historia escrita por
los historiadores que se
esfuerzan en lograr
mayores aproximaciones a
la verdad —la verdad es
siempre revolucionaria,
decía Lenin—, no a la
salida de las plumas
pagadas y traidoras
dedicadas a las
entelequias y
tergiversaciones con el
único fin de de
confundir a los pueblos
y mantenerlos sujetos a
la dominación. La
desmemoria o la falsa
memoria ha sido
históricamente uno de
los resortes más
eficaces de los
poderosos para
garantizar la
permanencia de la
opresión sobre los
individuos, pues es
harto conocido que quien
domina el pasado, domina
el presente y el futuro.
De ahí, la necesidad de
que liberemos también
nuestra historia de los
lastres burgueses y la
convirtamos en arma
formidable de combate.
En momentos en que los
latinoamericanos y
caribeños celebramos el
bicentenario de nuestra
primera independencia,
se hace imprescindible
una mayor investigación
y divulgación de los
acontecimientos que
tuvieron lugar hace 200
años en la región. Es
muy necesario que
nuestros pueblos se
apoderen de todo ese
pasado de luchas, logros
y frustraciones. “Los
que se niegan a aprender
de la historia están
condenados a repetirla”,
decía George Santayana.
Sería inadmisible que, a
la altura del siglo XXI,
con la conciencia que se
ha alcanzado, los
latinoamericanos y
caribeños cometamos los
mismos errores que
condujeron a que, luego
de alcanzada la
separación de España,
nuestra independencia
sufriera lamentables
recortes en función de
la satisfacción de los
intereses de una minoría
oligárquica supeditada a
Washington.
Indiscutiblemente fue el
Norte el que mayores
beneficios obtuvo de
este triste epílogo.
Bolívar murió con el
alma en vilo al ver cómo
lo que él, Sucre y
algunos de sus más
fieles seguidores habían
construido con las
manos, otros lo habían
destruido con los pies.
Finalmente, los lazos
neocoloniales que los
EE.UU. fueron tejiendo
“a nombre de la
libertad” con los países
latinoamericanos y
caribeños durante todo
el siglo XIX, y que se
hicieron más firmes en
el XX, socavaron la
soberanía por la cual
tantos patriotas habían
ofrendado sus valiosas
vidas. Doscientos años
han pasado y la historia
ha demostrado cuánta
claridad tenían
Francisco de Miranda,
Bolívar, Morazán, Martí
y otros de los próceres
de la región, al
plantearse el sueño de
una sólida integración
de Nuestra América y al
descubrir las apetencias
imperiales de Washington
sobre los territorios de
América Latina y el
Caribe. Solo castrados
mentales o individuos
con intereses espurios
no podrían reconocerlo.
De ahí la necesidad de
profundizar en la
historia de Nuestra
América, pero no solo en
los hechos heroicos y en
las grandes batallas
militares y políticas
que libraron los
libertadores, sino
también en la actuación
de las fuerzas
reaccionarias, esas que
hicieron todo lo posible
por evitar la
independencia y, sobre
todo, por impedir la
revolución social. Hay
que poner cada vez más
al descubierto quiénes
fueron los enemigos
internos y externos de
ese proceso libertario,
pues no es casual que en
la actualidad, cuando
nuestros pueblos luchan
por su segunda y
definitiva
independencia, solo
posible conquistando el
sueño integracionista de
Bolívar, Martí y otros
iluminados próceres, los
enemigos de ayer sean
los mismos de hoy,
salvando las distancias
y particularidades de
cada tiempo histórico.
En este caso, quiero
dedicar estas páginas a
describir y analizar el
papel que desempeñó el
gobierno de los EE.UU.
como poderoso enemigo de
la independencia y de la
unidad hispanoamericana
en el siglo XIX.
Próximos a dar ese paso
gigantesco —aunque no
definitivo, pues hay
mucho que andar todavía—
que es la constitución
de la Comunidad de
Estados Latinoamericanos
y Caribeños (CELAC), es
muy necesario volver la
mirada al pasado para
entender mejor nuestro
presente y tener mayor
claridad a la hora de
construir y encarar
nuestro futuro.
EE.UU. contra la
independencia y la
unidad de Hispanoamérica
Ante sus anhelados
sueños de expansión
territorial y de dominio
económico de los
territorios del sur, con
miras inmediatas en la
Florida, México, Cuba y
Puerto Rico, los
gobernantes del Norte
vieron en la
independencia e
integración de
Hispanoamérica la
frustración de sus
aspiraciones hegemónicas
más inmediatas. Mucho
más peligroso
consideraron la
revolución al sur del
continente cuando esta
comenzó a incorporar la
abolición de la
esclavitud en sus
programas de lucha, pues
pensaban podían
contagiarse en algún
momento sus ricas y
extensas plantaciones
esclavistas.
Como EE.UU. no tenía aún
el poderío suficiente
para enfrentar a Francia
o Inglaterra, en caso de
que estas naciones se
lanzaran sobre los
territorios
“americanos”, prefería
que estos se mantuvieran
como colonias de España;
potencia mucho más
débil.
Cuando estallan los
movimientos
revolucionarios en el
sur del continente, el
gobierno de EE.UU. se
declara neutral ante el
conflicto. Pero está
demostrado por numerosos
estudios históricos
realizados, que la
verdadera posición de
Washington ante la
independencia
hispanoamericana fue la
de complicidad con los
realistas, pues a estos
facilitaron durante años
todo el arsenal bélico
necesario, mientras se
lo negaban a los
patriotas y aplicaban
duras sanciones a los
ciudadanos
estadounidenses que se
atrevían a colaborar con
ellos.
Asimismo, el gobierno de
los EE.UU. se negaba
continuamente a recibir
oficialmente a los
enviados diplomáticos de
Hispanoamérica.
Paradójicamente James
Monroe, siendo
secretario de Estado del
presidente James Madison
(1809-1817), al único
que recibió cortésmente
y de inmediato fue al
enviado de México, pero
para proponerle se
interesara por la
incorporación de México
a los EE.UU.
