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La (de)construcción
histórica de tres textos
de Fanon, Antillanos
y Africanos; Las
Antillas, ¿nacimiento de
una nación? y La
sangre corre en las
Antillas bajo la
dominación francesa
es el intento por
indagar en temas
centrales del discurso
de Fanon:
panafricanismo,
“negritud”, antillanismo
e integración. A
propósito de este viaje
político, ideológico y
de convicción de Fanon,
mi propuesta es dejar
planteadas algunas ideas
importantes.
PanÁfricanismo
Entre los aspectos menos
conocidos del comercio
esclavista, incluso
después de la abolición,
está el retorno de
antiguos esclavos a
África. Gracias a la
obra de historiadores
cubanos Rodolfo
Sarracino “Los que
volvieron al África” y
Armando Entralgo
“Caminos caribeños del
panafricanismo”,
conocemos que, a finales
del siglo XVIII, en el
mes de febrero de 1763,
en Berbice, esclavos
bajo el liderazgo de
Cuffy, organizaron una
rebelión que derrocó al
gobierno colonial
holandés.
Durante diez meses
tuvieron el control
político y militar de
Berbice (actual
República Cooperativa de
Guyana). Para Richard
Hart tanto este, como
Pablo Cuffe (1758-1817),
eran hijos de
Kofi, conocido
como Cuffe Slocum, del
imperio Ashanti en
África Occidental. Pablo
Cuffe, reaparece libre
en Massachusetts, cerca
de New Bedford y trató
de organizar el regreso
de negros a África.
Constructor de barcos y
capitán de nave, Cuffe
llevó 38 familias a
Sierra Leona en 1815,
pagando él los gastos.
Aunque falló en sus
planes, el hecho no
disuadió a otros de
seguir su huella.
|

Jorge Fornet y
Vilma Díaz |
Para ese entonces,
Inglaterra ya había
diseñado una política
africana al cesar el
comercio homicida de
africanos. En 1787, por
primera vez, los
británicos intentaron
crear en Sierra Leona
una colonia para
antiguos eslavos que
habían buscado asilo en
Inglaterra, entre ellos
el célebre Olaudah
Equiano. El número de
los colonos negros
aumentó con emigrantes
negros de Nova Scotia y
de algunos cimarrones
deportados de Jamaica
por los británicos; más
adelante se movieron a
un nuevo sitio: Freetown,
ciudad costera de la
actual Sierra Leona.
En la década de los 20
del siglo XIX se fundó
Liberia como una colonia
de libertos del sur de
los EE.UU., a quienes se
unieron algunos
barbadenses. Este
proceso comenzó a
fraguarse a finales del
siglo XVIII, la sociedad
estadounidense que no
toleraban la idea de que
los afroamericanos
pudieran vivir en “su”
sociedad como individuos
libres, bien porque
consideraban a los
negros física y
mentalmente inferiores a
los blancos o porque
consideraban que el
racismo y la
polarización social eran
obstáculos insuperables
para alcanzar una
integración armoniosa de
las distintas razas,
entre otras razones.
Hacia 1847, esta colonia
lanzó una declaración de
independencia. Más de un
siglo después, en el
contexto histórico que
nos ocupa, tanto Liberia
como Sierra Leona eran
ejemplos de conflictos
políticos no resueltos
entre los descendientes
de los llamados
Américo-liberianos y las
etnias autóctonas en
Liberia, y entre los
descendientes de la
burguesía criolla de
Freetown y las etnias al
interior del país.
Esta situación demostró
las inadecuadas y
apresuradas formas de
solución que impusieron
en su momento Gran
Bretaña en Sierra Leona
y EE.UU. en Liberia, la
cual actuó en la etapa
del proceso
descolonizador de África
como un territorio de la
América racista que
construía su esfera de
influencia económica en
el marco de
descolonización política
africana.