Solo después de
transcurridos 12 años de
que llegaran los
primeros agentes
hispanoamericanos a su
territorio y siguiendo
todo el tiempo una
política interesada,
fue que el gobierno de
ese país reconoció la
independencia de la Gran
Colombia (lo que hoy
comprende los
territorios de
Venezuela, Ecuador,
Panamá, y Colombia), el
8 de marzo de 1822.1
Cuba se desangró durante
30 años en su lucha por
la independencia y solo
fue reconocida por
Washington luego de
cañonearle la Enmienda
Platt, vergonzoso
apéndice a la
constitución cubana que
convirtió a la Isla en
una neocolonia yanqui.
Haití fue libre desde
1804 y solo fue
reconocida de facto en
1862, 58 años después.
Sin embargo, como bien
señaló en un excelente
libro el ecuatoriano
Manuel Medina Castro, la
República de Texas se
independizó el 2 de
marzo de 1836 y fue
reconocida exactamente
un año después. William
Walker desembarcó en
El Realejo, en
Nicaragua, en julio de
1855, y su gobierno fue
reconocido el 10 de
noviembre del mismo año,
con intercambio de
ministros y todo. Panamá
se independizó de
Colombia el 3 de
noviembre de 1903 y,
debido a los intereses
de EE.UU. por construir
un canal interoceánico
por esa zona, fue
reconocida tres días
después.2
Los ejemplos anteriores
son una muestra
ostensible de que la
política de exterior de
EE.UU. siempre se ha
explicado por los
intereses del capital.
Lo demás es pura
retórica y falsa
diplomacia.
Uno de los proyectos que
más oposición generó en
los grupos de poder
estadounidenses fue el
que preparaban fuerzas
mancomunadas de Simón
Bolívar y Guadalupe
Victoria —presidente de
México— para organizar
una expedición con el
objetivo de llevar la
independencia a Cuba y
Puerto Rico. Ante la
fuerte presión
diplomática
estadounidense, los
gobiernos de Bogotá y de
México respondieron que
no se aceleraría
operación alguna de gran
magnitud contra las
Antillas españolas,
hasta que la propuesta
fuera sometida al juicio
del Congreso
Anfictiónico de Panamá,
que se celebraría en
1826.
El presidente
estadounidense John
Quincy Adams (1825-1829)
llevó al órgano
legislativo de su país
la invitación —cursada
por Francisco de Paula
Santander en contra de
los deseos y la voluntad
de Bolívar— que había
recibido el gobierno de
los EE.UU. a participar
en el Congreso
Anfictiónico de Panamá.
El 18 de marzo de 1826,
en su mensaje a los
congresistas, destacó la
importancia de la
presencia de EE.UU. en
el Congreso de Panamá
para evitar que
prosperara cualquier
plan en favor de la
independencia de Cuba y
Puerto Rico: “La
invasión de ambas islas
por las fuerzas unidas
de México y Colombia se
halla abiertamente entre
los proyectos que se
proponen llevar adelante
en Panamá los Estados
belicosos… De allí que
sea necesario mandar
allí “representantes que
velen por los intereses
de los EE.UU. respecto
de Cuba y Puerto Rico.
La liberación de las
islas significaría la
liberación de la
población negra esclava
de las mismas y una
gravísima amenaza para
los estados del sur.
…todos nuestros
esfuerzos se dirigirán a
mantener el estado de
cosas existentes, la
tranquilidad de las
islas y la paz y
seguridad de sus
habitantes”3.
Los dos enviados de
Washington al Congreso
Anfictiónico de Panamá
—los que finalmente no
participaron en la magna
cita, pues uno murió en
el camino y el otro no
alcanzó a llegar a
tiempo— habían recibido
instrucciones claras de
que “si las nuevas
Repúblicas o algunas de
ellas intentasen
conquistarlas… EE.UU.
consideraría tal empresa
opuesta a su política e
intereses… la fuerza
marítima de los EE.UU.,
tal cual se halla o
puede hallarse en
adelante estaría
constantemente a la mira
para salvarlas…”4.
A pesar de que los
enviados de Washington
no participaron
finalmente en las
discusiones del Congreso
de Panamá, es evidente
que el rechazo de los
gobiernos de EE.UU. e
Inglaterra —de
conocimiento público—
frente a cualquier
intentona de romper el
status quo de las
islas de Cuba y Puerto
Rico influyó
negativamente en las
decisiones de los
delegados de las
repúblicas
hispanoamericanas en el
Congreso de Panamá.5
A nada se llegó en
concreto al respecto en
el cónclave, que se
desarrolló desde el 22
de junio al 15 de julio
de 1826, con la
asistencia de
delegaciones de Perú,
Centroamérica, México y
Colombia, así como de
Gran Bretaña y Holanda.
En definitiva, la
oposición de EE.UU. e
Inglaterra, sumado a los
graves problemas
internos que enfrentaban
y enfrentarían las
repúblicas
hispanoamericanas,
hicieron abortar los
planes de Bolívar y del
gobierno mexicano de
extender la llama
independentista a Cuba y
Puerto Rico. Esa
situación se mantendría
durante los años 1827,
1828 y 1829, cada vez
que se intentó revivir
la empresa redentora.