Otro retornado a África,
fue un nativo de la isla
de Saint Thomas,
entonces llamada Indias
Occidentales danesas,
que había emigrado a
Liberia en 1851 y luego
pasó a Sierra Leona:
Edward Wilmot Blyden
(1832-1912) —de la etnia
ibo—. The Negro
en 1872 y otras
publicaciones que él
fundó estimularon el
interés en la historia
de la cultura africana,
aún cuando su discurso
de glorificación y
mitificación de África
corresponde a una época
histórica concreta en la
que funda la Iglesia
africana Unida en
respuesta a las
actitudes racistas de la
Iglesia Anglicana, es
válido destacar que su
discurso en varias
ocasiones fue traspolado
y usado en el siglo XX
por políticos
oportunistas como Mobuto;
Bongo, presidente de
Gabón o Eyadema de Togo.
Es válido rescatar a
Blyden, que sería uno de
los primeros
propagandistas del
movimiento panafricano,
cuya primera conferencia
tendría lugar en Londres
en 1900, organizada por
Henry Sylvester Williams
(1869-1911), de
Trinidad.
El deseo de volver a
África era muy fuerte
entre los libertos
durante el siglo XIX.
Muchos otros caribeños
se instalaron también en
Costa de Oro, atraídos
por el desarrollo de un
país-símbolo e hicieron
numerosas contribuciones
en diferentes esferas.
No debemos olvidar que,
aunque naturalizados,
varios habían nacido en
el Caribe, como parte de
este proceso doloroso
para la historia
africana, de desarraigo
forzoso. Por eso para
muchos, su deseo era
regresar a África.
Existen tres factores
históricos que
prepararon el nacimiento
del panafricanismo antes
de que este encontrase
su primera base de
operaciones en la propia
África. El impacto de
esos factores fue
sentido por los
africanos dentro de
África, en América y el
Caribe. El primero, es
precisamente, el
comercio de esclavos. En
orden cronológico,
después de la trata
aparece un segundo
factor: el comienzo del
colonialismo europeo en
África. El tercero no es
otro que el racismo y la
conciencia racial, que
movería a los africanos
y a los
afrodescendientes a
rebelarse contra las
acciones colonialistas y
racistas.
Una de las más agudas
definiciones del
panafricanismo es que es
un boomerang
demorado desde la época
de la esclavitud. Si se
examinan los hechos con
más cuidado, se podrá
apreciar el modelo
geográfico que
caracteriza el
desarrollo histórico del
panafricanismo; ese
modelo es idéntico al
bien conocido
"triángulo" del comercio
de esclavos
trasatlántico.
Estos proyectos y
esfuerzos tenían lugar
en el marco de los
desacuerdos entre
diferentes tendencias,
las cuales identificamos
en la década de los 20
del siglo XX, entre el
"radical" Garvey y el
"intelectual" Du Bois,
quienes, por otra parte,
mucho contribuyeron a
echar los cimientos
ideológicos del
panafricanismo.
Las islas promovieron
hombres de gran
significación en el
desarrollo del
movimiento panafricano.
Entre los más destacados
y siempre citados, están
Sylvester Williams,
Marcus Garvey, George
Padmore, Claude McKay y
el padre y el abuelo de
William Du Bois. De
similar importancia fue
el papel desempeñado por
antillanos de las
posesiones francesas en
el ulterior desarrollo
del nacionalismo en el
África francófona y en
el movimiento conocido
por la “negritud”: por
ejemplo, René Maran,
Aimé Césaire y Frantz
Fanon, todo ellos de
Guadalupe y Martinica, y
Jean Price-Mars, de
Haití.
La mayoría de los
seguidores de los
famosos congresos
panafricanos organizados
por Du Bois entre ambas
guerras mundiales, eran
políticos e
intelectuales de las
Antillas francesas. Los
caribeños actuaron como
catalizadores de ideas
de la sociedad africana,
en los EE.UU., y también
en las comunidades de
hombres negros en
Inglaterra y Francia
desde la Primera Guerra
Mundial en adelante1.