A tal punto llegó la
hostilidad
estadounidense a los
proyectados planes de
independencia de Cuba,
que el secretario de
Estado de la república
del Norte, Henry Clay
(1825-1829), en carta
que le envío al capitán
general de la Isla,
Francisco Dionisio
Vives, ofreció en nombre
del presidente Adams
todo tipo de ayuda para
impedir que Cuba saliese
de manos de España
mediante el
reforzamiento de sus
defensas. Vives consultó
a Madrid y la respuesta
fue que aceptara todo
tipo de auxilio excepto
el desembarco de tropas.6
Años después, el
secretario de Estado de
los EE.UU., Martin Van
Buren (1829-1831), en
comunicación a su
ministro en España,
dejaría también
constancia escrita sobre
cuál había sido la
posición de su gobierno
frente a la
independencia de Cuba y
Puerto Rico:
“Contemplando con mirada
celosa estos últimos
restos del poder español
en América, estos dos
Estados (Colombia y
México), unieron en una
ocasión sus fuerzas y
levantaron su brazo para
descargar un golpe, que
de haber tenido éxito
habría acabado para
siempre con la
influencia española en
esta región del globo,
pero este golpe fue
detenido principalmente
por la oportuna
intervención de este
gobierno (…) a fin de
preservar para su
Majestad Católica estas
inapreciables porciones
de sus posiciones
coloniales.7
A este pasaje bochornoso
de la historia de los
EE.UU. se referiría
también años más tarde
nuestro Apóstol, José
Martí, en uno de sus
célebres discursos: “Y
ya ponía Bolívar el pie
en el estribo, cuando un
hombre que hablaba
inglés, y que venía del
Norte con papeles de
gobierno, le asió el
caballo de la brida y le
habló así: “¡Yo soy
libre, tú eres libre,
pero ese pueblo que ha
de ser mío, porque lo
quiero para mí, no puede
ser libre!”.8
Uno de los sueños más
hermosos y visionarios
de Bolívar fue la unión
de los países
hispanoamericanos
independizados en una
gran confederación de
estados. Para él, esa
era la única vía que
podía mantener la
invulnerabilidad de la
independencia alcanzada
frente a los apetitos
imperiales de la época.
Por supuesto, ese fue
unos de los proyectos
que recibió el mayor
antagonismo de EE.UU.
Washington aplaudía
cualquier iniciativa que
significara unir la
política del sur con la
del norte bajo su
liderazgo y sin
intervención europea,
mas se negaba a aceptar
una confederación cuyo
protagonismo
correspondiera a la Gran
Colombia de Bolívar.
Joel Roberts Poinsett,
representante
diplomático de EE.UU. en
México, llegó a decir de
forma arrogante en una
ocasión: “…sería absurdo
suponer que el
presidente de los EE.UU.
llegara a firmar un
tratado por el cual ese
país quedaría excluido
de una federación de la
cual él debería ser el
jefe”.9
Finalmente la idea
anfictiónica de Bolívar
no concluyó en Panamá,
sino en Tacubaya,
México. Allí sesionó
hasta el 9 de octubre de
1828, cuando se dio por
finalizada al no aprobar
los gobiernos,
exceptuando Colombia,
las convenciones del
Congreso. Como bien
señaló el destacado
intelectual cubano
Francisco Pividal: “Con
paciente laboriosidad,
los EE.UU. demoraron 63
años para desvirtuar el
ideal del Libertador,
concretado en el
Congreso
Hispanoamericano de
Panamá. Durante todo ese
tiempo fueron llevando
al “rebaño de gobiernos
latinoamericanos” al
redil de Washington,
hasta que en 1889
pudieron celebrar la
Primera Conferencia
Americana, haciendo
creer que, entre las
repúblicas
hispanoamericanas y los
EE.UU., podían existir
intereses comunes”.10
La conspiración contra
Colombia
La Gran Colombia
fue en realidad la
primera realización
práctica de Simón
Bolívar en cuanto a sus
ideales unitarios. La
misma había nacido el 17
de diciembre de 1819
como República de
Colombia durante el
Congreso de Angostura,
con la unión de los
territorios de Venezuela
y Nueva Granada,
quedando designado
Bolívar como presidente
y como vicepresidentes
Francisco de Paula
Santander y Juan Germán
Roscio para Cundinamarca
y Venezuela,
respectivamente. Luego
del congreso de Cúcuta
celebrado en 1821 se le
conocería como la Gran
República de Colombia,
integrada por los
territorios de
Venezuela, Nueva Granada
y Quito. Ese mismo año
se le incorporaría el
territorio comprendido
en el ayuntamiento de
Panamá, luego de
proclamada su
independencia.11
Sin embargo, pronto los
estrechos y egoístas
intereses de las
oligarquías locales, los
celos entre neograndinos
y venezolanos y las
ambiciones de poder de
José Antonio Páez y
Francisco de Paula
Santander, comienzan a
mellar la obra
integracionista de
Bolívar. En abril de
1826, Páez encabeza una
sublevación separatista
en Venezuela. En enero
de 1827, Bolívar logra
aplacar las intenciones
de Páez, pero al dejarlo
sin castigo se gana el
rencor de Santander
quien sentía gran
aversión hacia Páez.
Apenas resuelta la
crisis provocada a causa
de las acciones de Páez
en Venezuela, estalla el
26 de enero una rebelión
de soldados colombianos
en la ciudad de Lima
bajo las órdenes del
sargento Bustamante. Con
fuegos artificiales es
celebrado el hecho en
Bogotá por los
santanderistas.12
Santader escribió
inmediatamente a
Bustamante ofreciéndole
garantías y todo su
apoyo: “Ustedes uniendo
su suerte, como la han
unido, a la nación
colombiana y al gobierno
nacional bajo la actual
Constitución, correrán
la suerte que todos
corramos. El Congreso se
va a reunir dentro de
ocho días, a él le
informaré del
acaecimiento del 26 de
enero; juntos
dispondremos lo
conveniente sobre la
futura suerte de ese
ejército, y juntos
dictaremos la garantía
solemne, que a usted y a
todos los ponga a
cubierto para siempre”13.
De manera ruin y con
tono vengativo, le
escribiría también al
Libertador: “En mi
concepto el hecho de los
oficiales de Lima es una
repetición del suceso de
Valencia, en cuanto al
modo, aunque diferente
en cuanto al fin y
objeto. Aquel y los que
se repitieron en
Guayaquil, Quito y
Cartagena, ultrajaron mi
autoridad y disociaron
la República; el de Lima
ha ultrajado la
autoridad de usted con
la deposición del jefe y
oficiales que usted
tenía asignados. Ya verá
usted lo que es recibir
un ultraje semejante y
considerará cómo se verá
un gobierno que se queda
ultrajado y burlado”14.
No pasaría mucho tiempo
en descubrirse que la
rebelión de este oscuro
sargento, lejos de
buscar la defensa del
orden constitucional
había sido una traición
a la patria, bien pagada
por la aristocracia de
Lima, que deseaba que
las tropas colombianas
defensoras de la
Confederación de
Colombia y el Perú
abandonaran su
territorio, para así
apuntalar el “feudalismo
peruano”15.
Lo interesante de esta
rebelión es que la
correspondencia de
William Tudor, cónsul
estadounidense en Lima,
revela claramente que
este estuvo
estrechamente vinculado
a los acontecimientos.
Al informar el 3 de
febrero de 1827 a su
secretario de estado,
Henry Clay, expresó:
“Usted supondrá que ese
movimiento se realizó de
acuerdo con algunos de
los principales
patriotas peruanos…
“…Realmente, la
grandísima
responsabilidad que han
asumido, ha sido
inducida por los más
nobles principios del
patriotismo y de la
fidelidad a su país,
siendo admirables la
habilidad y vigor con
que han procedido.
Entre los papeles de
Lara se encontraron
muchas importantísimas
cartas de Bolívar, de
Sucre y de otros
generales, las cuales
arrojan considerable luz
sobre los designios del
primero y serán una
ayuda poderosa para
Santander en sus
esfuerzos para proteger
la Constitución de
Colombia contra los
pérfidos designios del
Usurpador”.16
Se desprende del
documento citado que el
gobierno de los EE.UU.
había visto en Santander
el hombre clave que
podían utilizar para
enfrentar los
“subversivos” planes de
Bolívar. Más adelante
continúa Tudor revelando
su animosidad hacia
Bolívar y a sus ideas
más revolucionarias:
“La esperanza de que los
proyectos de Bolívar
están ahora
efectivamente
destruidos, es una de
las más consoladoras.
Esto no es solo motivo
de felicitación en lo
relativo a la América
del Sur, liberada de un
despotismo militar y de
proyectos de insaciable
ambición que habrían
consumido todos sus
recursos, sino que
también los EE.UU. se
ven aliviados de un
enemigo peligroso en el
futuro… si hubiera
triunfado estoy
persuadido de que
habríamos sufrido su
animosidad.
(…)
…su fe principal (la de
Bolívar) para redimirse
ante el partido liberal
del mundo la tiene
depositada en el odio a
la esclavitud y el deseo
de abolirla. Leed su
incendiaria diatriba
contra ella en la
introducción a su
indescriptible
Constitución; tómese en
consideración las
pérdidas y destrucción
consiguientes a la
emancipación y que el
régimen no podrá jamás
ser restablecido en
estos países; téngase
presente que sus
soldados y muchos de sus
oficiales son de mezcla
africana y que ellos y
otros de esa clase
tendrán después un
natural resentimiento
contra todo el que tome
eso de argumento para su
degradación; contémplese
el Haití de hoy y a Cuba
(inevitablemente) poco
después y al infalible
éxito de los
abolicionistas ingleses;
calcúlese el censo de
nuestros esclavos;
obsérvese los límites
del negro, triunfante de
libertad y los del negro
sumido en sombría
esclavitud, y a cuántos
días u horas de viaje se
hallan el uno del otro;
reflexiónese que …la
gravitación moral de
nuestro tiempo… es la
afirmación de los
derechos personales y la
abolición de la
esclavitud; y, además,
que, por diversos
motivos, partidos muy
opuestos en Europa
mirarían con regocijo
que “esta cuestión se
pusiera a prueba en
nuestro país”; y luego,
sin aducir motivos
ulteriores, júzguese y
dígase si el “loco” de
Colombia podría habernos
molestado. ¡Ah, Señor,
este es un asunto cuyos
peligros no se limitan a
temerle a él…!”.17
Pero las aspiraciones de
la aristocracia de Lima
no estaban centradas
solamente en expulsar a
las tropas colombianas
de su territorio, sino
también en lograr sus
viejos sueños de
adueñarse de Guayaquil.
Por eso, en coordinación
con la salida del
ejército colombiano de
Lima ordenada por
Bustamante se produce en
Guayaquil un movimiento
federalista,
evidentemente estimulado
por los peruanos, el
cual culminó en la
proclamación de la
independencia de aquella
provincia de la
República de Colombia y
la elección, por una
junta convocada por el
Cabildo, del Gran
Mariscal del Perú, don
José de La Mar, como
jefe civil y militar de
aquella “republiqueta”.18
Posteriormente, el
Congreso de Lima eligió
como presidente a La Mar
en sustitución de
Bolívar y casi
simultáneamente a la
toma del mando del
mariscal se enviaron
contingentes peruanos a
los linderos de Bolivia
y a las fronteras del
sur de Colombia, para
estimular focos de
insurrección latentes en
las provincias del
Ecuador y tratar de
emplear en las tropas
que, bajo el mando de
Sucre aún permanecían
acantonadas en Bolivia,
los mismos métodos que
habían llevado al
levantamiento de
Bustamante.19
Para esta misión el
gobierno peruano designó
al antiguo intendente
del Cuzco, general
Agustín Gamarra, quien
al mismo tiempo logró
reclutar para tan
innobles fines al
sargento José Guerra. De
esta manera, en la
madrugada del 25 de
diciembre dicho sargento
al frente de un numeroso
contingente de tropas se
rebeló contra sus jefes
y las autoridades de la
provincia a gritos de
¡Viva el Perú! Los
sublevados se apoderaron
de los dineros
depositados en las arcas
públicas y emprendieron
la fuga hacia el
Desaguadero, en busca de
la protección de su
cómplice: el general
Gamarra. En el trayecto
fueron alcanzados y
derrotados por las
tropas colombianas
leales.20
Durante todos esos
meses, de febrero a
diciembre de 1827, el
cónsul de los EE.UU. en
Lima estuvo detrás de la
conspiración contra
Bolívar y sus planes de
integración. Al leer la
correspondencia que
dirigía al Departamento
de Estado, tal parece
que Tudor tenía en sus
manos todos los hilos
que tejían la conjura. A
él llegaban casi todas
las cartas de los
distintos frentes y le
informan los jefes
militares el
cumplimiento del plan de
operaciones sobre
Bolivia y Ecuador.