Luego de esta breve
introducción, que coloca
nuevos puntos de
encuentro en la historia
trasatlántica es
necesario apuntar que:
el “africanismo”, cuyo
origen se remonta desde
muy lejos, tuvo el
espíritu de la
“negritud”, pero no
significaron exactamente
lo mismo.
Negritud
Es imprescindible
valorar siempre los
momentos históricos de
la “negritud” en
relación con la esencia
de la “negritud”. Se
interpreta
—conceptualmente— que la
“negritud” es
reivindicación política
de liberación, de
descolonización, de
repersonalización de la
cual África es centro de
gravedad. Sin embargo,
la “negritud” con todo
su peso histórico fue
además para Fanon —en su
época— una acepción
progresista, al plantear
los problemas de puesta
en valor y acceso a la
cultura de las clases
sociales oprimidas,
dejando entre paréntesis
el color de la piel, de
manera de no reaparecer
bajo la “máscara negra”
una opresión al estilo
blanco2.
Este aspecto, en mi
opinión, contribución de
Fanon a la “negritud”,
fue resultado de la toma
de conciencia política
en una búsqueda de sí
mismo. El proyecto de
recuperación de su ser
en oposición a lo que le
era, es un problema
totalmente antillano. A
propósito expresó: “Un
antillano, sobre todo un
intelectual, que no se
encuentra en el plano de
la ironía (decir lo que
no es o dar a entender
lo contrario) descubre
su “negritud”3.
De aquí se deriva la
necesidad de un estudio
de la teoría de Frantz
Fanon que logre
relacionar su toma de
conciencia con la
situación social y
política de Martinica,
su país natal, su
experiencia antillana y
su antillanidad. Para
entonces ubicar
evolutivamente esta
personalidad en una
segunda etapa, su
estancia en África.
Sabemos, por ejemplo,
que Fanon participa en
la campaña electoral de
apoyo a Cesaire,
1945-1946, luego de
participar en un
batallón de voluntarios
en Marruecos durante la
IIGM. En este año de
1946 aprueba el
bachillerato y obtiene
una beca de medicina en
la Facultad de Lyon.
La mayoría de los
estudiosos de Fanon
alegan que sus contactos
intelectuales con
pensadores europeos
influyeron en su
formación intelectual,
sin embargo, creo que su
cultura política precede
este momento en que va a
estudiar a Europa, al
menos, en sus líneas
fundacionales. Se sabe
poco de su estancia en
Martinica en 1951, de la
cual muchos señalan que
sale desilusionado de su
Isla.
Entre 1952 y 1960
aparecen estos tres
textos que demuestran la
conexión intelectual y
política de Fanon con la
realidad antillana.
Estos tres artículos de
valor inestimable,
parten de la premisa
fundamental de que si
bien África y el Caribe
son espacios conectados
históricamente por los
procesos que mencioné al
principio, ello no
justifica la pauta de
que antillanos y
africanos integran el
denominado “pueblo
negro” tan de moda en
los años 50. Esta
apreciación hizo alusión
al color de la piel, lo
cual indica que ello
predomina por encima de
las influencias
culturales, entonces
para Fanon, no quedaría
nada. Por tanto, podía
existir pueblo antillano
o pueblo africano, pero
no “pueblo negro”.
¿A qué se debió esta
distinción de “pueblo
negro”?
Señaló Depestre que
durante estos años, en
ocasiones el concepto
(“negritud”) fue
utilizado como un mito
que sirvió para
disimular la presencia
de los burgueses negros
en la historia. Para
estos, la “negritud”
implicó la idea absurda
de que el negro/a es un
ser humano dotado de una
naturaleza humana
particular, de una
esencia que solo le
pertenece a él y en
calidad de lo cual ha
sido llamado a aportar a
Europa y al Occidente en
general con un
suplemento espiritual
que necesitaría ahora la
civilización occidental.
Como si la emoción fuera
solo negra o la razón
exclusivamente helénica.