El 21 de febrero de 1827
Tudor dice en un
despacho confidencial:
“Calcúlese que tendrán
que pasar aún tres
semanas antes de que
puedan recibirse
noticias de Bolivia
concernientes a los
pasos que se den allí;
pero generalmente se
cree que las tropas
colombianas se sentirán
ansiosas de seguir los
pasos de sus compañeros
de aquí y estarán
preparadas, por previo
concierto, para adoptar
las mismas medidas”21.
El 23 de mayo del propio
año señala: “Ayer recibí
una carta del coronel
Elizalde, quien manda la
División que entró a
Guayaquil… Me informa
que todo marcha de la
manera más favorable;
que el 27 despachó una
columna con dirección a
Quito para que se una a
la División mandada por
Bustamante, quien entró
el 25 del mismo mes,
todos los cuales están
ahora indudablemente en
Quito. Bravo, el oficial
que fue enviado de aquí
con los jefes arrestados
y los documentos para el
gobierno, también había
llegado a Cuenca a su
regreso a Bogotá. El
General Santander habría
recibido la noticia del
movimiento de aquí con
satisfacción y le habría
escrito a Bustamante
aprobando su conducta y
que enviaría a Obando a
tomar el mando de la
División”22.
Pero Tudor, en su
maquiavélica intriga,
llega incluso a
proponerles a los
líderes peruanos
enemigos de Bolívar que
soliciten la
intervención directa de
los gobiernos de EE.UU.
e Inglaterra para
derrotar definitivamente
al Libertador. Así queda
demostrado en su
despacho del 20 de
noviembre de 1827 al
secretario de Estado:
“Aquí se ha recibido
la información auténtica
de las órdenes que ha
dado (Bolívar) para
levantar en Guayaquil
una fuerza para la
invasión del Perú…
Reflexionando sobre
estos asuntos y el
carácter sin principios
de la guerra con que
ahora él amenaza,
ocúrreseme que la
mediación de EE.UU. e
Inglaterra, conjunta o
separadamente podría ser
obtenida…Cada una de las
potencias nombradas
posee motivos peculiares
para desear que estos
países gocen de paz y
prosperidad, además de
las poderosas razones de
Estado comunes a ambas
contra el
engrandecimiento
excesivo y la perniciosa
acumulación de poderes
en manos de un individuo
arrogante. Bajo todas
estas circunstancias y
debido a la gran
confianza y franqueza
con que me honran el
General La Mar y su
consejero más íntimo, el
Dr. Luna Pizarro,
solicité una entrevista
privada con ambos y en
ella les expuse las
razones por las cuales
creía que el Perú
obraría políticamente si
apelara a esas naciones
igualmente amigas,
haciéndoles una relación
sucinta de la conducta
del General Bolívar en
este país y una reseña
del estado actual de
cosas y de la guerra con
que él lo amenaza… Ambos
convinieron en la
corrección de mis
insinuaciones,
habiéndose convenido en
una segunda entrevista y
se prepararon
inmediatamente los
documentos necesarios…
si la situación de estos
países, el carácter y
las miras de Bolívar así
como las consecuencias
que se sucederían a su
triunfo, fueran
plenamente comprendidos
tanto los EE.UU., como
Inglaterra no solo
ofrecerían su mediación,
sino que, siendo
necesario, la
acompañarían con una
alternativa que forzaría
su aceptación”23.
Aprovechando que el
conflicto interno en
Colombia, absorbía
prácticamente todo el
tiempo del Libertador,
el gobierno peruano
presidido por el
mariscal don José de La
Mar, creyó llegado el
momento de expulsar a
las tropas colombianas
de los sectores
centrales del continente
e imponer el predominio
del Perú en las
provincias de Ecuador y
en la República de
Bolivia. A fines de 1828
se produce la invasión
de las fuerzas peruanas
al territorio boliviano
y después —enero de
1829— al Distrito sur de
la Gran Colombia por la
provincia de Guayaquil.
Paralelamente, los
coroneles José María
Obando y José Hilario
López, por mandato de
Santander y en apoyo a
la invasión peruana a
Bolivia se habían
levantado en armas en
Popayán, dando inicio a
un nuevo estado de
guerra civil, esta vez
en Nueva Granada.
El 11 de noviembre de
1828 el general José
Maria de Córdova y
Bolívar vencieron a las
fuerzas antibolivarianas
de Obando y López en los
ejidos de Popayán.
Posteriormente, Sucre
derrotaría
definitivamente a las
tropas de La Mar en
Portete de Tarqui (hoy
territorio Ecuatoriano)
el 27 de febrero de
1829, garantizando de
momento la integridad de
la Gran Colombia
amenazada por los
apetitos expansionistas
del gobierno de Lima.24
Sin embargo, los dolores
de cabeza no terminarían
para Bolívar, en 1829 se
enteraría de un suceso
que le llenó de alarma y
sorpresa: la
insurrección contra el
gobierno, iniciada en la
provincia de Antioquia
por uno de los oficiales
a quienes más afecto
había profesado y cuya
lealtad nunca había sido
motivos de dudas para
él: el general José
María de Córdova. En
Córdova habían influido
maliciosamente para
indisponerlo con
Bolívar, José Hilario
López y Obando —los
mismos hombres que había
derrotado militarmente—,
Santander y el cónsul
británico en Bogotá,
míster Henderson. La
hija de este último
había aceptado los
galanteos del joven
general.25
No era nada casual que
Herderson tuviera
estrechos vínculos con
William Henry Harrison,
ministro de EE.UU. en
Bogotá. Al cónsul
británico ofreció
Córdova un caudal de
información
estrictamente
confidencial de la Gran
Colombia y de los planes
del Libertador.
La documentación
confidencial de Harrison,
la cual enviaba a Clay y
al presidente Adams, da
muestras de que el
espionaje estadounidense
estaba en todos los
rincones de la Gran
Colombia y que sus redes
conspirativas contra
Bolívar estaban muy bien
articuladas y que mucho
tuvieron que ver con la
rebelión de Córdova.
22 de junio de 1829:
“Tengo el honor de
adjuntar copia de una
carta del General
Bolívar para uno de sus
amigos íntimos que
demuestra francamente
que sus designios con
respecto al Perú no son
de ese carácter
desinteresado que su
última proclama revela
tan explícitamente.
No creo hallarme en
libertad para revelar la
manera por la cual
llegué a poseer este
documento singular; pero
me comprometo a
responder por su
autenticidad…”.26
28 de junio de 1829:
“Por el mismo conducto
que me ha proporcionado
la carta, copia de la
cual tuve el honor de
adjuntar en clave a mi
despacho No. 14, he
podido leer una carta de
una persona de alto
rango quien ha
disfrutado de toda
confianza de Bolívar;
pero quien ahora le hace
oposición a todos sus
proyectos…”.27
7 de septiembre de 1829:
“El drama político de
este país se apresura
rápidamente a su
desenlace… En carta
recibida la semana
pasada y dirigida a un
miembro de la
Convención, residente en
esta Ciudad, Bolívar
propone la presidencia
vitalicia… Los Ministros
están muy alegres con
sus perspectivas de
éxito. Confían en que no
habrá la más ligera
conmoción y que este
importante cambio se
realizara con la
aquiescencia casi
completa del pueblo…
Pero su confianza será
su ruina. Una mina ya
cargada se halla
preparada y estallará
sobre ellos dentro de
poco. Obando se
encuentra en el
campamento de Bolívar
seduciendo a sus tropas.
Córdova ha seducido al
batallón que está en
Popayán y se ha ido al
Cauca y a Antioquia, las
cuales están maduras
para la revuelta. Una
gran parte de la
población de esta ciudad
está comprometida en el
plan. Se distribuye
dinero entre las tropas,
sin que el gobierno
tenga todavía
conocimiento de estos
movimientos.
Córdova procederá con
prudencia. Espérase que
en el curso de octubre o
en los primeros días de
noviembre principiará
por publicar una
proclama dirigida al
pueblo”.28
Cuando el gobierno de
Colombia comenzó a
descubrir a los
soterrados autores
vinculados a la
insubordinación de
Córdova, salió a la luz
que Torrens, el
encargado de negocios de
México, Henderson,
Harrison y otras
personas particulares,
sabían de la rebelión de
Córdova desde antes que
estallara; que algunos
tenían correspondencia
con él, y concurrían a
juntas clandestinas en
que se declamaba
fuertemente contra el
Libertador y su
gobierno.29
Las actividades del
representante de México
en Bogotá eran muy bien
acogidas y reproducidas
por Poinsett, ministro
de EE.UU. ante el
gobierno mexicano.
Torrens continuamente
enviaba información
falsa a su gobierno,
señalando entre otras
cosas que Bolívar
pretendía sojuzgar a
México para dominar la
América española. A
Poinsett esta calumnia
le venía como anillo al
dedo, pues contribuía
con su divulgación a
dividir a los pueblos
hispanoamericanos.30
Al tiempo que sucedía la
rebelión de Córdova,
Santander desde el
exterior —había sido
expulsado de Colombia
a raíz de sus vínculos
con el fallido intento
de asesinar a Bolívar en
septiembre de 1828— se
convertía en el máximo
calumniador sobre la
figura de Bolívar. La
prensa estadounidense y
europea se hacía eco de
dichas difamaciones. Al
respecto señaló Bolívar:
“crecerán en superlativo
grado las detracciones,
las calumnias y todas
las furias contra mí.
¡Que no escribirá ese
monstruo y su comparsa
en el Norte (de
América), en Europa y en
todas partes! Me parece
que veo ya desatarse
todo el infierno en
abominaciones contra mí”31.
Culminada la
investigación sobre la
conspiración de Córdova,
el Consejo de Estado de
la Gran Colombia ordenó
que los agentes
extranjeros que habían
tomado parte en ella
fueran expulsados del
país. No obstante,
Obando atacó a Bolívar
por el asesinato de
Córdova y otro tanto
hicieron los enemigos
del Libertador en
Venezuela y otras
partes. El lamentable
hecho amargó a Bolívar,
ordenando que Ruperto
Hand, el asesino de
Córdova, fuese execrado,
expulsado del ejército y
desterrado de Colombia.
Al mismo tiempo,
ratificó la amnistía
concedida por O Leary a
los seguidores del
manipulado general.32
William Henry Harrison,
había llegado a Colombia
como coronel y regresaba
a su país como general.
Posteriormente sería
presidente de los EE.UU.
La documentación de los
representantes del
gobierno de Washington
revela, salvando pocas
excepciones, un odio
visceral hacia Bolívar.
“¡La maligna hostilidad
de los yanquis hacia el
Libertador es tal
—escribió el procónsul
inglés en Lima a su
secretario de Estado—,
que algunos de ellos
llevan animosidad hasta
el extremo de lamentar
abiertamente que allí
donde ha surgido un
segundo César no hubiera
surgido un segundo
Bruto!33
Pero, ¿a qué se debía
tal animadversión? El
ministro de EE.UU. en
España, Alexander H.