En ese sentido —apuntó
Depestre—, Frantz Fanon
tenían razón cuando
decía que la “verdadera
desalienación del negro
implica una toma de
conciencia de las
realidades económicas y
sociales. Porque si
existe un complejo de
inferioridad es a causa
de un doble proceso: en
primer lugar, económico;
después, por
interiorización o,
mejor, epidermisación de
esta inferioridad”.
Por eso, Fanon estuvo en
contra de identificar la
lucha de los pueblos
africanos y antillanos
como la lucha del
movimiento negro, pues
que esto implicaría
arrebatarle al pueblo
antillano o al africano
toda posibilidad de
expresión individual.
Para él, su
interpretación histórica
de la “negritud”
radica en el hecho de
demostrar como entre
1940 y 1960,
efectivamente, ocurrió
una revolución en las
relaciones
antillano-africanas.
Ello lo fundamentó
valorando dos períodos:
antes y después de
1939-1945 en cuanto a
sus raíces culturales
para eliminar toda
posibilidad de
contradicción entre
ambos pueblos. En
esencia, la unidad
política de ambos debía
mantener sus
particularidades
nacionales en el ámbito
sociopolítico y
cultural; un principio
de unión podríamos
decir.
¿Cómo se expresó este
proceso? Para su
realidad antillana, en
el momento histórico que
escribe, 1955, Martinica
y Guadalupe habían
atravesado un primer
período, pues antes de
1939, el antillano “de
Martinica” era blanco de
conciencia con una gama
de colores de la piel.
Después de 1939, con la
aparición de Cesaire, la
flota francesa bloqueada
durante la ocupación
alemana y establecida en
la Isla por cuatro años,
además del golpe que
sufrió la economía
antillana, para Fanon y
cito: “ante diez mil
racistas, el antillano
se vio obligado a
defenderse. Sin Cesaire
esto le habría sido
difícil”4.
Los dos acontecimientos
de alcance radical para
la literatura antillana
son por una parte
“Cuaderno de retorno a
un país natal”, de
Cesaire y “Legítima
defensa”, de R. Menil.
Un estudio sociológico
que se realiza en
Martinica y Guadalupe en
1953 por el profesor
Zylberberg de la
Universidad de Lobaina
nos acerca a una
interpretación no exacta
de la realidad
martiniqueña, aunque
aclara que sus
instrumentos de análisis
fueron a menudo
inadecuados para lo que
a diario vivía, por lo
cual resultó atenerse a
los resultados a partir
de las entrevistas
realizadas.
Muestro a través de dos
esquemas esta
aproximación:
Sociedad de castas
rígidas y relativante
herméticas. La
estructura racial se
fundamenta en
esteriotipos que
justifican la
segregación racial5:
|
Blancos de
Armiño (Blancs
Pays) |
Descendientes
estrictos de
plantadores
blancos en la
época de las
“Habitaciones”
(plantaciones
azucareras) |
|
Blancos (a
secas) |
Ligera
proporción de
sangre negra |
|
Mulatos |
Aquí la riqueza
jugaba un papel
relevante, se
decía: “Todo
negro rico es
mulato, todo
mulato pobre es
negro”. La
educación es un
medio de
ascención
social. |
|
Negros |
Aquí la riqueza
jugaba un papel
relevante, se
decía: “Todo
negro rico es
mulato, todo
mulato pobre es
negro”. La
educación es un
medio de
ascención
social. |
|
Indostaneses |
Se les apreciaba
por su riqueza o
educación.