Everett, dio en 1827
algunas de las claves:
“Difícilmente podría ser
la intención de los
EE.UU. alentar el
establecimiento de un
despotismo militar en
Colombia y Perú, cuyo
primer movimiento sería
establecer un puesto de
avanzada en la isla de
Cuba. Si Bolívar realiza
su proyecto, será casi
completamente con la
ayuda de las clases de
color; las que
naturalmente, bajo esas
circunstancias,
constituirían las
dominantes del país. Un
déspota militar de
talento y experiencia al
frente de un ejército de
negros no es ciertamente
la clase de vecinos que
naturalmente quisiéramos
tener… vacilaría mucho
acerca de si estaría
bien insistir por más
tiempo sobre el
reconocimiento de la
República de Colombia
como cosa agradable para
los Estados Unidos”34.
Los diplomáticos del
gobierno de los EE.UU.
tildaban a Bolívar de
“loco”, “usurpador”,
“ambicioso”, “dictador”,
etc. Ironías de la
historia, lo mismo han
dicho y dicen en la
contemporaneidad de
Fidel Castro y Hugo
Chávez.
Tildar a Bolívar como un
déspota, como un
dictador ambicioso, era
una de las bajezas más
atroces que podían
llevar a cabo las
autoridades
norteamericanas contra
el hombre que había
declarado su intención
de revocar, “desde la
esclavitud para abajo,
todos los privilegios”35.
Ese Bolívar que
calificaban de tirano,
era el mismo que una y
otra vez había rechazado
las propuestas que le
habían hecho de
coronación. A su amigo
Briceño Méndez le había
expresado: “Ese proyecto
va a arruinar mi crédito
y manchar eternamente mi
reputación”36.
Asimismo, le había
dicho a Santander
refiriéndose a las
insinuaciones de Páez
dirigidas a que aceptara
coronarse: “me ofende
más que todas las
injurias de mis
enemigos, pues él me
supone de una ambición
vulgar y de un alma
infame”. Según
esos señores —agrega—
“nadie puede ser grande
sino a la manera de
Alejandro, César y
Napoleón. Yo quiero
superarlos a todos en
desprendimiento, ya que
no puedo igualarlos en
hazañas”37.
Y al contestarle
directamente al general
Páez, rechazando por
completo sus
ofrecimientos le expresa
que “el título de
Libertador es superior a
cuantos ha recibido el
orgullo humano y me es
imposible degradarlo”38.
Al mismo tiempo le envía
su proyecto de
Constitución,
indicándole que solo por
la soberanía popular y
la alternabilidad en el
gobierno es como puede
buscarse solución
adecuada para los
conflictos nacionales
americanos.
A modo de conclusión
Contra los propósitos
históricos de Bolívar se
levantaron las propias
clases dirigentes de las
distintas comunidades
americanas, interesadas
en conservar sus
privilegios
tradicionales. Como
consecuencia, se desató
un proceso centrípeto
que llevó al fracaso de
la Gran Colombia,
convertida en 1830 en
tres estados
independientes:
Venezuela, Nueva Granada
y Ecuador, la división
de la Confederación
Peruana-Boliviana
(1839), y la disolución
en cinco repúblicas
(Guatemala, Honduras, El
Salvador, Nicaragua y
Costa Rica) de las
Provincias Unidas del
Centro de América
(1839-1848). También
puede incluirse la
desarticulación, entre
1813 y 1828, del antiguo
Virreinato del Río de la
Plata en otros cuatro
países: Argentina,
Bolivia, Uruguay y
Paraguay, así como la
división de la isla de
La Española en dos
pequeños estados: Haití
y República Dominicana,
aun cuando en este caso
se trataba de dos
territorios que habían
pertenecido a dos
potencias distintas.39
El seudonacionalismo que
dividió al continente y
aseguró la hegemonía de
las minorías criollas
que buscaron la
independencia solo para
sustituir a los
españoles en sus
privilegios, no ofreció
solución valedera a los
problemas sociales y
políticos que
determinaron el
movimiento de
emancipación; por el
contrario, creó el clima
propicio para que los
peores defectos del
régimen colonial
pudieran sobrevivir,
agravados a partir de
ese momento por falsas
esperanzas y engañosos
disfraces. Al mismo
tiempo, no se pudo
despejar el camino para
un desarrollo
verdaderamente
independiente, en lo que
no solo influyeron las
clases reaccionarias del
continente, sino también
las grandes potencias de
la época, especialmente
la potencia en ascenso
del Norte, interesada en
el mayor desmembramiento
posible del hemisferio,
para consiguientemente,
facilitar su dominación
a través de nuevos
mecanismos, tan
sofisticados, que no
necesitaba clavar
directamente sus
banderas en los nuevos
estados emanados. Así,
ante el fracaso de los
esfuerzos unificadores
de Bolívar, el antiguo
imperio español de
ultramar se dividió en
varias repúblicas,
desvinculadas entre sí,
lo que facilitó el
proceso recolonizador
que no tardó en
convertirlas en simples
apéndices de los centros
del capitalismo mundial.
Entre los factores que
contribuyeron a este
fatídico proceso, además
de los ya analizados,
podemos añadirle: la
accidentada geografía de
las distintas regiones
hispanoamericanas que
hacía incomunicables
muchas de sus zonas, las
inmensas diferencias
económico-sociales, la
falta de voluntades
políticas más allá de
Bolívar y de algunos
pocos de sus seguidores
(entre ellos se
destacaron los generales
Andrés de Santa Cruz y
Francisco Morazán), la
carencia de
complementariedades
económicas entre los
distintos territorios, y
la ausencia de una
burguesía con un
proyecto nacional
integrador.
La imposibilidad de
llevar a vías de hecho
los planes de
integración por los que
Bolívar abogaba, y que
tenían como epicentro
fundamental la intención
de crear una América
fuerte y democrática
después de la
independencia, capaz de
asegurarse una
existencia perdurable en
el contexto
internacional
decimonónico, donde se
movían los insaciables
apetitos colonialistas
de las potencias de la
época, dejó
consecuencias funestas
que llegan hasta
nuestros días. Pese a
las coincidencias en
idioma, orígenes,
religión y destinos, los
países hispanoamericanos
carecieron durante todo
el siglo XX de un núcleo
común que los ligara y
diera fuerza, quedando
en cierta manera
escuálidos ante las
pretensiones
neocolonizadoras del
imperialismo
estadounidense.