Tenían índices
de
“consideración”. |
Algunas
transformaciones: origen
étnico y de clase van
paralelo. En ello
influyó la asimilación
total como proyecto por
parte de los indostanos
|
Blancos
metropolitanos |
|
5% |
|
Blancs-Pays |
|
5% |
|
Mulatos |
-Funcionarios de
rango superior
- Maestros
graduados en la
metrópolis |
2% |
|
Indostanos,
mulatos y negros |
Maestros de
profesión,
políticos y
funcionarios de
rango medio |
3% |
|
Sirio-Libaneses
Franceses |
Comerciantes y
empleados
modestos |
3% |
|
Blancs-Pays,
mulatos,
indostaneses,
negros |
Pequeños
comerciantes,
artesanos,
empleados
modestos,
obreros
agrícolas,
obreros urbanos,
personal
doméstico |
90% |
Esta realidad social, a
manera de conclusión
para Fanon, es que en
esta época lo que
enriquece en valores a
este antillano es
consecuencia de la
aparición del
proletariado. “La
Martinica sistematizaba
por primera vez su
conciencia política. Es
lógico que después de la
Liberación —se refiere a
la DeGoulle— hubiesen
obtenido dos diputados
comunistas, de cada tres
(…) Comte hacía del
proletariado un filósofo
sistemático, el
proletariado martiniqués
es un negro
sistematizado”6.
Para eliminar toda
posibilidad de
contradicción entre
ambos pueblos, concluye
que el canto del
antillano al África
(lugar-símbolo) es una
esperanza de encontrar
los orígenes. No
obstante, esta relación
se volvió un drama pues
muchos de estos
caribeños llegaron como
parte de la
administración colonial.
Al explicar este
contexto, además de
recurrir a su
experiencia personal,
revela su admiración por
Cesaire: “Por primera
vez escribe, se verá a
un profesor de liceo
considerado por lo tanto
como un hombre digno,
decir simplemente a la
sociedad antillana, que
es bueno y bello ser
negro”7.
De tal manera muestra
que en las Antillas y
cito a Cesaire “A fuerza
de pensar en el Congo.
Me he tornado en un
Congo estruendoso de
florestas y ríos”.
Parecería en este
artículo, que Fanon pudo
haber abrazado la
esperanza de que la
participación política
de este proletariado
fuera directamente
proporcional a la
conciencia racial y/o
política. Me hace pensar
sobre ello por la manera
en que tres años
después, a la hora de
referirse al estatus
político de Martinica,
sentencia: “Han confiado
en la ‘Francia de la
Liberación’ para luchar
contra la potencia
político-económica de la
plantocracia azucarera.
La población, que votaba
como socialista o
comunista, tenía por
primera reivindicación
la igualdad social; los
líderes han hecho el
juego de la
departamentalización”8.
Que significó, ¿el juego
de la
departamentalización?
En mi opinión, Fanon nos
coloca ante el análisis
de las circunstancias,
argumentos y las causas
del apoyo de la
izquierda martiniqueña a
la ley de asimilación de
1946. La reivindicación
asimilacionista no era
nueva. En efecto, en
1874, 1882, 1915, 1919,
1923, 1925 y 1938, los
gobiernos y el
parlamento franceses
habían rechazados las
solicitudes de
asimilación por parte de
cierto sectores
políticos martiniqueños.
El proyecto presentado
por Cesaire tuvo el
apoyo de todos los
sectores políticos. Para
algunos especialistas,
Edourd De Lépine, esto
se debió a
circunstancias de 1946
(el espíritu de
Brazzaville, la Francia
socialista y el éxito
comunista en Martinica),
para otros el hecho de
que en Francia existiera
una mayoría
social-comunista no
cambió las cosas, pues
las manifestaciones de
Constantines en mayo de
1945 y las masacres en
Indochina en septiembre
del mismo año
confirmaban la
permanencia de la
mentalidad colonial en
el gobierno socialista.
Esto nos confirma que el
tema o la manera en que
se presentó la
descolonización en las
Antillas fue compleja.
Agrego dos aspectos,
primero, la derecha
siempre se preocupó por
mantener la
especificidad antillana,
ya que implicaba
ventajas económicas para
ella. Contrariamente los
comunistas querían
acabar con el régimen de
excepción de beneficios
económicos para los
bekés. Además aseguraban
para los trabajadores
antillanos las ventajas
de la legislación social
francesa.