EE.UU. logró los
objetivos fundamentales
de su política exterior
hacia América Latina y
el Caribe en el siglo
XIX: su expansión
territorial a costa de
más del 50% del
territorio mexicano; la
posesión de la Florida;
hacer permanecer a Cuba
y Puerto Rico en manos
de España, en espera de
la hora oportuna en que
pudiera adueñarse de
ellas; frustrar los
planes de integración de
Bolívar y sembrar las
discordias y la división
entre los países recién
independizados de España
para conducirlos a la
idea del
panamericanismo, en la
cual EE.UU. tendría la
hegemonía; y comenzar a
desplazar a Inglaterra
del dominio económico de
la región. Por supuesto,
todo ello fue posible
gracias al apoyo que
recibió el gobierno de
los EE.UU. de los
caudillos políticos y
militares de la región
que por intereses
pigmeos y egoístas se
opusieron a los más
hermosos anhelos de
independencia, libertad,
unidad y progreso de
nuestra América.
Los objetivos de
dominación política,
económica y cultural de
nuestros pueblos por el
gobierno de los EE.UU.
han sobrevivido hasta
nuestros días,
refinándose los
mecanismos por los
cuales estos se
ejecutan. Mas si no
conocemos cómo
históricamente los
EE.UU. se comportaron
ante los procesos
independentistas y de
integración de nuestros
pueblos no podemos
visualizar en
profundidad cuáles son
hoy los objetivos del
imperio del Norte y cuán
importante continúan
siendo los sueños de
unidad que defendieron
Bolívar, Martí y otros
próceres de Nuestra
América. La hora
decisiva de la segunda y
definitiva independencia
ha llegado. O nos unimos
o morimos para siempre.
Con los peligros que
enfrenta hoy la
humanidad no hay
oportunidad para una
tercera independencia.
Para los que consideran
imposible el triunfo
habría que recordarles
las palabras de Bolívar
en 1819 cuando señaló:
¡Lo imposible es lo que
nosotros tenemos que
hacer, porque de lo
posible se encargan los
demás todos los días!40
Notas:
1- Francisco Pividal,
Bolívar: Pensamiento
precursor del
antimperialismo,
Fondo Cultural del ALBA,
La Habana, 2006, p.143.
2- Manuel Medina Castro,
Estados Unidos y
América Latina, Siglo
XIX, Casa de las
Américas, 1968, p.46.
3-
Manuel Medina Castro,
Ob. Cit., pp.165-166.
4- Ibídem, p.170.
5- Sergio Guerra,
Jugar con fuego. Guerra
social y utopía en la
independencia de América
Latina, Fondo
Editorial Casa de las
Américas, La Habana,
2010, p.243.
6- Rolando Rodríguez,
Cuba: la forja de una
nación, Editorial de
Ciencias Sociales, La
Habana, 2005, t.1,
p.74.
7-
Citado por Francisco
Pérez Guzmán, en:
Bolívar y la
Independencia de Cuba,
Editorial de Ciencias
Sociales, La Habana,
2010, p.79.
8- Citado por Sergio
Guerra en: América
Latina y la
independencia de Cuba,
Ediciones Ko´eyú,
Caracas, 1999, p.52
(Discurso de José Martí
en el Hardman Hall, New
York, 30 de noviembre de
1889.
9- Manuel Medina Castro,
Ob. Cit, p.182.
10- Francisco Pividal,
Ob. Cit, p.204.
11- Sergio Guerra
Vilaboy, Cronología
del Bicentenario,
Editorial de Ciencias
Sociales, La Habana,
2010, p.119.
12-
Ronald Muñoz, El
regreso de los realistas
y su derrota final ante
los pueblos,
Fundación Editorial El
perro y la rana,
Caracas, 2010, p.33.
13- Indalecio Liévano
Aguirre, Bolívar,
Editoriales Ciencias
Sociales y José Martí,
La Habana, 2005, p.392.
14- Citado por Indalecio
Liévano, en: Ob.
Cit, p.393.
15- Ibídem.-
16- Manuel Medina
Castro, Ob. Cit, p.223.
17- Ibídem, p.225.
18-
Indalecio Liévano, Ob.
Cit, p.392.
19- Ibídem, pp.396-397.
20- Ibídem, p.397.
21- Ibídem, p.226.
22-
Ibídem, p.227.
23-
Manuel Medina Castro,
pp.228-229.
24- Sergio Guerra
Vilaboy, Cronología…,
Ob. Cit, p.152.
25- Juvenal Herrera
Torres, Bolívar, El
Hombre de América.
–Presencia y Camino-,
Ediciones Convivencias,
Medellín, 2001, t.2,
p.497.
26-
Ibídem, p.232.
27-
Ibídem, pp. 232-233.
28- Ibídem, p.233.
29- José Manuel
Restrepo, Historia de
la Revolución en
Colombia, Edición en
6 tomos, Medellín, 1974.
30- Juvenal Herrera
Torres, Ob. Cit., p.514.
31- Citado por Juvenal
Herrera Torres, Ob. Cit.,
p.515.
32- Juvenal Herrera
Torres, Ob. Cit., p.
517.
33- Citado por Juvenal
Herrera Torres, Ob. Cit.,
p.571.
34- Ibídem, p.521.
35- Citado por Indalecio
Liévano, en: Ob. Cit.,
p. 365.
36-
Emilio Roig De
Leuchesenring,
Bolívar, El Congreso
Interamericano de
Panamá, en 1826, y la
Independencia de Cuba y
Puerto Rico, Oficina
del Historiador de la
Ciudad, Municipio de La
Habana, 1956, p.71.
37-
Ibídem, p.71.
38- Ibídem, p.71.
39- Sergio Guerra
Vilaboy, Breve
historia de América
Latina, Editorial de
Ciencias Sociales, La
Habana, 2006, p.130.
40- Citado por Juvenal
Herrera Torres, en: Ob.
Cit. |