Segundo, existió
ambigüedad en el
llamamiento de lucha por
la autonomía tanto del
Partido Progresista
Martiniqueño, como del
Partido Comunista
Martiniqués. Al mismo
tiempo que se incitaba a
los trabajadores a
unirse para la
liberación del
colonialismo, se les
convencían de la
imposibilidad de vivir
fuera de la soberanía
francesa. Esta
indefinición explica las
brutales respuestas del
poder colonial a las
solicitudes de autonomía9.
Indudablemente, Frantz
Fanon nos ubica en una
encrucijada, en una
confluencia o
concurrencia de ideas,
hechos y literatura que
demuestran la
complejidad política,
social y económica
presente en Martinica y
Guadalupe en un contexto
mundial de cambios
políticos.
Su encrucijada radica en
el hecho de hacer
confluir el legado
africano, con el
nacimiento de una
ideología: la
“negritud”, su
interpretación antillana
y su esperanza política
era la integración
caribeña.
En este sentido, a nivel
regional, en
1940 se celebró una
convención en La Habana
que trató sobre la
administración
provisional de colonias
y posesiones Europeas en
América. En esta
convención se organizó
una comisión
interamericana de
administración
territorial así como un
comité de emergencia,
ante la posibilidad de
que Alemania quisiera
extender la ocupación
hasta las posesiones
caribeñas de los países
europeos de Francia y
Holanda.
Consecuencia de ello
Francia transformó en
1946 a sus colonias
caribeñas como parte
integral de su Nación,
asignándoles un estatus
político de Territorios
de Ultramar, Martinica,
Guadalupe y la Guayana
Francesa y por ello
tienen sus
representantes en el
Parlamento Francés.
Holanda, por su parte,
garantizó en 1954 un
estatus de "autonomía" a
sus posesiones
antillanas de Aruba,
Bonaire, Curazao, Saba,
San Eustaquio y San
Martín, el cual se ha
perfeccionado con el
paso de los años. El
caso de Suriname es
diferente, puesto que
esta obtiene su
autonomía interna en
1954 al igual que los
territorios insulares
holandeses.
En el Caribe
angloparlante fue algo
muy diferente, las
expectativas creadas por
el surgimiento de la
Federación de las Indias
Occidentales en 1958
implicó, en un primer
momento obtener una
autonomía como paso a
una futura
independencia, todas
bajo el esquema de la
Mancomunidad Británica.
De esta manera se
dibujaba en el espacio
caribeño
—hacia
1960—
diferentes vías en la
etapa descolonizadora.
Alertó Fanon “en esta
situación, los líderes
políticos estiman más
juicioso que cada pueblo
comience por obtener su
independencia en el
marco donde se
encuentra, a fin de que
la federación de todas
las Antillas no sea una
construcción rápida,
artificial y frágil,
sino una confederación
de estados mayores,
decididos a ayudar y a
defender mutuamente su
libertad”10.
He aquí un ideal
recurrente, la
integración. En palabras
del propio Fanon, con un
país-símbolo: Haití,
pues existía allí
conciencia de la
Historia Antillana, se
habían rehabilitado
tradiciones populares,
se había redescubierto
los cultos africanos
como forma de
resistencia, se aceptaba
el pasado de esclavitud
y el orgullo de
pertenecer a la raza
negra11.
Reconoce entonces que
los revolucionarios años
30 tuvieran su epílogo
en la obra de Cheddi
Jagan, en el joven E.
Williams, el político
Norman Manley y el más
destacado de todos
Jacques Roumain, de
quien, puede inferirse,
que tuvo como referencia
sus obras, “Análisis
Sistemático” o “La
palabra comprometida” y
su acción política.
Hasta 1960, año en que
publica La sangre
correo en las Antillas
bajo la dominación
francesa defiende la
idea de que sus Antillas
atraviesan un contexto
cambiante donde está en
tela de juicio el
problema nacional y
enaltece el espíritu
rebelde contra Francia y
nos recuerda que Cesaire
siempre anotaba que: su
sí, era circunstanciado.
De esta manera
apostó que al final de
esta encrucijada la
única salida era optar
por la cuestión
antillana y la cuestión
de la federación
caribeña.
Notas:
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